Su banda, la historia de mayor éxito del pop español de este siglo, paraba durante un tiempo. Vetusta Morla detenían su carrera después de más de dos décadas de trabajo y el remolino cesaba. «Necesitaba relacionarme con la música desde otro lugar –dice Guille Galván, guitarrista y uno de los compositores del grupo–. No desde los escenarios grandes, sino radicalmente volviendo a empezar. Me ponía hacer algo que no tuviera nada que ver con eso. No quería una banda, no quería un estudio. Iba a ser mi voz y una guitarra y unos arreglos después». Así fue como nació «Nadie con ese nombre vive aquí», el debut en solitario de Galván, un trabajo íntimo y emocionante y que toma el título de un corte de «Nebraska», quizá la obra culmen de los álbumes de dormitorio.. Igual que Springsteen se encontraba en una encrucijada para aquel trabajo, Galván atravesaba un momento difícil. «Mi padre llevaba cuatro años enfermo de cáncer y, bueno, falleció hace poquito, unos meses. Pero en el proceso, cuando te dicen que alguien padece una enfermedad terminal, pero no te dan una fecha… tienes que lidiar con el presente, pero a la vez con el duelo, la despedida, con honrarle y disfrutar de esa persona de momentos que sabes que se acaban. Y tuve la sensación de que se acumulaban en mi presente todos los tiempos de mi vida, del pasado, de rendir cuentas pendientes, de pensar en el futuro de mi propia familia, conmigo mismo y con mis hijos. Y surgió la necesidad de escribir de ellos y de todo esto. Sobre cómo nos relacionamos con la gente que queremos, sobre el amor que damos, sobre quiénes somos y lo que dejamos», dice sobre un proceso tan universal como transformador. En el álbum, aparecen grabaciones familiares: la propia voz de Galván cantando una canción infantil, grillos que su padre registró con una grabadora en la que tenía la costumbre de registrar momentos familiares. «Me daba mucha, mucha vergüenza escucharme –sonríe Galván–. Sentía un inmenso pudor ante mi propia voz. Y esa sensación la he tenido desde entonces». Publicar un álbum en solitario ha supuesto retirarse la coraza de una banda. «Uno de los mayores retos fue encontrar mi voz. En Vetusta soy el guionista y aquí soy, además, el protagonista. Y la manera de escucharme fue invirtiendo el proceso: en lugar de grabar las voces al final, el disco se construyó a partir de mi voz con la guitarra. Así salvé mis reticencias», explica.. En este proceso eterno aparece el propio hijo del músico, a quien está dedicada «Túnel de la M-30». «Cuando tenía unos 10 años le noté triste y le pregunté qué ocurría. Me dijo que tenía miedo de hacerse mayor porque no quería olvidarse de todas las cosas buenas que está viviendo de niño y que se daba cuenta de que la gente mayor se olvida de eso. A mi hijo le dije que, aunque olvidemos cosas, forman parte de nosotros para siempre», cuenta el músico, que digitalizó materiales familiares y reconectó con su infancia. «Todo este proceso ha sido muy positivo. He descubierto las cuentas pendientes y he resuelto muchas, pero otras siguen saliendo. Espero llevarme bien con ellas. De eso va la vida».. Hay una canción, «Un coche ardiendo», que contiene una metáfora poderosa. «Fue una imagen real, un viaje que hice un día a las cuatro de la tarde, yo solo, por Galicia. En medio de un arcén había un coche volcado ardiendo. Solo habían debido pasar unos minutos antes porque no había ni policía ni ambulancias. Me acerqué a mirar, no había nadie dentro, estaba en medio de un bosque y claro, me parecía una un arranque de película de David Lynch y flipé un poco. No había nadie y me sorprendió la fuerza de la imagen. Tampoco sabía qué hacer. ¿Intentar apagarlo? ¿quedarme mirándolo o incluso avivar el fuego porque es fascinante ver un coche arder? Entonces me