Mantiene un ritmo de producción sorprendente. A sus casi 87 años, el filósofo y pedagogo José Antonio Marina entrega un ensayo por año manteniendo su mirada crítica y su afán por hacer del pensamiento una guía práctica para la vida cotidiana. Tras «La vacuna contra la insensatez», acaba de publicar «La vacuna contra las adicciones» (Ariel), un libro que se enfrenta a una realidad soterrada: estamos creando una sociedad de adictos. Y hay una manera de pararlo, pero no parece sencillo: urge cambiar la mentalidad desde la educación. El libro parte de la tesis de que todos tenemos una inclinación natural a las conductas compulsivas y a la dependencia. Exactamente. Nosotros somos un producto –estupendo– de una evolución que nos ha dejado muchas chapuzas y una de ellas es que nuestro sistema de deseos es el que dirige nuestro comportamiento. Sin embargo, no podemos fiarnos de él porque los deseos nos perjudican. El diabético sigue teniendo deseo de cosas dulces, por ejemplo. Lo que en teoría es fácil, que el deseo obedezca a la razón, en la práctica es complicado. Por eso, las adicciones, que pueden parecer un fenómeno marginal, son una ventana al fondo de cómo funciona la mente humana. Operan como una lente de aumento sobre los problemas de la libertad, deseo, de la voluntad. Me pareció que era un tema filosóficamente importante. Da la impresión de que la adicción –a las compras, al sexo, al ejercicio–, está mucho más extendida en las vidas de la gente corriente de lo que pensamos. Sin duda, y ese es el problema educativo que tenemos. Conviene distinguir entre la dependencia, que es más general y donde estamos todos, porque vivimos en una sociedad adictiva –a las tecnologías, al sexo, al ejercicio, a la religión, como dices–, de adicciones, cuando van más allá. Todos somos dependientes, vulnerables, y debemos fortalecer nuestro sistema inmunológico mental. La postura crítica es difícil y nos estamos refugiando en una comodidad satisfecha, de animal doméstico. ¿Qué convierte una dependencia en una adicción? Bueno, es la pregunta del millón. En las adicciones, ya sean drogas u otros comportamientos, caemos de manera casual. Lo que he encontrado en mi investigación es lo que llamo el factor H (por heurística): personas que tienen incapacidad de enfrentarse a los problemas. Alguien desbordado por problemas comunes, un trauma o una situación terrible, encuentra la solución en una conducta adictiva. ¿Saber enfrentarse a los problemas es la clave? Ahí entra la educación. Todos tenemos problemas, pero al enfrentarte con ellos puedes tener dos actitudes. Afrontarlo sensatamente o tomarse un tranquilizante y aguantar lo que te echen, que es una mala solución. Las adicciones no son un problema, sino la mala solución a un problema. Enseñar eso debería ser el eje de todo el sistema educativo. La educación siempre está en el punto de mira Estamos educando a los chicos para un futuro imprevisib
El filósofo se enfrenta a la plaga moderna, las adicciones –a las drogas, medicamentos, las compras, el sexo, el ejercicio, las redes sociales…– con una receta que pasa por viejos conceptos cuestionados: voluntad, deber y moral
Mantiene un ritmo de producción sorprendente. A sus casi 87 años, el filósofo y pedagogo José Antonio Marina entrega un ensayo por año manteniendo su mirada crítica y su afán por hacer del pensamiento una guía práctica para la vida cotidiana. Tras «La vacuna contra la insensatez», acaba de publicar «La vacuna contra las adicciones» (Ariel), un libro que se enfrenta a una realidad soterrada: estamos creando una sociedad de adictos. Y hay una manera de pararlo, pero no parece sencillo: urge cambiar la mentalidad desde la educación.El libro parte de la tesis de que todos tenemos una inclinación natural a las conductas compulsivas y a la dependencia. Exactamente. Nosotros somos un producto –estupendo– de una evolución que nos ha dejado muchas chapuzas y una de ellas es que nuestro sistema de deseos es el que dirige nuestro comportamiento. Sin embargo, no podemos fiarnos de él porque los deseos nos perjudican. El diabético sigue teniendo deseo de cosas dulces, por ejemplo. Lo que en teoría es fácil, que el deseo obedezca a la razón, en la práctica es complicado. Por eso, las adicciones, que pueden parecer un fenómeno marginal, son una ventana al fondo de cómo funciona la mente humana. Operan como una lente de aumento sobre los problemas de la libertad, deseo, de la voluntad. Me pareció que era un tema filosóficamente importante.Da la impresión de que la adicción –a las compras, al sexo, al ejercicio–, está mucho más extendida en las vidas de la gente corriente de lo que pensamos. Sin duda, y ese es el problema educativo que tenemos. Conviene distinguir entre la dependencia, que es más general y donde estamos todos, porque vivimos en una sociedad adictiva –a las tecnologías, al sexo, al ejercicio, a la religión, como dices–, de adicciones, cuando van más allá. Todos somos dependientes, vulnerables, y debemos fortalecer nuestro sistema inmunológico mental. La postura crítica es difícil y nos estamos refugiando en una comodidad satisfecha, de animal doméstico.¿Qué convierte una dependencia en una adicción? Bueno, es la pregunta del millón. En las adicciones, ya sean drogas u otros comportamientos, caemos de manera casual. Lo que he encontrado en mi investigación es lo que llamo el factor H (por heurística): personas que tienen incapacidad de enfrentarse a los problemas. Alguien desbordado por problemas comunes, un trauma o una situación terrible, encuentra la solución en una conducta adictiva.¿Saber enfrentarse a los problemas es la clave? Ahí entra la educación. Todos tenemos problemas, pero al enfrentarte con ellos puedes tener dos actitudes. Afrontarlo sensatamente o tomarse un tranquilizante y aguantar lo que te echen, que es una mala solución. Las adicciones no son un problema, sino la mala solución a un problema. Enseñar eso debería ser el eje de todo el sistema educativo.La educación siempre está en el punto de mira Estamos educando a los chicos para un futuro imprevisible, salvo
Noticias de cultura en La Razón
