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  Sociedad  Mar Gómez: «El tictac climático ya está sonando en España»
Sociedad

Mar Gómez: «El tictac climático ya está sonando en España»

22 de junio de 2026
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A través de una original metáfora del tiempo y siguiendo las agujas de un reloj, la doctora en Física y meteoróloga Mar Gómez expone en «El tictac climático» (Editorial Oberón) sus reflexiones sobre la crisis medioambiental actual y sus consecuencias. El viaje comienza en el pasado, en la medianoche, en cómo hemos llegado hasta aquí, y a lo largo de sus páginas aborda las consecuencias visibles que todos apreciamos: calor extremo con temperaturas disparadas, deshielo, incendios, sequías e incluso enfermedades. No obstante, su mensaje es positivo: aún hay tiempo para actuar, pero hay que hacerlo ya.. En «El tictac climático» afirma que el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una realidad cotidiana. ¿Cuáles son los síntomas más preocupantes que estamos normalizando sin darnos cuenta?. Creo que uno es precisamente que hemos empezado a normalizar lo que antes era extraordinario. Que una ola de calor llegue antes de tiempo, que las noches tropicales se encadenen durante semanas, que una dana descargue lluvias torrenciales en muy poco tiempo o que los incendios sean cada vez más intensos. Nos estamos acostumbrando a vivir en una especie de anomalía permanente. Y eso es peligroso, porque cuando algo deja de parecernos excepcional, corremos el riesgo de dejar de reaccionar. Una de las cosas que más me preocupaba transmitir bien en el libro era no caer en el pesimismo que fomentara una inacción. Y es que sabemos que el cambio climático ya no es algo abstracto ni lejano. En España lo estamos sintiendo cada vez con más claridad y los datos lo demuestran. Las olas de calor son cada vez más frecuentes, más largas y más intensas. También estamos normalizando noches tropicales en las que el termómetro no baja de 20ºC, algo que afecta directamente al descanso y a la salud. El Mediterráneo se está calentando a gran velocidad, más rápido que la media planetaria oceánica. Y no hablamos solo de calor. España también está viendo cómo se agravan las sequías, los incendios forestales y los contrastes extremos entre largos periodos secos y episodios de precipitaciones torrenciales. Las consecuencias también se miden en vidas humanas. El cambio climático no pertenece al futuro. Ya está modificando nuestra vida cotidiana, nuestra salud, nuestros paisajes y la forma en la que vivimos el verano en España.. Ha trabajado muchos años divulgando fenómenos extremos. ¿Qué evento meteorológico reciente le hizo pensar: «Hemos cruzado una línea»?. Más que un único evento, diría que me preocupa la acumulación. En los últimos años hemos visto fenómenos extremos que por intensidad, extensión o persistencia nos obligan a mirar el clima de otra manera. Las olas de calor son un ejemplo clarísimo. No solo por las temperaturas máximas, sino por su duración, por su frecuencia y por las noches cada vez más cálidas, que impiden al cuerpo recuperarse. También me impactan mucho los episodios de lluvias torrenciales: cómo en cuestión de horas puede caer una cantidad de agua enorme sobre territorios que no están preparados para absorberla. Y, en ese sentido, me marcó especialmente la dana de Valencia de octubre de 2024. No solo por la magnitud de las lluvias y por el impacto humano, sino porque fue uno de esos episodios en los que tenemos que mirar de frente la realidad climática. Los estudios de atribución han señalado que el cambio climático hizo aquellas lluvias más intensas y probables. Pero es importante decir algo: el cambio climático no actúa solo. Una catástrofe así no se explica únicamente por la lluvia y en este caso no pasó solo por las lluvias. Influyen muchos otros factores: la ocupación del territorio, la exposición de la población, la planificación urbanística, los