«No se puede ni debe ir con los comunistas a ninguna parte». La frase, lanzada por Salvador de Madariaga en una rueda de prensa en Madrid el 27 de abril de 1976, abrió titulares en un país a la expectativa del cambio político. Acababa de regresar a España tras décadas de exilio en Inglaterra y Suiza. Tres días después, el 2 de mayo, ingresaba por fin en la Real Academia Española, ocupando el sillón M para el que había sido elegido el 20 de mayo de 1936. Su vuelta se convirtió en un acontecimiento cultural y mediático, seguido con expectación por la prensa y por una ciudadanía que veía en él un símbolo de reconciliación nacional tras la dictadura de Franco.. Madariaga señaló a los periodistas que había reunido en un hotel madrileño a finales de abril que la información era «una pieza esencial en un pueblo libre». Su mensaje era claro: la democracia solo podía asentarse en la verdad, la libertad y la inteligencia. Venía de sufrir un escrache en Zaragoza, donde un grupo de ultras habían intentado impedir una conferencia suya sobre el futuro del país. Defendió la necesidad de grandes partidos, expresó su confianza en el Rey Juan Carlos diciendo que el arraigo de la monarquía era esencial para España. Se definió como liberal y reivindicó la existencia de Dios como fundamento moral de la civilización occidental. Su figura, a punto de cumplir noventa años, combinaba autoridad intelectual, experiencia diplomática y una biografía marcada por la guerra y el exilio.. Jóvenes y curiosos en el Prado. La expectación ante su ingreso en la RAE fue extraordinaria. Las invitaciones se agotaron días antes y la institución instaló un sistema de megafonía en salas anexas para que el público pudiera seguir la ceremonia. Desde las cinco y media de la tarde, jóvenes y curiosos se sentaban en los jardines del Museo del Prado, esperando ver llegar al escritor. La Academia reforzó el protocolo: ujieres del Teatro Real, sillones numerados y un control de acceso riguroso para preservar la solemnidad del acto.. A las siete y diez, la presidencia entró en el salón: el ministro de Educación y Ciencia, Carlos Robles Piquer, en nombre del Rey; el director de la Academia, Dámaso Alonso; y varios académicos de renombre. Entre los asistentes destacaban José María Pemán, Joaquín Calvo Sotelo, Claudio Sánchez Albornoz y representantes del cuerpo diplomático. El ambiente era el de una ceremonia histórica, cargada de emoción y de un simbolismo que trascendía lo literario.. Madariaga leyó su discurso «De la belleza en la ciencia», una reflexión sobre la dimensión estética del conocimiento. Defendió que la belleza no era un adorno, sino una forma de comprender el mundo: «La belleza es flor del mundo de la sensibilidad», afirmó en una intervención breve pero intensa que recibió una larga ovación. Su discurso buscaba elevar el debate académico por encima de la coyuntura política y situarlo en una dimensión universal.. La RAE al completo. El discurso de contestación corrió a cargo de Julián Marías, quien abrió con una frase que se convirtió en titular: «La Real Academia Española vuelve a estar completa». Marías evocó la trayectoria del escritor, su pertenencia a una generación excepcional –Gabriel Miró, Manuel Azaña, Ortega, Marañón, Salinas, Rafael Guillén, Juan Ramón Jiménez– y su actitud ante la Guerra Civil. Recordó que Madariaga dijo «no» a la lucha fratricida, rechazando los extremismos. También Marías destacó la capacidad de Madariaga para pensar España desde la distancia, sin dejarse arrastrar por lo superficial y la nostalgia.. Tras los discursos, el ministro Robles Piquer impuso la medalla académica en nombre del Rey. Subrayó la «alta significación histórica» del acto y expresó su deseo de que España no volviera a repetir las circunstancias que habían provocado una espera de cuarenta años, en referencia al exilio del liberal. Cuando Madariaga abandonó el edificio por la calle Felipe IV, ya de noche, decenas de personas lo aclamaron desde la acera.. El ingreso de Madariaga en la RAE representó la recuperación pública de una voz liberal autorizada, que había permanecido fuera de su patria durante demasiadas décadas. Su presencia en la vida pública simbolizaba la integración del exilio en la cultura española y la posibilidad de una reconciliación basada en la libertad, la inteligencia y la palabra. En un país que avanzaba hacia la democracia, Madariaga encarnó la continuidad entre la España republicana, la del exilio y la que nacía en 1976. Su sillón, guardado durante cuarenta años, volvía a tener dueño. Y la Academia, como dijo Marías, volvía a estar completa.
