En la Meca de finales del siglo VI, la vida urbana abría a las mujeres de la élite una puerta que la sociedad beduina mantenía cerrada, a saber, la del comercio y la independencia económica. Mientras las mujeres de las clases bajas carecían de todo estatus, las de las grandes familias podían prosperar como financieras y mercaderes. Khadija bint Juwáylid fue el caso más notable de esa minoría, al tratarse de una viuda rica del clan de Asad (por entonces más influyente que el clan hachemí del propio Mahoma) que dirigía sus propias caravanas y administraba su propio capital. Su historia obliga a repensar un tópico tendencioso: el de que la mujer árabe preislámica fue, sin matices, una figura sin voz. Fue ella quien tomó la iniciativa. Hacia el año 595, Khadija contrató a un pariente lejano de unos veinticinco años –conocido en la ciudad como al-Amín, «el digno de confianza», el futuro Mahoma– para que condujera una caravana suya hasta Siria. El joven Mahoma desempeñó el encargo con tal competencia que ella quedó impresionada, y fue Khadija quien propuso el matrimonio. Según la tradición recogida por Ibn Ishaq –el primer biógrafo del Profeta–, le dijo que lo apreciaba por su parentesco y por su reputación, su honradez y su buen carácter. No fue, como insinuaron algunos críticos posteriores, un matrimonio de conveniencia. Aunque la poligamia era la norma en Arabia, Mahoma no tomó ninguna otra esposa mientras ella vivió. Las fuentes discrepan sobre su edad. Una tradición muy difundida la sitúa en torno a los cuarenta años, mayor que su esposo, mientras que otras la rebajan a unos veintiocho. Ibn Ishaq describe su carácter como una mujer decidida, noble e inteligente. Dio a luz al menos a seis hijos; los dos varones murieron en la infancia, pero las cuatro hijas Zaynab, Ruqayya, Umm Kulzum y Fátima, sobrevivieron en un hogar feliz, pese a que Mahoma insistía en destinar buena parte de los ingresos a los pobres. Khadija fue, en palabras de la historiadora Karen Armstrong, la primera persona en reconocer el genio de su marido, y él dependió de ella emocionalmente y se apoyó en su consejo durante el resto de su vida en común. Ese reconocimiento se observa claramente en el relato de la cueva de Hira, en el monte Jabal al-Nur. Hacia el año 610, Mahoma vivió dentro de las profundidades de la cueva una experiencia abrumadora que lo dejó aterrado, sin comprender lo que le había sucedido. Bajó tambaleándose de la montaña y se refugió en Khadija, temblando. Ella lo envolvió en un manto y lo sostuvo hasta que el miedo cedió. Lo tranquilizó recordándole su propio carácter, recordándole que era bondadoso y considerado con su familia, ayudaba a los pobres y a los desamparados, soportaba sus cargas y honraba al huésped. Para confirmarlo, consultó a su primo Waraqa ibn Naufal, un «hanif» que se había convertido al cristianismo y conocía las escrituras de la gente del Libro, y este interpretó con en
Su historia obliga a repensar un tópico tendencioso: el de que la mujer árabe preislámica fue, sin matices, una figura sin voz
En la Meca de finales del siglo VI, la vida urbana abría a las mujeres de la élite una puerta que la sociedad beduina mantenía cerrada, a saber, la del comercio y la independencia económica. Mientras las mujeres de las clases bajas carecían de todo estatus, las de las grandes familias podían prosperar como financieras y mercaderes. Khadija bint Juwáylid fue el caso más notable de esa minoría, al tratarse de una viuda rica del clan de Asad (por entonces más influyente que el clan hachemí del propio Mahoma) que dirigía sus propias caravanas y administraba su propio capital. Su historia obliga a repensar un tópico tendencioso: el de que la mujer árabe preislámica fue, sin matices, una figura sin voz.Fue ella quien tomó la iniciativa. Hacia el año 595, Khadija contrató a un pariente lejano de unos veinticinco años –conocido en la ciudad como al-Amín, «el digno de confianza», el futuro Mahoma– para que condujera una caravana suya hasta Siria. El joven Mahoma desempeñó el encargo con tal competencia que ella quedó impresionada, y fue Khadija quien propuso el matrimonio. Según la tradición recogida por Ibn Ishaq –el primer biógrafo del Profeta–, le dijo que lo apreciaba por su parentesco y por su reputación, su honradez y su buen carácter. No fue, como insinuaron algunos críticos posteriores, un matrimonio de conveniencia. Aunque la poligamia era la norma en Arabia, Mahoma no tomó ninguna otra esposa mientras ella vivió.Las fuentes discrepan sobre su edad. Una tradición muy difundida la sitúa en torno a los cuarenta años, mayor que su esposo, mientras que otras la rebajan a unos veintiocho. Ibn Ishaq describe su carácter como una mujer decidida, noble e inteligente. Dio a luz al menos a seis hijos; los dos varones murieron en la infancia, pero las cuatro hijas Zaynab, Ruqayya, Umm Kulzum y Fátima, sobrevivieron en un hogar feliz, pese a que Mahoma insistía en destinar buena parte de los ingresos a los pobres. Khadija fue, en palabras de la historiadora Karen Armstrong, la primera persona en reconocer el genio de su marido, y él dependió de ella emocionalmente y se apoyó en su consejo durante el resto de su vida en común.Ese reconocimiento se observa claramente en el relato de la cueva de Hira, en el monte Jabal al-Nur. Hacia el año 610, Mahoma vivió dentro de las profundidades de la cueva una experiencia abrumadora que lo dejó aterrado, sin comprender lo que le había sucedido. Bajó tambaleándose de la montaña y se refugió en Khadija, temblando.Ella lo envolvió en un manto y lo sostuvo hasta que el miedo cedió. Lo tranquilizó recordándole su propio carácter, recordándole que era bondadoso y considerado con su familia, ayudaba a los pobres y a los desamparados, soportaba sus cargas y honraba al huésped. Para confirmarlo, consultó a su primo Waraqa ibn Naufal, un «hanif» que se había convertido al cristianismo y conocía las escrituras de la gente del Libro, y este interpretó con entusi
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