Cuando, el año pasado, por fin accedió a tocar en Las Noches del Botánico, lo hizo por partida doble. Algo le habían dicho a Van Morrison (Belfast, 1945) acerca de las bondades de actuar en el festival madrileño. Los años anteriores, su agente ni se molestaba en contestar a las propuestas del certamen o enviaba sus negativas tan escandalosamente tarde qque ya daba igual que hubieran sido para aceptar la propuesta. Pero en 2025 se presentó y lo hizo, en contra de su política, por dos noches seguidas. Cuando acabó la segunda, su agente preguntó a los promotores: «¿queréis que venga el año que viene?». La respuesta la vivimos anoche, en la primera de las dos noches consecutivas que el León de Belfast va a ofrecer en Madrid. Otra lección de clase y presencia en un cálido atardecer en el Real Jardín Botánico de la Universidad Complutense. Fiel a sus (innumerables) manías y a su estricta puntualidad, Morrison apareció con idéntico vestuario que en el año pasado y con su armónica para una entrada apoteósica con «Deep Blue Sea». Mientras, bajo el todavía inclemente sol del atardecer, toda la pista (quien lo tenía) agitaba el abanico. El de Belfast demostró su arte con el saxofón para «Kidney Stew Blue» y cerró la primera parte con «Madame Butterfly». Y uno podría pensar: ¿Qué puede ofrecer Van the Man en directo a estas alturas? Bueno, la primera respuesta es «cosas de Van Morrison» y esa debería bastarnos. Porque, pese a su legendario carácter huraño, su falta de, digamos, habilidades carismáticas, Morrison regala quilates de oro puro y no en virutas, en gordos pedrolos anchos como el torrente de su voz. Bueno, ¿y qué más? Pues anoche dio un repertorio completamente diferente del de hace trece meses, aunque, sí, llevase las mismas gafas de espejo de motorista e idéntico borsalino y el traje azul. Eso sí, a diferencia de su actuación de 2025, en la que se parapetó tras el piano la mayor parte del tiempo, anoche afrontó de pie la hora y media que duró la magia. Estaba a gusto el viejo Van. Incluso dijo «muchas gracias» después de «Back to Writing Love Songs», dando forma a un exceso de amabilidad, según su temperamento. Luego siguió con la preciosa «The Only Love I Ever Need Is You» y, tras ella, «Play The Honky Tonks». Después, volvió a bajar con «When The Rains Came», donde su voz se elevaba y descendía como un maremoto. «If It Wasn’t For Ray» rendía el homenaje merecido al maestro, tremendo blues en el que volvió al saxofón. Después, entregó «I Believe To My Soul» como si de una orquesta sinfónica se tratase, con una perfección de tempo y una sucesión de solos impecables, insuperable, o así parecía… hasta que llegó «Night time is the right time» para dejar mudos hasta los abanicos. Y ya quería marcharse. Dijo «esto es todo, amigos» con una media sonrisa cuando no alcanzaba los 60 minutos de actuación. Pero era bromi, quedaba lo mejor: «Real Real Gone», «Ain’t Gonna Moan No More» y, en l
El León de Belfast derrocha clase en su segundo año consecutivo en el ciclo madrileño
Cuando, el año pasado, por fin accedió a tocar en Las Noches del Botánico, lo hizo por partida doble. Algo le habían dicho a Van Morrison (Belfast, 1945) acerca de las bondades de actuar en el festival madrileño. Los años anteriores, su agente ni se molestaba en contestar a las propuestas del certamen o enviaba sus negativas tan escandalosamente tarde qque ya daba igual que hubieran sido para aceptar la propuesta. Pero en 2025 se presentó y lo hizo, en contra de su política, por dos noches seguidas. Cuando acabó la segunda, su agente preguntó a los promotores: «¿queréis que venga el año que viene?». La respuesta la vivimos anoche, en la primera de las dos noches consecutivas que el León de Belfast va a ofrecer en Madrid. La primera fue otra lección de clase y presencia en un cálido atardecer en el Real Jardín Botánico de la Universidad Complutense.Fiel a sus (innumerables) manías y a su estricta puntualidad, Morrison apareció con idéntico vestuario que en el año pasado y con su armónica para una entrada apoteósica con «Deep Blue Sea». Mientras, bajo el todavía inclemente sol del atardecer, toda la pista (quien lo tenía) agitaba el abanico. El de Belfast demostró su arte con el saxofón para «Kidney Stew Blue» y cerró la primera parte con «Madame Butterfly».Y uno podría pensar: ¿Qué puede ofrecer Van the Man en directo a estas alturas? Bueno, la primera respuesta es «cosas de Van Morrison» y esa debería bastarnos. Porque, pese a su legendario carácter huraño, su falta de, digamos, habilidades carismáticas, Morrison regala quilates de oro puro y no en virutas, en gordos pedrolos anchos como el torrente de su voz. Bueno, ¿y qué más? Pues anoche dio un repertorio completamente diferente del de hace trece meses, aunque, sí, llevase las mismas gafas de espejo de motorista e idéntico borsalino y el traje azul. Eso sí, a diferencia de su actuación de 2025, en la que se parapetó tras el piano la mayor parte del tiempo, anoche afrontó de pie la hora y media que duró la magia. Estaba a gusto el viejo Van. Incluso dijo «muchas gracias» después de «Back to Writing Love Songs», dando forma a un exceso de amabilidad, según su temperamento. Luego siguió con la precios!a «The Only Love I Ever Need Is You» y, tras ella, «Play The Honky Tonks». Después, volvió a bajar con «When The Rains Came», donde su voz se elevaba y descendía como un maremoto. «If It Wasn’t For Ray» rendía el homenaje merecido al maestro, tremendo blues en el que volvió al saxofón. Después, entregó «I Believe To My Soul» como si de una orquesta sinfónica se tratase, con una perfección de tempo y una sucesión de solos impecables, insuperable, o así parecía… hasta que llegó «Night time is the right time» para dejar mudos hasta los abanicos. Y ya quería marcharse. Dijo «esto es todo, amigos» con una media sonrisa cuando no alcanzaba los 60 minutos de actuación. Pero era bromi, quedaba lo mejor: «Real Real Gone», «Ain’t Gonna M
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