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  Internacional  Brexit: anatomía de un desastre
Internacional

Brexit: anatomía de un desastre

21 de junio de 2026
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El aislacionismo nacionalista británico mostró su cara más oscura en junio del año 2016, cuando una mayoría del electorado votó a favor del Brexit, una decisión cuyas consecuencias han resultado nefastas para el país en casi todos los frentes. Las cifras, hoy, son tozudas: la Office for Budget Responsibility –el organismo fiscal independiente británico– calcula que la salida de la Unión Europea reducirá la productividad a largo plazo en torno a un 4% respecto a una Gran Bretaña que hubiera permanecido en el club. Esa cifra es, en realidad, el promedio de más de una docena de estudios solventes, y los más recientes –del National Institute of Economic and Social Research o de Goldman Sachs– elevan el coste a horquillas de entre el 5% y el 8%. El economista John Springford lo ha traducido, además, en un agujero fiscal cercano a los 40.000 millones de libras solo entre 2019 y 2024. ¿Pero cómo se llega a semejante disparate? Son muchas las causas, y, como suele ocurrir en las grandes catástrofes, cada una catalizaba a las demás, acelerando y agravando las desastrosas consecuencias.. Reducir todo a la pulsión nacionalista sería tan simplista como erróneo. Porque no podemos poner todas las culpas en el bando nacionalista-aislacionista británico. La Unión Europea se ha convertido, en estas décadas, en un mastodonte sin suficiente control político, judicial o interno. Pero, más allá de los innegables defectos de la Unión Europea, de sus excesos y de sus abusos de poder cada vez más frecuentes, los problemas del Reino Unido con Bruselas los provocó en gran medida una élite política cada vez menos competente, que se escudaba en «los malvados de Bruselas» para explicar todos sus males, tanto desde el Gobierno como desde la oposición. La excepción británica empezó a irritar a no pocos socios: el celebérrimo «cheque británico» que negoció con éxito Margaret Thatcher calmó las cosas en casa, pero provocó las iras de quienes lo veían, no sin razón, como un atentado contra los principios de igualdad, solidaridad y equidad que dicen vertebrar el proyecto europeo.. A todo ello se sumó un factor de fondo, más difícil de medir, pero decisivo: el inevitable y generalizado deterioro de las clases políticas –que hace décadas dejaron de ser élites– en todo el mundo occidental. Ese deterioro tardó más en afectar al Reino Unido, pero acabó llegando, y de golpe. El último grande de la política británica fue, a mi juicio, Tony Blair; todo lo que vino después, empezando por Gordon Brown, fue cuesta abajo y sin frenos.. Conviene recordar lo que se ha dilapidado. El Reino Unido pudo navegar durante generaciones sus enormes dificultades socioeconómicas gracias a una combinación de factores poco común: una administración profesional, eficiente, apolítica e incorruptible. Desde las reformas Northcote-Trevelyan de 1854, que profesionalizaron Whitehall y desterraron el clientelismo, no hubo en aquel país honor más alto que ser un alto funcionario reclutado entre los mejores y educado en los mejores colegios y universidades. La propia clase política era, en gran medida, la cúspide de ese sistema, pues incluso entre los laboristas abundaban los egresados de Oxford, Cambridge, la London School of Economics, el King’s College o la School of Oriental and African Studies –SOAS, cantera de diplomáticos y espías–. Gobernar era una profesión de prestigio, no una ocurrencia de mediocres.. Esa solidez institucional fue, no por casualidad, la que permitió la última gran reforma del país. Tras la Segunda Guerra Mundial, la situación socioeconómica era muy delicada, y no sería hasta la elección de Margaret Thatcher cuando, con un coraje político y una capacidad de liderazgo verdaderamente excepcionales, se consiguió torcer el brazo a unos sindicatos completamente desbocados, cuyo poder estaba asfixiando a la economía británica con huelgas salvajes y exigencias imposibles. Guste o no su figura –yo soy un rendido admirador– Thatcher gobernó con eficacia, coraje y liderazgo. Lo que vino después fue, en gran medida, teatro y en algunos casos, como el de Boris Johnson, histrionismo rayando con el ridículo.. El punto de inflexión tiene nombre y fecha: la llegada al poder de David Cameron en 2010. Educado en Eton y en Oxford, exhibía en apariencia las credenciales correctas, pero