Pocos filósofos griegos llegaron al pensamiento con los nudillos marcados. Cleantes de Aso fue boxeador antes que pensador, y aguador mientras lo era. Nació hacia el 330 a.C. en la Tróade, en la costa de la actual Turquía, y llegó tarde a la filosofía. Antes había sido boxeador, uno de esos atletas que se ganaban la vida entreteniendo al público a puñetazos. Cuando puso rumbo a Atenas, capital intelectual de su tiempo, cuentan que llevaba consigo apenas cuatro dracmas en el bolsillo.. En Atenas se sentó a escuchar a Zenón de Citio, fundador de una escuela que tomaba su nombre del pórtico pintado, la «Stoa Poikilé», donde maestro y discípulos conversaban. Pero asistir a las lecciones no daba de comer, y además, había que pagarlas. La solución que encontró Cleantes define su vida entera. De noche acarreaba agua para regar los huertos de un hortelano, y de día estudiaba. Su entrega le valió un apodo burlón, «Freántles», algo así como «el sacapozos». El aguador que de madrugada llenaba cubos era el mismo que al amanecer discutía sobre el alma y el cosmos.. El premio de los jueces. Los atenienses, perplejos, llegaron a citarlo ante el Areópago para que explicara de qué vivía un hombre que pasaba el día filosofando sin oficio visible. Cleantes presentó como testigos al hortelano que le pagaba y a la mujer que le vendía harina. Los jueces quisieron premiarlo, y fue Zenón quien le prohibió aceptarlas. El propio maestro le hacía traer cada día un óbolo de su jornal, y con el tiempo reunió una buena cantidad que un día mostró a los demás discípulos: «Cleantes podría mantener a otro Cleantes», dijo, mostrando el esfuerzo del trabajo. Por aquella entrega incansable lo apodaron «segundo Hércules», pues hacía recordar al héroe que cargaba sobre sus hombros trabajos que nadie más resistía.. Aquel empeño suyo, lento y obstinado, fue blanco de burlas tanto como de admiración. Timón de Fliunte se rio de su lentitud, y él aceptaba la chanza diciendo que solo él podía cargar con el peso de Zenón. Cuando lo llamaban asno, respondía que era el único capaz de llevar esa carga. Preservó y afianzó la doctrina del maestro en el momento frágil en que una escuela recién nacida podía disolverse con su creador. De no haber sido por su constancia, el estoicismo quizá no habría llegado a Crisipo, el alumno que lo sistematizó, ni mucho menos a Séneca, Epicteto o Marco Aurelio.. A la muerte de Zenón, hacia el 262 a.C., fue Cleantes, y no un discípulo más brillante o más rico, quien heredó la dirección de la escuela. La conservó durante más de tres décadas. Como no podía comprar papiro, cuentan que anotaba las lecciones en conchas (óstraka)y en omóplatos de buey.. Concibió el universo como un ser vivo gobernado por una razón divina que todo lo penetra. Su obra más célebre, el «Himno a Zeus», es el fragmento más extenso que conservamos de los primeros estoicos, y en él se dirige a la divinidad como al principio único que rige cuanto existe. En otro fragmento, transmitido por Epicteto, pide ser conducido por ese orden sin oponer resistencia. «Condúceme, Zeus, y tú, Destino, adonde hayáis dispuesto que yo vaya», escribe. «Os seguiré sin vacilar. Y si me niego, malvado de mí, tendré que seguiros igualmente». El destino, concluye, guía al que consiente y arrastra al que se resiste.. Herencia estoica. Ni Zeus ni Destino son caprichosos dioses, sino una providencia racional que ordena el mundo. Esa intuición de un cosmos animado por una sola razón es la herencia más personal que dejó al estoicismo, que hasta entonces se centraba más en la física y en la ética.. Anciano, con una afección en las encías, los médicos le recomendaron ayunar unos días. La dolencia se curó, y le dijeron que ya podía volver a comer. Cleantes se negó. Había recorrido ya, dijo, medio camino, y no quiso desandarlo. No fue un cuerpo vencido por la enfermedad, sino un hombre sano que eligió el momento de marcharse, ejerciendo sobre su propia muerte la misma libertad que el estoicismo predicaba. Murió hacia el 230 a.C., a los ochenta años.. Diógenes Laercio, que recogió su vida, le dedicó unos versos donde bromea con que la muerte no quiso retrasar el descanso de un anciano que tanto pozo había agotado en vida. El chiste resume al personaje. El hombre que sacaba agua para poder pensar terminó secando también su último pozo, el de sus propios días, cuando decidió que ya había bebido bastante.
