No es cuestión de orejas. Ni de estadísticas. Ni siquiera de abrir o no la Puerta del Príncipe. Hay un rango en el toreo que no se concede desde un palco ni se mide en números: se percibe. Se intuye en el silencio denso de la plaza, en la forma de pisar la arena, en ese instante en el que el tiempo parece detenerse y el público, sin necesidad de ponerse de acuerdo, reconoce lo que tiene delante. Eso es ser figura del toreo. Y eso es hoy Borja Jiménez.. La reciente Feria de Abril ha terminado de colocarle en ese sitio que ya no admite discusión. No por acumulación de trofeos, sino por la huella. Por el poso. Por la manera de interpretar cada embestida como si le fuera la vida en ello. En Sevilla, donde todo se mide con una vara distinta, Borja ha firmado dos tardes de peso, de las que no caben en el resumen frío de una crónica, frente a hierros de máxima exigencia y dos corridas dispares pero exigentes de Victorino Martín y García Jiménez. Dos comparecencias que, sin necesidad de la estadística perfecta, olían a Puerta del Príncipe.. Porque hay algo que no se puede fingir: el olé. Ese termómetro infalible que no entiende de jerarquías ni de nombres. Cuando Borja se rompió a torear, Sevilla respondió. Y lo hizo con una intensidad distinta, más encendida, más visceral. El olé no se piensa: brota. Y cuando brota así, señala.. Pero llegar hasta ahí no ha sido un camino recto. Ni mucho menos. La historia de Borja Jiménez es, ante todo, la historia de una resiliencia constante. Ocho años de silencio, de tentaderos a puerta cerrada, de kilómetros sin foco, de fe sostenida cuando el sistema parecía haberle dado la espalda. Un torero que se hizo en la soledad del campo, puliendo su concepto lejos del escaparate, acompañado únicamente por la convicción de que su momento acabaría llegando.. Tomó la alternativa en Sevilla, de manos de Espartaco, un Domingo de Resurrección que hoy parece lejano, casi simbólico. Porque lo que vino después no fue el camino natural de una figura, sino el de un luchador invisible. Una sola tarde en España en 2022, muchas dudas fuera y una certeza dentro: el toreo seguía creciendo. El volcán estaba ahí, latente, esperando su erupción.. Y entonces apareció Madrid.. La plaza que no regala nada fue la que encendió definitivamente la llama. Primero los avisos, luego la confirmación, después la explosión. Hasta llegar a esa Puerta Grande que no fue un triunfo aislado, sino la consecuencia lógica de una evolución. La tarde de Victorino, la de Victoriano del Río y la faena a “Milhijas”, de Victorino Martín, ya pertenecem a esa memoria colectiva que construye carreras. No por las orejas, sino por la profundidad, por la entrega, por la verdad sin concesiones.. Tres golpes en Las Ventas en apenas dos temporadas. Victorino, Victoriano del Río… nombres mayores para un torero que ya no necesita presentación. Madrid no lo ha lanzado: lo ha reconocido. Y eso, en el toreo, es definitivo.. Con ese aval regresó a Sevilla. Y en Sevilla, sencillamente, se ha confirmado lo evidente. Borja Jiménez no es una promesa, ni una revelación, ni un nombre emergente. Es una realidad incontestable del toreo actual. Un torero capaz de cuajar a todo tipo de embestidas, de imponer su concepto tanto en la nobleza como en la aspereza, de sostener la emoción desde la verdad.. Ahora, mientras pone rumbo a nuevos compromisos —también al otro lado del Atlántico, donde cerrará su campaña mexicana en carteles de máxima exigencia—, su nombre ya no se discute: se espera. Porque ha cruzado esa línea invisible que separa a los toreros importantes de las figuras.. Y eso no lo da una tarde. Ni dos. Ni siquiera una feria. Lo da el tiempo… cuando se rompe de golpe.
