William Shakespeare dejó por escrito que «si la guerra tumba las estatuas y las murallas ceden a la horda, ni el fuego atroz ni Marte con su espada impedirán que viva tu memoria». Una memoria que también queda impregnada en las monedas, objetos cruciales en el devenir del comercio desde su invención en el siglo VII a.C. que, sin embargo, cuyo peso histórico va más allá de su mero valor pecuniario. Así lo demuestra el historiador Gareth Harney en «Moneta» (Deusto), un ensayo con traducción de Diego Trejo Bejarano que narra la historia de la Roma antigua a través de doce monedas: de la República convulsa a la caída del Imperio. Y es que la historia de una civilización puede abordarse a través de sus batallas, de sus ciudadanos o de sus emperadores, pero también de este singular modo.. Así se sumerge el divulgador anglosajón en un mundo en el que le introdujo su padre siendo solo un niño. Todo cambió cuando se enteró de que aquello que tenía en la palma de su mano contaba con «más de dos mil años», afirma. La moneda era más antigua que las dos guerras mundiales, que el Bardo y ya existía mucho antes de que Haroldo recibiera un flechazo en el ojo en Hastings (1066). «Es posible que no comprendiera del todo la verdadera antigüedad del metal reluciente, pero sentí una inmediata curiosidad por el hombre cuyo retrato estaba grabado, indeleble, en la superficie». Veinte siglos después, el pequeño Gareth estaba ante Trajano, un líder romano que gobernó «sobre un imperio tan vasto que se extendía desde Escocia hasta Irak. Con esta moneda, conocida como denario, era posible comprar en cada uno de sus confines», le explicó su padre de la que se convirtió en la primera moneda de la colección.. Más allá de ser simples divisas, estos pequeños y fríos discos de metal fueron a su vez verdaderos instrumentos de comunicación política, piezas de propaganda y hasta testimonios inmediatos de los grandes acontecimientos. Símbolos del paso del tiempo que todavía hoy revelan cómo el dinero modeló la política, la cultura y la memoria de Occidente. «Acuñadas a escala industrial bajo el poder de Roma, las monedas se convirtieron realmente en los primeros medios de comunicación de masas de la humanidad», expone la introducción. Dos mil años antes de la imprenta de Gutenberg, el efectivo ya servía para difundir «con eficacia ideas, creencias, noticias y propaganda hasta los confines del mundo conocido». Ya para entonces, las monedas del mercado romano podían significar la primera vez que un ciudadano contemplaba el rostro del nuevo emperador o enterarse del triunfo militar más reciente frente a unos bárbaros con pantalones. «Quizá incluso descubrir a un nuevo dios oriental de moda al que ofrecer sacrificios en el caso de que Marte o Venus no respondieran a tus plegarias», presenta el libro.. El lienzo de los ideales. Concebidas de inicio como un medio práctico y fabricado en serie para el intercambio financiero, estas piezas pronto se convirtieron en mucho más, ya que los antiguos las trataron como un lienzo en el que plasmar los ideales fundamentales de su cultura: «Mientras que los griegos exploraron los límites artísticos del medio hasta alcanzar niveles inéditos de belleza y sofisticación, los romanos valoraron el poder práctico de la moneda para difundir su propia marca de civilización», explica Herney en su ensayo. Como vehículos culturales, las monedas fomentaban el concepto mismo de lo que significaba ser romano («Romanitas»). «El Imperio se construiría con la plata y el bronce y también con el hierro de la espada del legionario», reflexiona el historiador y coleccionista de monedas.. La fabricación de cada una de las monedas antiguas era a mano. Por ello, cuando Gareth Harney sostiene una en su mano insiste en que, mientras admira «su diseño intrincado», «es esencial recordar que los artesanos especializados completaron cada etapa de la acuñación sin herramientas ni maquinaria modernas». Ante la perfección de la ingeniería de un acueducto romano o la increíble sofisticación de una «supercomputadora» astronómica griega, «no sería tan descabellado pensar que en la Antigüedad idearon una solución mecanizada para algo tan sencillo como martillear monedas. En realidad, el proceso era manual de principio a fin y permaneció casi intacto hasta los primeros experimentos del siglo XVI con acuñaciones “fresadas” prensadas a máquina».. El autor hace hincapié en los fundamentos del proceso de fabricación de las divisas de Roma para no olvidar que ahí se esconde «una historia humana que contar»: cada una de las monedas es «producto del sudor, el esfuerzo y el ingenio humanos». En esencia, continúa, las monedas antiguas se acuñaban al colocar un disco de metal en bruto, llamado cospel, entre dos cuños grabados y golpearlo con un martillo. El cuño inferior, fijado en un yunque, imprimía el anverso o «cara» de la moneda, mientras que el cuño superior, que se sostenía con la mano, imprimía el reverso o «cruz». Pero este golpe de martillo no era más que el último paso de un proceso complicado, el cual exigía las habilidades de un diverso equipo de trabajadores. En