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  Cultura  Un consejo para no irnos al garete: ¡lea historia!
Cultura

Un consejo para no irnos al garete: ¡lea historia!

16 de febrero de 2026
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«Bueno, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?», se preguntaban los miembros del Frente Popular de Judea, interpretados por los Monthy Python, en aquella escena hilarante de «La vida de Brian». Si le preguntamos a Johan Norberg, autor del ensayo «Momentos cumbre de la humanidad» (Deusto), qué nos ha dado Roma, nos responderá que «permitió que, basándose en el imperio de la ley y en una economía libre, nuevos descubrimientos, inventos y bienes que surgían en cualquier lugar viajaran rápidamente a todos los rincones del imperio. Impulsó la competencia y la creatividad, que alcanzaron altas cotas», entre otros aportes…. No solo del imperio romano trata este autor sueco en su último ensayo, que lleva por subtítulo «Qué podemos aprender de las grandes civilizaciones de la historia». Son siete las épocas doradas a las que Norberg se refiere en el libro: Atenas, Roma, el califato abasí, la China de los Song, el Renacimiento italiano, la República neerlandesa y la anglosfera. De ellas intenta destilar sus puntos fuertes y sus debilidades para responder a la pregunta de cómo podemos asegurarnos de que nuestra edad de oro actual no termine. Así que, tirando de ese hilo, le preguntamos a este historiador si estamos acaso viviendo el ocaso de nuestra civilización: «Puede que sí, pero no está predeterminado», responde Norberg, y amplía: «Toda era dorada que estudio acaba flaqueando no necesariamente por conquistas externas, sino porque las sociedades pierden su confianza cultural y su creencia en el progreso y la libertad individual. Veo estas tendencias por todas partes hoy en día. La gente piensa que la solución a un mundo peligroso es esconderse de él, pero no; la única solución es aprender, innovar y adquirir más capacidad».. ¿Debemos ser entonces pesimistas? «La Historia nos dice que el declive es posible, pero también que la recuperación también lo es. Muchas eras doradas se enfrentaron a problemas peores que los que enfrentamos hoy, pero se recuperaron porque la gente decidió luchar por su civilización», replica el autor. Empezando por Atenas, por Grecia, donde Norberg sitúa el origen de la civilización occidental, cabe preguntarle por el mito de los espartanos que tanto ayudó a difundir la película «300»: «Esparta era admirada porque los atenienses que escribieron sobre ella eran aristócratas que detestaban la democracia en su país. Pero, en realidad, Esparta suprimió la innovación, aplastó la individualidad y no produjo casi nada en arte, ciencia o filosofía. Y esto también significó que los espartanos no eran innovadores en la guerra, intentando casi siempre lo mismo, mientras que las potencias emergentes siempre aprendían, se adaptaban y mejoraban, no se debilitaban, como hizo Esparta», añade.. Un fuego que no se apaga. La antorcha civilizatoria de libertad y progreso que encendió Atenas pasó a Roma, y del Imperio romano a Bagdad, y de allí a la China de la dinastía Song, y así hasta nuestros días… Resulta llamativo que, aunque el testigo se traslade de una civilización a otra, la Ilustración siempre se haya mantenido con vida durante más de 2.500 años. «Sí, y ese es uno de los grandes logros subestimados de la Historia», responde el autor. Y explica: «El progreso no suele deberse a la conquista de una civilización por parte de otra, sino a que aprendemos unos de otros y las buenas ideas han traspasado fronteras: la filosofía griega llegó a Roma, la erudición islámica a Europa, los escolásticos españoles de la Escuela de Salamanca nos aportaron conceptos de libertad y derechos humanos que influyeron en el Renacimiento, la Ilustración y la transformación de la República Holandesa y Gran Bretaña se sucedieron en economías modernas. Así que más nos vale esperar que sigamos aprendiendo de los mejores experimentos y descubrimientos que existen».. ¿No está el Imperio español?. Menciona Johan Norberg la Escuela de Salamanca como un hito del progreso, y, sin embargo, el Imperio Español –donde no se ponía el sol– no figura entre los periodos luminosos que se tratan en «Momentos cumbre de la humanidad». ¿Por qué? «España desempeñó un papel crucial en el descubrimiento y la integración global, la Escuela de Salamanca fue extraordinaria, las Leyes de India eran pioneras. Estaba en mi larga lista de civilizaciones que podría haber abordado si hubiera podido escribir un libro más extenso», explica. Sin embargo, opina que, «si bien muchas