Hay una frase muy de los italianos: «La musica è bella, ma i soldi sono seri». «La música es hermosa, pero el dinero es cosa seria». La Fiscalía de Nápoles acaba de ilustrarla.. Doce personas vinculadas a la gestión del Teatro San Carlo están siendo investigadas por hechos ocurridos durante la etapa del superintendente Stéphane Lissner, entre 2020 y abril de 2025. Los cargos no son nimiedades administrativas: fraude, peculado, falsificación de documentos. El mecanismo que describe la investigación tiene, en su sordidez, casi una elegancia burocrática. Contratos a artistas que preveían compensaciones por masterclasses y seminarios que, según la acusación, nunca llegaron a celebrarse. En el sumario figuran los directores de escena Claus Guth y Krzysztof Warlikowski, la soprano Asmik Grigorian y Jonas Kaufmann, quien ha reaccionado con una declaración medida –dice haber cumplido íntegramente sus obligaciones contractuales– y transmite la serenidad de quien no tiene nada que ocultar, o al menos eso quiere proyectar. Entre todos podrían haberse pagado 212.000 euros. Mencionarlos no equivale a señalarlos: aparecer en un registro de investigación y ser culpable son cosas muy distintas, pero su presencia obliga a hacer preguntas incómodas.. El núcleo verdadero de la investigación apunta al ex superintendente Lissner, a la ex directora general Emmanuelle Spedaliere –hoy directora de marketing del mismo teatro, lo que ya dice bastante–, al hijo de ésta y al casting director Ilias Tzempetodonis, que se incorporará pronto al Maggio Musicale Fiorentino. Un universo compacto, casi familiar. Lo que agrava el asunto es que, según la Procura, algunos dirigentes habrían intentado cubrir los presuntos pagos irregulares con documentación fabricada a posteriori. Eso ya no sería negligencia, sino otra cosa.. Conozco el San Carlo desde hace muchos años. Es uno de esos teatros –inaugurado en 1737, trece años antes que La Scala– que reciben al espectador con una calidez que Milán no siempre logra. Por eso duele más cuando la institución aparece envuelta en estas historias.. Pero si el caso napolitano fuera aislado podríamos refugiarnos en el tópico de la picaresca meridional. El problema es que al otro lado del Atlántico existe una práctica que, sin haber llegado todavía a los tribunales, merece ser nombrada. El Met, del que me he ocupado ampliamente el domingo en estas páginas, limita el caché de sus cantantes: 17.000 dólares por función para el puñado de grandes nombres, unos 2.000 semanales durante ensayos. La brecha entre ambas cifras crea un espacio opaco en el que, según describe el propio sector en voz baja, proliferan las soluciones creativas: días de ensayo añadidos al contrato, actos institucionales, encuentros con donantes… Compromisos que engrosan la factura hasta acercarse a lo que el artista realmente exige, y que luego, con notable frecuencia, no se celebran. El dinero, sin embargo, ya ha sido comprometido.. Esto no es un rumor de camerino. Es una práctica que los gestores del sector describen, cuando bajan la guardia, con una franqueza entre cómica y alarmante. He escuchado versiones de esta historia en conversaciones privadas con personas vinculadas a teatros europeos y americanos. Nadie firma. Nadie denuncia. Porque el sistema funciona sobre la base de que todas las partes tienen algo que perder: el teatro necesita a las estrellas, las estrellas necesitan los teatros de prestigio, y los gestores necesitan que sus temporadas brillen.. La diferencia entre Nápoles y Nueva York no es moral. Es de tribunales.. La ópera ha sobrevivido a guerras, ruinas y modas. Sobrevivirá también a esto. Pero cada escándalo de gestión deja una cicatriz invisible desde el patio de butacas que sí existe: en la confianza del ciudadano que financia con sus impuestos estos templos, o del mecenas americano que cree poner su nombre en algo noble. Tienen todo el derecho a exigir que el dinero se gaste en música real.. Lo demás lo dirán los tribunales, pero, mientras tanto, son los teatros se quedan sin financiación. Y lo hermoso pierde frente a lo serio.
