“Quiero congelar una parte de mi vida, que me la tomé con humor, donde fui totalmente invisible: un casting que hizo Chicho Ibáñez Serrador para azafatas del Un, dos, tres. Era la época que cogieron a Lydia Bosch. Te ponen ahí, empiezas a hacer el baile y yo miraba que nadie me veía. Entonces, salí, recogí mis zapatillas, nadie me habló, nadie me dijo nada y me dije soy absolutamente invisible. Pero, mira tú, qué pasó después. Luego me hice visible y presenté Un, dos, tres… responda otra vez”.. Miriam Díaz Aroca cuenta a Henar Álvarez sus primeros pasos en la tele. Con paradoja incluida: todos nos hemos sentido invisibles para el mundo, mientras seguimos siendo parte del mundo. Aquel casting significó una primera decepción que no frenó su espontaneidad y, solo unos años después, fue la elegida para presentar el programa que cogía el testigo de La Bola de Cristal: Cajón desastre.. Desde la mañana de los sábados, Miriam revolucionó la televisión. No era una comunicadora al uso, era mucho mejor: una artista de la autenticidad. Habíamos pasado de presentadoras de programas infantiles que sentíamos nuestras profesoras, nuestras hermanas mayores o, directamente, personajes de cómic a una mujer independiente que era más traviesa que nosotros. Y queríamos que fuera nuestra mejor amiga.. La verborrea de Miriam y su poderosa expresividad física dotaba al guion de un tono imparable. Incluso Díaz Aroca rompía los corsés de buenas maneras que nos contaron y era una chica que ¡hacía ruidos! Todos queríamos silbar como Miriam. No era una locutora perfecta, ni falta que hacía. Su superpoder estaba en que contagiaba la alegría de la curiosidad de los años jóvenes en los que la pasión del descubrimiento gana a las reticencias de las decepciones del crecer.. Y así triunfó. Y, así, aquel Chicho que no la vio en el casting de Un, dos, tres corrió para que fuera presentadora del retorno de Un, dos, tres en los noventa. TVE blindó a Miriam con un gran contrato económico. Se entendió su carisma en una tele que creía en sí misma. Y en los efectos contagiosos de la creatividad.. Miriam atesoraba chispa, carisma, pasión, gozo, imaginación. No podía ser invisible aunque quisiera. Solo que aquel casting de azafatas probablemente llegó demasiado pronto a una vida que tenía otros giros de guion esperando para cuando estuviera más aprendida. Porque siempre somos fruto de tantas circunstancias que nos rodean y nos moldean. Nunca somos solo por nosotros mismos. A veces, hasta hay entornos que apagan la euforia de la ilusión. No fue el caso de Miriam que quitó tantos corsés a la tele. Incluso a los autores más rígidos de la tele. La pena es que ahora sea invisible para los que dan oportunidades en los medios de comunicación de hoy. Porque hay menos creadores y más ejecutivos que no comprenden aquello que nos convierte en singulares. Aquello que desmonta tácticas, complejos y prejuicios. Todo aquello que fue y siempre será Miriam Díaz Aroca.
Aquella tele en donde la espontaneidad se terminaba premiando.
20MINUTOS.ES – Televisión
“Quiero congelar una parte de mi vida, que me la tomé con humor, donde fui totalmente invisible: un casting que hizo Chicho Ibáñez Serrador para azafatas del Un, dos, tres. Era la época que cogieron a Lydia Bosch. Te ponen ahí, empiezas a hacer el baile y yo miraba que nadie me veía. Entonces, salí, recogí mis zapatillas, nadie me habló, nadie me dijo nada y me dije soy absolutamente invisible. Pero, mira tú, qué pasó después. Luego me hice visible y presenté Un, dos, tres… responda otra vez”.. Miriam Díaz Aroca cuenta a Henar Álvarez sus primeros pasos en la tele. Con paradoja incluida: todos nos hemos sentido invisibles para el mundo, mientras seguimos siendo parte del mundo. Aquel casting fue una primera decepción que no impidió que siguiera indagando en su espontaneidad y, solo unos años después, fue ella la elegida para presentar el programa que cogía el testigo de La Bola de Cristal: Cajón desastre.. Desde la mañana de los sábados, Miriam revolucionó la televisión. No era una comunicadora al uso, era mucho mejor: una artista de la autenticidad. Habíamos pasado de presentadoras de programas infantiles que sentíamos nuestras profesoras, nuestras hermanas mayores o, directamente, personajes de cómic a una mujer independiente que era más traviesa que nosotros. Y queríamos que fuera nuestra mejor amiga.. La verborrea de Miriam y su poderosa expresividad física dotaba al guion de un tono imparable. Incluso Díaz Aroca contaba con una forma de silbar característica. No era una locutora perfecta, ni falta que le hacía. Era mucho mejor: era la alegría de la curiosidad de la juventud que parece que puede con todo.. Y así triunfó. Y, así, aquel Chicho que no la vio en el casting de Un, dos, tres quiso que fuera la presentadora del retorno de Un, dos, tres en los noventa. De hecho, TVE blindó a Miriam con un gran contrato económico. Se entendió su carisma en una tele que creía en sí misma. Y en los efectos contagiosos de la creatividad.. Miriam atesoraba chispa, carisma, pasión, gozo, imaginación. No podía ser invisible aunque quisiera. Solo que aquel casting de azafatas probablemente llegó demasiado pronto a una vida que tenía otros giros de guion esperando para cuando estuviera más aprendida. Porque siempre somos fruto de tantas circunstancias que nos rodean y nos moldean. A veces, hasta apagan la euforia de la ilusión. No fue el caso de Miriam que quitó tantos corsés a la tele. Incluso a los autores más rígidos de la tele. La pena es que ahora sea invisible para los que dan oportunidades en los medios de comunicación de hoy. Porque hay menos creadores y más ejecutivos que no comprenden aquello que nos convierte en singulares. Aquello que desmonta tácticas, complejos y prejuicios.
