Una de las joyas de la poesía romana es, sin duda, el famoso «Odi et amo» del pasional Catulo, un poema breve, a la vez arcaico y modernísimo (eterno, como los clásicos), que sintetiza como pocos el ciclo emocional más desatado, cuando la razón queda arrinconada por el corazón. El atormentado poeta grita: «Odio y amo. Tal vez te preguntes por qué lo hago. / No lo sé, pero siento que sucede (“fieri sentior”) y me atormento (“excrucior”).» Y es que las emociones intensas son duras de reprimir: tienden a las cimas de la desesperación (Cioran «dixit»), es decir, al abismo y a la cumbre.. En el contraste entre amor y odio indagan la poesía y la filosofía el concepto de lo Sublime, que tan bien teorizó Dionisio Longino: lo traduce y lo glosa en su edición de Alianza estupendamente Haris Papoulias, que recuerda cómo nos desarma con las palabras del Premio Nobel Seamus Heaney: «The sublime is like that, it fucks you up». Lo mismo pasa con la pasión de Catulo: ¡cómo condensa en tan breve esa experiencia total, placentera y dolorosa! Más que lo bello e inofensivo –como luego para Kant o Burke– lo sublime implica terror y delicia a la par. El enamoramiento y el aborrecimiento son los extremos de la montaña rusa de emociones que nos produce el «pathos», como bien sabe Catulo, que pasó por todas sus tortuosas etapas y las documenta con detalle en su ciclo de poemas dedicados a su amada Lesbia, tras la que se esconde seguramente la imponente Clodia, una de las mujeres más fascinantes de la antigua Roma.. Pero hay que pensar ante todo de dónde salen el amor y el odio, dos extremos de la batería electrizante que mueve el mundo, ambos fuera de nuestro control. Para los griegos nos los traía una deidad (de Afrodita a Hera) y hoy nos empeñamos en racionalizarlos cuando no en legislar sobre ellos. Ya los antiguos proponían controlar estos polos opuestos de la pasión y el aborrecimiento usando del freno de la Razón con mayúscula: Platón recuerda que hay una cierta parte del alma, la racional, que puede domar a las otras dos como un auriga –el mito está en el «Fedro»– que refrena al caballo irascible y al concupiscente (hay una lectura política actual del mito en la emotividad actual por Fukuyama). En todo caso, tras tratar la regulación del odio con ese elemento del fuero interno, no parece que Platón pusiera mucha esperanza en la reciente y polémica aplicación informática del gobierno para el control socioemocional de las redes: (h)odio.. Las leyes persiguen comportamientos y acciones –que es lo suyo– pero no pensamientos e intenciones –casi un sueño de distopía platónica–, salvo que, expresadas, tengan capacidad demostrable de inducir a actuaciones claramente perseguibles. Ahí pienso que la filosofía antigua tiene mucho que decirnos acerca de este debate actual. Ahora que estamos a vueltas con esa idea de cómo gestionar el odio –sin entrar en los debates jurídicos o políticos actuales– la filosofía helenística y romana trabajó sobre cómo controlar aquello que puede excitar las más bajas pasiones del ser humano y llevar a una acción desde lo que, en principio, es simplemente pensamiento.. Controlar las emociones. Quizá habría que volver a lo que dicen los viejos estoicos cuando previenen acerca de los peligros de las emociones descontroladas, de amor como enfermedad (Eurípides) o como ideal (el mundo post-cristiano y romantizado), con Werther como epítome torturado de una larga ficción serial que comienza en la novela griega de amantes peregrinos. Los estoicos, por cierto, prefieren la amistad como cima de la humanidad: nada de amor desbocado y pasional, nos viene a decir Séneca –tanto en sus escritos filosóficos, como en sus tragedias–, entre otros muchos estoicos. ¡Cuánto mejor es la amistad que el amor! Es la mejor alternativa: más serena, admite todo tipo de relaciones, como bien sabía Platón, y no está sujeta a los tormentos de esa citada montaña rusa, que puede acabar en el aborrecimiento del objeto / sujeto anteriormente amado. Todo depende de la parte del alma que apliquemos a los afectos y las inclinaciones. Uno se pregunta, en todo caso, por qué meterse en el jardín –o más bien selva oscura– de Twitter, donde el odio campa a sus anchas en cuanto uno da los buenos días… Hacen falta ganas de hacerlo, pero a veces son irresistibles. Hoy Catulo, pasional como ninguno, seguramente no podría dejar de mirar e interactuar en esa jungla, movido por la paradoja del «odi et amo», y se preguntaría por qué («quare») no puede evitarlo: tampoco se resistirían sus precursores griegos, Arquíloco o Alceo, dos odiadores en sus invectivas, que despliegan en sus versos toda una panoplia de insultos que –como los de Catulo contra Aurelio y Furio– harían hoy las delicias de los tuiteros más agresivos. «Nihil novum sub sole», como se suele decir, bíblicamente. Pero esos poetas muertos, de altísima calidad, eran también capaces de amar excelsamente. Un poco de serenidad ahora. No es mala idea empezar por darse de baja de Twitter/X. Déjalo tú también, Catulo.
