La relación entre Patti Smith y Robert Mapplethorpe constituye uno de esos núcleos afectivos y creativos en donde vida y obra -unidas por un cordón umbilical irrompible- se convirtieron en prácticamente indistinguibles. Ambos se conocieron en 1967, recién llegados a Nueva York, en un contexto de precariedad que los rodeó de un aura de bohemia cuya cotidianeidad -con el decorado del mítico Hotel Chelsea al fondo- se libraba en el espacio de la pura y áspera supervivencia. Fueron pareja hasta que Mapplethorpe asumió su homosexualidad; circunstancia esta que, en lugar de alejarlos, intensificó su vínculo y -lo que es más importante- lo recondujo hacia su mutua influencia creativa. De hecho, nadie contribuyó más la creación del “mito Patti Smith” que Mapplethorpe. El retrato que hizo de ella para el que fue su álbum de debut, “Horses” (1975) es una de esas imágenes que tiene la capacidad de alumbrar no tanto una identidad definitiva, sino una “subjetividad en proceso”, tan inasible como familiar para el imaginario de la cultura popular contemporánea.. En esta imagen en blanco y negro, Smith aparece como una camisa blanca abierta, unos tirantes que la cruzan verticalmente y una chaqueta colgada sobre el hombro. Su postura es frontal pero relajada, con la mirada ligeramente ladeada, en una mezcla de desafío y suspensión. Este retrato no es provocador en un sentido evidente -como lo serían muchas de las obras que Mapplethorpe realizará durante la década de 1980-, sino de un modo más sutil y, a la postre, efectivo: a través de él, el fotógrafo funda la imagen de Patti Smith mediante su construcción como un cuerpo andrógino, en el que la feminidad se muestra como un código obligatorio desactivado. Se trata de una imagen contenida, que pertenece más a la iconosfera del “proto-punk” que del punk posteriormente normalizado. Comparemos, en tal sentido, este retrato concebido por Mapplethorpe -en el que Smith aparece contenida, “puesta a distancia” por una cierta frialdad y economía de medios- y las marcas del exceso que acompañaron las representaciones de Sid Vicious.. Calificado como la “actitud punk”, Vicious encarnó todos los atributos del punk internacional: agresividad, autodestrucción, teatralización del desorden-. Sin embargo, esta tramoya contracultural que acompañó al efímero bajista de los Sex Pistols no dejó de ser una trampa para su propia imagen y la del punk: con la misma intensidad que prendió la llama, se apagó en una retahíla de lugares comunes y clichés de rápido consumo. Ahí está el acierto de Mapplethorpe a la hora de inmortalizar a Patti Smith en la portada de “Horses”: aunque esta encarna la más genuina ruptura, su imagen está formalmente contenida: no se percibe el caos, el desorden tradicionalmente asociado con el “gesto punk”. Por el contrario, el contenido subversivo se ofrece encapsulado en una estructura clásica. La imagen, más que gritar, se sostiene, retarda indefinidamente su impacto hasta conseguir infiltrarse en la médula de la cultura visual contemporánea.
El retrato que hizo el fotógrafo de la artista para «Horses» es una de las imágenes más icónicas de su discografía
La relación entre Patti Smith y Robert Mapplethorpe constituye uno de esos núcleos afectivos y creativos en donde vida y obra -unidas por un cordón umbilical irrompible- se convirtieron en prácticamente indistinguibles. Ambos se conocieron en 1967, recién llegados a Nueva York, en un contexto de precariedad que los rodeó de un aura de bohemia cuya cotidianeidad -con el decorado del mítico Hotel Chelsea al fondo- se libraba en el espacio de la pura y áspera supervivencia. Fueron pareja hasta que Mapplethorpe asumió su homosexualidad; circunstancia esta que, en lugar de alejarlos, intensificó su vínculo y -lo que es más importante- lo recondujo hacia su mutua influencia creativa. De hecho, nadie contribuyó más la creación del “mito Patti Smith” que Mapplethorpe. El retrato que hizo de ella para el que fue su álbum de debut, “Horses” (1975) es una de esas imágenes que tiene la capacidad de alumbrar no tanto una identidad definitiva, sino una “subjetividad en proceso”, tan inasible como familiar para el imaginario de la cultura popular contemporánea.. En esta imagen en blanco y negro, Smith aparece como una camisa blanca abierta, unos tirantes que la cruzan verticalmente y una chaqueta colgada sobre el hombro. Su postura es frontal pero relajada, con la mirada ligeramente ladeada, en una mezcla de desafío y suspensión. Este retrato no es provocador en un sentido evidente -como lo serían muchas de las obras que Mapplethorpe realizará durante la década de 1980-, sino de un modo más sutil y, a la postre, efectivo: a través de él, el fotógrafo funda la imagen de Patti Smith mediante su construcción como un cuerpo andrógino, en el que la feminidad se muestra como un código obligatorio desactivado. Se trata de una imagen contenida, que pertenece más a la iconosfera del “proto-punk” que del punk posteriormente normalizado. Comparemos, en tal sentido, este retrato concebido por Mapplethorpe -en el que Smith aparece contenida, “puesta a distancia” por una cierta frialdad y economía de medios- y las marcas del exceso que acompañaron las representaciones de Sid Vicious.. Calificado como la “actitud punk”, Vicious encarnó todos los atributos del punk internacional: agresividad, autodestrucción, teatralización del desorden-. Sin embargo, esta tramoya contracultural que acompañó al efímero bajista de los Sex Pistols no dejó de ser una trampa para su propia imagen y la del punk: con la misma intensidad que prendió la llama, se apagó en una retahíla de lugares comunes y clichés de rápido consumo. Ahí está el acierto de Mapplethorpe a la hora de inmortalizar a Patti Smith en la portada de “Horses”: aunque esta encarna la más genuina ruptura, su imagen está formalmente contenida: no se percibe el caos, el desorden tradicionalmente asociado con el “gesto punk”. Por el contrario, el contenido subversivo se ofrece encapsulado en una estructura clásica. La imagen, más que gritar, se sostiene, retarda indefinidamente su impacto hasta conseguir infiltrarse en la médula de la cultura visual contemporánea.
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