Hay días para el olvido y para el recuerdo, y que un mismo día te llegue la noticia de la muerte de dos amigos muy diferentes, con los que has tenido una amistad muy distinta, es algo para recordar.. Silvestre Sánchez, el dueño, el alma máter del Salamanca, el mítico restaurante de la Barceloneta, todo y en muchos medios se ha dicho sobre él. Un hombre bueno, trabajador infatigable que construyó desde la nada un auténtico imperio, con su nombre, el de su ciudad, siempre por bandera: Salamanca.. Un hombre que llegó a Barcelona como policía y jamás lo olvidó. Imposible ser policía, guardia civil, mosso d’esquadra, policía local o militar y no haber pasado por el Salamanca. Allí, entre turistas, vecinos de la Barceloneta, jueces, fiscales, abogados, deportistas, habituales de todo tipo y condición, eran siempre recibidos por él, y con todos tenía una palabra amable y un tímido piropo bien entendido para las señoras.. Su gente, sus camareros, cocineros, su mano derecha Carlos, lo adoraba, como sus hijos, que espero sigan su senda, por difícil —casi imposible— que parezca mantener su ejemplo.. Ahí volveremos como lo hacíamos periódicamente con Paco, con Pedro, Luis, José Luis, Manolo, Gonzalo, Mario, etc., allí donde si cabe aumentaba la idea y la palabra que es sencillamente amistad.. Barcelona ha perdido un referente, Salamanca un hijo ejemplar, España, su, nuestra España, un hombre comprometido con el trabajo, el esfuerzo, el sacrificio y el buen hacer. Descanse en paz, aunque dudo que Silvestre conociera la palabra descanso.. Con Alfonso Ussía tuve una amistad intermitente, pero siempre divertida; recordarán mis más leales lectores aquellos artículos en los que, cuando quería poner algo ingenioso (las raras veces en las que tenía esas ocurrencias), decía «como diría mi amigo Alfonso Ussía», y luego le explicaba que había vuelto a tomar su nombre en vano. Él no solo me lo consentía, sino que se reía con ello.. Como nos partimos de risa el día que me contó que a alguna fiesta acudía con un amigo desconocido popularmente, que llevaba fotos de carnet suyas en la cartera y, allí donde les invitaban, buscaban un marco de fotos —de bodas, de viajes o de eventos—, y aprovechando cualquier despiste el amigo colocaba la foto tamaño carnet en el marco. «José María, lo hicimos muchas veces, solo nos pillaron dos». «Oye, Alfonso, ¿no sabrás quién es un señor cuya foto ha aparecido en el marco de la del viaje a Bahamas?». Ussía era un genio, divertido, culto, educado, elitista en el buen sentido del término y, ante todo, un magnífico conversador. Le conocí porque él quiso conocer al famoso «Lobo». Solo siento que nuestra amistad, aunque duradera, fuese esporádica en encuentros personales.. Rectifico algo que he escrito al principio, la palabra «diferentes», pues no: las personas somos diferentes, pero la amistad tiene en común la añoranza del amigo cuando ya no está y la sensación de que quizás pudimos disfrutar todavía más de su compañía.
Las personas somos diferentes, pero la amistad tiene en común la añoranza del amigo cuando ya no está y la sensación de que quizás pudimos disfrutar todavía más de su compañía
Hay días para el olvido y para el recuerdo, y que un mismo día te llegue la noticia de la muerte de dos amigos muy diferentes, con los que has tenido una amistad muy distinta, es algo para recordar.. Silvestre Sánchez, el dueño, el alma máter del Salamanca, el mítico restaurante de la Barceloneta, todo y en muchos medios se ha dicho sobre él. Un hombre bueno, trabajador infatigable que construyó desde la nada un auténtico imperio, con su nombre, el de su ciudad, siempre por bandera: Salamanca.. Un hombre que llegó a Barcelona como policía y jamás lo olvidó. Imposible ser policía, guardia civil, mosso d’esquadra, policía local o militar y no haber pasado por el Salamanca. Allí, entre turistas, vecinos de la Barceloneta, jueces, fiscales, abogados, deportistas, habituales de todo tipo y condición, eran siempre recibidos por él, y con todos tenía una palabra amable y un tímido piropo bien entendido para las señoras.. Su gente, sus camareros, cocineros, su mano derecha Carlos, lo adoraba, como sus hijos, que espero sigan su senda, por difícil —casi imposible— que parezca mantener su ejemplo.. Ahí volveremos como lo hacíamos periódicamente con Paco, con Pedro, Luis, José Luis, Manolo, Gonzalo, Mario, etc., allí donde si cabe aumentaba la idea y la palabra que es sencillamente amistad.. Barcelona ha perdido un referente, Salamanca un hijo ejemplar, España, su, nuestra España, un hombre comprometido con el trabajo, el esfuerzo, el sacrificio y el buen hacer. Descanse en paz, aunque dudo que Silvestre conociera la palabra descanso.. Con Alfonso Ussía tuve una amistad intermitente, pero siempre divertida; recordarán mis más leales lectores aquellos artículos en los que, cuando quería poner algo ingenioso (las raras veces en las que tenía esas ocurrencias), decía «como diría mi amigo Alfonso Ussía», y luego le explicaba que había vuelto a tomar su nombre en vano. Él no solo me lo consentía, sino que se reía con ello.. Como nos partimos de risa el día que me contó que a alguna fiesta acudía con un amigo desconocido popularmente, que llevaba fotos de carnet suyas en la cartera y, allí donde les invitaban, buscaban un marco de fotos —de bodas, de viajes o de eventos—, y aprovechando cualquier despiste el amigo colocaba la foto tamaño carnet en el marco. «José María, lo hicimos muchas veces, solo nos pillaron dos». «Oye, Alfonso, ¿no sabrás quién es un señor cuya foto ha aparecido en el marco de la del viaje a Bahamas?». Ussía era un genio, divertido, culto, educado, elitista en el buen sentido del término y, ante todo, un magnífico conversador. Le conocí porque él quiso conocer al famoso «Lobo». Solo siento que nuestra amistad, aunque duradera, fuese esporádica en encuentros personales.. Rectifico algo que he escrito al principio, la palabra «diferentes», pues no: las personas somos diferentes, pero la amistad tiene en común la añoranza del amigo cuando ya no está y la sensación de que quizás pudimos disfrutar todavía más de su compañía.
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