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  Cultura  Matías Umpierrez, artista: «Hago un gran esfuerzo para no odiar»
Cultura

Matías Umpierrez, artista: «Hago un gran esfuerzo para no odiar»

22 de enero de 2026
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Se mueve Matías Umpierrez por el escenario de Contemporánea Condeduque. Enciende radios. Descuelga teléfonos. Suenan voces que advierten de un «suicidio demográfico». Avisan de que «debemos prepararnos»… para lo peor. Son discursos de presidentes de todo el mundo (o, al menos, candidatos a serlo en algún momento). Son personajes del hoy, pero también los hay del pasado. Es «Play» (hasta el 31 de enero): la nueva pieza (o «conferencia performance», presentan) en la que el artista argentino dibuja un atlas del odio que nos rodea.. –¿Qué nos presenta?. –Por un lado, una investigación sobre el odio y sobre su performatividad; su historia en relación a la ficción, que es lo que a mí me interesa. Y finalmente, es una experiencia escénica en la que voy desgranando un archivo sobre el odio y jugando con elementos que nos van a hacer reflexionar. Desde textos que aparecen en Alejandría hasta la actualidad.. –¿Qué desencadenó esta investigación?. –Me di cuenta de que el odio es nuestro modo de gobernabilidad. En el presente, lamentablemente, la incitación al odio no solo está cuando se atacan minorías o colectivos desfavorecidos, sino también se encuentra en la conversación política. Los políticos son adictos a la «performance» del odio. Por eso es interesante pensarlo desde una perspectiva escénica. Esa ficción se ha extendido a la sociedad; y la gente, en vez de votar a políticos, vota a personajes que crean contenido y que trabajan para grupos económicos. Es una industria del entretenimiento que se ha comido a la cultura del arte, que ha perdido su complejidad para solamente entretener frente al aburrimiento. Un sistema económico que nos pide libros de autoayuda para tratar de adaptarnos a un mundo que no nos hace tan bien socialmente.. –¿Qué odia esta sociedad?. –Lo de siempre: lo desconocido y ese miedo final a la muerte. La muerte no solamente como el acto de desaparecer, sino como todas las amenazas que pueden hacer que se viva peor y que eso se termine en la propia muerte o la muerte de mi familia. Siempre se ha jugado con ese miedo. Entonces, todo lo que atenta a tu porvenir se construye como una idea de diablo, de demonio.. –¿Y tiene alguna particularidad el odio actual?. –Nuestro presente está revolucionado por la revolución cognitiva. Siempre fue muy parecido, antes se hablaba en la feria y uno volvía a casa y lo contaba de alguna manera, también lo desplegaban estos dispositivos analógicos [dice señalando al escenario, repleto de radios, casetes, teléfonos, grabadoras…] que ahora ya quedan como fósiles. Y por eso la obra también se llama «Play». Por otro lado, en este momento estamos cada vez más solos frente a la tecnología; el algoritmo nos devuelve lo que queremos ver de la sociedad, por eso funciona como una especie de espejo de quiénes somos; no de lo que está sucediendo. Es lo que nuestra sensibilidad recorta de la realidad.. –Ha señalado a la política directamente, pero no es el único foco actual de odio, ¿no?. –Por supuesto. Está también en la música, en la ficción… Hay muchos modos de narrativa. Por eso me pareció interesante traer estos fósiles tecnológicos para que nos vuelvan a hablar desde el pasado sobre el presente. Algunos de estos dispositivos tienen dentro discursos que fueron creados con inteligencia artificial, que hace mucho a este presente del odio.. –¿Es un trabajo político?. –Todo mi trabajo es una respuesta a la realidad y a la idea política que nos aliena. Siempre estoy hablando de cómo percibo la vida, de lo que me angustia y de lo que no me angustia y, sobre todo, de la sensibilidad de la sociedad, que es de lo que podemos hablar los artistas.. –¿Y qué repudia usted?. –La verdad es que hago un gran esfuerzo para no odiar. Odiar es un ejercicio de falta de autoconocimiento. Eso siempre está ahí. Yo no riego el árbol del odio en mi vida. Es verdad que me inquieta y me duele, obviamente, como cierta desigualdad, cierto recorte de la realidad… Trato de poner voz a colectivos que no la tienen. Se habla del extranjero porque este no corresponde a la cultura de la que se forma parte; es el más fácil contra el que atentar porque casi no puede hablar, o no le dejan.. –¿Se rechaza al extranjero o se rechaza al pobre?. –Al pobre. Aquí en Madrid queda claro, se caen las máscaras: no se discrimina a los migrantes del Barrio Salamanca, sino a los de Usera y de todas las zonas que no cuentan con ese poderío económico. Es el pobre como amenaza. Es una cuestión de poder.. –¿Quién gana esto?. –Siempre son grupos económicos los que están detrás de absolutamente todo. Si algo me permitió conocer esta investigación es que en cada movimiento autoritario ha habido grupos económicos detrás. Incluso Franco, que se benefició definitivamente de su propia figura, quedó 40 años en el poder por una estructura geopolítica. Le vino muy bien a los reyes del norte que él estuviera matando comunistas. Todo estuvo construido así: la Primera Guerra Mundial, la Segunda, la dictadura argentina… Eso me genera dolor, igual que la desinformación en este momento en el que tenemos un acceso a la información muy poderoso.. –¿Usted, como migrante, ha sentido ese odio?. –No, pero porque yo tengo el privilegio de la educación. De alguna manera tengo un nombre propio que puede ser un poco más visible frente a la realidad. Pero sí, soy hijo de migrantes y viví todo eso de niño. Así me creé una máscara, una armadura, para que no me pase nada. Ahora, desde este privilegio, debo cuidar a toda esa gente que se anima a la aventura de formar parte de otra cultura. Esto mismo lo aprendí de los españoles que llegaron a Argentina, adonde fueron en masa hace 90 años, pero también en 2007 y 2008.. Dónde: Contemporánea Condeduque, Madrid. Cuándo: hasta el 31 de enero. Cuánto: 20 euros.

