Cuando la princesa Leonor entró esta semana a estudiar en la Universidad Carlos III, sita en Madrid, estaba ingresando en un centro de educación superior fundado en el año 1989 y bautizado en honor de Carlos de Borbón y Farnesio, Carlos III (1716-1788). Calificar el parentesco entre ambos Borbones con el vocabulario que nos ofrece el español actual nos enfrenta a un laberinto terminológico, ya que la lengua española tiene bien establecidos los términos de parentesco hasta el cuarto grado en línea recta, pero, a partir de ahí, funde y confunde términos.. Seguir leyendo
Algunos problemas de la institución en la época de Carlos III siguen vivos; otros son propios de nuestro tiempo
TRIBUNA. Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado. Algunos problemas de la institución en la época de Carlos III siguen vivos; otros son propios de nuestro tiempo. El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.. La princesa Leonor de Borbón llega este lunes al campus de Getafe (Madrid) de la Universidad Carlos III, en su primer día de clase.Pablo Monge. Cuando la princesa Leonor entró esta semana a estudiar en la Universidad Carlos III, sita en Madrid, estaba ingresando en un centro de educación superior fundado en el año 1989 y bautizado en honor de Carlos de Borbón y Farnesio, Carlos III (1716-1788). Calificar el parentesco entre ambos Borbones con el vocabulario que nos ofrece el español actual nos enfrenta a un laberinto terminológico, ya que la lengua española tiene bien establecidos los términos de parentesco hasta el cuarto grado en línea recta, pero, a partir de ahí, funde y confunde términos.. Recuerde el lector su estirpe perdida, avive el seso y despierte: antes que los abuelos van los bisabuelos y antes que ellos están los tatarabuelos; nietos, bisnietos y tataranietos son la versión descendente de estas relaciones. Pero si nos alejamos de ese centro del universo que somos nosotros mismos cuando ordenamos el mundo a través de la lengua, el vocabulario se empieza a complicar. Podemos emplear palabras que el español tuvo en otro tiempo: choznofue la designación para el hijo de un tataranieto; hoy es una palabra desaparecida del español de España, pero fue común en los siglos XVI a XVIII. De hecho, generó derivados (bichozno era el nieto del tataranieto) y sostuvo chistes en géneros populares (“Miente, tataramiente y choznomiente” puso por escrito un autor ingenioso del siglo XVII, Luis Quiñones de Benavente).. Cierto es que, pasando los abuelos, estos términos de familia podían significar una cosa o la contigua: la palabra trasnieto sirvió para expresar el grado de bisnieto, pero en algunas fuentes se hace equivalente al tataranieto; el propio chozno era el nombre tanto para el hijo del tataranieto como para el tataranieto mismo. El panorama es confuso (un exhaustivo artículo del catedrático Jairo J. García, de la Universidad de Alcalá, analiza estos nombres con detalle) y esto se explica porque en las familias comunes no son necesarias especificaciones de estirpe muy remota; solo los nobles por herencia y los miembros de familias reales no pierden del todo la cuenta de sus antepasados. De hecho, como el árbol familiar ofrece una respuesta exacta a lo que la lengua parece confundir, los genealogistas se esfuerzan en acuñar términos que quieren ser inequívocos para designar los grados de parentesco anteriores a los tatarabuelos, pero no hay palabras asentadas más allá de estos, y encadenar un tatara- para cada grado superior a ellos es divertido, pero poco funcional. Por eso es común tirar de numerales, e igual que hablamos de primos segundos o terceros, podemos aludir al sexto, séptimo, octavo abuelo (u octabuelo) de alguien, o bien calificar el parentesco en términos relativos: Leonor estudia un grado en la universidad que lleva el nombre del tatarabuelo del tatarabuelo de su padre.. La historia acerca a Leonor y Carlos III a través de la Universidad, una institución de educación superior que, tanto a finales del siglo XVIII como ahora, se enfrenta a situaciones que debe superar si quiere seguir siendo clave en el desarrollo de la ciencia y el pensamiento. La universidad en época de Carlos III albergaba en sí la discusión entre antiguos y modernos que recorría la sociedad española y afrontaba un reto humano e institucional complejo: la expulsión de los jesuitas ofrecía la oportunidad de reducir la influencia eclesiástica, pero exigía el desafío de reconfigurar centros de enseñanza que habían quedado huérfanos. En un clima de reformismo optimista, distintos escritos doctrinales calentaron el ambiente a favor del fortalecimiento del gobierno rectoral, pidiendo el aumento de la exigencia científica en la provisión de puestos y la reforma de planes de estudio en favor de nuevos saberes aplicados. Cada uno de esos reformistas del XVIII, tan animados por el espíritu con que gobernaba Carlos III, tenía su propio ideal de rigor universitario, pero lo novedoso de la etapa es que existan esos ideales, es decir, que se plantee la necesidad de servirse de la Universidad como lugar de enseñanza y de investigación, en la creencia de que la conjunción de ambos planos forjaría sociedades más capacitadas y (oh, inocencia de la Ilustración) más felices.. La imagen de la princesa Leonor entrando esta semana en una universidad pública para continuar su formación rebasa, como casi todo cuanto hace públicamente un miembro de la Casa Real, el terreno de lo personal. Es una estampa elocuente que refrenda a la universidad pública española frente a quienes se empeñan en retratar a nuestros centros universitarios como lugares vetustos y poco apropiados para la formación de excelencia. Algunos problemas de la institución universitaria en época de Carlos III siguen vivos; otros son propios de nuestro tiempo: la cicatería con que se le asignan recursos financieros, la proliferación social de discursos interesados en desacreditar el conocimiento científico, la mercantilización de la educación superior. Nuestra Universidad de hoy es también el resultado de su propia genealogía, con reformas, continuidades y conflictos. La continuidad de una Monarquía que pretende proyectarse hacia el futuro pasa por reconocer el valor de las instituciones públicas que durante siglos han construido una parte esencial del país que esa misma Corona representa.. Sobre la firma. Historiadora de la lengua y catedrática de la Universidad de Sevilla, directora de los proyectos de investigación ‘Historia15’. Es colaboradora en RNE. Ha publicado varias obras sobre lingüística histórica y dialectología. Su último libro es ‘El dedo en los labios. El silencio en la historia de la lengua española’.. Normas ›. Mis comentariosNormas. Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos. Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus.. Más información. Archivado En. Opinión. España. Sociedad. Universidad. Universidades públicas. Universidades privadas. Universidad Carlos III. Comunidad de Madrid. Carlos III. Leonor de Borbón. Monarquía. Educación superior. Estudiantes universitarios. Recortes sociales. Parentesco. Familia. Lengua. Español. Filología. Abuelos. Si está interesado en licenciar este contenido, pinche aquí
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