Los insultos desplegados en los versos de Catulo y sus preceptores griegos harían las delicias de los tuiteros
Una de las joyas de la poesía romana es, sin duda, el famoso «Odi et amo» del pasional Catulo, un poema breve, a la vez arcaico y modernísimo (eterno, como los clásicos), que sintetiza como pocos el ciclo emocional más desatado, cuando la razón queda arrinconada por el corazón. El atormentado poeta grita: «Odio y amo. Tal vez te preguntes por qué lo hago. / No lo sé, pero siento que sucede (“fieri sentior”) y me atormento (“excrucior”).» Y es que las emociones intensas son duras de reprimir: tienden a las cimas de la desesperación (Cioran «dixit»), es decir, al abismo y a la cumbre.. En el contraste entre amor y odio indagan la poesía y la filosofía el concepto de lo Sublime, que tan bien teorizó Dionisio Longino: lo traduce y lo glosa en su edición de Alianza estupendamente Haris Papoulias, que recuerda cómo nos desarma con las palabras del Premio Nobel Seamus Heaney: «The sublime is like that, it fucks you up». Lo mismo pasa con la pasión de Catulo: ¡cómo condensa en tan breve esa experiencia total, placentera y dolorosa! Más que lo bello e inofensivo –como luego para Kant o Burke– lo sublime implica terror y delicia a la par. El enamoramiento y el aborrecimiento son los extremos de la montaña rusa de emociones que nos produce el «pathos», como bien sabe Catulo, que pasó por todas sus tortuosas etapas y las documenta con detalle en su ciclo de poemas dedicados a su amada Lesbia, tras la que se esconde seguramente la imponente Clodia, una de las mujeres más fascinantes de la antigua Roma.. Pero hay que pensar ante todo de dónde salen el amor y el odio, dos extremos de la batería electrizante que mueve el mundo, ambos fuera de nuestro control. Para los griegos nos los traía una deidad (de Afrodita a Hera) y hoy nos empeñamos en racionalizarlos cuando no en legislar sobre ellos. Ya los antiguos proponían controlar estos polos opuestos de la pasión y el aborrecimiento usando del freno de la Razón con mayúscula: Platón recuerda que hay una cierta parte del alma, la racional, que puede domar a las otras dos como un auriga –el mito está en el «Fedro»– que refrena al caballo irascible y al concupiscente (hay una lectura política actual del mito en la emotividad actual por Fukuyama). En todo caso, tras tratar la regulación del odio con ese elemento del fuero interno, no parece que Platón pusiera mucha esperanza en la reciente y polémica aplicación informática del gobierno para el control socioemocional de las redes: (h)odio.. Las leyes persiguen comportamientos y acciones –que es lo suyo– pero no pensamientos e intenciones –casi un sueño de distopía platónica–, salvo que, expresadas, tengan capacidad demostrable de inducir a actuaciones claramente perseguibles. Ahí pienso que la filosofía antigua tiene mucho que decirnos acerca de este debate actual. Ahora que estamos a vueltas con esa idea de cómo gestionar el odio –sin entrar en los debates jurídicos o políticos actuales– la filosofía helenística y romana trabajó sobre cómo controlar aquello que puede excitar las más bajas pasiones del ser humano y llevar a una acción desde lo que, en principio, es simplemente pensamiento.. Controlar las emociones. Quizá habría que volver a lo que dicen los viejos estoicos cuando previenen acerca de los peligros de las emociones descontroladas, de amor como enfermedad (Eurípides) o como ideal (el mundo post-cristiano y romantizado), con Werther como epítome torturado de una larga ficción serial que comienza en la novela griega de amantes peregrinos. Los estoicos, por cierto, prefieren la amistad como cima de la humanidad: nada de amor desbocado y pasional, nos viene a decir Séneca –tanto en sus escritos filosóficos, como en sus tragedias–, entre otros muchos estoicos. ¡Cuánto mejor es la amistad que el amor! Es la mejor alternativa: más serena, admite todo tipo de relaciones, como bien sabía Platón, y no está sujeta a los tormentos de esa citada montaña rusa, que puede acabar en el aborrecimiento del objeto / sujeto anteriormente amado. Todo depende de la parte del alma que apliquemos a los afectos y las inclinaciones. Uno se pregunta, en todo caso, por qué meterse en el jardín –o más bien selva oscura– de Twitter, donde el odio campa a sus anchas en cuanto uno da los buenos días… Hacen falta ganas de hacerlo, pero a veces son irresistibles. Hoy Catulo, pasional como ninguno, seguramente no podría dejar de mirar e interactuar en esa jungla, movido por la paradoja del «odi et amo», y se preguntaría por qué («quare») no puede evitarlo: tampoco se resistirían sus precursores griegos, Arquíloco o Alceo, dos odiadores en sus invectivas, que despliegan en sus versos toda una panoplia de insultos que –como los de Catulo contra Aurelio y Furio– harían hoy las delicias de los tuiteros más agresivos. «Nihil novum sub sole», como se suele decir, bíblicamente. Pero esos poetas muertos, de altísima calidad, eran también capaces de amar excelsamente. Un poco de serenidad ahora. No es mala idea empezar por darse de baja de Twitter/X. Déjalo tú también, Catulo.
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