Durante los años más intensos del procés, Junts y Esquerra Republicana caminaron juntos. Compartieron hoja de ruta, objetivos y hasta una misma candidatura electoral, Junts pel Sí, que simbolizó la unidad estratégica del independentismo institucional. Aquella alianza, sin embargo, pertenece ya al pasado. Hoy, Junts y ERC no solo han emprendido caminos distintos, sino que se han convertido en adversarios políticos que se reprochan mutuamente su forma de hacer política, tanto en Cataluña como en Madrid.. La ruptura del Govern en otoño de 2022 marcó un punto de inflexión definitivo. Desde entonces, cualquier intento de recomponer la unidad independentista se ha estrellado contra una realidad mucho más compleja: estrategias divergentes, prioridades alejadas y una rivalidad cada vez más explícita entre dos partidos que compiten por el mismo espacio electoral. A ello se suman las tensiones personales entre sus principales referentes, Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, y especialmente entre sus portavoces en el Congreso, Gabriel Rufián y Míriam Nogueras, cuyas relaciones nunca han sido fluidas.. Dos estrategias opuestas tras el fin del procés. Con el final del ciclo del procés y la normalización institucional, ERC y Junts han optado por modelos de negociación muy distintos con el Gobierno de Pedro Sánchez. Los republicanos han apostado por una estrategia pragmática, basada en ofrecer estabilidad parlamentaria a cambio de acuerdos concretos. Esa vía les ha permitido presentar como logros medidas como los indultos, la condonación parcial del FLA o la colocación de cuestiones clave como Rodalies o el nuevo modelo de financiación en el centro del debate político estatal.. Junts, en cambio, ha optado por una negociación de máximos «carpeta a carpeta». Su estrategia se ha apoyado en una fuerte presión política y en la bilateralidad. Sin embargo, varios de los compromisos obtenidos —como la oficialidad del catalán en Europa o la delegación de competencias en inmigración— siguen bloqueados por factores que no dependen exclusivamente del Ejecutivo español.. Ambas formaciones han obtenido resultados parciales y limitados, pero lejos de acercarlas, estas trayectorias paralelas han profundizado la desconfianza mutua.. Cataluña: acuerdos que separan en lugar de unir. Las diferencias se han hecho especialmente visibles en Cataluña tras la llegada de Salvador Illa a la presidencia de la Generalitat. ERC se ha convertido en socio prioritario del nuevo Govern y ha logrado arrancar compromisos que presenta como avances relevantes: la financiación singular, el traspaso de Rodalies, el Pacte Nacional per la Llengua o la centralidad de la agenda catalana en la relación con el Estado.. Junts, sin embargo, ha rechazado sumarse a estos acuerdos. Su argumento oficial es que se trata de cesiones insuficientes, “traspasos descafeinados” y operaciones tuteladas desde Madrid que no resuelven problemas estructurales como el déficit fiscal ni garantizan un control real de infraestructuras clave. Desde su óptica, ERC se ha instalado en un autonomismo cómodo, conformándose con lo que consideran migajas del Estado.. En Esquerra, la lectura es muy distinta. Los republicanos sostienen que Junts no se suma a estos pactos porque no quiere reconocer implícitamente que ERC ha sido capaz de obtener acuerdos beneficiosos para Cataluña. Según esta versión, la negativa de Junts responde más a la lógica de la competición interna dentro del independentismo que a una discrepancia real sobre el contenido de los acuerdos.. Madrid, el escenario del choque frontal. Si en el Parlament la confrontación se mantiene en niveles contenidos, el Congreso de los Diputados se ha convertido en el principal campo de batalla. Allí, la antigua colaboración se ha transformado en una sucesión de reproches públicos. El último episodio lo protagonizó Míriam Nogueras al ofrecer un frente común independentista para aprovechar la debilidad parlamentaria de Pedro Sánchez. Lejos de abrir una nueva etapa, la propuesta derivó rápidamente en una nueva guerra de declaraciones.. Desde ERC se recordó que los republicanos ya habían ofrecido en el pasado agendas comunes —en financiación o Rodalies— sin obtener respuesta. Además, dirigentes como Elisenda Alamany, Isaac Albert o el propio Rufián calificaron la propuesta de poco seria