ideas españolas cambiaron el rumbo del mundo para mejor, el Imperio como tal no se convirtió en una fuente de crecimiento económico ni de progreso. Las épocas doradas son complejas; contienen brillantez y puntos ciegos a la vez».. Uno de esos «puntos ciegos» podría ser lo que Norberg llama «filtro del statu quo», que, según se desprende de la lectura de este muy entretenido e instructivo ensayo, suele ser el detonante del colapso de las civilizaciones: «Creo que siempre hay fuerzas que defienden el statu quo porque han cimentado su poder, riqueza y bienestar en un sistema particular de pensamiento y producción. Y estos grupos, ya sean aristócratas, monopolios, sindicatos o iglesias, a menudo luchan para detener el cambio dinámico que podría amenazarlos. Con el tiempo, los beneficiarios del éxito ganan poder y comienzan a filtrar las ideas disruptivas y el cambio económico para proteger su posición. Así fue cómo Roma se anquilosó, China abandonó el comercio internacional y el mundo árabe bloqueó la ciencia y la innovación con una alianza entre el Estado y la religión». Hoy, resulta impensable imaginar al mundo islámico como depositario de la cultura universal y como fuente de una era de creatividad en la ciencia y la filosofía que inspiraría al cristianismo medieval y al renacimiento. Pero sí, por más perplejidad que cause en el presente, esas fueron las esencias del califato abasí, que tuvo su auge en el siglo IX. Uno de los factores, además de las traducciones, que más contribuyeron al progreso de esta cultura fue, como pasó en el resto de civilizaciones, la integración de los inmigrantes. Dándole la vuelta al asunto, le preguntamos al autor del libro si acaso la dificultad de adaptación de los musulmanes, sumado a la baja natalidad europea, podría, como imagina Houellebecq en «Sumisión», acabar con nuestros valores. «La demografía y la integración son fundamentales, pero creo que el factor decisivo para su desarrollo son las instituciones –expone Norberg–. Históricamente, los inmigrantes han fortalecido a las sociedades cuando las reglas son claras, los incentivos están alineados y las normas se aplican por igual; de lo contrario, puede ser un problema grave que se manifiesta en desempleo, delincuencia y extremismo». Y agrega que no piensa «que el desafío de Europa sea la inmigración en sí –creo que necesitamos a los inmigrantes, sobre todo, para sostener nuestra economía– si insistimos en nuestros principios: Estado de derecho, libertad de expresión, autosuficiencia y responsabilidad. Las sociedades fracasan cuando pierden la confianza en sus propios valores. Además, tener más hijos no vendría mal», agrega.. Unos valores, los de nuestra sociedad, que se sustentan en la cultura judeo-cristiana, en los valores católicos. Respecto a la afirmación de que los principios cristianos han sido el sustento moral del próspero Occidente, este historiador sueco está de acuerdo en que «el cristianismo, sin duda, moldeó las intuiciones morales occidentales», pero, «como hemos aprendido de la Historia, la religión puede utilizarse de dos maneras diferentes: para promover la decencia y la prosperidad, pero también para la opresión y la persecución. Depende de cómo se mantuvieran esas ideas: como una ortodoxia que castiga toda disidencia o como una fe abierta a nuevos descubrimientos e innovaciones. El éxito de Europa consistió en que el cristianismo se orientó cada vez más hacia la apreciación de la ciencia, la tecnología y el progreso, considerados una forma de celebrar y reconocer la creación de Dios».. Por concluir, le preguntamos al autor de este ensayo por la sustitución de los valores religiosos por ideologías o pseudorreligiones laicas: «Defender los derechos de las mujeres y el medio ambiente son objetivos loables, pero el problema radica en si se hace como una ortodoxia, con un conjunto de ideas incuestionables, se ignora la ciencia y se anulan toda disidencia. Desafortunadamente, esto es lo que ha sucedido con los ideales del wokismo en muchos lugares», concluye.. Johan Norberg y su viaje hacia el liberalismo. Miembro del Cato Institute de Washington, Johan Norberg (en la foto) es autor, conferenciante y cineasta. Un buen número de sus ensayos han sido traducidos al castellano y publicados por la editorial Deusto: el bestseller internacional y libro del año en «The Economist», «Progreso» (2017), «Abierto» (2021) y «El manifiesto capitalista» (2024). Según leemos en Wikipedia, tras una etapa militando en el anarquismo de izquierda durante su juventud, este escritor sueco descubrió el libertarismo de John Locke, Frédéric Bastiat, Ludwig von Mises y Ayn Rand, entre otros pensadores y teóricos.

