Las escaleras mecánicas no funcionan en la estación de Atocha, los pasajeros del AVE tienen que bajarlas cargados después de enseñar el billete al ritmo de las ovejas llegando al matadero. Nadie sabe con certeza a qué hora va a salir el tren, ni media palabra, mientras los sillones se llenan de caras desesperanzadas. Ya vamos con diez minutos de retraso sobre la hora prevista. Comienzan a rodar las ruedas, lentamente, mientras el paisaje madrileño queda atrás. Dinero, poder, miseria, la capital pace en el centro de España como una vaca cebada a la que todos quieren sacarle la leche, mientras se enfila el Sur del país. Al final, cuando entramos en Sevilla el retraso se alargará hasta 70 minutos. Cabreo máximo y sin explicaciones reales. Dicen que han robado un cable, que un incendio en Toledo impide el paso, que se trata de una avería corta. Lo llaman incidencias, pero ya lo extraordinario será llegar a la hora prevista. Tan habitual, que te lo indican al comprar el billete con días de antelación. Luego nadie puede decir que no fueron advertidos. Desde hace demasiado tiempo, Renfe no funciona y eso lo saben los españoles y los turistas que se gastan las perritas ahorradas en el invierno para beber tinto y tomar el sol en Andalucía. Por eso, las cifras de viajeros comienzan a bajar y las cuentas dejan de cuadrar. Sabemos que si se corta el flujo con la meseta toda la industria del veraneo se tambalea como pasó durante el cierre de la vía tras el accidente de Adamuz. Si la alta velocidad nos conecta con el resto de Europa, nos desliga si algo falla como sucede cada día. Andalucía, bien conectada funciona, pero si los AVE no alcanzan Sevilla y Málaga con puntualidad se rompe el engranaje que empuja nuestra primera industria. No es normal que un territorio como Andalucía viva condenado por infraestructuras obsoletas que no soportan una demanda de la que depende la economía de la comunidad.
«Desde hace demasiado tiempo, Renfe no funciona y eso lo saben los españoles y los turistas que se gastan las perritas ahorradas en el invierno para beber tinto y tomar el sol en Andalucía»
Las escaleras mecánicas no funcionan en la estación de Atocha, los pasajeros del AVE tienen que bajarlas cargados después de enseñar el billete al ritmo de las ovejas llegando al matadero. Nadie sabe con certeza a qué hora va a salir el tren, ni media palabra, mientras los sillones se llenan de caras desesperanzadas. Ya vamos con diez minutos de retraso sobre la hora prevista. Comienzan a rodar las ruedas, lentamente, mientras el paisaje madrileño queda atrás. Dinero, poder, miseria, la capital pace en el centro de España como una vaca cebada a la que todos quieren sacarle la leche, mientras se enfila el Sur del país. Al final, cuando entramos en Sevilla el retraso se alargará hasta 70 minutos. Cabreo máximo y sin explicaciones reales. Dicen que han robado un cable, que un incendio en Toledo impide el paso, que se trata de una avería corta. Lo llaman incidencias, pero ya lo extraordinario será llegar a la hora prevista. Tan habitual, que te lo indican al comprar el billete con días de antelación. Luego nadie puede decir que no fueron advertidos. Desde hace demasiado tiempo, Renfe no funciona y eso lo saben los españoles y los turistas que se gastan las perritas ahorradas en el invierno para beber tinto y tomar el sol en Andalucía. Por eso, las cifras de viajeros comienzan a bajar y las cuentas dejan de cuadrar. Sabemos que si se corta el flujo con la meseta toda la industria del veraneo se tambalea como pasó durante el cierre de la vía tras el accidente de Adamuz. Si la alta velocidad nos conecta con el resto de Europa, nos desliga si algo falla como sucede cada día. Andalucía, bien conectada funciona, pero si los AVE no alcanzan Sevilla y Málaga con puntualidad se rompe el engranaje que empuja nuestra primera industria. No es normal que un territorio como Andalucía viva condenado por infraestructuras obsoletas que no soportan una demanda de la que depende la economía de la comunidad.
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