sistemas de alerta, la percepción del riesgo, la respuesta institucional y la vulnerabilidad de determinadas zonas. La sensación de «hemos cruzado una línea» llega cuando ves que lo que antes estudiábamos como escenarios futuros empieza a aparecer en los mapas del presente, cuando la información meteorológica diaria se llena de avisos rojos que señalan lo extremo y cuando la excepcionalidad se repite demasiado, deja de ser excepción y se convierte en una señal.. En el libro habla de conceptos como la solastalgia y la ecoansiedad. ¿Qué consecuencias puede tener vivir en permanente sensación de emergencia ambiental?. La solastalgia es esa tristeza que sentimos cuando el lugar que conocemos cambia ante nuestros ojos. No es nostalgia por un sitio al que ya no podemos volver, sino dolor por ver cómo se transforma el lugar en el que seguimos viviendo. Y la ecoansiedad aparece cuando sentimos que el problema es tan grande que nos sobrepasa. Eso puede generar miedo, bloqueo, angustia o incluso una sensación de impotencia. Pero creo que es importante decir algo: sentir preocupación ante la crisis climática no es irracional. Lo irracional sería mirar hacia otro lado. De hecho, numerosos estudios ya están alertando de las consecuencias psicológicas que puede tener vivir en una sensación constante de amenaza ambiental. La Asociación Americana de Psicología habla de aumento de ansiedad, estrés crónico, insomnio, sensación de duelo, fatiga emocional o incluso síntomas depresivos relacionados con la crisis climática. Y especialmente entre los jóvenes se está observando una sensación creciente de incertidumbre hacia el futuro. Un estudio publicado en The Lancet con 10.000 jóvenes de diferentes países mostró que más de la mitad sentía tristeza, ansiedad, impotencia o culpa relacionadas con el cambio climático, y casi la mitad afirmaba que esas emociones afectaban a su vida diaria y a su capacidad para funcionar con normalidad. Además, vivir encadenando noticias sobre incendios, olas de calor, inundaciones o pérdida de biodiversidad puede generar algo muy peligroso: la normalización del desastre o el agotamiento emocional. Y cuando una sociedad se agota emocionalmente, corre el riesgo de desconectarse del problema en lugar de afrontarlo.. ¿Qué mitos sobre el cambio climático te siguen sorprendiendo por lo extendidos que están, incluso entre personas jóvenes?. Me sigue sorprendiendo mucho escuchar que «el clima siempre ha cambiado» como si eso invalidara lo que está ocurriendo ahora. Claro que el clima ha cambiado siempre, pero nunca a esta velocidad desde que existe nuestra civilización, y nunca con una causa humana tan clara detrás. También está muy extendida la idea de que el cambio climático solo significa que «hace más calor». Y no. Significa una alteración profunda del sistema climático: más extremos, cambios en los patrones de lluvia, sequías más severas, océanos más cálidos, pérdida de hielo, impactos en la salud, en la agricultura, en la economía y en la biodiversidad. Otro mito peligroso es pensar que ya no hay nada que hacer. Ese negacionismo de la acción es casi tan dañino como negar la ciencia. Porque si creemos que todo está perdido, dejamos de actuar. Y eso no es verdad: cada décima de grado cuenta.. En el libro utiliza el concepto del «tictac» como cuenta atrás. ¿Cree que todavía estamos a tiempo de evitar los peores escenarios o todavía hay margen para actuar?. Sí, todavía hay margen, poco pero hay. Pero no margen para seguir igual, sino para actuar con rapidez y prevenir los peores efectos del calentamiento global. El «tictac» del título no quiere decir que estemos condenados. Quiere decir que el tiempo importa. Que no es lo mismo actuar ahora que dentro de diez años. Que cada decisión que tomemos en esta década condicionará el clima que heredarán las próximas generaciones. A veces hablamos del cambio climático como si fuera una puerta que se abre o se cierra de golpe, pero no funciona así. Es más