Es una tórrida mañana en los espesos bosques de Woodstock. Una figura negra arranca su motocicleta y se adentra por sus inestables carreteras. Es un pésimo piloto, pero le gusta la velocidad, aunque el vértigo de su propia vida le está matando. Es el 29 de julio de 1966 y el mundo del rock and roll –es decir, la cultura contemporánea– se apresta a vivir uno de los sucesos más enigmáticos, controvertidos y mitificados de la historia: el accidente de moto de Bob Dylan. Un suceso que pudo costarle la vida pero que, en realidad, se la salvó. En aquel verano, Bob Dylan era lo máximo. Si en sus inicios había sido proclamado «portavoz de una generación», ahora, ya completamente alejado del idealismo y la trinchera de la protesta, su figura se había hecho completamente universal. Era un héroe contracultural de una cultura de consumo masivo, como fue el rock and roll en aquellos años sesenta. Acababa de llegar de gira y su álbum «Blonde on Blonde», publicado el 20 de junio, se había convertido en un clásico inmediato, en una obra maestra definitiva que trascendería durante siglos. Nadie había hecho nada así ni lo volvería a hacer. Incluido Bob Dylan. Porque detrás del ídolo también estaba la persona. Concretamente, un hombre devastado y destruido. En junio de 1966, Bob Dylan había regresado a su casa de once habitaciones llamada Hi Lo Ha, en Camelot Road, a las afueras de Woodstock. No podía más. Había concluido una agotadora gira mundial de nueve meses. Pero no había descanso posible. Cometió el inmenso error de poner su carrera –y su vida– en manos del representante Albert Grossman. El ejemplo perfecto de cómo pactar con el diablo: «Yo te haré rico y popular, tú me entregarás tu alma». Después de un breve descanso, ya tenía planeada para su cliente otra gira por Estados Unidos de 64 fechas que comenzaría en agosto, incluyendo otras paradas internacionales en lugares como Roma o Moscú. Bob Dylan también se había comprometido a entregar el manuscrito final de un libro, «Tarantula», a su editorial, así como a proporcionar un documental filmado de la gira que acababa de terminar para la cadena ABC llamado «Eat the document». Estaba al borde del colapso; «consumía muchas drogas, muchas cosas», dijo a «Rolling Stone» La presión era inhumana. A sus 25 años, Dylan no estaba en condiciones de terminar ninguno de los dos proyectos para agosto. Ni nada en realidad. Era un adicto a las anfetaminas (que se supiera) y muchas más cosas (que se rumoreaba). Había publicado tres discos increíbles en 14 meses, uno de ellos doble, y realizado una gira narrada décadas después en películas. Pero él estaba al borde del colapso. «Consumía muchas drogas, muchas cosas. Muchas cosas solo para seguir adelante, ¿sabes?», diría tres años más tarde en una entrevista para «Rolling Stone». Fotografías y vídeos de aquel Dylan mostraban a un hombre de apariencia fantasmal decidido a unirse a Robert Jo
Ocurrió el 29 de julio de 1966, un suceso que todavía hoy sigue siendo tan enigmático como controvertido, pero que salvó la vida del músico
Es una tórrida mañana en los espesos bosques de Woodstock. Una figura negra arranca su motocicleta y se adentra por sus inestables carreteras. Es un pésimo piloto, pero le gusta la velocidad, aunque el vértigo de su propia vida le está matando. Es el 29 de julio de 1966 y el mundo del rock and roll –es decir, la cultura contemporánea– se apresta a vivir uno de los sucesos más enigmáticos, controvertidos y mitificados de la historia: el accidente de moto de Bob Dylan. Un suceso que pudo costarle la vida pero que, en realidad, se la salvó.En aquel verano, Bob Dylan era lo máximo. Si en sus inicios había sido proclamado «portavoz de una generación», ahora, ya completamente alejado del idealismo y la trinchera de la protesta, su figura se había hecho completamente universal. Era un héroe contracultural de una cultura de consumo masivo, como fue el rock and roll en aquellos años sesenta. Acababa de llegar de gira y su álbum «Blonde on Blonde», publicado el 20 de junio, se había convertido en un clásico inmediato, en una obra maestra definitiva que trascendería durante siglos. Nadie había hecho nada así ni lo volvería a hacer. Incluido Bob Dylan.Porque detrás del ídolo también estaba la persona. Concretamente, un hombre devastado y destruido. En junio de 1966, Bob Dylan había regresado a su casa de once habitaciones llamada Hi Lo Ha, en Camelot Road, a las afueras de Woodstock. No podía más. Había concluido una agotadora gira mundial de nueve meses. Pero no había descanso posible. Cometió el inmenso error de poner su carrera –y su vida– en manos del representante Albert Grossman. El ejemplo perfecto de cómo pactar con el diablo: «Yo te haré rico y popular, tú me entregarás tu alma». Después de un breve descanso, ya tenía planeada para su cliente otra gira por Estados Unidos de 64 fechas que comenzaría en agosto, incluyendo otras paradas internacionales en lugares como Roma o Moscú. Bob Dylan también se había comprometido a entregar el manuscrito final de un libro, «Tarantula», a su editorial, así como a proporcionar un documental filmado de la gira que acababa de terminar para la cadena ABC llamado «Eat the document».Estaba al borde del colapso; «consumía muchas drogas, muchas cosas», dijo a «Rolling Stone»La presión era inhumana. A sus 25 años, Dylan no estaba en condiciones de terminar ninguno de los dos proyectos para agosto. Ni nada en realidad. Era un adicto a las anfetaminas (que se supiera) y muchas más cosas (que se rumoreaba). Había publicado tres discos increíbles en 14 meses, uno de ellos doble, y realizado una gira narrada décadas después en películas. Pero él estaba al borde del colapso. «Consumía muchas drogas, muchas cosas. Muchas cosas solo para seguir adelante, ¿sabes?», diría tres años más tarde en una entrevista para «Rolling Stone». Fotografías y vídeos de aquel Dylan mostraban a un hombre de apariencia fantasmal decidido a unirse a Robert Johnson y
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