todos los aspectos conocidos, la acuñación de monedas antiguas era una tarea colaborativa.. Y es que la historia de cada moneda comienza con la extracción de sus metales. «De los múltiples destinos crueles que podían acechar a los esclavos en el mundo antiguo, la condena a las minas (“damnatio ad metalla”) era el más temido de todos –apunta Gareth Harney–. Miles de esclavos [se calcula que más o menos 60.000 trabajaban en una mina romana en España] estaban obligados a cortar la roca sin cesar en la oscuridad casi total dentro de túneles estrechos y asfixiantes. Las condiciones laborales en las minas eran tan espantosas que, en general, se creía que la condena a trabajar en una de ellas era una sentencia de muerte prolongada». Cuando no se extraían de manera directa, los metales preciosos necesarios para la acuñación de monedas se extraían de los territorios ocupados. Se estima que, a partir de la conquista de Dacia (actual Rumanía), Trajano transportó cerca de 225 toneladas de oro y 450 toneladas de plata para llenar las arcas del Estado, suficiente como para emitir 31 millones de áureos y 160 millones de denarios de plata.. Conexión con el pasado. Es por todo ello, por lo que puede que más que cualquier otro artefacto, «las monedas nos ofrecen una conexión tangible e inmediata con nuestro pasado antiguo». Para Harney, su invención representa «una chispa crucial en el despertar intelectual de la humanidad: se ha señalado con acierto que cuando el hombre empezó a pensar, el dinero empezó a vivir. Desde entonces son compañeras físicas cercanas, codiciadas y transportadas siempre en el cuerpo; están diseñadas para caber en la palma de la mano, para intercambiar con extraños y amigos, es decir, han sido un punto de contacto humano durante gran parte de la historia documentada». La relación se convertiría en «sagrada»: «Hoy en día todavía las arrojamos a fuentes de agua y pedimos deseos esperanzados; las colocamos en los cimientos de nuevas construcciones, las portamos como amuletos, las escondemos en la comida y las regalamos», escribe el autor en un libro (reconocido por el «Financial Times» como el mejor del año) que aspira a conseguir «lo mismo» que le sucedió a él: «Las monedas me conquistaron porque confieren materialidad a la intangible maravilla de la historia antigua: aportan peso, vitalidad y un rostro humano».. ‘Moneta. Una historia de la Roma antigua en doce monedas’ (Deusto), de Gareth Harney, 408 páginas, 21,95 euros.
El divulgador Gareth Harney publica en español su ensayo en el que atraviesa la historia del Imperio de una manera muy particular
William Shakespeare dejó por escrito que «si la guerra tumba las estatuas y las murallas ceden a la horda, ni el fuego atroz ni Marte con su espada impedirán que viva tu memoria». Una memoria que también queda impregnada en las monedas, objetos cruciales en el devenir del comercio desde su invención en el siglo VII a.C. que, sin embargo, cuyo peso histórico va más allá de su mero valor pecuniario. Así lo demuestra el historiador Gareth Harney en «Moneta» (Deusto), un ensayo con traducción de Diego Trejo Bejarano que narra la historia de la Roma antigua a través de doce monedas: de la República convulsa a la caída del Imperio. Y es que la historia de una civilización puede abordarse a través de sus batallas, de sus ciudadanos o de sus emperadores, pero también de este singular modo.. Así se sumerge el divulgador anglosajón en un mundo en el que le introdujo su padre siendo solo un niño. Todo cambió cuando se enteró de que aquello que tenía en la palma de su mano contaba con «más de dos mil años», afirma. La moneda era más antigua que las dos guerras mundiales, que el Bardo y ya existía mucho antes de que Haroldo recibiera un flechazo en el ojo en Hastings (1066). «Es posible que no comprendiera del todo la verdadera antigüedad del metal reluciente, pero sentí una inmediata curiosidad por el hombre cuyo retrato estaba grabado, indeleble, en la superficie». Veinte siglos después, el pequeño Gareth estaba ante Trajano, un líder romano que gobernó «sobre un imperio tan vasto que se extendía desde Escocia hasta Irak. Con esta moneda, conocida como denario, era posible comprar en cada uno de sus confines», le explicó su padre de la que se convirtió en la primera moneda de la colección.. Más allá de ser simples divisas, estos pequeños y fríos discos de metal fueron a su vez verdaderos instrumentos de comunicación política, piezas de propaganda y hasta testimonios inmediatos de los grandes acontecimientos. Símbolos del paso del tiempo que todavía hoy revelan cómo el dinero modeló la política, la cultura y la memoria de Occidente. «Acuñadas a escala industrial bajo el poder de Roma, las monedas se convirtieron realmente en los primeros medios de comunicación de masas de la humanidad», expone la introducción. Dos mil años antes de la imprenta de Gutenberg, el efectivo ya servía para difundir «con eficacia ideas, creencias, noticias y propaganda hasta los confines del mundo conocido». Ya para entonces, las monedas del mercado romano podían significar la primera vez que un