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  Televisión y Cine  Cómo crear una actuación musical para la posteridad en la televisión de la era hiperconectada
Televisión y Cine

Cómo crear una actuación musical para la posteridad en la televisión de la era hiperconectada

17 de febrero de 2026
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¿Qué canciones que vimos en la tele quedan en nuestra cabeza? Menos de las que creemos. Somos más olvidadizos que nunca. Antaño, solo había una oportunidad para contemplar, por ejemplo, a los Jackson cantando en TVE. No había forma de grabarlo y la sociedad se pasaba la semana posterior imaginando la actuación. A su medida. La hacían propia. La mitificaban. Ahora, disponemos de tantos impactos audiovisuales que estamos más desmemoriados.. Si lo piensan, aunque solo hayan pasado dos días, del último Benidorm Fest pocas propuestas escénicas han logrado traspasar realmente la burbuja del fandom para acariciar la conversación social transversal. Quizá sea un aviso para recordarnos que la tecnología homogeneiza, lo que nos une y, a la vez, nos distingue son las ideas. Más aún cuando cuentan con la profundidad suficiente para tomar el pulso a su tiempo.. En una sociedad en la que la tecnología arrasa con todo, la artesanía creativa es la que marca la diferencia. No es de extrañar, por tanto, que nos fijáramos en la propuesta de Rosalinda o que sigamos recordando Kaiman de Rigoberta Bandini en el Benidorm Fest del año pasado. A pesar de que no tenía demasiado despliegue de cachivaches y otras parafernalias escénicas. Sin embargo, en esta sociedad distraída en la hipérbole, el equipo de Bandini capta nuestra concentración regresándonos a la teatralidad de la que brota cualquier buena historia, donde la idea con ideal importa más que el golpe de efecto por el golpe de efecto. Una idea con ideal que siempre se narra mejor curtiéndose en el suspense, motor de la televisión clásica.. Pero suspense no significa que tenga que aparecer Jessica Fletcher o Iker Jiménez. Suspense es conquistar la curiosidad a poquitos, así surge la complicidad más fiel. Y el público, desde casa, se siente en una especie de scape room. Se mete dentro de una experiencia que le invita a descubrir qué va a pasar, porque la canción te lleva de un principio a un colofón.. Así, Kaiman empieza en un primer plano. El rostro de la cantante encendiéndose. Ahí, aparece el primer acierto narrativo: Rigoberta sonríe y enseña, literalmente, sus colmillos de acero, como afirma la letra de la composición. En estos detalles se cimienta la complicidad con el público. El guiño alimenta nuestro interés -pero qué lleva ahí puesto- y, a la vez, tiene ese punto irónico que rebaja intensidades. Es la travesura que otros descartarían de una propuesta escénica y, en cambio, a Rigoberta hace todopoderosa: no sacraliza nada, relativiza mucho y, como consecuencia, nos implica con su juego.. Y se abre el zoom. Y el ritmo de la canción se viene arriba. La realización muestra a la banda de Rigoberta. Turno de continuar enriqueciendo la trama. Con su giro de guion. Sorpresa: mujeres de más de setenta años son las que están a los mandos de los instrumentos y la mesa de mezclas. Mujeres que no son mero relleno. Como excelente puesta en escena, la idea va más allá del decorado de poner a unas abuelas de Benidorm a hacer