y acusaron a Junts de moverse al ritmo de escenificaciones cambiantes. Rufián fue más allá, reprochando a Junts que su actitud haya impedido aprobar votaciones que podrían haber beneficiado a Cataluña.. Junts replicó acusando a ERC de haberse entregado al PSOE “a cambio de nada” y de actuar como sostén dócil del Gobierno español. Desde las filas juntaires se insiste en que los republicanos han sucumbido a la seducción de Madrid y han renunciado a ejercer una presión real.. Autonomismo frente a política de máximos. El concepto de “autonomismo” se ha convertido en uno de los principales ejes del enfrentamiento. Para Junts, ERC ha rebajado sus aspiraciones y se ha integrado en una lógica de gestión autonómica que consideran estéril. Para ERC, esa acusación no es más que una coartada que permite a Junts instalarse en el “no a todo” y evitar la política real, tanto en Cataluña como en Madrid.. Las divergencias se extienden a otros ámbitos: la ley contra la multirreincidencia, la fiscalidad, la vivienda o la relación con el PSC. Junts defiende bajadas de impuestos y posiciones más duras en seguridad, mientras que ERC prioriza políticas sociales y se mueve en coordenadas claramente de izquierda. La rivalidad ya no se articula solo en clave nacional, sino ideológica.. Pese a los reproches cruzados, tanto en ERC como en Junts son conscientes de que esta confrontación también encaja en sus respectivas estrategias. Los republicanos buscan consolidar un perfil de izquierda útil y negociadora, capaz de obtener resultados tangibles. Junts refuerza su imagen de firmeza, exigencia y confrontación, tratando de retener a un electorado que mira con recelo cualquier aproximación al PSOE y que sufre la presión de otras opciones independentistas.. El resultado es un independentismo fragmentado, donde la unidad que un día fue bandera se ha convertido en un recuerdo lejano. Junts y ERC siguen compartiendo espacio político y objetivos genéricos, pero operan sobre realidades distintas y con prioridades incompatibles. Lejos de recomponerse, la brecha entre ambos no deja de ampliarse.
Las relaciones con Sánchez y los acuerdos en Cataluña agrandan la brecha entre republicanos y juntaires
Durante los años más intensos del procés, Junts y Esquerra Republicana caminaron juntos. Compartieron hoja de ruta, objetivos y hasta una misma candidatura electoral, Junts pel Sí, que simbolizó la unidad estratégica del independentismo institucional. Aquella alianza, sin embargo, pertenece ya al pasado. Hoy, Junts y ERC no solo han emprendido caminos distintos, sino que se han convertido en adversarios políticos que se reprochan mutuamente su forma de hacer política, tanto en Cataluña como en Madrid.. La ruptura del Govern en otoño de 2022 marcó un punto de inflexión definitivo. Desde entonces, cualquier intento de recomponer la unidad independentista se ha estrellado contra una realidad mucho más compleja: estrategias divergentes, prioridades alejadas y una rivalidad cada vez más explícita entre dos partidos que compiten por el mismo espacio electoral. A ello se suman las tensiones personales entre sus principales referentes, Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, y especialmente entre sus portavoces en el Congreso, Gabriel Rufián y Míriam Nogueras, cuyas relaciones nunca han sido fluidas.. Dos estrategias opuestas tras el fin del procés. Con el final del ciclo del procés y la normalización institucional, ERC y Junts han optado por modelos de negociación muy distintos con el Gobierno de Pedro Sánchez. Los republicanos han apostado por una estrategia pragmática, basada en ofrecer estabilidad parlamentaria a cambio de acuerdos concretos. Esa vía les ha permitido presentar como logros medidas como los indultos, la condonación parcial del FLA o la colocación de cuestiones clave como Rodalies o el nuevo modelo de financiación en el centro del debate político estatal.. Junts, en cambio, ha optado por una negociación de máximos «carpeta a carpeta». Su estrategia se ha apoyado en una fuerte presión política y en la bilateralidad. Sin embargo, varios de los compromisos obtenidos —como la oficialidad del catalán en Europa o la delegación de competencias en inmigración— siguen bloqueados por factores que no dependen exclusivamente del Ejecutivo español.. Ambas formaciones han obtenido resultados parciales