ciudadano contemplaba el rostro del nuevo emperador o enterarse del triunfo militar más reciente frente a unos bárbaros con pantalones. «Quizá incluso descubrir a un nuevo dios oriental de moda al que ofrecer sacrificios en el caso de que Marte o Venus no respondieran a tus plegarias», presenta el libro.. El lienzo de los ideales. Concebidas de inicio como un medio práctico y fabricado en serie para el intercambio financiero, estas piezas pronto se convirtieron en mucho más, ya que los antiguos las trataron como un lienzo en el que plasmar los ideales fundamentales de su cultura: «Mientras que los griegos exploraron los límites artísticos del medio hasta alcanzar niveles inéditos de belleza y sofisticación, los romanos valoraron el poder práctico de la moneda para difundir su propia marca de civilización», explica Herney en su ensayo. Como vehículos culturales, las monedas fomentaban el concepto mismo de lo que significaba ser romano («Romanitas»). «El Imperio se construiría con la plata y el bronce y también con el hierro de la espada del legionario», reflexiona el historiador y coleccionista de monedas.. La fabricación de cada una de las monedas antiguas era a mano. Por ello, cuando Gareth Harney sostiene una en su mano insiste en que, mientras admira «su diseño intrincado», «es esencial recordar que los artesanos especializados completaron cada etapa de la acuñación sin herramientas ni maquinaria modernas». Ante la perfección de la ingeniería de un acueducto romano o la increíble sofisticación de una «supercomputadora» astronómica griega, «no sería tan descabellado pensar que en la Antigüedad idearon una solución mecanizada para algo tan sencillo como martillear monedas. En realidad, el proceso era manual de principio a fin y permaneció casi intacto hasta los primeros experimentos del siglo XVI con acuñaciones “fresadas” prensadas a máquina».. El autor hace hincapié en los fundamentos del proceso de fabricación de las divisas de Roma para no olvidar que ahí se esconde «una historia humana que contar»: cada una de las monedas es «producto del sudor, el esfuerzo y el ingenio humanos». En esencia, continúa, las monedas antiguas se acuñaban al colocar un disco de metal en bruto, llamado cospel, entre dos cuños grabados y golpearlo con un martillo. El cuño inferior, fijado en un yunque, imprimía el anverso o «cara» de la moneda, mientras que el cuño superior, que se sostenía con la mano, imprimía el reverso o «cruz». Pero este golpe de martillo no era más que el último paso de un proceso complicado, el cual exigía las habilidades de un diverso equipo de trabajadores. En todos los aspectos conocidos, la acuñación de monedas antiguas era una tarea colaborativa.. Y es que la historia de cada moneda comienza con la extracción de sus metales. «De los múltiples destinos crueles que podían acechar a los esclavos en el mundo antiguo, la condena a las minas (“damnatio ad metalla”) era el más temido de todos –apunta Gareth Harney–. Miles de esclavos [se calcula que más o menos 60.000 trabajaban en una mina romana en España] estaban obligados a cortar la roca sin cesar en la oscuridad casi total dentro de túneles estrechos y asfixiantes. Las condiciones laborales en las minas eran tan espantosas que, en general, se creía que la condena a trabajar en una de ellas era una sentencia de muerte prolongada». Cuando no se extraían de manera directa, los metales preciosos necesarios para la acuñación de monedas se extraían de los territorios ocupados. Se estima que, a partir de la conquista de Dacia (actual Rumanía), Trajano transportó cerca de 225 toneladas de oro y 450 toneladas de plata para llenar las arcas del Estado, suficiente como para emitir 31 millones de áureos y 160 millones de denarios de plata.. Conexión con el pasado. Es por todo ello, por lo que puede que más que cualquier otro artefacto, «las monedas nos ofrecen una conexión tangible e inmediata con nuestro pasado antiguo». Para Harney, su invención representa «una chispa crucial en el despertar intelectual de la humanidad: se ha señalado con acierto que cuando el hombre empezó a pensar, el dinero empezó a vivir. Desde entonces son compañeras físicas cercanas, codiciadas y transportadas siempre en el cuerpo; están diseñadas para caber en la palma de la mano, para intercambiar con extraños y amigos, es decir, han sido un punto de contacto humano durante gran parte de la historia documentada». La relación se convertiría en «sagrada»: «Hoy en día todavía las arrojamos a fuentes de agua y pedimos deseos esperanzados; las colocamos en los cimientos de nuevas construcciones, las portamos como amuletos, las escondemos en la comida y las regalamos», escribe el autor en un libro (reconocido por el «Financial Times» como el mejor del año) que aspira a conseguir «lo mismo» que le sucedió a él: «Las monedas me conquistaron porque confieren materialidad a la intangible maravilla de la historia antigua: aportan peso, vitalidad y un rostro humano».. ‘Moneta. Una historia de la Roma antigua en doce monedas’ (Deusto), de Gareth Harney, 408 páginas, 21,95 euros.
Noticias de cultura en La Razón