di cuenta de que quería hacer una canción sobre ello», cuenta el músico. Para el oyente, es, además, una imagen sobre la imperfección del amor o la amistad, presenciar a alguien ardiendo y no saber si apagarlo ni como. ¿Sabemos querer a alguien que está en llamas? «Es justo eso. Hay dos canciones en el disco que van juntas que son «En qué momento dudé de ti» y «Hay un coche ardiendo» que hablan de la imposibilidad de comunicación con alguien con el que has tenido algún problema y tienes la opción de escribirle una carta o de decirle: «Oye, ¿Te he entendido mal, perdona, no te he sabido ayudar?». Y »Un coche ardiendo» es como si fuera la previa, de esa situación, la imposibilidad que hay a veces en las relaciones de arreglar las cosas, aunque aunque todo el mundo esté alrededor mirando y diciendo que lo que hay que hacer es echar agua, pero nadie se atreve a echar agua», explica Galván.. Vetusta Morla ha anunciado su regreso: será en otoño, en directo. Y probablemente obligue a su guitarrista a aplazar sus conciertos en solitario hasta el año próximo. «Lo tengo que ver, porque me gustaría encontrar lugares donde hubiera un una proximidad y una intimidad donde se mantenga la sensación del disco de estar en un sitio pequeñito. Me gustaría encontrar como los sitios apropiados para hacerlo». ¿El grupo va a volver a trabajar en un disco? «Bueno, la idea es que no solo sea una gira, claro, pero todavía estamos ahí viendo». Sus compañeros han escuchado el trabajo de Guille. «Estaban muy contentos y orgullosos, a no ser que me hayan mentido (ríe). Ellos fueron las primeras personas, aparte de mi gente cercana, que supo del disco. Y la verdad es que han sido muy cariñosos en todo el proceso y me han acompañado con mucho amor». Duelo, cuentas pendientes y amor de Guille Galván.
El compositor de Vetusta Morla publica su debut en solitario, «Nadie con ese nombre vive aquí», un trabajo emocionante y sincero
Su banda, la historia de mayor éxito del pop español de este siglo, paraba durante un tiempo. Vetusta Morla detenían su carrera después de más de dos décadas de trabajo y el remolino cesaba. «Necesitaba relacionarme con la música desde otro lugar –dice Guille Galván, guitarrista y uno de los compositores del grupo–. No desde los escenarios grandes, sino radicalmente volviendo a empezar. Me ponía hacer algo que no tuviera nada que ver con eso. No quería una banda, no quería un estudio. Iba a ser mi voz y una guitarra y unos arreglos después». Así fue como nació «Nadie con ese nombre vive aquí», el debut en solitario de Galván, un trabajo íntimo y emocionante y que toma el título de un corte de «Nebraska», quizá la obra culmen de los álbumes de dormitorio.. Igual que Springsteen se encontraba en una encrucijada para aquel trabajo, Galván atravesaba un momento difícil. «Mi padre llevaba cuatro años enfermo de cáncer y, bueno, falleció hace poquito, unos meses. Pero en el proceso, cuando te dicen que alguien padece una enfermedad terminal, pero no te dan una fecha… tienes que lidiar con el presente, pero a la vez con el duelo, la despedida, con honrarle y disfrutar de esa persona de momentos que sabes que se acaban. Y tuve la sensación de que se acumulaban en mi presente todos los tiempos de mi vida, del pasado, de rendir cuentas pendientes, de pensar en el futuro de mi propia familia, conmigo mismo y con mis hijos. Y surgió la necesidad de escribir de ellos y de todo esto. Sobre cómo nos relacionamos con la gente que queremos, sobre el amor que damos, sobre quiénes somos y lo que dejamos», dice sobre un proceso tan universal como transformador. En el álbum, aparecen grabaciones familiares: la propia voz de Galván cantando una canción infantil, grillos que su padre registró con una grabadora en la que tenía la costumbre de