y limitados, pero lejos de acercarlas, estas trayectorias paralelas han profundizado la desconfianza mutua.. Cataluña: acuerdos que separan en lugar de unir. Las diferencias se han hecho especialmente visibles en Cataluña tras la llegada de Salvador Illa a la presidencia de la Generalitat. ERC se ha convertido en socio prioritario del nuevo Govern y ha logrado arrancar compromisos que presenta como avances relevantes: la financiación singular, el traspaso de Rodalies, el Pacte Nacional per la Llengua o la centralidad de la agenda catalana en la relación con el Estado.. Junts, sin embargo, ha rechazado sumarse a estos acuerdos. Su argumento oficial es que se trata de cesiones insuficientes, “traspasos descafeinados” y operaciones tuteladas desde Madrid que no resuelven problemas estructurales como el déficit fiscal ni garantizan un control real de infraestructuras clave. Desde su óptica, ERC se ha instalado en un autonomismo cómodo, conformándose con lo que consideran migajas del Estado.. En Esquerra, la lectura es muy distinta. Los republicanos sostienen que Junts no se suma a estos pactos porque no quiere reconocer implícitamente que ERC ha sido capaz de obtener acuerdos beneficiosos para Cataluña. Según esta versión, la negativa de Junts responde más a la lógica de la competición interna dentro del independentismo que a una discrepancia real sobre el contenido de los acuerdos.. Madrid, el escenario del choque frontal. Si en el Parlament la confrontación se mantiene en niveles contenidos, el Congreso de los Diputados se ha convertido en el principal campo de batalla. Allí, la antigua colaboración se ha transformado en una sucesión de reproches públicos. El último episodio lo protagonizó Míriam Nogueras al ofrecer un frente común independentista para aprovechar la debilidad parlamentaria de Pedro Sánchez. Lejos de abrir una nueva etapa, la propuesta derivó rápidamente en una nueva guerra de declaraciones.. Desde ERC se recordó que los republicanos ya habían ofrecido en el pasado agendas comunes —en financiación o Rodalies— sin obtener respuesta. Además, dirigentes como Elisenda Alamany, Isaac Albert o el propio Rufián calificaron la propuesta de poco seria y acusaron a Junts de moverse al ritmo de escenificaciones cambiantes. Rufián fue más allá, reprochando a Junts que su actitud haya impedido aprobar votaciones que podrían haber beneficiado a Cataluña.. Junts replicó acusando a ERC de haberse entregado al PSOE “a cambio de nada” y de actuar como sostén dócil del Gobierno español. Desde las filas juntaires se insiste en que los republicanos han sucumbido a la seducción de Madrid y han renunciado a ejercer una presión real.. Autonomismo frente a política de máximos. El concepto de “autonomismo” se ha convertido en uno de los principales ejes del enfrentamiento. Para Junts, ERC ha rebajado sus aspiraciones y se ha integrado en una lógica de gestión autonómica que consideran estéril. Para ERC, esa acusación no es más que una coartada que permite a Junts instalarse en el “no a todo” y evitar la política real, tanto en Cataluña como en Madrid.. Las divergencias se extienden a otros ámbitos: la ley contra la multirreincidencia, la fiscalidad, la vivienda o la relación con el PSC. Junts defiende bajadas de impuestos y posiciones más duras en seguridad, mientras que ERC prioriza políticas sociales y se mueve en coordenadas claramente de izquierda. La rivalidad ya no se articula solo en clave nacional, sino ideológica.. Pese a los reproches cruzados, tanto en ERC como en Junts son conscientes de que esta confrontación también encaja en sus respectivas estrategias. Los republicanos buscan consolidar un perfil de izquierda útil y negociadora, capaz de obtener resultados tangibles. Junts refuerza su imagen de firmeza, exigencia y confrontación, tratando de retener a un electorado que mira con recelo cualquier aproximación al PSOE y que sufre la presión de otras opciones independentistas.. El resultado es un independentismo fragmentado, donde la unidad que un día fue bandera se ha convertido en un recuerdo lejano. Junts y ERC siguen compartiendo espacio político y objetivos genéricos, pero operan sobre realidades distintas y con prioridades incompatibles. Lejos de recomponerse, la brecha entre ambos no deja de ampliarse.
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