La mañana del lunes transcurría con la rutina de cualquier hogar con un recién nacido. En un tercer piso de un edificio de Medellín, Jesús Rodríguez preparaba un biberón para Celeste, su hija de apenas tres meses.. Eran las 7:30 cuando los teléfonos móviles comenzaron a sonar con una alerta de los servicios de emergencia: se aproximaba un sismo. Su mujer, acostumbrada a la actividad sísmica de la región, supo al instante lo que significaba ese aviso y le urgió a salir de casa. “El suelo comenzó a temblar. Los espejos y los cuadros comenzaron a moverse. Jarrones y copas comenzaron a caer de las estanterías y armarios”, relata.. Un mareo que en realidad era la tierra. La primera percepción del movimiento telúrico de magnitud 7,4 fue engañosa para un hombre criado en Langreo, lejos de las zonas sísmicas. “Yo, que no estoy acostumbrado a este tipo de fenómenos, pensé por un momento que me estaba dando un ictus, hasta que me di cuenta de que era la tierra la que se estaba moviendo”, confiesa.. Esa confusión inicial entre un problema de salud y un desastre natural da paso, en su relato, a una descripción muy física del miedo: una sensación de mareo intenso, como si el temblor naciera dentro del propio cuerpo, hasta que el contexto (los objetos cayendo, el aviso de su pareja) le devolvió a la realidad. Entonces solo quedaba actuar.. Las pertenencias dejaron de importar en ese mismo instante. Su mujer y los familiares que residen en el mismo bloque de apartamentos, conocedores de los protocolos, le recordaron lo esencial: abandonar el edificio con la mayor celeridad posible, sin entretenerse con objetos ni bienes materiales.. El rezo en las escaleras y la fragilidad. Con la niña en brazos y una manta para arroparla, Jesús atravesó el pasillo de su vivienda y comenzó a bajar las escaleras. El temor se concentró entonces en la estructura que le rodeaba. “Cuando descendía por las escaleras pedía a Dios que no le ocurriera nada al edificio hasta llegar abajo”, rememora. Esa frase resume el instante de mayor vulnerabilidad: un padre reciente, con su bebé aferrada al pecho, negociando mentalmente con la resistencia de los muros mientras sus pies buscaban la salida.. Al alcanzar la calle, se encontró con decenas de vecinos que ya se agolpaban en los espacios abiertos. Allí permaneció junto a su familia hasta que los servicios oficiales confirmaron la magnitud del terremoto. “Posteriormente volvimos poco a poco a las casas con gran temor de las réplicas”, explica.. A pesar de los daños registrados en infraestructuras de Medellín, Cali, Pereira y Manizales, las telecomunicaciones resistieron en su zona, lo que le permitió tranquilizar rápidamente a sus allegados en España. La angustia, sin embargo, se mantuvo al pensar en ciudades que había visitado, como Manizales, cuya catedral (una de las torres más altas de América Latina) resultó dañada.. Jesús Rodríguez, que llegó al país hace dos años atraído por una visa para nómadas digitales y por una historia de amor que le convirtió en padre, vivió el sismo más potente en una década en Colombia con la certeza de que la preparación de la población y la respuesta de los organismos de seguridad civil marcaron la diferencia.
La mañana del lunes transcurría con la rutina de cualquier hogar con un recién nacido. En un tercer piso de un edificio de Medellín, Jesús Rodríguez preparaba un biberón para Celeste, su hija de apenas tres meses.. Eran las 7:30 cuando los teléfonos móviles comenzaron a sonar con una alerta de los servicios de emergencia: se aproximaba un sismo. Su mujer, acostumbrada a la actividad sísmica de la región, supo al instante lo que significaba ese aviso y le urgió a salir de casa. “El suelo comenzó a temblar. Los espejos y los cuadros comenzaron a moverse. Jarrones y copas comenzaron a caer de las estanterías y armarios”, relata.. Un mareo que en realidad era la tierra. La primera percepción del movimiento telúrico de magnitud 7,4 fue engañosa para un hombre criado en Langreo, lejos de las zonas sísmicas. “Yo, que no estoy acostumbrado a este tipo de fenómenos, pensé por un momento que me estaba dando un ictus, hasta que me di cuenta de que era la tierra la que se estaba moviendo”, confiesa.. Esa confusión inicial entre un problema de salud y un desastre natural da paso, en su relato, a una descripción muy física del miedo: una sensación de mareo intenso, como si el temblor naciera dentro del propio cuerpo, hasta que el contexto (los objetos cayendo, el aviso de su pareja) le devolvió a la realidad. Entonces solo quedaba actuar.. Las pertenencias dejaron de importar en ese mismo instante. Su mujer y los familiares que residen en el mismo bloque de apartamentos, conocedores de los protocolos, le recordaron lo esencial: abandonar el edificio con la mayor celeridad posible, sin entretenerse con objetos ni bienes materiales.. El rezo en las escaleras y la fragilidad. Con la niña en brazos y una manta para arroparla, Jesús atravesó el pasillo de su vivienda y comenzó a bajar las escaleras. El temor se concentró entonces en la estructura que le rodeaba. “Cuando descendía por las escaleras pedía a Dios que no le ocurriera nada al edificio hasta llegar abajo”, rememora. Esa frase resume el instante de mayor vulnerabilidad: un padre reciente, con su bebé aferrada al pecho, negociando mentalmente con la resistencia de los muros mientras sus pies buscaban la salida.. Al alcanzar la calle, se encontró con decenas de vecinos que ya se agolpaban en los espacios abiertos. Allí permaneció junto a su familia hasta que los servicios oficiales confirmaron la magnitud del terremoto. “Posteriormente volvimos poco a poco a las casas con gran temor de las réplicas”, explica.. A pesar de los daños registrados en infraestructuras de Medellín, Cali, Pereira y Manizales, las telecomunicaciones resistieron en su zona, lo que le permitió tranquilizar rápidamente a sus allegados en España. La angustia, sin embargo, se mantuvo al pensar en ciudades que había visitado, como Manizales, cuya catedral (una de las torres más altas de América Latina) resultó dañada.. Jesús Rodríguez, que llegó al país hace dos años atraído por una visa para nómadas digitales y por una historia de amor que le convirtió en padre, vivió el sismo más potente en una década en Colombia con la certeza de que la preparación de la población y la respuesta de los organismos de seguridad civil marcaron la diferencia.
Jesús Rodríguez, un asturiano de 40 años afincado en Medellín, describe cómo protegió a su hija de tres meses durante el seísmo de magnitud 7,4 que sacudió Colombia el 10 de agosto, el más fuerte en una década
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