Salvador de Madariaga acababa de regresar del exilio y su mensaje era claro: la democracia solo podía asentarse en la verdad, la libertad y la inteligencia
«No se puede ni debe ir con los comunistas a ninguna parte». La frase, lanzada por Salvador de Madariaga en una rueda de prensa en Madrid el 27 de abril de 1976, abrió titulares en un país a la expectativa del cambio político. Acababa de regresar a España tras décadas de exilio en Inglaterra y Suiza. Tres días después, el 2 de mayo, ingresaba por fin en la Real Academia Española, ocupando el sillón M para el que había sido elegido el 20 de mayo de 1936. Su vuelta se convirtió en un acontecimiento cultural y mediático, seguido con expectación por la prensa y por una ciudadanía que veía en él un símbolo de reconciliación nacional tras la dictadura de Franco.. Madariaga señaló a los periodistas que había reunido en un hotel madrileño a finales de abril que la información era «una pieza esencial en un pueblo libre». Su mensaje era claro: la democracia solo podía asentarse en la verdad, la libertad y la inteligencia. Venía de sufrir un escrache en Zaragoza, donde un grupo de ultras habían intentado impedir una conferencia suya sobre el futuro del país. Defendió la necesidad de grandes partidos, expresó su confianza en el Rey Juan Carlos diciendo que el arraigo de la monarquía era esencial para España. Se definió como liberal y reivindicó la existencia de Dios como fundamento moral de la civilización occidental. Su figura, a punto de cumplir noventa años, combinaba autoridad intelectual, experiencia diplomática y una biografía marcada por la guerra y el exilio.. Jóvenes y curiosos en el Prado. La expectación ante su ingreso en la RAE fue extraordinaria. Las invitaciones se agotaron días antes y la institución instaló un sistema de megafonía en salas anexas para que el público pudiera seguir la ceremonia. Desde las cinco y media de la tarde, jóvenes y curiosos se sentaban en los jardines del Museo del Prado, esperando ver llegar al escritor. La Academia reforzó el protocolo: ujieres del Teatro Real, sillones numerados y un control de acceso riguroso para preservar la solemnidad del acto.. A las siete y diez, la presidencia entró en el salón: el ministro de Educación y Ciencia, Carlos Robles Piquer, en nombre del Rey; el director de la Academia, Dámaso Alonso; y varios académicos de renombre. Entre los asistentes destacaban José María Pemán, Joaquín Calvo Sotelo, Claudio Sánchez Albornoz y representantes del cuerpo diplomático. El ambiente era el de una ceremonia histórica, cargada de emoción y de un simbolismo que trascendía lo literario.. Madariaga leyó su discurso «De la belleza en la ciencia», una reflexión sobre la dimensión estética del conocimiento. Defendió que la belleza no era un adorno, sino una forma de comprender el mundo: «La belleza es flor del mundo de la sensibilidad», afirmó en una intervención breve pero intensa que recibió una larga ovación. Su discurso buscaba elevar el debate académico por encima de la coyuntura política y situarlo en una dimensión universal.. La RAE al completo. El discurso de contestación corrió a cargo de Julián Marías, quien abrió con una frase que se convirtió en titular: «La Real Academia Española vuelve a estar completa». Marías evocó la trayectoria del escritor, su pertenencia a una generación excepcional –Gabriel Miró, Manuel Azaña, Ortega, Marañón, Salinas, Rafael Guillén, Juan Ramón Jiménez– y su actitud ante la Guerra Civil. Recordó que Madariaga dijo «no» a la lucha fratricida, rechazando los extremismos. También Marías destacó la capacidad de Madariaga para pensar España desde la distancia, sin dejarse arrastrar por lo superficial y la nostalgia.. Tras los discursos, el ministro Robles Piquer impuso la medalla académica en nombre del Rey. Subrayó la «alta significación histórica» del acto y expresó su deseo de que España no volviera a repetir las circunstancias que habían provocado una espera de cuarenta años, en referencia al exilio del liberal. Cuando Madariaga abandonó el edificio por la calle Felipe IV, ya de noche, decenas de personas lo aclamaron desde la acera.. El ingreso de Madariaga en la RAE representó la recuperación pública de una voz liberal autorizada, que había permanecido fuera de su patria durante demasiadas décadas. Su presencia en la vida pública simbolizaba la integración del exilio en la cultura española y la posibilidad de una reconciliación basada en la libertad, la inteligencia y la palabra. En un país que avanzaba hacia la democracia, Madariaga encarnó la continuidad entre la España republicana, la del exilio y la que nacía en 1976. Su sillón, guardado durante cuarenta años, volvía a tener dueño. Y la Academia, como dijo Marías, volvía a estar completa.
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