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Johan Norberg extrae qué podemos aprender del auge y caída de grandes civilizaciones de la historia en el libro «Momentos cumbre de la humanidad»

  

«Bueno, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?», se preguntaban los miembros del Frente Popular de Judea, interpretados por los Monthy Python, en aquella escena hilarante de «La vida de Brian». Si le preguntamos a Johan Norberg, autor del ensayo «Momentos cumbre de la humanidad» (Deusto), qué nos ha dado Roma, nos responderá que «permitió que, basándose en el imperio de la ley y en una economía libre, nuevos descubrimientos, inventos y bienes que surgían en cualquier lugar viajaran rápidamente a todos los rincones del imperio. Impulsó la competencia y la creatividad, que alcanzaron altas cotas», entre otros aportes…. No solo del imperio romano trata este autor sueco en su último ensayo, que lleva por subtítulo «Qué podemos aprender de las grandes civilizaciones de la historia». Son siete las épocas doradas a las que Norberg se refiere en el libro: Atenas, Roma, el califato abasí, la China de los Song, el Renacimiento italiano, la República neerlandesa y la anglosfera. De ellas intenta destilar sus puntos fuertes y sus debilidades para responder a la pregunta de cómo podemos asegurarnos de que nuestra edad de oro actual no termine. Así que, tirando de ese hilo, le preguntamos a este historiador si estamos acaso viviendo el ocaso de nuestra civilización: «Puede que sí, pero no está predeterminado», responde Norberg, y amplía: «Toda era dorada que estudio acaba flaqueando no necesariamente por conquistas externas, sino porque las sociedades pierden su confianza cultural y su creencia en el progreso y la libertad individual. Veo estas tendencias por todas partes hoy en día. La gente piensa que la solución a un mundo peligroso es esconderse de él, pero no; la única solución es aprender, innovar y adquirir más capacidad».. ¿Debemos ser entonces pesimistas? «La Historia nos dice que el declive es posible, pero también que la recuperación también lo es. Muchas eras doradas se enfrentaron a problemas peores que los que enfrentamos hoy, pero se recuperaron porque la gente decidió luchar por su civilización», replica el autor. Empezando por Atenas, por Grecia, donde Norberg sitúa el origen de la civilización occidental, cabe preguntarle por el mito de los espartanos que tanto ayudó a difundir la película «300»: «Esparta era admirada porque los atenienses que escribieron sobre ella eran aristócratas que detestaban la democracia en su país. Pero, en realidad, Esparta suprimió la innovación, aplastó la individualidad y no produjo casi nada en arte, ciencia o filosofía. Y esto también significó que los espartanos no eran innovadores en la guerra, intentando casi siempre lo mismo, mientras que las potencias emergentes siempre aprendían, se adaptaban y mejoraban, no se debilitaban, como hizo Esparta», añade.. Un fuego que no se apaga. La antorcha civilizatoria de libertad y progreso que encendió Atenas pasó a Roma, y del Imperio romano a Bagdad, y de allí a la China de la dinastía Song, y así hasta nuestros días… Resulta llamativo que, aunque el testigo se traslade de una civilización a otra, la Ilustración siempre se haya mantenido con vida durante más de 2.500 años. «Sí, y ese es uno de los grandes logros subestimados de la Historia», responde el autor. Y explica: «El progreso no suele deberse a la conquista de una civilización por parte de otra, sino a que aprendemos unos de otros y las buenas ideas han traspasado fronteras: la filosofía griega llegó a Roma, la erudición islámica a Europa, los escolásticos españoles de la Escuela de Salamanca nos aportaron conceptos de libertad y derechos humanos que influyeron en el Renacimiento, la Ilustración y la transformación de la República Holandesa y Gran Bretaña se sucedieron en economías modernas. Así que más nos vale esperar que sigamos aprendiendo de los mejores experimentos y descubrimientos que existen».. ¿No está el Imperio español?. Menciona Johan Norberg la Escuela de Salamanca como un hito del progreso, y, sin embargo, el Imperio Español –donde no se ponía