Sus enemigos lo llamaban, en tono despectivo, caudillo de bárbaros. Sus seguidores, defensor de la legalidad romana. Quinto Sertorio era un general romano con una «hoja de servicio» sorprendente. Había combatido a cimbrios y teutones, aplastado revueltas de indígenas hispanos, dirigido operaciones de infiltración en poblaciones enemigas y obtenido las mayores condecoraciones (la corona gramínea). Buena parte de su carrera militar transcurrió en Hispania, donde se granjeó una reputación de comandante eficaz, duro y honesto. En el curso de una de aquellas acciones sufrió una herida que le hizo perder un ojo. En adelante presumiría de que otros debían demostrar sus hazañas, mientras que él llevaba siempre en el rostro la misma muestra de su valor.. Todas estas virtudes se pusieron a prueba cuando la república romana se resquebrajó en una guerra fratricida. Competían por el poder dos facciones: los reformistas (o populares) y los optimates (o conservadores). Pero en un momento dado se alzó en Roma un tirano sanguinario, Lucio Cornelio Sila, miembro de la facción conservadora, quien de inmediato desató una caza de brujas contra los miembros de la facción opuesta. Sertorio era uno de ellos, y el nuevo régimen puso precio a su cabeza.. De modo que no tuvo más remedio que huir y refugiarse en el lugar que mejor conocía y donde contaba con mayor número de aliados: Hispania. Allí se hizo fuerte y estableció una suerte de Estado paralelo al romano, en abierta rebeldía con aquel. Dispuso su capital en la ciudad de Osca (la moderna Huesca), donde incluso constituyó un Senado, a imagen y semejanza del de Roma. Muchos otros miembros de la facción popular acudieron, huyendo del tirano, y ampliaron su base de poder. Además, Sertorio supo ganarse a los líderes locales, hispanos, con medidas integradoras. Con esta alianza, los hispanos no esperaban recobrar su libertad, algo ya perdido, sino mejorar sus opciones de promoción personal y colectiva. Esto permitió erigir un poderoso ejército formado por una combinación de tropas de origen itálico y, sobre todo, una gran masa de guerreros hispanos.. Así, Sertorio se irguió como el garante de la legalidad romana, una suerte de «último patriota» que, desde una provincia, mantenía la lucha contra el tirano. Este envió ejércitos para doblegarle, pero siempre en vano. Uno tras otro se estrellaron contra el ingenio del rebelde y la pericia de sus tropas.. Pareciera que, por las armas, Sertorio era invulnerable. Sin embargo, tres fuerzas se coaligaron para destruirle: de un lado, el malestar en el contingente de tropas itálicas que combatía para él, encabezado por Perperna, que recelaba del peso que tenían los hispanos en el ejército sertoriano.. Por otro lado, la dilación de la guerra, que hizo que algunos de sus aliados hispanos perdieran la paciencia y buscaran la paz cambiando de bando. Sertorio empeoró las cosas al sofocar con brutalidad estas defecciones. En el yacimiento de La Custodia, en Álava, los arqueólogos han hallado la huella de uno de estos episodios: un poblado que fue asaltado por la milicia sertoriana hasta dejarlo arrasado, y cuyas calles rebosan de cadáveres en cuyos huesos aún se pueden apreciar las espantosas heridas de arma blanca que les llevaron a la muerte.. Por último, el hecho de que, tras la sucesión de humillaciones, el tirano se decidió enviar a Hispania a su mejor general, Cneo Pompeyo Magno (quien años más tarde pelearía con Julio César en otra guerra que fue incluso peor). Su presencia renovó los ánimos en el bando optimate, que empezó a cosechar triunfos militares.. La suma de estas dificultades comenzó a minar la confianza en la causa sertoriana, tanto entre sus seguidores itálicos como hispanos, que ya no confiaban en obtener la victoria. Tras una larga década de resistencia, sus propios comandantes, encabezados por su lugarteniente Perperna, se conjuraron para acabar con su vida. Así, en el curso de un banquete convocado para celebrar una falsa victoria militar, los generales se lanzaron sobre él y le dieron muerte a puñaladas; una forma de morir que se reproduciría años más tarde en otro líder de la misma facción popular bien conocido por todos.. A continuación, Perperna se alzó como nuevo líder. Pero carecía del carisma y talento de su predecesor y, al poco, fue derrotado por Cneo Pompeyo. Aquel trató de negociar su vida a cambio de una colección de cartas de Sertorio que comprometían a muchos miembros de la aristocracia romana. Pero Pompeyo debió de recordar la máxima de que Roma no paga a traidores; quemó las cartas sin leerlas y ejecutó a Perperna. Y así terminó la Guerra Sertoriana.
