Esta era una escuela de pueblo, en un edificio de dos plantas: la de arriba la ocupaban las niñas, unas treinta, y la de abajo los niños, otros tantos. El horario escolar era de diez a una por la mañana, con un recreo de media hora, y de tres a cinco por la tarde: 28 horas en total a la semana, de lunes a sábado, que también era lectivo, pero los jueves por la tarde se descansaba.. Hablaré de la clase de los niños, pero todo lo que diga sirve igualmente para la de las niñas. En ella convivían alumnos de todas las edades, desde los cinco hasta los catorce años, de manera que el señor maestro tenía que atender a muy diversos y diferentes niveles de aprendizaje (¡la atención a la diversidad!). Los más pequeños se sentaban en los dos pupitres que había al lado de la estufa, y los mayores, en mesas de cuatro sillas. En el centro de cada mesa había un agujero redondo, y en él, un recipiente de cristal que hacía las veces de tintero colectivo donde se mojaba la pluma –con mango de madera– para escribir. El encerado, un mapamundi, un mapa de España y una caja con las figuras geométricas más comunes constituía todo el equipamiento con que contaba la escuela.. La memoria era la principal, por no decir la única, herramienta de aprendizaje, y aprender de memoria la lección y recitarla después delante de la mesa del maestro, el método pedagógico imperante.. No había libros de texto, porque todas las asignaturas –Gramática, Geografía, Historia de España, Aritmética, Geometría, Historia Sagrada…– se estudiaban por la enciclopedia Álvarez, de la que se guardaban ejemplares de cada uno de los grados en un armario. Por eso no se necesitaba mochila ni nada parecido.. Tampoco el estuche, porque el material escolar propiamente dicho y de uso particular se guardaba en los cajones de la mesa, cada uno en el suyo: los lápices (lapiceros, los llamábamos, y los mejores eran los que llevaban goma de borrar en la parte superior, y si no, los que venían decorados con la tabla de multiplicar), el plumín metálico para la pluma (que se despuntaba por menos de nada, en cuanto se apretaba un poco al escribir: aún no habían llegado los bolígrafos Bic), la goma de borrar, el papel secante para los borrones de tinta, el papel calcante para calcar mapas y otros dibujos especialmente difíciles, el cuaderno para copiar la lección, las pinturas (de Alpino, en cajas de seis, de doce, ¡y hasta de veinticuatro!). En una pequeña pizarra rectangular con cantos de madera nos ponía el señor maestro los deberes para casa: las cuentas –de las cuatro operaciones básicas– y los problemas, para cuya resolución bastaba casi siempre con recurrir a la regla de tres.. Así y todo, se salía de la escuela sabiendo leer y escribir (con buena letra y muy pocas faltas de ortografía) y dominando las cuatro operaciones matemáticas.
La memoria era la principal, por no decir la única, herramienta de aprendizaje
Esta era una escuela de pueblo, en un edificio de dos plantas: la de arriba la ocupaban las niñas, unas treinta, y la de abajo los niños, otros tantos. El horario escolar era de diez a una por la mañana, con un recreo de media hora, y de tres a cinco por la tarde: 28 horas en total a la semana, de lunes a sábado, que también era lectivo, pero los jueves por la tarde se descansaba.. Hablaré de la clase de los niños, pero todo lo que diga sirve igualmente para la de las niñas. En ella convivían alumnos de todas las edades, desde los cinco hasta los catorce años, de manera que el señor maestro tenía que atender a muy diversos y diferentes niveles de aprendizaje (¡la atención a la diversidad!). Los más pequeños se sentaban en los dos pupitres que había al lado de la estufa, y los mayores, en mesas de cuatro sillas. En el centro de cada mesa había un agujero redondo, y en él, un recipiente de cristal que hacía las veces de tintero colectivo donde se mojaba la pluma –con mango de madera– para escribir. El encerado, un mapamundi, un mapa de España y una caja con las figuras geométricas más comunes constituía todo el equipamiento con que contaba la escuela.. La memoria era la principal, por no decir la única, herramienta de aprendizaje, y aprender de memoria la lección y recitarla después delante de la mesa del maestro, el método pedagógico imperante.. No había libros de texto, porque todas las asignaturas –Gramática, Geografía, Historia de España, Aritmética, Geometría, Historia Sagrada…– se estudiaban por la enciclopedia Álvarez, de la que se guardaban ejemplares de cada uno de los grados en un armario. Por eso no se necesitaba mochila ni nada parecido.. Tampoco el estuche, porque el material escolar propiamente dicho y de uso particular se guardaba en los cajones de la mesa, cada uno en el suyo: los lápices (lapiceros, los llamábamos, y los mejores eran los que llevaban goma de borrar en la parte superior, y si no, los que venían decorados con la tabla de multiplicar), el plumín metálico para la pluma (que se despuntaba por menos de nada, en cuanto se apretaba un poco al escribir: aún no habían llegado los bolígrafos Bic), la goma de borrar, el papel secante para los borrones de tinta, el papel calcante para calcar mapas y otros dibujos especialmente difíciles, el cuaderno para copiar la lección, las pinturas (de Alpino, en cajas de seis, de doce, ¡y hasta de veinticuatro!). En una pequeña pizarra rectangular con cantos de madera nos ponía el señor maestro los deberes para casa: las cuentas –de las cuatro operaciones básicas– y los problemas, para cuya resolución bastaba casi siempre con recurrir a la regla de tres.. Así y todo, se salía de la escuela sabiendo leer y escribir (con buena letra y muy pocas faltas de ortografía) y dominando las cuatro operaciones matemáticas.
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