registrar momentos familiares. «Me daba mucha, mucha vergüenza escucharme –sonríe Galván–. Sentía un inmenso pudor ante mi propia voz. Y esa sensación la he tenido desde entonces». Publicar un álbum en solitario ha supuesto retirarse la coraza de una banda. «Uno de los mayores retos fue encontrar mi voz. En Vetusta soy el guionista y aquí soy, además, el protagonista. Y la manera de escucharme fue invirtiendo el proceso: en lugar de grabar las voces al final, el disco se construyó a partir de mi voz con la guitarra. Así salvé mis reticencias», explica.. En este proceso eterno aparece el propio hijo del músico, a quien está dedicada «Túnel de la M-30». «Cuando tenía unos 10 años le noté triste y le pregunté qué ocurría. Me dijo que tenía miedo de hacerse mayor porque no quería olvidarse de todas las cosas buenas que está viviendo de niño y que se daba cuenta de que la gente mayor se olvida de eso. A mi hijo le dije que, aunque olvidemos cosas, forman parte de nosotros para siempre», cuenta el músico, que digitalizó materiales familiares y reconectó con su infancia. «Todo este proceso ha sido muy positivo. He descubierto las cuentas pendientes y he resuelto muchas, pero otras siguen saliendo. Espero llevarme bien con ellas. De eso va la vida».. Hay una canción, «Un coche ardiendo», que contiene una metáfora poderosa. «Fue una imagen real, un viaje que hice un día a las cuatro de la tarde, yo solo, por Galicia. En medio de un arcén había un coche volcado ardiendo. Solo habían debido pasar unos minutos antes porque no había ni policía ni ambulancias. Me acerqué a mirar, no había nadie dentro, estaba en medio de un bosque y claro, me parecía una un arranque de película de David Lynch y flipé un poco. No había nadie y me sorprendió la fuerza de la imagen. Tampoco sabía qué hacer. ¿Intentar apagarlo? ¿quedarme mirándolo o incluso avivar el fuego porque es fascinante ver un coche arder? Entonces me di cuenta de que quería hacer una canción sobre ello», cuenta el músico. Para el oyente, es, además, una imagen sobre la imperfección del amor o la amistad, presenciar a alguien ardiendo y no saber si apagarlo ni como. ¿Sabemos querer a alguien que está en llamas? «Es justo eso. Hay dos canciones en el disco que van juntas que son «En qué momento dudé de ti» y «Hay un coche ardiendo» que hablan de la imposibilidad de comunicación con alguien con el que has tenido algún problema y tienes la opción de escribirle una carta o de decirle: «Oye, ¿Te he entendido mal, perdona, no te he sabido ayudar?». Y »Un coche ardiendo» es como si fuera la previa, de esa situación, la imposibilidad que hay a veces en las relaciones de arreglar las cosas, aunque aunque todo el mundo esté alrededor mirando y diciendo que lo que hay que hacer es echar agua, pero nadie se atreve a echar agua», explica Galván.. Vetusta Morla ha anunciado su regreso: será en otoño, en directo. Y probablemente obligue a su guitarrista a aplazar sus conciertos en solitario hasta el año próximo. «Lo tengo que ver, porque me gustaría encontrar lugares donde hubiera un una proximidad y una intimidad donde se mantenga la sensación del disco de estar en un sitio pequeñito. Me gustaría encontrar como los sitios apropiados para hacerlo». ¿El grupo va a volver a trabajar en un disco? «Bueno, la idea es que no solo sea una gira, claro, pero todavía estamos ahí viendo». Sus compañeros han escuchado el trabajo de Guille. «Estaban muy contentos y orgullosos, a no ser que me hayan mentido (ríe). Ellos fueron las primeras personas, aparte de mi gente cercana, que supo del disco. Y la verdad es que han sido muy cariñosos en todo el proceso y me han acompañado con mucho amor». Duelo, cuentas pendientes y amor de Guille Galván.
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