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Desde textos que aparecen en Alejandría hasta la actualidad.. –¿Qué desencadenó esta investigación?. –Me di cuenta de que el odio es nuestro modo de gobernabilidad. En el presente, lamentablemente, la incitación al odio no solo está cuando se atacan minorías o colectivos desfavorecidos, sino también se encuentra en la conversación política. Los políticos son adictos a la «performance» del odio. Por eso es interesante pensarlo desde una perspectiva escénica. Esa ficción se ha extendido a la sociedad; y la gente, en vez de votar a políticos, vota a personajes que crean contenido y que trabajan para grupos económicos. Es una industria del entretenimiento que se ha comido a la cultura del arte, que ha perdido su complejidad para solamente entretener frente al aburrimiento. Un sistema económico que nos pide libros de autoayuda para tratar de adaptarnos a un mundo que no nos hace tan bien socialmente.. –¿Qué odia esta sociedad?. –Lo de siempre: lo desconocido y ese miedo final a la muerte. La muerte no solamente como el acto de desaparecer, sino como todas las amenazas que pueden hacer que se viva peor y que eso se termine en la propia muerte o la muerte de mi familia. Siempre se ha jugado con ese miedo. Entonces, todo lo que atenta a tu porvenir se construye como una idea de diablo, de demonio.. –¿Y tiene alguna particularidad el odio actual?. –Nuestro presente está revolucionado por la revolución cognitiva. Siempre fue muy parecido, antes se hablaba en la feria y uno volvía a casa y lo contaba de alguna manera, también lo desplegaban estos dispositivos analógicos [dice señalando al escenario, repleto de radios, casetes, teléfonos, grabadoras…] que ahora ya quedan como fósiles. Y por eso la obra también se llama «Play». Por otro lado, en este momento estamos cada vez más solos frente a la tecnología; el algoritmo nos devuelve lo que queremos ver de la sociedad, por eso funciona como una especie de espejo de quiénes somos; no de lo que está sucediendo. Es lo que nuestra sensibilidad recorta de la realidad.. –Ha señalado a la política directamente, pero no es el único foco actual de odio, ¿no?. –Por supuesto. Está también en la música, en la ficción… Hay muchos modos de narrativa. Por eso me pareció interesante traer estos fósiles tecnológicos para que nos vuelvan a hablar desde el pasado sobre el presente. Algunos de estos dispositivos tienen dentro discursos que fueron creados con inteligencia artificial, que hace mucho a este presente del odio.. –¿Es un trabajo político?. –Todo mi trabajo es una respuesta a la realidad y a la idea política que nos aliena. Siempre estoy hablando de cómo percibo la vida, de lo que me angustia y de lo que no me angustia y, sobre todo, de la sensibilidad de la sociedad, que es de lo que podemos hablar los artistas.. –¿Y qué repudia usted?. –La verdad es que hago un gran esfuerzo para no odiar. Odiar es un ejercicio de falta de autoconocimiento. Eso siempre está ahí. Yo no riego el árbol del odio en mi vida. Es verdad que me inquieta y me duele, obviamente, como cierta desigualdad, cierto recorte de la realidad… Trato de poner voz a colectivos que no la tienen. Se habla del extranjero porque este no corresponde a la cultura de la que se forma parte; es el más fácil contra el que atentar porque casi no puede hablar, o no le dejan.. –¿Se rechaza al extranjero o se rechaza al pobre?. –Al pobre. Aquí en Madrid queda claro, se caen las máscaras: no se discrimina a los migrantes del Barrio Salamanca, sino a los de Usera y de todas las zonas que no cuentan con ese poderío económico. Es el pobre como amenaza. Es una cuestión de poder.. –¿Quién gana esto?. –Siempre son grupos económicos los que están detrás de absolutamente todo. Si algo me permitió conocer esta investigación es que en cada movimiento autoritario ha habido grupos económicos detrás. Incluso Franco, que se benefició definitivamente de su propia figura, quedó 40 años en el poder por una estructura geopolítica. Le vino muy bien a los reyes del norte que él estuviera matando comunistas. Todo estuvo construido así: la Primera Guerra Mundial, la Segunda, la dictadura argentina… Eso me genera dolor, igual que la desinformación en este momento en el que tenemos un acceso a la información muy poderoso.. –¿Usted, como migrante, ha sentido ese odio?. –No, pero porque yo tengo el privilegio de la educación. De alguna manera tengo un nombre propio que puede ser un poco más visible frente a la realidad. Pero sí, soy hijo de migrantes y viví todo eso de niño. Así me creé una máscara, una armadura, para que no me pase nada. Ahora, desde este privilegio, debo cuidar a toda esa gente que se anima a la aventura de formar parte de otra cultura. Esto mismo lo aprendí de los españoles que llegaron a Argentina, adonde fueron en masa hace 90 años, pero también en 2007 y 2008.. 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