Salíamos del FNAC con el uniforme dentro de la mochila. Era una tarde de agosto y hacía ese calor pegajoso de la ciudad vacía. Me contó que verme estudiar le había decidido a matricularse él también, que quería trabajar con niños pequeños, con los muy pequeños, los de guardería. Luego se despidió: «T’estimo». Lo dijo sin preámbulo, como quien devuelve una cosa prestada. Yo tenía veintipocos años y una educación sentimental hecha de silencios. No contesté nada. Levanté la mano, dije adiós, crucé la calle. Pensé que ya habría ocasión de decírselo. A esa edad las ocasiones parecen inagotables.. No la hubo. Un accidente se lo llevó poco después. No hubo más viajes a Ibiza, ni más noches en el Fragments, ni más partidos del Barça en su casa con la cerveza tibia y la discusión sobre el once. La lista de lo que no ocurrió acaba siendo más larga que la de lo ocurrido, y uno la va repasando cada agosto. De él se decía que tenía carisma. La palabra está gastada por el uso comercial, pero en su caso describía un hecho verificable: entraba en una habitación y la habitación mejoraba. Todos le querían y él lo sabía, sin vanidad, del mismo modo que sabía su nombre. Vengo de una casa donde los hombres no se decían esas cosas. Mi padre no se lo dijo al suyo, imagino, y yo no se lo había dicho a nadie. Él fue el primero en decírmelo, y lo hizo un martes cualquiera, a la salida del trabajo, sin darle importancia.. Esta semana habría cumplido años. Hace veinte que no está y sigo echándole en falta, que es una manera discreta de decir que sigue aquí. No he heredado de él ninguna cosa material. He heredado una costumbre: no hay día en que no diga a mis hijos que les quiero, ni noche en que no se lo repita. Ellos lo dan por descontado, como el agua caliente. Yo no. Cada uno de esos te quiero es también la respuesta que le debo a él, veinte años tarde y en voz baja. “T’estimo», Capa.
Hay un «T’estimo» que no llegué a devolver; lo pago cada noche con mis hijos
Salíamos del FNAC con el uniforme dentro de la mochila. Era una tarde de agosto y hacía ese calor pegajoso de la ciudad vacía. Me contó que verme estudiar le había decidido a matricularse él también, que quería trabajar con niños pequeños, con los muy pequeños, los de guardería. Luego se despidió: «T’estimo». Lo dijo sin preámbulo, como quien devuelve una cosa prestada. Yo tenía veintipocos años y una educación sentimental hecha de silencios. No contesté nada. Levanté la mano, dije adiós, crucé la calle. Pensé que ya habría ocasión de decírselo. A esa edad las ocasiones parecen inagotables.. No la hubo. Un accidente se lo llevó poco después. No hubo más viajes a Ibiza, ni más noches en el Fragments, ni más partidos del Barça en su casa con la cerveza tibia y la discusión sobre el once. La lista de lo que no ocurrió acaba siendo más larga que la de lo ocurrido, y uno la va repasando cada agosto. De él se decía que tenía carisma. La palabra está gastada por el uso comercial, pero en su caso describía un hecho verificable: entraba en una habitación y la habitación mejoraba. Todos le querían y él lo sabía, sin vanidad, del mismo modo que sabía su nombre. Vengo de una casa donde los hombres no se decían esas cosas. Mi padre no se lo dijo al suyo, imagino, y yo no se lo había dicho a nadie. Él fue el primero en decírmelo, y lo hizo un martes cualquiera, a la salida del trabajo, sin darle importancia.. Esta semana habría cumplido años. Hace veinte que no está y sigo echándole en falta, que es una manera discreta de decir que sigue aquí. No he heredado de él ninguna cosa material. He heredado una costumbre: no hay día en que no diga a mis hijos que les quiero, ni noche en que no se lo repita. Ellos lo dan por descontado, como el agua caliente. Yo no. Cada uno de esos te quiero es también la respuesta que le debo a él, veinte años tarde y en voz baja. “T’estimo», Capa.
Noticias de Cataluña en La Razón