era un político demasiado joven, bisoño y sin verdadera experiencia de gestión. Muy pronto se puso de manifiesto que el cargo le venía muy grande. Su Gobierno fue incapaz de manejar los terribles efectos de la crisis económica de 2007-2012 y, como casi siempre, el populismo sacó lo peor de sí mismo, prometiendo las mieles del paraíso si se abandonaba la Unión. Una parte mayoritaria del Partido Conservador se apuntó al disparate del Brexit para ocultar su más que deficiente gestión de gobierno.. Viví la campaña en directo, pues asesoré a algunas organizaciones partidarias de la permanencia. Los debates fueron brutales, literalmente a cara de perro: familias divididas entre el Leave y el Remain, cismas dentro del propio Partido Conservador, y todo ello porque Cameron convocó el referéndum para tapar vergüenzas, presionar a Bruselas y, sobre todo, porque estaba convencido de que lo ganaba. Una estupidez de dimensiones cósmicas.. Ya lo advirtió Clement Attlee en 1945, y lo recordó Margaret Thatcher en el año 1975 citándolo con deleite: el referéndum es un instrumento de demagogos y dictadores, un mecanismo ajeno a la mejor tradición parlamentaria británica. Los referenda, en efecto, los carga el diablo.. Se produjo entonces el relevo de Cameron tras la desastrosa campaña del Remain, porque no pocos de los conservadores que defendían la permanencia lo hacían con el serio riesgo de ser echados a patadas por sus electores y por sus competidores dentro del partido. Defendían el Remain con la boca pequeña y sin el más mínimo entusiasmo. No ayudó que los liberal-demócratas de Nick Clegg ya se hubieran dado un soberano trastazo en 2015, perdiendo 49 de sus 57 escaños: muchos conservadores leyeron en aquella humillación una llamada de atención para alejarse de posiciones «bruselitas» que juzgaban tóxicas, aunque creyeran en la permanencia. Lo demás es un dramático caso de implosión. Tras la dimisión de Cameron y el ascenso de Theresa May, todo empezó a caer en picado: su gestión, en plena bonanza económica mundial fue, en el mejor de los casos, mediocre, mientras el populismo interno se desbocaba. La llegada de Boris Johnson al número 10 de Downing Street –tan estrafalario como mal gestor, eso sí, brillante orador– fue la guinda de un pastel de pésimos gobernantes. Cuando muchos creían que Cameron había sido el peor primer ministro conservador en décadas, descubrimos que cada sucesor era peor que el anterior.. El cénit de la incompetencia llegó con Liz Truss y su brevísimo canciller del Exchequer –el ministro de Economía y Hacienda, verdadero número dos de cualquier Gobierno británico–, Kwasi Kwarteng, que apenas resistió un mes en el cargo: en aquellas escasas semanas, entre ambos estuvieron a punto de hundir la libra esterlina, que marcó su mínimo histórico frente al dólar a los pocos días del célebre «mini-presupuesto». Todo un récord mundial de incompetencia política. Las consecuencias políticas, económicas, sociales e incluso reputacionales –en el otrora indiscutible prestigio e influencia británica en el mundo de las finanzas– han sido severas, y no hablamos solo de macroeconomía. La economía de Londres ha sufrido mucho: restaurantes vacíos, comercios llenos, pero con clientes que gastan menos. Según el Financial Services Brexit Tracker de la consultora EY, las entidades financieras han trasladado de la City a los centros del continente activos por valor de unos 1,3 billones (doce ceros, no nueve) de libras y más de siete mil empleos cualificados, repartidos entre París, Fráncfort, Dublín, Ámsterdam o Luxemburgo e incluso Madrid. A ello se añade una fuga humana de primer orden: la firma Henley & Partners calcula que solo en 2025 el Reino Unido perderá un récord de unos 16.500 millonarios netos –la primera vez que un país europeo encabeza esa lista–, rumbo a Dubái, Milán, Ginebra, Madrid o Portugal, sin contar los muchos miles de residentes temporales de alta capacidad adquisitiva que sencillamente se han marchado. El efecto directo más visible es la fuerte bajada de los precios de la vivienda de lujo en los mejores barrios de Londres, donde antes era casi imposible encontrar nada y los precios figuraban entre los más altos del planeta: los índices de LonRes y Knight Frank sitúan la caída interanual reciente en torno al 10% –la mayor desde la crisis de 2008– y el desplome acumulado desde el pico de 2014 supera ya el 20%.. En definitiva, el Brexit ha sido un negocio ruinoso, que ha trasladado una parte nada desdeñable de las capacidades