La gestión de los grandes teatros del mundo está bajo sospecha: ahora, el San Carlo de Nápoles
Hay una frase muy de los italianos: «La musica è bella, ma i soldi sono seri». «La música es hermosa, pero el dinero es cosa seria». La Fiscalía de Nápoles acaba de ilustrarla.. Doce personas vinculadas a la gestión del Teatro San Carlo están siendo investigadas por hechos ocurridos durante la etapa del superintendente Stéphane Lissner, entre 2020 y abril de 2025. Los cargos no son nimiedades administrativas: fraude, peculado, falsificación de documentos. El mecanismo que describe la investigación tiene, en su sordidez, casi una elegancia burocrática. Contratos a artistas que preveían compensaciones por masterclasses y seminarios que, según la acusación, nunca llegaron a celebrarse. En el sumario figuran los directores de escena Claus Guth y Krzysztof Warlikowski, la soprano Asmik Grigorian y Jonas Kaufmann, quien ha reaccionado con una declaración medida –dice haber cumplido íntegramente sus obligaciones contractuales– y transmite la serenidad de quien no tiene nada que ocultar, o al menos eso quiere proyectar. Entre todos podrían haberse pagado 212.000 euros. Mencionarlos no equivale a señalarlos: aparecer en un registro de investigación y ser culpable son cosas muy distintas, pero su presencia obliga a hacer preguntas incómodas.. El núcleo verdadero de la investigación apunta al ex superintendente Lissner, a la ex directora general Emmanuelle Spedaliere –hoy directora de marketing del mismo teatro, lo que ya dice bastante–, al hijo de ésta y al casting director Ilias Tzempetodonis, que se incorporará pronto al Maggio Musicale Fiorentino. Un universo compacto, casi familiar. Lo que agrava el asunto es que, según la Procura, algunos dirigentes habrían intentado cubrir los presuntos pagos irregulares con documentación fabricada a posteriori. Eso ya no sería negligencia, sino otra cosa.. Conozco el San Carlo desde hace muchos años. Es uno de esos teatros –inaugurado en 1737, trece años antes que La Scala– que reciben al espectador con una calidez que Milán no siempre logra. Por eso duele más cuando la institución aparece envuelta en estas historias.. Pero si el caso napolitano fuera aislado podríamos refugiarnos en el tópico de la picaresca meridional. El problema es que al otro lado del Atlántico existe una práctica que, sin haber llegado todavía a los tribunales, merece ser nombrada. El Met, del que me he ocupado ampliamente el domingo en estas páginas, limita el caché de sus cantantes: 17.000 dólares por función para el puñado de grandes nombres, unos 2.000 semanales durante ensayos. La brecha entre ambas cifras crea un espacio opaco en el que, según describe el propio sector en voz baja, proliferan las soluciones creativas: días de ensayo añadidos al contrato, actos institucionales, encuentros con donantes… Compromisos que engrosan la factura hasta acercarse a lo que el artista realmente exige, y que luego, con notable frecuencia, no se celebran. El dinero, sin embargo, ya ha sido comprometido.. Esto no es un rumor de camerino. Es una práctica que los gestores del sector describen, cuando bajan la guardia, con una franqueza entre cómica y alarmante. He escuchado versiones de esta historia en conversaciones privadas con personas vinculadas a teatros europeos y americanos. Nadie firma. Nadie denuncia. Porque el sistema funciona sobre la base de que todas las partes tienen algo que perder: el teatro necesita a las estrellas, las estrellas necesitan los teatros de prestigio, y los gestores necesitan que sus temporadas brillen.. La diferencia entre Nápoles y Nueva York no es moral. Es de tribunales.. La ópera ha sobrevivido a guerras, ruinas y modas. Sobrevivirá también a esto. Pero cada escándalo de gestión deja una cicatriz invisible desde el patio de butacas que sí existe: en la confianza del ciudadano que financia con sus impuestos estos templos, o del mecenas americano que cree poner su nombre en algo noble. Tienen todo el derecho a exigir que el dinero se gaste en música real.. Lo demás lo dirán los tribunales, pero, mientras tanto, son los teatros se quedan sin financiación. Y lo hermoso pierde frente a lo serio.
Noticias de cultura en La Razón
