Me llamo Mohammed y probablemente, al leer estas primeras palabras, ya le he provocado una sensación. No sé si agradable o negativa, pero estoy seguro de que algo se ha removido en su interior al saber que un musulmán le está hablando. Soy hijo de una ceutí y un melillense y, como experto en migraciones, he trabajado en ambas ciudades autónomas, tanto para el PSOE como para la Secretaría de Estado de Migraciones, en la gestión de flujos migratorios y en integración y convivencia intercultural.. Seguir leyendo
Cuando el odio vence, como algunos intentan con la situación en Ceuta, dejamos de sentirnos responsables los unos de los otros
Me llamo Mohammed y probablemente, al leer estas primeras palabras, ya le he provocado una sensación. No sé si agradable o negativa, pero estoy seguro de que algo se ha removido en su interior al saber que un musulmán le está hablando. Soy hijo de una ceutí y un melillense y, como experto en migraciones, he trabajado en ambas ciudades autónomas, tanto para el PSOE como para la Secretaría de Estado de Migraciones, en la gestión de flujos migratorios y en integración y convivencia intercultural.. Quiero que sepa que me rebelo porque he visto normalizarse el insultar a un inmigrante en la calle, o en un plató de televisión y que no cueste nada. Deshumanizar a una persona por su origen o por su religión se ha convertido en un gesto casi cotidiano, en un chiste, en una frase que se aplaude.. Me rebelo porque he visto llamar “invasores” a niñas y niños que cruzaron una frontera a nado, muchos de ellos con heridas que no se ven, huyendo de cosas que no elegimos imaginar. Uno de esos chicos murió hace unos días en un centro de menores de Ceuta. Esquivó la muerte tras cruzar el espigón de la frontera del Tarajal, tuvo suerte, no como las casi 200 personas que fallecieron. Algo se torció y ese chaval murió dentro del sistema que se suponía que debía protegerlo. Aun así, hubo quien, en lugar de preguntarse en qué habíamos fallado, en qué falló el gobierno de Juan Jesús Vivas, siguió hablando de invasión.. Me rebelo porque hay diputados que en sede parlamentaria y en televisión han hablado de cazar a personas que llegaron a Ceuta. Días después de las palabras del señor Figaredo de Vox, empezaron los ataques, primero en la playa del Trampolín de Ceuta cortando el paso a camiones de la Cruz Roja, y luego pegando a inmigrantes y quemando sus pertenencias. Las palabras ya no se quedan en el aire. Bajan a la calle y se convierten en agresiones.. Me rebelo porque en las manifestaciones de apoyo a Ceuta han sonado gritos de “musulmán el que no bote” y de “Ceuta cristiana no musulmana”. Me rebelo porque ya ha habido agresiones contra ceutíes que son tan españoles como cualquiera, pero que son musulmanes, y que ahora caminan por su propia ciudad con miedo. Me rebelo porque yo mismo, desde hace un tiempo, siento miedo de que agredan a mi madre por ser musulmana y usar el hijab. Ese miedo es real, y se ha instalado en mi cuerpo de una forma que no había sentido antes.. Me rebelo porque antes solo veía niños pequeños a hombros de sus padres en cabalgatas de reyes o conciertos. Ahora los veo en una manifestación gritar insultos contra inmigrantes. Un niño no nace con odio, se lo enseñan.. Me rebelo porque mi discurso de derechos humanos ha sido convertido en munición política. No, los derechos humanos no son de izquierdas ni de derechas. No pertenecen a ningún partido. Pertenecen a cualquiera que tenga un cuerpo que pueda sufrir, porque les garantizo que, por desgracia, en esta vida todos sufrimos o sufriremos algún tipo de discriminación.. Me rebelo porque algunos medios de comunicación han decidido que el insulto y el exabrupto son buen contenido para una tertulia, que dar altavoz a quien odia al inmigrante genera audiencia y que la audiencia justifica el altavoz. Han normalizado la crueldad verbal como una opinión más, cuando en realidad es una forma de violencia que allana el camino a otras violencias.. Y aquí quiero ser preciso, porque las palabras importan. Albert Camus escribió que el hombre rebelde es, ante todo, el que dice no. Pero también dejó claro que ese “no” nunca es solo negación. En el mismo gesto de negarse a aceptar lo intolerable, el rebelde afirma algo, dice sí a un límite que no está dispuesto a que se cruce, sí a una dignidad compartida. No me basta con decir no al odio. Quiero decir sí a otro modelo de sociedad, a otra forma de convivencia, a un nosotros que no necesite construirse a costa de un ellos deshumanizado.. Cuando el odio vence, dejamos de sentirnos responsables los unos de los otros. Resulta mucho más fácil mirar hacia otro lado cuando insultan a un vecino, cuando agreden a un ceutí musulmán o cuando muere un adolescente tutelado por la administración y la respuesta de una parte de la sociedad es seguir hablando de invasión en vez de preguntarse qué falló.. Por eso me rebelo. No para gritar más fuerte que quien odia, sino para canalizar esta rabia en algo que construya. No me voy a rendir ni voy a aceptar el odio como herramienta política, ni cuando viene envuelto en banderas ni cuando se disfraza de sentido común. Mi rebeldía no busca enemigos a los que cazar, sino una comunidad a la que volver. Una en la que un niño que sube a hombros de su padre aprenda a señalar lo que está mal, no a quién odiar. Una en la que ser musulmán, ser inmigrante o ser simplemente distinto no sea motivo de miedo.. Me rebelo, y en esa rebeldía, sigo diciendo que sí a la convivencia.. Mohammed Azahaf es experto en migraciones y es secretario general del PSOE de Cabanillas de la Sierra (Madrid).
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