Esta semana, los líderes mundiales se reúnen en las Naciones Unidas para el encuentro anual de alto nivel de la Asamblea General. En sus discursos, muchos están reafirmando su convicción en el multilateralismo y llamando a incrementar la cooperación internacional para resolver las amenazas globales. Mientras la carrera para elegir a la nueva persona al frente de la ONU se acelera, sus palabras sonarán huecas si no están acompañadas de un importante respaldo político y financiero a la organización.. Seguir leyendo
La cuestión decisiva para la organización es si los gobiernos están dispuestos a cerrar filas y respaldarla
Esta semana, los líderes mundiales se reúnen en las Naciones Unidas para el encuentro anual de alto nivel de la Asamblea General. En sus discursos, muchos están reafirmando su convicción en el multilateralismo y llamando a incrementar la cooperación internacional para resolver las amenazas globales. Mientras la carrera para elegir a la nueva persona al frente de la ONU se acelera, sus palabras sonarán huecas si no están acompañadas de un importante respaldo político y financiero a la organización.. Existe un amplio consenso en que la ONU atraviesa graves dificultades políticas y económicas. El año pasado, la Administración Trump cortó la mayor parte de los pagos necesarios para su labor, obligándola a reducir sus operaciones de paz y la asistencia humanitaria y de desarrollo que presta a millones de personas. En un periodo de turbulencias geopolíticas, las potencias que tienen derecho a veto en el Consejo de Seguridad —incluyendo a Estados Unidos, China y Rusia— han impedido que la organización actúe ante conflictos que van desde Ucrania hasta Myanmar.. Pero, aunque resulte fácil para otros gobiernos culpar a Washington, Moscú y Pekín por los males de la ONU, pocos han dado un paso al frente para ayudar a la debilitada institución. Muchos gobiernos europeos, que comprensiblemente dan prioridad al gasto en defensa y a sus necesidades internas, también han recortado la financiación al desarrollo y la asistencia humanitaria. Y, a pesar de que los embajadores en Nueva York lamentan los fracasos del Consejo de Seguridad, muchos Estados expulsan a la ONU —como ha ocurrido en Malí, Sudán y Etiopía— o prefieren actuar al margen de ella mediante grupos más pequeños, tales como el G-7 y los BRICS.. Si bien algunos gobiernos son especialmente responsables del lamentable estado de la organización, este se trata, en última instancia, de un problema de acción colectiva. Casi todos se declaran partidarios de la ONU. Muy pocos actúan como si lo fuesen.. Hay notables excepciones. España ha aumentado su gasto en cooperación, a diferencia de muchos de sus socios de la Unión Europea. Francia y Arabia Saudí lideraron el año pasado una iniciativa para que más Estados miembros de la ONU reconocieran a Palestina. La diplomacia multilateral no ha muerto, pero los Estados que quieren reforzar el sistema de Naciones Unidas siguen nadando contra la corriente de la política mundial.. Algunos diplomáticos culpan al secretario general de la ONU, António Guterres, por no ser el líder inspirador que podría haber galvanizado la confianza de los gobiernos en la institución. Guterres reconoce abiertamente que a la ONU le falta la influencia política necesaria para poder negociar acuerdos de paz. Está dispuesto a que otros actores —ya sea la Unión Africana en ese continente o Pakistán en el golfo Pérsico— asuman el liderazgo como mediadores. En algunos casos, esta es una estrategia acertada, pero también ha proyectado la imagen de una ONU excesivamente pasiva.. La ONU aún puede cambiar de rumbo. Guterres dejará el cargo a finales de este año y el Consejo de Seguridad está considerando quién debe sucederlo. Algunos diplomáticos temen que las potencias que tienen derecho al veto, que dominan las deliberaciones del Consejo, elijan premeditadamente a una figura de poco peso político que se limite a seguir sus órdenes.. De todas maneras, algunos esperan que quien suceda a Guterres haga un mayor esfuerzo por prevenir y poner fin a los conflictos. Pero, si las potencias pequeñas y medianas quieren que la próxima persona a cargo de la ONU ejerza un papel más eficaz en la gestión de las crisis, no pueden dejarla sola. Por el contrario, los Estados miembros deberán ofrecer apoyo político —y, cuando sea necesario, recursos adicionales— para respaldar las iniciativas de paz de la organización.. A final de cuentas, la elección de un nuevo secretario o secretaria general brinda la oportunidad de fortalecer el sistema de Naciones Unidas. Pero la cuestión decisiva para el futuro de la organización es si los gobiernos están dispuestos a cerrar filas en torno a ella. Al recortar la financiación de la ONU el año pasado, el presidente Trump se quejó de que se exigía a Estados Unidos asumir la gran mayoría de la carga de la cooperación internacional. Los demás líderes deberían tomar en serio sus palabras. Revitalizar la ONU no consiste únicamente en elegir a un nuevo líder ni en reclamarles a las grandes potencias que asuman sus responsabilidades globales. El conjunto de los Estados miembros debe respaldar sus discursos con hechos, recursos financieros y capital político.. Comfort Ero es presidenta y directora ejecutiva de International Crisis Group.
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