Boxeador y pensador, dirigió la Stoa más de treinta años. Además, fue aguador: el hombre que de madrugada llenaba cubos era el mismo que al amanecer discutía sobre el alma y el cosmos
Pocos filósofos griegos llegaron al pensamiento con los nudillos marcados. Cleantes de Aso fue boxeador antes que pensador, y aguador mientras lo era. Nació hacia el 330 a.C. en la Tróade, en la costa de la actual Turquía, y llegó tarde a la filosofía. Antes había sido boxeador, uno de esos atletas que se ganaban la vida entreteniendo al público a puñetazos. Cuando puso rumbo a Atenas, capital intelectual de su tiempo, cuentan que llevaba consigo apenas cuatro dracmas en el bolsillo.. En Atenas se sentó a escuchar a Zenón de Citio, fundador de una escuela que tomaba su nombre del pórtico pintado, la «Stoa Poikilé», donde maestro y discípulos conversaban. Pero asistir a las lecciones no daba de comer, y además, había que pagarlas. La solución que encontró Cleantes define su vida entera. De noche acarreaba agua para regar los huertos de un hortelano, y de día estudiaba. Su entrega le valió un apodo burlón, «Freántles», algo así como «el sacapozos». El aguador que de madrugada llenaba cubos era el mismo que al amanecer discutía sobre el alma y el cosmos.. El premio de los jueces. Los atenienses, perplejos, llegaron a citarlo ante el Areópago para que explicara de qué vivía un hombre que pasaba el día filosofando sin oficio visible. Cleantes presentó como testigos al hortelano que le pagaba y a la mujer que le vendía harina. Los jueces quisieron premiarlo, y fue Zenón quien le prohibió aceptarlas. El propio maestro le hacía traer cada día un óbolo de su jornal, y con el tiempo reunió una buena cantidad que un día mostró a los demás discípulos: «Cleantes podría mantener a otro Cleantes», dijo, mostrando el esfuerzo del trabajo. Por aquella entrega incansable lo apodaron «segundo Hércules», pues hacía recordar al héroe que cargaba sobre sus hombros trabajos que nadie más resistía.. Aquel empeño suyo, lento y obstinado, fue blanco de burlas tanto como de admiración. Timón de Fliunte se rio de su lentitud, y él aceptaba la chanza diciendo que solo él podía cargar con el peso de Zenón. Cuando lo llamaban asno, respondía que era el único capaz de llevar esa carga. Preservó y afianzó la doctrina del maestro en el momento frágil en que una escuela recién nacida podía disolverse con su creador. De no haber sido por su constancia, el estoicismo quizá no habría llegado a Crisipo, el alumno que lo sistematizó, ni mucho menos a Séneca, Epicteto o Marco Aurelio.. A la muerte de Zenón, hacia el 262 a.C., fue Cleantes, y no un discípulo más brillante o más rico, quien heredó la dirección de la escuela. La conservó durante más de tres décadas. Como no podía comprar papiro, cuentan que anotaba las lecciones en conchas (óstraka)y en omóplatos de buey.. Concibió el universo como un ser vivo gobernado por una razón divina que todo lo penetra. Su obra más célebre, el «Himno a Zeus», es el fragmento más extenso que conservamos de los primeros estoicos, y en él se dirige a la divinidad como al principio único que rige cuanto existe. En otro fragmento, transmitido por Epicteto, pide ser conducido por ese orden sin oponer resistencia. «Condúceme, Zeus, y tú, Destino, adonde hayáis dispuesto que yo vaya», escribe. «Os seguiré sin vacilar. Y si me niego, malvado de mí, tendré que seguiros igualmente». El destino, concluye, guía al que consiente y arrastra al que se resiste.. Herencia estoica. Ni Zeus ni Destino son caprichosos dioses, sino una providencia racional que ordena el mundo. Esa intuición de un cosmos animado por una sola razón es la herencia más personal que dejó al estoicismo, que hasta entonces se centraba más en la física y en la ética.. Anciano, con una afección en las encías, los médicos le recomendaron ayunar unos días. La dolencia se curó, y le dijeron que ya podía volver a comer. Cleantes se negó. Había recorrido ya, dijo, medio camino, y no quiso desandarlo. No fue un cuerpo vencido por la enfermedad, sino un hombre sano que eligió el momento de marcharse, ejerciendo sobre su propia muerte la misma libertad que el estoicismo predicaba. Murió hacia el 230 a.C., a los ochenta años.. Diógenes Laercio, que recogió su vida, le dedicó unos versos donde bromea con que la muerte no quiso retrasar el descanso de un anciano que tanto pozo había agotado en vida. El chiste resume al personaje. El hombre que sacaba agua para poder pensar terminó secando también su último pozo, el de sus propios días, cuando decidió que ya había bebido bastante.
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