un playback y existe un cometido narrativo. Hay un recado profundo para transformar una tema de promoción en un himno de todos. Y, ese instante, protagonizará el clímax de la actuación.. Tras un maravilloso viaje de la cámara steady cam paseando por el escenario mostrando a las músicas de Kaiman, una vez más se tira con maestría del suspense. En ese instante, irrumpe de nuevo en imagen Rigoberta para cantar sola a cámara. Contemplamos bien sus ojos. Su actitud. Su expresividad. De repente, el plano se va haciendo más grande. A su lado, se van incorporando, mano a hombro, cada una de esas mujeres. Todas juntas. Todas en formación. Todas creando una estampa televisiva icónica que habla de unión, visibilizando lo que otros borran. Creando una postal identitaria del superpoder de la unión de las amigas, de esas amigas que no fallan, que te escuchan, que te dicen que eres alguien, que no eres un fake. Que sigues viva. Y pletórica.. En esos momentos, la pantalla gigante que preside el auditorio se ha teñido de amarillo. Bien de color. Bien de fosforito para que sea refulgente la captura que se moverá en las redes sociales y en los medios de comunicación. La buena puesta en escena logra esto: un momento de emoción hecho bella imagen. Pero todavía falta el desenlace. Están a punto de ponerse a bailar, a quererse, a sentirse. «Dime si me amas. Y si lo hago bien. Dime si te gusto. O no me puedes ver».. Y llega el chute de alegría final. Porque las historias deben nacen, se desarrollan y rematan para dejarnos con ganas de más. Asaltan al escenario más y más mujeres. Danzan sin coreografía. Danzan en libertad. El caos se ordena en una sincronía de interpretación, música, iluminación, fondos gráficos y realización, a cargo de la realizadora de TVE Mercé Llorenç, que ha convertido una canción en una experiencia con un arco narrativo claro.. Un buen número televisivo termina con un buen colofón. Puede ser íntimo, festivo o donde la imaginación nos lleve. Aquí, fue el escenario a rebosar de señoras bailando. Pero todavía Rigoberta guarda un chimpún más. Se finiquita la melodía de la canción de cuajo. De golpe. Pero la imagen no se queda en el insípido plano general y vuelve al primer plano de Rigoberta, que no ha dejado de tener claro en ningún momento a quién, cómo y a qué canta. Es la clave de una buena puesta en escena para quedarse en nuestra cabeza. Se subraya a la artista. La emoción se narra en primer plano.. En todo momento, Rigoberta lleva a la escenografía. Y no al revés. Un problema clásico de formatos musicales: a menudo, la escenografía es la que arrastra a un cantante que da vueltas sobre un elemento escénico. En ocasiones, incluso parece que hay una lucha entre el cantante y la escenografía para ver quién se lleva el aplauso del público.. Pero Rigoberta no deja de mirar a la cámara. Y la cámara no deja de mirar a Rigoberta. No solo canta, sobre todo cuenta su canción. Porque una buena actuación vista por la tele es la que consigue impulsar su mensaje y a la artista a través de la imagen hecha emoción que es la fusión de la música y la tele. Con sus guiños, con su travesura, con su folclore, con su imperfección, con su capacidad de centrarse más en el objetivo de la cámara que es la sociedad que en uno mismo. Por eso, aunque haya pasado un año, nos seguimos acordado de Rigoberta Bandini y sus abuelitas.