financieras de la «City» a París, Milán, Fráncfort o Madrid. Y, por si todo lo anterior fuera poco, hoy se añade al desastre uno de los peores Gobiernos laboristas de las últimas décadas, con un primer ministro, Keir Starmer, completamente grogui de los continuos golpes y derrotas. El último se lo propinó su gran rival, el carismático alcalde del Gran Mánchester, Andy Burnham, que el pasado 18 de junio ganó con holgura la elección parcial de Makerfield –imponiéndose al candidato de Reform UK– pese a las torticeras maniobras del aparato de Starmer para impedirle entrar en Westminster y disputarle así el liderazgo del partido.. Al Reino Unido le han crecido los enanos, pues hasta su excelente administración central ha empezado a dar muestras de deterioro en la calidad de sus cuadros. El jefe de toda la función pública británica es el Cabinet Secretary, por tradición, el funcionario de más alto rango, más venerado que respetado por sus colegas, la voz de la razón y la sensatez cuando los primeros ministros sienten la tentación de desbarrar. La norma no escrita era que permanecieran en el cargo cerca de una década, y que alguno fuera relevado a los cuatro años causaba estupor. Pues bien: desde 2020 el país ha quemado a cuatro –Mark Sedwill, Simon Case, Chris Wormald y la actual, Antonia Romeo–, y Wormald protagonizó, según el Institute for Government, el mandato más breve de la historia del cargo. Esto lo explica casi todo, la alarmante falta de calidad de las clases políticas y de los altos funcionarios es la verdadera pandemia de esta década, y no conozco vacuna más eficaz que la memoria de los votantes.. *Gustavo de Arístegui es diplomático y fue embajador en India, Bután, Maldivas, Nepal y SriLanka (2012-2016) gustvodearistegui.substack.com

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El aislacionismo nacionalista británico mostró su cara más oscura en junio del año 2016, cuando una mayoría del electorado votó a favor del Brexit, una decisión cuyas consecuencias han resultado nefastas para el país en casi todos los frentes. Las cifras, hoy, son tozudas: la Office for Budget Responsibility –el organismo fiscal independiente británico– calcula que la salida de la Unión Europea reducirá la productividad a largo plazo en torno a un 4% respecto a una Gran Bretaña que hubiera permanecido en el club. Esa cifra es, en realidad, el promedio de más de una docena de estudios solventes, y los más recientes –del National Institute of Economic and Social Research o de Goldman Sachs– elevan el coste a horquillas de entre el 5% y el 8%. El economista John Springford lo ha traducido, además, en un agujero fiscal cercano a los 40.000 millones de libras solo entre 2019 y 2024. ¿Pero cómo se llega a semejante disparate? Son muchas las causas, y, como suele ocurrir en las grandes catástrofes, cada una catalizaba a las demás, acelerando y agravando las desastrosas consecuencias.. Reducir todo a la pulsión nacionalista sería tan simplista como erróneo. Porque no podemos poner todas las culpas en el bando nacionalista-aislacionista británico. La Unión Europea se ha convertido, en estas décadas, en un mastodonte sin suficiente control político, judicial o interno. Pero, más allá de los innegables defectos de la Unión Europea, de sus excesos y de sus abusos de poder cada vez más frecuentes, los problemas del Reino Unido con Bruselas los provocó en gran medida una élite política cada vez menos competente, que se escudaba en «los malvados de Bruselas» para explicar todos sus males, tanto desde el Gobierno como desde la oposición. La excepción británica empezó a irritar a no pocos socios: el celebérrimo «cheque británico» que negoció con éxito Margaret Thatcher calmó las cosas en casa, pero provocó las iras de quienes lo veían, no sin razón, como un atentado contra los principios de igualdad, solidaridad y equidad que dicen vertebrar el proyecto europeo.. A todo ello se sumó un factor de fondo, más difícil de medir, pero decisivo: el inevitable y generalizado deterioro de las clases políticas –que hace décadas dejaron de ser élites– en todo el mundo occidental. Ese deterioro tardó más en afectar al Reino Unido, pero acabó llegando, y de golpe. El último grande de la política británica fue, a mi juicio, Tony Blair; todo lo que vino después, empezando por Gordon Brown, fue cuesta abajo y sin frenos.. Conviene recordar lo que se ha dilapidado. El Reino Unido pudo navegar durante generaciones sus enormes dificultades socioeconómicas gracias a una combinación de