El Centro Botín inaugura una exposición dedicada al arte de la brasileña, defensora del uso de elementos naturales
La mañana santanderina de ayer amaneció espléndida. Más allá de alguna nube tibia (señal de que, al fin y al cabo, estamos viviendo un otoño en el Cantábrico), el sol alumbraba las pequeñas ondas que se forman en la bahía que baña la ciudad. Enfrente, el Centro Botín también recibe los rayos matutinos. La estructura diáfana del edificio y la monocromía blanquecina de su interior permiten que en los días despejados sus salas de exposición adquieran una vibración particular.. Solange Pessoa se declara hechizada por el efecto. «Hemos montado la muestra en días muy lluviosos, por lo que lo de hoy es precioso», comenta en portugués, su lengua materna, ya que hace 65 años que nació en Brasil. En esa línea, se apena de que el resultado final no hubiera quedado igual de majestuoso en su lugar de origen. Procedente de Ferros, localidad montañosa a 600 kilómetros de Río de Janeiro, constata que «no tenemos esta luminosidad del litoral tan bonita».. A pesar de que las palabras de esta artista podrían situar su expresión creativa en la jovialidad y el optimismo, la muestra dedicada a su obra que hoy el Centro Botín inaugura también tiene sus recovecos de sordidez. Bárbara Rodríguez Muñoz, directora de exhibiciones de la galería y comisaria de esta en particular, habla del término «abyección» para catalogar su trabajo. A través del rescate de elementos viscerales, vello corporal o fluidos hacen acto de presencia, monta sus piezas, consiguiendo una mezcla entre la perturbación y la belleza.. Esa esencia dual es avalada por la propia denominación de la exhibición. «Del día o de la noche» recoge trabajos de la brasileña desde los 90, década en la que su trabajo consiguió cautivar los corazones internacionales. Su tesón global se mantiene, comprobado en la asistencia de periodistas extranjeros a la presentación ante medios que tuvo lugar ayer, cohabitando en las salas por las que se expande la muestra lenguas como el español, portugués, inglés, alemán e italiano. A pesar del indudable matiz multicultural de la atmósfera, la personalidad de Solange Pessoa es bastante más hogareña: está asentada en la urbe de Belo Horizonte, la capital del Estado en el que abrió los ojos por primera vez, Minas Gerais. Allí también ejerce la docencia en cursos escultóricos. Sus orígenes ostentan un crucial papel en los motivos artísticos escogidos, dirigidos a la resignificación del colonialismo. Su región está estrechamente vinculada a la industria minera, que vivió un gran desarrollo tras la llegada de los portugueses a tierras americanas. El recibimiento al visitante de la exposición se da con su obra «Hammocks», que presenta unos sacos suspendidos sobre el techo y embadurnados de polvo ocre. El color rojizo simboliza la conexión con la tierra y con los recursos naturales del territorio, rico en diversidad geológica.. «Toda América Latina sigue colonizada aún a día de hoy». Solange Pessoa. La comisaria matiza cómo el arte de Pessoa siempre se crea con elementos orgánicos. Grandilocuentemente visible es en «Catedral», pieza de más de 100 metros de largo. Consiste en una larga enredadera confeccionada con cabello humano. Inicialmente, usaba el suyo y el de sus allegados. A continuación, comenzó una recolecta en diversas peluquerías. Su disposición se inspira en la catedral de Brasilia, diseñada por Oscar Niemeyer y de estilo vanguardista. «Las catedrales tienen un gran valor simbólico en Europa, lo que me permite reforzar los lazos entre Occidente y las tierras que fueron colonizadas», asegura Pessoa.. El caballo, vínculo ibérico. Siguiendo la búsqueda de la unión iberoamericana, el caballo es el animal estandarte de la exposición. Símbolo de poder, dominio y belicismo, «Arreios», creada en exclusiva para el Centro Botín, exhibe 17 monturas ecuestres que se encuentran colgadas y cubiertas con cueros imitando las costuras medievales. «Los caballos estuvieron presentes en todas las guerras desde la sombra, pues ni hablan ni toman decisiones», explica la creadora. Por esa razón, las monturas son presentadas sin jinetes para potenciar la simbología asociada al mundo ecuestre y, ergo, al colonial. Esta lectura sociológica deriva también en un análisis crítico. Aquí aterriza otro concepto integrado en el arte de la latinoamericana: la antropofagia, entendida como la labor de extraer inspiraciones culturales externas, que pudieron ser perjudiciales para los usos autóctonos, y otorgarles un valor local renovado. «Toda América Latina sigue colonizada a día de hoy. Lo tenemos muy interiorizado en nuestro pensamiento. Los museos en Brasil, por ejemplo, dependen en gran medida de las modas internacionales, sin dejar sitio para el producto nacional», argumenta.. Finalmente, abandonando las denuncias, «Origo» sirve como cierre. Bolas de arcilla y bronce, entre otros materiales, se depositan sobre el suelo. «No me gusta entender lo que sucede, simplemente que cada individuo fluya», reconoce. Por ello, recomienda pasear por la sala y que la imaginación construya la teoría más convincente. Mientras se reflexiona, pueden contemplar a través de un ventanal el mar. Después de una noche, siempre llega el día. Y viceversa.
