Una noche de invierno de 1981, cuatro días después de su vigésimo sexto cumpleaños, la escritora Siri Hustvedt acudió con un amigo a un recital de poesía en Nueva York. Al terminar, vio a un hombre en el vestíbulo. Era Paul Auster, su futuro marido. En aquel momento ignoraba su identidad. “La atracción que sentí fue como un golpe seco en la nuca”, confiesa en Historias de fantasmas, un libro conmovedor sobre el duelo escrito tras el fallecimiento de Auster y publicado hace unos meses en castellano por Seix Barral.. Seguir leyendo
Hay algo en las vacaciones de verano que despierta al ejército de posibilidades que habitan en cualquiera de nosotros
Una noche de invierno de 1981, cuatro días después de su vigésimo sexto cumpleaños, la escritora Siri Hustvedt acudió con un amigo a un recital de poesía en Nueva York. Al terminar, vio a un hombre en el vestíbulo. Era Paul Auster, su futuro marido. En aquel momento ignoraba su identidad. “La atracción que sentí fue como un golpe seco en la nuca”, confiesa en Historias de fantasmas, un libro conmovedor sobre el duelo escrito tras el fallecimiento de Auster y publicado hace unos meses en castellano por Seix Barral.. El amigo de Hustvedt los presentó. Acabaron los tres en un taxi rumbo a una fiesta. Después, Siri y Paul conversaron en un rincón del piso, abandonaron la fiesta, pasearon, tomaron algo en un bar. Más tarde, él la acompañó a buscar un taxi, hubo ese silencio extraño que precede a un primer beso y, luego, ella lo invitó a casa. Por la mañana, se despidieron. Al día siguiente, cuando Hustvedt volvió a su apartamento, encontró una nota en el buzón. En una hoja arrancada de un cuaderno de espiral, él le contaba que había estado llamando muchas veces sin éxito, y añadía: “Si esta nota llega a tus manos antes de que sea demasiado tarde, quizá podamos vernos antes de que acabe la noche. Llámame a casa”.. Y llamó, claro.. La noche del recital fue el punto de partida de su historia. A lo largo de los años, cuenta Hustvedt, él le preguntó muchas veces: “¿Y si no te hubiera conocido?”. Ella siempre respondía que, probablemente, habrían acabado coincidiendo en otro lugar, puesto que el mundillo de la poesía en Nueva York era reducido. “Paul no creía en el destino. Creía que eran los hechos fortuitos los que cambian la vida de las personas”, escribe.. Siempre me han obsesionado estos hechos fortuitos, el azar, lo que pudo no haber ocurrido. Darle vueltas a ese tipo de causalidades, a los “y si”, fue una de mis obsesiones de adolescencia. ¿Y si eran las decisiones más intrascendentes las que terminaban convirtiéndonos en las personas que éramos y no en otras bien distintas?. A los diecisiete años, después de la selectividad, hice un trámite para cambiar el orden de mis preferencias universitarias. Entraba en mi primera opción pero, fruto de un impulso repentino, decidí quedarme con la segunda. Con eso, acabé en otra universidad, conocí a otra gente, tuve otra vida. Como podrán imaginar, eso es material de primera para una adicta a los “y si”. Ese día, en el tiempo que se tarda en rellenar y firmar un formulario, elegí una vida diferente. ¿Y si no hubiera cambiado de opinión a última hora? ¿Quién sería yo? ¿Quiénes serían mis amigos? ¿Qué recordaría de aquellos años? Hubo una versión de mí que estuvo a punto de existir pero que no ha existido nunca.. Todos tenemos nuestros propios “y si”. En cada decisión que tomamos hay una renuncia. Nuestra nostalgia se alimenta, también, de eso. De los que fuimos alguna vez, de los que ya no seremos nunca.. Escribe Hustvedt que, a los catorce años, en un campamento de verano, Auster vio cómo un rayo fulminaba a un niño a pocos centímetros de él. El rayo no alcanzó al escritor por cuestión de segundos. Auster llamaba a este tipo de casualidades “la mecánica de la realidad”.. La ficción es tan adicta como yo a esa mecánica, a los “y si”, a los qué hubiera sucedido si. El año pasado, se cumplió el 30º aniversario de la trilogía Antes del amanecer de Richard Linklater. En la primera de las películas, dos veinteañeros, Jesse y Céline, se conocen en un tren. Al llegar a su estación, Jesse le propone que se baje con él. Durante esas horas en Viena, se enamoran, pero acuerdan que esa será su única noche. Viven en continentes distintos y temen enfriar la química que sienten si tienen que someterla a llamadas telefónicas y a promesas de futuro. Pero, por la mañana, a la hora de despedirse, toman una última decisión: no se darán los números de teléfono, harán algo mejor; encontrarse en esa misma estación seis meses después. Por supuesto, algo les fastidia los planes. Tendrá que pasar casi una década antes de que vuelvan a deambular juntos por las calles de otra ciudad europea y puedan plantar cara a tantos años de y síes. ¿Y si se hubieran dado los teléfonos? ¿Y si hubiesen seguido en contacto? ¿Qué habría pasado?. A veces los “y si” nos torturan con lo que podría haber sido y otras nos seducen con lo que todavía puede ocurrir. Hay algo en las vacaciones de verano que despierta al ejército de los “y si” que habitan en cualquiera de nosotros: ¿Y si empezara de nuevo? ¿Y si pudiera vivir de otro modo? ¿Y si la vida fuera algo más que madrugar, trabajar, poner lavadoras y dormir poco? Es difícil ignorar a un “y si”. Saben preguntar. Saben que no hay nada más vulnerable que una persona sin respuestas. Pero, ¿y si tuvieran razón? ¿Y si resulta que la vida es —y puede ser— otra cosa?. Emma Vallespinós es periodista y autora de No lo haré bien (Arpa)
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