factores poco común: una administración profesional, eficiente, apolítica e incorruptible. Desde las reformas Northcote-Trevelyan de 1854, que profesionalizaron Whitehall y desterraron el clientelismo, no hubo en aquel país honor más alto que ser un alto funcionario reclutado entre los mejores y educado en los mejores colegios y universidades. La propia clase política era, en gran medida, la cúspide de ese sistema, pues incluso entre los laboristas abundaban los egresados de Oxford, Cambridge, la London School of Economics, el King’s College o la School of Oriental and African Studies –SOAS, cantera de diplomáticos y espías–. Gobernar era una profesión de prestigio, no una ocurrencia de mediocres.. Esa solidez institucional fue, no por casualidad, la que permitió la última gran reforma del país. Tras la Segunda Guerra Mundial, la situación socioeconómica era muy delicada, y no sería hasta la elección de Margaret Thatcher cuando, con un coraje político y una capacidad de liderazgo verdaderamente excepcionales, se consiguió torcer el brazo a unos sindicatos completamente desbocados, cuyo poder estaba asfixiando a la economía británica con huelgas salvajes y exigencias imposibles. Guste o no su figura –yo soy un rendido admirador– Thatcher gobernó con eficacia, coraje y liderazgo. Lo que vino después fue, en gran medida, teatro y en algunos casos, como el de Boris Johnson, histrionismo rayando con el ridículo.. El punto de inflexión tiene nombre y fecha: la llegada al poder de David Cameron en 2010. Educado en Eton y en Oxford, exhibía en apariencia las credenciales correctas, pero era un político demasiado joven, bisoño y sin verdadera experiencia de gestión. Muy pronto se puso de manifiesto que el cargo le venía muy grande. Su Gobierno fue incapaz de manejar los terribles efectos de la crisis económica de 2007-2012 y, como casi siempre, el populismo sacó lo peor de sí mismo, prometiendo las mieles del paraíso si se abandonaba la Unión. Una parte mayoritaria del Partido Conservador se apuntó al disparate del Brexit para ocultar su más que deficiente gestión de gobierno.. Viví la campaña en directo, pues asesoré a algunas organizaciones partidarias de la permanencia. Los debates fueron brutales, literalmente a cara de perro: familias divididas entre el Leave y el Remain, cismas dentro del propio Partido Conservador, y todo ello porque Cameron convocó el referéndum para tapar vergüenzas, presionar a Bruselas y, sobre todo, porque estaba convencido de que lo ganaba. Una estupidez de dimensiones cósmicas.. Ya lo advirtió Clement Attlee en 1945, y lo recordó Margaret Thatcher en el año 1975 citándolo con deleite: el referéndum es un instrumento de demagogos y dictadores, un mecanismo ajeno a la mejor tradición parlamentaria británica. Los referenda, en efecto, los carga el diablo.. Se produjo entonces el relevo de Cameron tras la desastrosa campaña del Remain, porque no pocos de los conservadores que defendían la permanencia lo hacían con el serio riesgo de ser echados a patadas por sus electores y por sus competidores dentro del partido. Defendían el Remain con la boca pequeña y sin el más mínimo entusiasmo. No ayudó que los liberal-demócratas de Nick Clegg ya se hubieran dado un soberano trastazo en 2015, perdiendo 49 de sus 57 escaños: muchos conservadores leyeron en aquella humillación una llamada de atención para alejarse de posiciones «bruselitas» que juzgaban tóxicas, aunque creyeran en la permanencia. Lo demás es un dramático caso de implosión. Tras la dimisión de Cameron y el ascenso de Theresa May, todo empezó a caer en picado: su gestión, en plena bonanza económica mundial fue, en el mejor de los casos, mediocre, mientras el populismo interno se desbocaba. La llegada de Boris Johnson al número 10 de Downing Street –tan estrafalario como mal gestor, eso sí, brillante orador– fue la guinda de un pastel de pésimos gobernantes. Cuando muchos creían que Cameron había sido el peor primer ministro conservador en décadas, descubrimos que cada sucesor era peor que el anterior.. El cénit de la incompetencia llegó con Liz Truss y su brevísimo canciller del Exchequer –el ministro de Economía y Hacienda, verdadero número dos de cualquier Gobierno británico–, Kwasi Kwarteng, que apenas resistió un mes en el cargo: en aquellas escasas semanas, entre ambos estuvieron a punto de hundir la libra esterlina, que marcó su mínimo histórico frente al dólar a los pocos días del célebre «mini-presupuesto». 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