Arrojado de su país para escapar de un sanguinario tirano, Quinto Sertorio halló refugio en Hispania, donde estableció un Estado paralelo que dominaba buena parte de la provincia
Sus enemigos lo llamaban, en tono despectivo, caudillo de bárbaros. Sus seguidores, defensor de la legalidad romana. Quinto Sertorio era un general romano con una «hoja de servicio» sorprendente. Había combatido a cimbrios y teutones, aplastado revueltas de indígenas hispanos, dirigido operaciones de infiltración en poblaciones enemigas y obtenido las mayores condecoraciones (la corona gramínea). Buena parte de su carrera militar transcurrió en Hispania, donde se granjeó una reputación de comandante eficaz, duro y honesto. En el curso de una de aquellas acciones sufrió una herida que le hizo perder un ojo. En adelante presumiría de que otros debían demostrar sus hazañas, mientras que él llevaba siempre en el rostro la misma muestra de su valor.. Todas estas virtudes se pusieron a prueba cuando la república romana se resquebrajó en una guerra fratricida. Competían por el poder dos facciones: los reformistas (o populares) y los optimates (o conservadores). Pero en un momento dado se alzó en Roma un tirano sanguinario, Lucio Cornelio Sila, miembro de la facción conservadora, quien de inmediato desató una caza de brujas contra los miembros de la facción opuesta. Sertorio era uno de ellos, y el nuevo régimen puso precio a su cabeza.. De modo que no tuvo más remedio que huir y refugiarse en el lugar que mejor conocía y donde contaba con mayor número de aliados: Hispania. Allí se hizo fuerte y estableció una suerte de Estado paralelo al romano, en abierta rebeldía con aquel. Dispuso su capital en la ciudad de Osca (la moderna Huesca), donde incluso constituyó un Senado, a imagen y semejanza del de Roma. Muchos otros miembros de la facción popular acudieron, huyendo del tirano, y ampliaron su base de poder. Además, Sertorio supo ganarse a los líderes locales, hispanos, con medidas integradoras. Con esta alianza, los hispanos no esperaban recobrar su libertad, algo ya perdido, sino mejorar sus opciones de promoción personal y colectiva. Esto permitió erigir un poderoso ejército formado por una combinación de tropas de origen itálico y, sobre todo, una gran masa de guerreros hispanos.. Así, Sertorio se irguió como el garante de la legalidad romana, una suerte de «último patriota» que, desde una provincia, mantenía la lucha contra el tirano. Este envió ejércitos para doblegarle, pero siempre en vano. Uno tras otro se estrellaron contra el ingenio del rebelde y la pericia de sus tropas.. Pareciera que, por las armas, Sertorio era invulnerable. Sin embargo, tres fuerzas se coaligaron para destruirle: de un lado, el malestar en el contingente de tropas itálicas que combatía para él, encabezado por Perperna, que recelaba del peso que tenían los hispanos en el ejército sertoriano.. Por otro lado, la dilación de la guerra, que hizo que algunos de sus aliados hispanos perdieran la paciencia y buscaran la paz cambiando de bando. Sertorio empeoró las cosas al sofocar con brutalidad estas defecciones. En el yacimiento de La Custodia, en Álava, los arqueólogos han hallado la huella de uno de estos episodios: un poblado que fue asaltado por la milicia sertoriana hasta dejarlo arrasado, y cuyas calles rebosan de cadáveres en cuyos huesos aún se pueden apreciar las espantosas heridas de arma blanca que les llevaron a la muerte.. Por último, el hecho de que, tras la sucesión de humillaciones, el tirano se decidió enviar a Hispania a su mejor general, Cneo Pompeyo Magno (quien años más tarde pelearía con Julio César en otra guerra que fue incluso peor). Su presencia renovó los ánimos en el bando optimate, que empezó a cosechar triunfos militares.. La suma de estas dificultades comenzó a minar la confianza en la causa sertoriana, tanto entre sus seguidores itálicos como hispanos, que ya no confiaban en obtener la victoria. Tras una larga década de resistencia, sus propios comandantes, encabezados por su lugarteniente Perperna, se conjuraron para acabar con su vida. Así, en el curso de un banquete convocado para celebrar una falsa victoria militar, los generales se lanzaron sobre él y le dieron muerte a puñaladas; una forma de morir que se reproduciría años más tarde en otro líder de la misma facción popular bien conocido por todos.. A continuación, Perperna se alzó como nuevo líder. Pero carecía del carisma y talento de su predecesor y, al poco, fue derrotado por Cneo Pompeyo. Aquel trató de negociar su vida a cambio de una colección de cartas de Sertorio que comprometían a muchos miembros de la aristocracia romana. Pero Pompeyo debió de recordar la máxima de que Roma no paga a traidores; quemó las cartas sin leerlas y ejecutó a Perperna. Y así terminó la Guerra Sertoriana.
Noticias de cultura en La Razón
