Cuando, al inicio de “Piel negra, máscaras blancas”, Frantz Fanon nos recuerda que “hablar es emplear determinada sintaxis (…) pero es, sobre todo, asumir una cultura, soportar el peso de una civilización”, entendemos por qué Sergio, el ingeniero medioambiental que protagoniza “La risa y la navaja”, habla tan poco. Instalado en Guinea-Bissau para elaborar un informe sobre la conveniencia de la construcción de una carretera que atraviesa una reserva natural, Sergio es lo que el filósofo Gilles Deleuze llamaría un autómata espiritual, un hombre que deambula por entre las capas de una realidad que le resulta completamente ajena, y que ha llegado a África justamente para descolonizarse de su propia tradición cultural.. Vive, por supuesto, en una contradicción, que a menudo tiene dificultades para expresar: por un lado, no puede desprenderse de su condición de europeo colonizador, o al menos de todo lo que representa su figura para los guineanos que aceptan, con una mezcla de curiosidad y hostilidad, su mirada solícita; y por otro, insiste en integrarse en los ambientes más dispares con una ingenuidad desarmante, como si necesitara limpiar su conciencia a partir de una operación de borrado identitaria que está solo en su cabeza.. En el deambular de Sergio, Pedro Pinho encuentra la generosa materia prima de una película complejísima, construida a base de largos episodios en los que el ingeniero zombi se topa con la corrupción local, la masculinidad tóxica (es especialmente intenso el capítulo de los trabajadores portugueses, con la fiesta de cumpleaños por la hija de uno de ellos, a la que no ha visto en tres años), la prostitución, la gentrificación y la diversidad sexual. Si algunos de esos encuentros resultan discursivos es porque en ellos los guineanos quieren demostrar que se han apropiado del lenguaje y, por tanto, del mundo, y Sergio está condenado al silencio, a una tierra de nadie en la que es imposible posicionarse. Por ello el didactismo de esos parlamentos es útil, para Sergio y para el espectador, porque, en cierta medida, también delata las paradojas que atraviesan la fantasía del pueblo liberado.. Como ya ocurría en la notable “La fábrica de nada”, Pinho relaja los tempos del filme para dejar emerger un tono documental que nos ayude a entender la fascinación que siente el protagonista, un folio en blanco que se dejaría escribir por aquellxs a lxs que desea, por esta realidad que le excita y le enferma. En ese sentido, es muy interesante el modo en que Pinho subvierte los impulsos afectivos del cuerpo colonizado, que, en sus encuentros con el colonizador, parece controlar por completo su placer, sus estrategias de seducción y su fuerza de voluntad. En definitiva, en su estructura difusa y desmadejada, “La risa y la navaja” es una película sobre la falta de identidad en un mundo que no sabe decidir entre el progreso y la sostenibilidad, atrapado como está en la condescendencia de quien ha creído que poseía las palabras para explicarlo todo hasta que ha abierto la boca y se ha quedado mudo.. Lo mejor:. Su desbordante, complejísima mirada poscolonial está lejos de ser complaciente.. Lo peor:. Acaso su metraje, tres horas y media, puede resultar un tanto disuasorio.
Dirección: Pedro Pinho. Guion: Pedro Pinho, Miguel Seabra Lopes, José Filipe Costa. Intérpretes: Sérgio Coragem, Cléo Diára, Jonathan Guilherme, Jorge Biague. Portugal, 2025. Duración: 211 minutos. Drama.
Cuando, al inicio de “Piel negra, máscaras blancas”, Frantz Fanon nos recuerda que “hablar es emplear determinada sintaxis (…) pero es, sobre todo, asumir una cultura, soportar el peso de una civilización”, entendemos por qué Sergio, el ingeniero medioambiental que protagoniza “La risa y la navaja”, habla tan poco. Instalado en Guinea-Bissau para elaborar un informe sobre la conveniencia de la construcción de una carretera que atraviesa una reserva natural, Sergio es lo que el filósofo Gilles Deleuze llamaría un autómata espiritual, un hombre que deambula por entre las capas de una realidad que le resulta completamente ajena, y que ha llegado a África justamente para descolonizarse de su propia tradición cultural.. Vive, por supuesto, en una contradicción, que a menudo tiene dificultades para expresar: por un lado, no puede desprenderse de su condición de europeo colonizador, o al menos de todo lo que representa su figura para los guineanos que aceptan, con una mezcla de curiosidad y hostilidad, su mirada solícita; y por otro, insiste en integrarse en los ambientes más dispares con una ingenuidad desarmante, como si necesitara limpiar su conciencia a partir de una operación de borrado identitaria que está solo en su cabeza.. En el deambular de Sergio, Pedro Pinho encuentra la generosa materia prima de una película complejísima, construida a base de largos episodios en los que el ingeniero zombi se topa con la corrupción local, la masculinidad tóxica (es especialmente intenso el capítulo de los trabajadores portugueses, con la fiesta de cumpleaños por la hija de uno de ellos, a la que no ha visto en tres años), la prostitución, la gentrificación y la diversidad sexual. Si algunos de esos encuentros resultan discursivos es porque en ellos los guineanos quieren demostrar que se han apropiado del lenguaje y, por tanto, del mundo, y Sergio está condenado al silencio, a una tierra de nadie en la que es imposible posicionarse. Por ello el didactismo de esos parlamentos es útil, para Sergio y para el espectador, porque, en cierta medida, también delata las paradojas que atraviesan la fantasía del pueblo liberado.. Como ya ocurría en la notable “La fábrica de nada”, Pinho relaja los tempos del filme para dejar emerger un tono documental que nos ayude a entender la fascinación que siente el protagonista, un folio en blanco que se dejaría escribir por aquellxs a lxs que desea, por esta realidad que le excita y le enferma. En ese sentido, es muy interesante el modo en que Pinho subvierte los impulsos afectivos del cuerpo colonizado, que, en sus encuentros con el colonizador, parece controlar por completo su placer, sus estrategias de seducción y su fuerza de voluntad. En definitiva, en su estructura difusa y desmadejada, “La risa y la navaja” es una película sobre la falta de identidad en un mundo que no sabe decidir entre el progreso y la sostenibilidad, atrapado como está en la condescendencia de quien ha creído que poseía las palabras para explicarlo todo hasta que ha abierto la boca y se ha quedado mudo.. Lo mejor:. Su desbordante, complejísima mirada poscolonial está lejos de ser complaciente.. Lo peor:. Acaso su metraje, tres horas y media, puede resultar un tanto disuasorio.
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