bien una escalera de impactos: cuanto más calentamos el planeta, más riesgos acumulamos. Por eso cada décima de grado que evitemos importa. No es un todo o nada.. Si pudiera sentar en una mesa a científicos, políticos y grandes empresas energéticas, ¿cuál sería la pregunta incómoda que les haría?. Les preguntaría: ¿qué parte de lo que ya sabemos no estamos dispuestos a asumir? Porque el diagnóstico científico es claro desde hace décadas. Sabemos qué está pasando, sabemos por qué está pasando y sabemos muchas de las soluciones. Entonces ¿estamos dispuestos a tomar decisiones que quizá no sean cómodas a corto plazo, pero sí imprescindibles a largo plazo? ¿Estamos dispuestos a dejar de mirar solo al beneficio inmediato? ¿A proteger a quienes menos han contribuido al problema y más van a sufrir sus consecuencias? La crisis climática nos hace preguntarnos qué modelo de progreso queremos.. Muchas personas sienten que sus acciones individuales son insignificantes frente al problema global. ¿Qué cambios personales sí importan?. Es verdad que la crisis climática no se resuelve solo apagando luces en casa. Necesitamos cambios estructurales, políticos, empresariales y energéticos. Pero eso no significa que nuestras acciones no importen. Importa cómo nos movemos, qué consumimos, cómo usamos la energía, qué comemos, cuánto desperdiciamos y también a quién votamos, qué exigimos y qué conversaciones abrimos. Las acciones individuales tienen más fuerza cuando se convierten en cultura, en presión social y en demanda colectiva. No se trata de vivir desde la culpa, sino desde la responsabilidad y coherencia. Nadie puede hacerlo perfecto, pero todos podemos hacer algo. Y muchas personas haciendo algo pueden mover mucho más de lo que creemos.. Después de escribir el libro, ¿es más optimista o más pesimista sobre el futuro del planeta?. Diría que soy más consciente. Y quizá eso me hace tener una esperanza más realista. No soy optimista en el sentido ingenuo de pensar que todo se va a solucionar solo. No va a pasar. Pero tampoco soy pesimista hasta el punto de creer que ya no hay nada que hacer. Porque eso tampoco es cierto. Escribir el libro me ha confirmado dos cosas: que la situación es grave y que todavía tenemos capacidad de cambiar el rumbo. La ciencia nos está dando una advertencia, pero también una hoja de ruta. El futuro no está escrito. Lo estamos escribiendo ahora, con cada decisión. Y por eso el tictac climático no es solo una cuenta atrás: también es una llamada a despertar.

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La divulgadora alerta sobre la preocupante normalización de fenómenos extremos como la ola de calor que atravesamos, su impacto psicológico y la urgencia de actuar: cada décima de grado de más cuenta

  

A través de una original metáfora del tiempo y siguiendo las agujas de un reloj, la doctora en Física y meteoróloga Mar Gómez expone en «El tictac climático» (Editorial Oberón) sus reflexiones sobre la crisis medioambiental actual y sus consecuencias. El viaje comienza en el pasado, en la medianoche, en cómo hemos llegado hasta aquí, y a lo largo de sus páginas aborda las consecuencias visibles que todos apreciamos: calor extremo con temperaturas disparadas, deshielo, incendios, sequías e incluso enfermedades. No obstante, su mensaje es positivo: aún hay tiempo para actuar, pero hay que hacerlo ya.. En «El tictac climático» afirma que el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una realidad cotidiana. ¿Cuáles son los síntomas más preocupantes que estamos normalizando sin darnos cuenta?. Creo que uno es precisamente que hemos empezado a normalizar lo que antes era extraordinario. Que una ola de calor llegue antes de tiempo, que las noches tropicales se encadenen durante semanas, que una dana descargue lluvias torrenciales en muy poco tiempo o que los incendios sean cada vez más intensos. Nos estamos acostumbrando a vivir en una especie de anomalía permanente. Y eso es