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¿Qué canciones que vimos en la tele quedan en nuestra cabeza? Menos de las que creemos. Somos más olvidadizos que nunca. Antaño, solo había una oportunidad para contemplar, por ejemplo, a los Jackson cantando en TVE. No había forma de grabarlo y la sociedad se pasaba la semana posterior imaginando la actuación. A su medida. La hacían propia. La mitificaban. Ahora, disponemos de tantos impactos audiovisuales que estamos más desmemoriados.. Si lo piensan, aunque solo hayan pasado dos días, del último Benidorm Fest pocas propuestas escénicas han logrado traspasar realmente la burbuja del fandom para acariciar la conversación social transversal. Quizá sea un aviso para recordarnos que la tecnología homogeneiza, lo que nos une y, a la vez, nos distingue son las ideas. Más aún cuando cuentan con la profundidad suficiente para tomar el pulso a su tiempo.. En una sociedad en la que la tecnología arrasa con todo, la artesanía creativa es la que marca la diferencia. No es de extrañar, por tanto, que nos fijáramos en la propuesta de Rosalinda o que sigamos recordando Kaiman de Rigoberta Bandini en el Benidorm Fest del año pasado. A pesar de que no tenía demasiado despliegue de cachivaches y otras parafernalias escénicas. Sin embargo, en esta sociedad distraída en la hipérbole, el equipo de Bandini capta nuestra concentración regresándonos a la teatralidad de la que brota cualquier buena historia, donde la idea con ideal importa más que el golpe de efecto por el golpe de efecto. Una idea con ideal que siempre se narra mejor curtiéndose en el suspense, motor de la televisión clásica.. Pero suspense no significa que tenga que aparecer Jessica Fletcher o Iker Jiménez. Suspense es conquistar la curiosidad a poquitos, así surge la complicidad más fiel. Y el público, desde casa, se siente en una especie de scape room. Se mete dentro de una experiencia que le invita a descubrir qué va a pasar, porque la canción te lleva de un principio a un colofón.. Así, Kaiman empieza en un primer plano. El rostro de la cantante encendiéndose. Ahí, aparece el primer acierto narrativo: Rigoberta sonríe y enseña, literalmente, sus colmillos de acero, como afirma la letra de la composición. En estos detalles se cimienta la complicidad con el público. El guiño alimenta nuestro interés -pero qué lleva ahí puesto- y, a la vez, tiene ese punto irónico que rebaja intensidades. Es la travesura que otros descartarían de una propuesta escénica y, en cambio, a Rigoberta hace todopoderosa: no sacraliza nada, relativiza mucho y, como consecuencia, nos implica con su juego.. Y se abre el zoom. Y el ritmo de la canción se viene arriba. La realización muestra a la banda de Rigoberta. Turno de continuar enriqueciendo la trama. Con su giro de guion. Sorpresa: mujeres de más de setenta años son las que están a los mandos de los instrumentos y la mesa de mezclas. Mujeres que no son mero relleno. Como excelente puesta en escena, la idea va más allá del decorado de poner a unas abuelas de Benidorm a hacer un playback y existe un cometido narrativo. Hay un recado profundo para transformar una tema de promoción en un himno de todos. Y, ese instante, protagonizará el clímax de la actuación.. Tras un maravilloso viaje de la cámara steady cam paseando por el escenario mostrando a las músicas de Kaiman, una vez más se tira con maestría del suspense. En ese instante, irrumpe de nuevo en imagen Rigoberta para cantar sola a cámara. Contemplamos bien sus ojos. Su actitud. Su expresividad. De repente, el plano se va haciendo más grande. A su lado, se van incorporando, mano a hombro, cada una de esas mujeres. Todas juntas. Todas en formación. Todas creando una estampa televisiva icónica que habla de unión, visibilizando lo que otros borran. Creando una postal identitaria del superpoder de la unión de las amigas, de esas amigas que no fallan, que te escuchan, que te dicen que eres alguien, que no eres un fake. Que sigues viva. Y pletórica.. En esos momentos, la pantalla gigante que preside el auditorio se ha teñido de amarillo. Bien de color. Bien de fosforito para que sea refulgente la captura que se moverá en las redes sociales y en los medios de comunicación. La buena puesta en escena logra esto: un momento de emoción hecho bella imagen. Pero todavía falta el desenlace. Están a punto de ponerse a bailar, a quererse, a sentirse. «Dime si me amas. Y si lo hago bien. Dime si te gusto. O no me puedes ver».. Y llega el chute de alegría final. Porque las historias deben nacen, se desarrollan y rematan para dejarnos con ganas de más. Asaltan al escenario más y más mujeres. Danzan sin coreografía. Danzan en libertad. 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Un problema clásico de formatos musicales: a menudo, la escenografía es la que arrastra a un cantante que da vueltas sobre un elemento escénico. En ocasiones, incluso parece que hay una lucha entre el cantante y la escenografía para ver quién se lleva el aplauso del público.. Pero Rigoberta no deja de mirar a la cámara. Y la cámara no deja de mirar a Rigoberta. No solo canta, sobre todo cuenta su canción. Porque una buena actuación vista por la tele es la que consigue impulsar su mensaje y a la artista a través de la imagen hecha emoción que es la fusión de la música y la tele. Con sus guiños, con su travesura, con su folclore, con su imperfección, con su capacidad de centrarse más en el objetivo de la cámara que es la sociedad que en uno mismo. Por eso, aunque haya pasado un año, nos seguimos acordado de Rigoberta Bandini y sus abuelitas.

 

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