Una investigación del Pew Research Center publicada hace unas semanas analiza cómo los adultos de 25 países evalúan la moralidad y la ética de sus conciudadanos, así como la proporción de personas que consideran moralmente incorrectos ciertos comportamientos (como el consumo excesivo de alcohol, la infidelidad o las apuestas). Una de las conclusiones más llamativas es que la mayoría de los estadounidenses encuestados (53%) percibe a los miembros de su propia sociedad como personas inmorales o poco éticas, un resultado que no se reproduce en ningún otro país del estudio: en todos los demás ocurre exactamente lo contrario.. Seguir leyendo
La propagación de la desinformación y la manipulación emocional deterioran la confianza mutua
Una investigación del Pew Research Center publicada hace unas semanas analiza cómo los adultos de 25 países evalúan la moralidad y la ética de sus conciudadanos, así como la proporción de personas que consideran moralmente incorrectos ciertos comportamientos (como el consumo excesivo de alcohol, la infidelidad o las apuestas). Una de las conclusiones más llamativas es que la mayoría de los estadounidenses encuestados (53%) percibe a los miembros de su propia sociedad como personas inmorales o poco éticas, un resultado que no se reproduce en ningún otro país del estudio: en todos los demás ocurre exactamente lo contrario.. Que solo el 47% de los estadounidenses declare tener una buena opinión sobre la conducta y los valores de su propia sociedad sugiere la existencia de un fenómeno de desconexión o de rechazo con la realidad colectiva, en el que la división interna del sujeto social parece haber contaminado la percepción compartida de la moralidad pública. En contraste, al preguntar a los canadienses qué piensan de la moral de sus compatriotas, el 92% responde que es buena. Los suecos (88%) y los japoneses (83%) les siguen de cerca. En España se sitúa en el 71%. Entonces, ¿por qué los estadounidenses contemplan a su prójimo y concluyen: “esta gente es mala”?. Todo hace indicar que hay algo particularmente problemático en EE UU, una nación atravesada por la polarización política y una exposición constante a narrativas negativas relacionadas con el miedo al diferente y con la exposición a una violencia descontrolada. Desde mi punto de vista, una clave para entender este desencanto de fondo pasa por relacionarlo, primero, con el acrecentamiento de una falta de confianza interpersonal y, segundo, con la articulación histórica dentro del sentido común norteamericano de que existe una amenaza moral externa que corrompe el marco de convivencia.. Comenzando por la primera cuestión, tomo como referente la encuesta World Values Survey (WVS) que funciona desde hace décadas y que formula otro tipo de pregunta relacionada: “En general, ¿diría usted que se puede confiar en la mayoría de la gente de su país, o que hay que tener mucho cuidado al tratar con las personas?”. Esta es la medida estándar de la confianza social en ciencia política. Lo sorprendente es que al comparar las respuestas de la última oleada de WVS (lanzada en 2022) con el estudio de Pew se observa una asimetría radical.. Por ejemplo, aunque casi el cien por cien de los canadienses cree que sus conciudadanos tienen buena moral, solo el 46,7% afirma que se puede confiar en la mayoría de ellos (este es uno de los porcentajes de confianza más altos del mundo). En España, solo el 41% tiene confianza en sus vecinos y solo el 34% de los japoneses la tienen en los suyos. EE UU queda incluso por debajo, en un 37%. Estos datos muestran con claridad que la percepción de poseer un sistema de valores sólido no garantiza la existencia de confianza en la sociedad ni en sus instituciones, ni asegura comportamientos éticos basados en la reciprocidad, la honestidad o el altruismo.. De hecho, emerge una brecha creciente entre los valores proclamados por el discurso dominante y los que realmente se experimentan en la vida cotidiana. La incoherencia entre palabra y acto, la erosión de conceptos como verdad y objetividad, y la propagación de la desinformación y la manipulación emocional forman una constelación corrosiva que deteriora la confianza mutua. La sospecha pasa a ser el modo de relación por defecto, generando un estado de angustia frente al otro: ¿qué quiere?, ¿qué oculta?, ¿cómo me incluye o excluye en su deseo?. El fantasma de la desconfianza. En ese clima, si el otro se percibe como mentiroso o inmoral, el sujeto se libra de la