el sol– no figura entre los periodos luminosos que se tratan en «Momentos cumbre de la humanidad». ¿Por qué? «España desempeñó un papel crucial en el descubrimiento y la integración global, la Escuela de Salamanca fue extraordinaria, las Leyes de India eran pioneras. Estaba en mi larga lista de civilizaciones que podría haber abordado si hubiera podido escribir un libro más extenso», explica. Sin embargo, opina que, «si bien muchas ideas españolas cambiaron el rumbo del mundo para mejor, el Imperio como tal no se convirtió en una fuente de crecimiento económico ni de progreso. Las épocas doradas son complejas; contienen brillantez y puntos ciegos a la vez».. Uno de esos «puntos ciegos» podría ser lo que Norberg llama «filtro del statu quo», que, según se desprende de la lectura de este muy entretenido e instructivo ensayo, suele ser el detonante del colapso de las civilizaciones: «Creo que siempre hay fuerzas que defienden el statu quo porque han cimentado su poder, riqueza y bienestar en un sistema particular de pensamiento y producción. Y estos grupos, ya sean aristócratas, monopolios, sindicatos o iglesias, a menudo luchan para detener el cambio dinámico que podría amenazarlos. Con el tiempo, los beneficiarios del éxito ganan poder y comienzan a filtrar las ideas disruptivas y el cambio económico para proteger su posición. Así fue cómo Roma se anquilosó, China abandonó el comercio internacional y el mundo árabe bloqueó la ciencia y la innovación con una alianza entre el Estado y la religión». Hoy, resulta impensable imaginar al mundo islámico como depositario de la cultura universal y como fuente de una era de creatividad en la ciencia y la filosofía que inspiraría al cristianismo medieval y al renacimiento. Pero sí, por más perplejidad que cause en el presente, esas fueron las esencias del califato abasí, que tuvo su auge en el siglo IX. Uno de los factores, además de las traducciones, que más contribuyeron al progreso de esta cultura fue, como pasó en el resto de civilizaciones, la integración de los inmigrantes. Dándole la vuelta al asunto, le preguntamos al autor del libro si acaso la dificultad de adaptación de los musulmanes, sumado a la baja natalidad europea, podría, como imagina Houellebecq en «Sumisión», acabar con nuestros valores. «La demografía y la integración son fundamentales, pero creo que el factor decisivo para su desarrollo son las instituciones –expone Norberg–. Históricamente, los inmigrantes han fortalecido a las sociedades cuando las reglas son claras, los incentivos están alineados y las normas se aplican por igual; de lo contrario, puede ser un problema grave que se manifiesta en desempleo, delincuencia y extremismo». Y agrega que no piensa «que el desafío de Europa sea la inmigración en sí –creo que necesitamos a los inmigrantes, sobre todo, para sostener nuestra economía– si insistimos en nuestros principios: Estado de derecho, libertad de expresión, autosuficiencia y responsabilidad. Las sociedades fracasan cuando pierden la confianza en sus propios valores. Además, tener más hijos no vendría mal», agrega.. Unos valores, los de nuestra sociedad, que se sustentan en la cultura judeo-cristiana, en los valores católicos. 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Por concluir, le preguntamos al autor de este ensayo por la sustitución de los valores religiosos por ideologías o pseudorreligiones laicas: «Defender los derechos de las mujeres y el medio ambiente son objetivos loables, pero el problema radica en si se hace como una ortodoxia, con un conjunto de ideas incuestionables, se ignora la ciencia y se anulan toda disidencia. Desafortunadamente, esto es lo que ha sucedido con los ideales del wokismo en muchos lugares», concluye.. Johan Norberg y su viaje hacia el liberalismo. ►Miembro del Cato Institute de Washington, Johan Norberg (en la foto) es autor, conferenciante y cineasta. Un buen número de sus ensayos han sido traducidos al castellano y publicados por la editorial Deusto: el bestseller internacional y libro del año en «The Economist», «Progreso» (2017), «Abierto» (2021) y «El manifiesto capitalista» (2024). 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