El diestro sevillano confirma su dimensión tras años de espera y reafirma en la Maestranza su madurez ante el toro
No es cuestión de orejas. Ni de estadísticas. Ni siquiera de abrir o no la Puerta del Príncipe. Hay un rango en el toreo que no se concede desde un palco ni se mide en números: se percibe. Se intuye en el silencio denso de la plaza, en la forma de pisar la arena, en ese instante en el que el tiempo parece detenerse y el público, sin necesidad de ponerse de acuerdo, reconoce lo que tiene delante. Eso es ser figura del toreo. Y eso es hoy Borja Jiménez.. La reciente Feria de Abril ha terminado de colocarle en ese sitio que ya no admite discusión. No por acumulación de trofeos, sino por la huella. Por el poso. Por la manera de interpretar cada embestida como si le fuera la vida en ello. En Sevilla, donde todo se mide con una vara distinta, Borja ha firmado dos tardes de peso, de las que no caben en el resumen frío de una crónica, frente a hierros de máxima exigencia y dos corridas dispares pero exigentes de Victorino Martín y García Jiménez. Dos comparecencias que, sin necesidad de la estadística perfecta, olían a Puerta del Príncipe.. Porque hay algo que no se puede fingir: el olé. Ese termómetro infalible que no entiende de jerarquías ni de nombres. Cuando Borja se rompió a torear, Sevilla respondió. Y lo hizo con una intensidad distinta, más encendida, más visceral. El olé no se piensa: brota. Y cuando brota así, señala.. Pero llegar hasta ahí no ha sido un camino recto. Ni mucho menos. La historia de Borja Jiménez es, ante todo, la historia de una resiliencia constante. Ocho años de silencio, de tentaderos a puerta cerrada, de kilómetros sin foco, de fe sostenida cuando el sistema parecía haberle dado la espalda. Un torero que se hizo en la soledad del campo, puliendo su concepto lejos del escaparate, acompañado únicamente por la convicción de que su momento acabaría llegando.. Tomó la alternativa en Sevilla, de manos de Espartaco, un Domingo de Resurrección que hoy parece lejano, casi simbólico. Porque lo que vino después no fue el camino natural de una figura, sino el de un luchador invisible. Una sola tarde en España en 2022, muchas dudas fuera y una certeza dentro: el toreo seguía creciendo. El volcán estaba ahí, latente, esperando su erupción.. La plaza que no regala nada fue la que encendió definitivamente la llama. Primero los avisos, luego la confirmación, después la explosión. Hasta llegar a esa Puerta Grande que no fue un triunfo aislado, sino la consecuencia lógica de una evolución. La tarde de Victorino, la de Victoriano del Río y la faena a “Milhijas”, de Victorino Martín, ya pertenecem a esa memoria colectiva que construye carreras. No por las orejas, sino por la profundidad, por la entrega, por la verdad sin concesiones.. Tres golpes en Las Ventas en apenas dos temporadas. Victorino, Victoriano del Río… nombres mayores para un torero que ya no necesita presentación. Madrid no lo ha lanzado: lo ha reconocido. Y eso, en el toreo, es definitivo.. Con ese aval regresó a Sevilla. Y en Sevilla, sencillamente, se ha confirmado lo evidente. Borja Jiménez no es una promesa, ni una revelación, ni un nombre emergente. Es una realidad incontestable del toreo actual. Un torero capaz de cuajar a todo tipo de embestidas, de imponer su concepto tanto en la nobleza como en la aspereza, de sostener la emoción desde la verdad.. Ahora, mientras pone rumbo a nuevos compromisos —también al otro lado del Atlántico, donde cerrará su campaña mexicana en carteles de máxima exigencia—, su nombre ya no se discute: se espera. Porque ha cruzado esa línea invisible que separa a los toreros importantes de las figuras.. Y eso no lo da una tarde. Ni dos. Ni siquiera una feria. Lo da el tiempo… cuando se rompe de golpe.
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