peligroso, porque cuando algo deja de parecernos excepcional, corremos el riesgo de dejar de reaccionar. Una de las cosas que más me preocupaba transmitir bien en el libro era no caer en el pesimismo que fomentara una inacción. Y es que sabemos que el cambio climático ya no es algo abstracto ni lejano. En España lo estamos sintiendo cada vez con más claridad y los datos lo demuestran. Las olas de calor son cada vez más frecuentes, más largas y más intensas. También estamos normalizando noches tropicales en las que el termómetro no baja de 20ºC, algo que afecta directamente al descanso y a la salud. El Mediterráneo se está calentando a gran velocidad, más rápido que la media planetaria oceánica. Y no hablamos solo de calor. España también está viendo cómo se agravan las sequías, los incendios forestales y los contrastes extremos entre largos periodos secos y episodios de precipitaciones torrenciales. Las consecuencias también se miden en vidas humanas. El cambio climático no pertenece al futuro. Ya está modificando nuestra vida cotidiana, nuestra salud, nuestros paisajes y la forma en la que vivimos el verano en España.. Ha trabajado muchos años divulgando fenómenos extremos. ¿Qué evento meteorológico reciente le hizo pensar: «Hemos cruzado una línea»?. Más que un único evento, diría que me preocupa la acumulación. En los últimos años hemos visto fenómenos extremos que por intensidad, extensión o persistencia nos obligan a mirar el clima de otra manera. Las olas de calor son un ejemplo clarísimo. No solo por las temperaturas máximas, sino por su duración, por su frecuencia y por las noches cada vez más cálidas, que impiden al cuerpo recuperarse. También me impactan mucho los episodios de lluvias torrenciales: cómo en cuestión de horas puede caer una cantidad de agua enorme sobre territorios que no están preparados para absorberla. Y, en ese sentido, me marcó especialmente la dana de Valencia de octubre de 2024. No solo por la magnitud de las lluvias y por el impacto humano, sino porque fue uno de esos episodios en los que tenemos que mirar de frente la realidad climática. Los estudios de atribución han señalado que el cambio climático hizo aquellas lluvias más intensas y probables. Pero es importante decir algo: el cambio climático no actúa solo. Una catástrofe así no se explica únicamente por la lluvia y en este caso no pasó solo por las lluvias. Influyen muchos otros factores: la ocupación del territorio, la exposición de la población, la planificación urbanística, los sistemas de alerta, la percepción del riesgo, la respuesta institucional y la vulnerabilidad de determinadas zonas. La sensación de «hemos cruzado una línea» llega cuando ves que lo que antes estudiábamos como escenarios futuros empieza a aparecer en los mapas del presente, cuando la información meteorológica diaria se llena de avisos rojos que señalan lo extremo y cuando la excepcionalidad se repite demasiado, deja de ser excepción y se convierte en una señal.. En el libro habla de conceptos como la solastalgia y la ecoansiedad. ¿Qué consecuencias puede tener vivir en permanente sensación de emergencia ambiental?. La solastalgia es esa tristeza que sentimos cuando el lugar que conocemos cambia ante nuestros ojos. No es nostalgia por un sitio al que ya no podemos volver, sino dolor por ver cómo se transforma el lugar en el que seguimos viviendo. Y la ecoansiedad aparece cuando sentimos que el problema es tan grande que nos sobrepasa. Eso puede generar miedo, bloqueo, angustia o incluso una sensación de impotencia. Pero creo que es importante decir algo: sentir preocupación ante la crisis climática no es irracional. Lo irracional sería mirar hacia otro lado. De hecho, numerosos estudios ya están alertando de las consecuencias psicológicas que puede tener vivir en una sensación constante de amenaza ambiental. La Asociación Americana de Psicología habla de aumento de ansiedad, estrés crónico, insomnio, sensación de duelo, fatiga emocional o