culpa y desplaza hacia fuera de sí lo que falla. La elección de la desconfianza como respuesta existencial estaría funcionando como un fantasma con el que la sociedad se protege ante la duda y lo insoportable (síntomas de una devaluación compulsiva del sujeto). En términos lacanianos, expresiones habituales como “algo esconde” o “no te fíes” actúan como significantes de la inconsistencia del otro, fijándose en la psique estadounidense como ecos del discurso de la eliminación: anticipan la decepción, expulsan la vulnerabilidad y reafirman la sospecha como la única forma segura de habitar el mundo.. Una posible explicación estructural de este fenómeno es el decaimiento de la función paterna, asociado a la pérdida de modelos éticos de autoridad y a la creciente incertidumbre subjetiva. Cuando no existe una referencia simbólica clara que ordene la experiencia, emerge la sensación de impotencia. En este contexto resulta significativo que EE UU sea uno de los pocos países donde se cuantifican los parricidios: según Parricide Prevention Institute, a partir de datos del FBI, se registran unos seis por semana, alrededor de trescientos al año, cometidos por menores y jóvenes de hasta 24 años, una cifra que representa el 2% de los homicidios y que se mantiene estable desde hace tres lustros.. No se trata de afirmar que los estadounidenses matan más a sus padres que en otros países o que entre ellos esté circulando una mayor presencia de patologías esquizoides, sino de observar cómo el orden simbólico del país parece producir relaciones debilitadas con la función paterna. Una distorsión de este tipo transforma la figura del padre en enemigo, perseguidor o encarnación de lo aborrecible e intolerable. Los intentos de asesinato que ha sufrido Donald Trump hasta la fecha responderían a los derroteros de esta pulsión, al mismo tiempo que su propia figura operaría por compensación: un esfuerzo por recomponer la detumescencia del falo paterno, proyectándose simbólicamente como un superhombre omnipotente y situado más allá de la moral.. En relación con cómo ha calado en el sentido común estadounidense la idea de una amenaza moral externa que corrompe la esencia nacional, resulta pertinente, aunque polémico, recordar el marco histórico analizado por Daniel Goldhagen en Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto (1997) para reconstruir el proceso de formación del antisemitismo europeo. Para el autor, el cristianismo medieval y el racismo decimonónico configuraron un marco cognitivo y afectivo que hizo posible el genocidio: el nazismo fue condición necesaria, pero no suficiente. La sociedad alemana arrastraba una herencia simbólica y cultural que permitió aceptar la “solución” propuesta para el Judenfrage. En el ultranacionalismo contemporáneo resuena un mecanismo similar: la estigmatización del multiculturalismo, de la diversidad étnica y religiosa o de la inmigración como responsables del supuesto deterioro civilizatorio reaviva el viejo estribillo con el que se condenó al pueblo judío durante siglos.. Nuevamente, no se trata de predecir una repetición de la catástrofe con víctimas diferentes o similares en el seno de la primera potencia mundial, pero sí advertir de que ha retornado una atención obsesiva de los cada vez más poderosos movimientos xenófobos sobre minorías cosificadas como chivos expiatorios. Al igual que se impidió en Alemania que los judíos se emanciparan, esto es, que fueran sujetos de pleno derecho en 1849 por considerarlos “depredadores con talento” que ponían en peligro el bienestar de los alemanes y su pureza de sangre, lo que sucede en la problemática norteamericana con la migración y la construcción identitaria no le va a la zaga. En consecuencia, la desafección a lo propio, metabolizada como asco hacia lo que hay de impuro en lo nuestro, no es solamente un dato sociológico o un capricho estadístico, sino el temblor de una comunidad que ha ido perdiendo la capacidad de reconocerse sin miedo en los ojos de sus conciudadanos: ya no reconocen a sus vecinos como aliados en la fragilidad de la vida, sino como sombras amenazantes que podrían dañarlos, corromperlos o decepcionarlos. Y sin ese mínimo acto de fe en el otro, una sociedad empieza a desmoronarse, primero en silencio, luego a gritos.. Alberto González Pascual es profesor asociado de la URJC, Esade y la EOI, y director de cultura, desarrollo y gestión del talento de Prisa Media.
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