Arte
La mañana santanderina de ayer amaneció espléndida. Más allá de alguna nube tibia (señal de que, al fin y al cabo, estamos viviendo un otoño en el Cantábrico), el sol alumbraba las pequeñas ondas que se forman en la bahía que baña la ciudad. Enfrente, el Centro Botín también recibe los rayos matutinos. La estructura diáfana del edificio y la monocromía blanquecina de su interior permiten que en los días despejados sus salas de exposición adquieran una vibración particular.. Solange Pessoa se declara hechizada por el efecto. «Hemos montado la muestra en días muy lluviosos, por lo que lo de hoy es precioso», comenta en portugués, su lengua materna, ya que hace 65 años que nació en Brasil. En esa línea, se apena de que el resultado final no hubiera quedado igual de majestuoso en su lugar de origen. Procedente de Ferros, localidad montañosa a 600 kilómetros de Río de Janeiro, constata que «no tenemos esta luminosidad del litoral tan bonita».. A pesar de que las palabras de esta artista podrían situar su expresión creativa en la jovialidad y el optimismo, la muestra dedicada a su obra que hoy el Centro Botín inaugura también tiene sus recovecos de sordidez. Bárbara Rodríguez Muñoz, directora de exhibiciones de la galería y comisaria de esta en particular, habla del término «abyección» para catalogar su trabajo. A través del rescate de elementos viscerales, vello corporal o fluidos hacen acto de presencia, monta sus piezas, consiguiendo una mezcla entre la perturbación y la belleza.. Esa esencia dual es avalada por la propia denominación de la exhibición. «Del día o de la noche» recoge trabajos de la brasileña desde los 90, década en la que su trabajo consiguió cautivar los corazones internacionales. Su tesón global se mantiene, comprobado en la asistencia de periodistas extranjeros a la presentación ante medios que tuvo lugar ayer, cohabitando en las salas por las que se expande la muestra lenguas como el español, portugués, inglés, alemán e italiano. A pesar del indudable matiz multicultural de la atmósfera, la personalidad de Solange Pessoa es bastante más hogareña: está asentada en la urbe de Belo Horizonte, la capital del Estado en el que abrió los ojos por primera vez, Minas Gerais. Allí también ejerce la docencia en cursos escultóricos. Sus orígenes ostentan un crucial papel en los motivos artísticos escogidos, dirigidos a la resignificación del colonialismo. Su región está estrechamente vinculada a la industria minera, que vivió un gran desarrollo tras la llegada de los portugueses a tierras americanas. El recibimiento al visitante de la exposición se da con su obra «Hammocks», que presenta unos sacos suspendidos sobre el techo y embadurnados de polvo ocre. El color rojizo simboliza la conexión con la tierra y con los recursos naturales del territorio, rico en diversidad geológica.. «Toda América Latina sigue colonizada aún a día de hoy». La comisaria matiza cómo el arte de Pessoa siempre se crea con elementos orgánicos. Grandilocuentemente visible es en «Catedral», pieza de más de 100 metros de largo. Consiste en una larga enredadera confeccionada con cabello humano. Inicialmente, usaba el suyo y el de sus allegados. A continuación, comenzó una recolecta en diversas peluquerías. Su disposición se inspira en la catedral de Brasilia, diseñada por Oscar Niemeyer y de estilo vanguardista. «Las catedrales tienen un gran valor simbólico en Europa, lo que me permite reforzar los lazos entre Occidente y las tierras que fueron colonizadas», asegura Pessoa.. Siguiendo la búsqueda de la unión iberoamericana, el caballo es el animal estandarte de la exposición. Símbolo de poder, dominio y belicismo, «Arreios», creada en exclusiva para el Centro Botín, exhibe 17 monturas ecuestres que se encuentran colgadas y cubiertas con cueros imitando las costuras medievales. «Los caballos estuvieron presentes en todas las guerras desde la sombra, pues ni hablan ni toman decisiones», explica la creadora. Por esa razón, las monturas son presentadas sin jinetes para potenciar la simbología asociada al mundo ecuestre y, ergo, al colonial. Esta lectura sociológica deriva también en un análisis crítico. Aquí aterriza otro concepto integrado en el arte de la latinoamericana: la antropofagia, entendida como la labor de extraer inspiraciones culturales externas, que pudieron ser perjudiciales para los usos autóctonos, y otorgarles un valor local renovado. «Toda América Latina sigue colonizada a día de hoy. Lo tenemos muy interiorizado en nuestro pensamiento. Los museos en Brasil, por ejemplo, dependen en gran medida de las modas internacionales, sin dejar sitio para el producto nacional», argumenta.. Finalmente, abandonando las denuncias, «Origo» sirve como cierre. Bolas de arcilla y bronce, entre otros materiales, se depositan sobre el suelo. «No me gusta entender lo que sucede, simplemente que cada individuo fluya», reconoce. Por ello, recomienda pasear por la sala y que la imaginación construya la teoría más convincente. Mientras se reflexiona, pueden contemplar a través de un ventanal el mar. Después de una noche, siempre llega el día. Y viceversa.