incluso síntomas depresivos relacionados con la crisis climática. Y especialmente entre los jóvenes se está observando una sensación creciente de incertidumbre hacia el futuro. Un estudio publicado en The Lancet con 10.000 jóvenes de diferentes países mostró que más de la mitad sentía tristeza, ansiedad, impotencia o culpa relacionadas con el cambio climático, y casi la mitad afirmaba que esas emociones afectaban a su vida diaria y a su capacidad para funcionar con normalidad. Además, vivir encadenando noticias sobre incendios, olas de calor, inundaciones o pérdida de biodiversidad puede generar algo muy peligroso: la normalización del desastre o el agotamiento emocional. Y cuando una sociedad se agota emocionalmente, corre el riesgo de desconectarse del problema en lugar de afrontarlo.. ¿Qué mitos sobre el cambio climático te siguen sorprendiendo por lo extendidos que están, incluso entre personas jóvenes?. Me sigue sorprendiendo mucho escuchar que «el clima siempre ha cambiado» como si eso invalidara lo que está ocurriendo ahora. Claro que el clima ha cambiado siempre, pero nunca a esta velocidad desde que existe nuestra civilización, y nunca con una causa humana tan clara detrás. También está muy extendida la idea de que el cambio climático solo significa que «hace más calor». Y no. Significa una alteración profunda del sistema climático: más extremos, cambios en los patrones de lluvia, sequías más severas, océanos más cálidos, pérdida de hielo, impactos en la salud, en la agricultura, en la economía y en la biodiversidad. Otro mito peligroso es pensar que ya no hay nada que hacer. Ese negacionismo de la acción es casi tan dañino como negar la ciencia. Porque si creemos que todo está perdido, dejamos de actuar. Y eso no es verdad: cada décima de grado cuenta.. En el libro utiliza el concepto del «tictac» como cuenta atrás. ¿Cree que todavía estamos a tiempo de evitar los peores escenarios o todavía hay margen para actuar?. Sí, todavía hay margen, poco pero hay. Pero no margen para seguir igual, sino para actuar con rapidez y prevenir los peores efectos del calentamiento global. El «tictac» del título no quiere decir que estemos condenados. Quiere decir que el tiempo importa. Que no es lo mismo actuar ahora que dentro de diez años. Que cada decisión que tomemos en esta década condicionará el clima que heredarán las próximas generaciones. A veces hablamos del cambio climático como si fuera una puerta que se abre o se cierra de golpe, pero no funciona así. Es más bien una escalera de impactos: cuanto más calentamos el planeta, más riesgos acumulamos. Por eso cada décima de grado que evitemos importa. No es un todo o nada.. Si pudiera sentar en una mesa a científicos, políticos y grandes empresas energéticas, ¿cuál sería la pregunta incómoda que les haría?. Les preguntaría: ¿qué parte de lo que ya sabemos no estamos dispuestos a asumir? Porque el diagnóstico científico es claro desde hace décadas. Sabemos qué está pasando, sabemos por qué está pasando y sabemos muchas de las soluciones. Entonces ¿estamos dispuestos a tomar decisiones que quizá no sean cómodas a corto plazo, pero sí imprescindibles a largo plazo? ¿Estamos dispuestos a dejar de mirar solo al beneficio inmediato? ¿A proteger a quienes menos han contribuido al problema y más van a sufrir sus consecuencias? La crisis climática nos hace preguntarnos qué modelo de progreso queremos.. Muchas personas sienten que sus acciones individuales son insignificantes frente al problema global. ¿Qué cambios personales sí importan?. Es verdad que la crisis climática no se resuelve solo apagando luces en casa. Necesitamos cambios estructurales, políticos, empresariales y energéticos. Pero eso no significa que nuestras acciones no importen. Importa cómo nos movemos, qué consumimos, cómo usamos la energía, qué comemos, cuánto desperdiciamos y también a quién votamos, qué exigimos y qué conversaciones abrimos. 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