Con la categoría de legendarios no quedan tantos. Que sean inmensos instrumentistas, unos cuantos menos. Pero que hayan dibujado en el aire y el pentagrama sonidos que se silbarán y se tararearán por décadas… de esos quedan muy pocos. A sus 81 años, Eric Clapton es todas esas cosas y unas cuantas más. Alguien escribió en la pared que él que era Dios y está por refutarse. Después de más de 20 años de ausencia, el británico volvió a subirse a un escenario en Madrid para impartir un catecismo de blues y una mágica (y breve) hora y veinte minutos de sentimiento añejo, de más de un siglo de sabiduría.. Normal que en los minutos previos las conversaciones en torno al Movistar Arena, lleno con 15.000 asistentes, se centrasen en las listas, ya sabemos: que si Jimi Hendrix, que si Jimi Page, para concluir inevitablemente en que el único y el verdadero es él. Así era, al menos, ayer. Que alguien en su sano juicio, si tiene valor, apostate ante «Badge», con la que anoche se presentó en la capital. ¡Hereje!, será declarado. Quien no conoce a Dios, a cualquier santo le reza, dice la sabiduría popular.. «Key To The Highway» marcaba el tono y el tempo. La pausa, el sentimiento. Después vendrían «I’m Your Hoochie Coochie Man», estándar del blues de su repertorio clásico y «I Shot The Sheriff», el tema de The Wailers que revisitó con éxito en «461 Ocean Boulevard», antes del clásico de Robert Johnson «Kind Hearted Woman Blues», cuando se quedó solo con la acústica. Después nos quitamos el sombrero con «Nobody Knows You When You’Re Down And Out», una absoluta pieza de museo. Las manos y la salud de Clapton no son lo que eran, dicen, y es un hecho, aparentemente. Pero Clapton nunca fue Paco de Lucía. Su pericia como guitarrista no era la digitación de Paganini, sino la de dibujar en el aire hermosas melodías. Como la de «Layla», que anoche sonó entre imperial y desamparada. Nada importaba ante esa hermosura.. Que la carrera de Eric Clapton ha sido desigual ya lo sabemos todos. Que sus abismos no tuvieron nada que envidiar a las más abyectas estrellas del «hair metal» no es necesario que nos lo recuerden. Clapton pecó de vicio y de ego, pero había señalado antes con el índice y los otros cuatro dedos de una mano lenta (menos mal que no era rápida) el sendero del corazón. Lentos suceden los verdaderos milagros, que no les engañen. La intervención divina nunca es súbita: esos son trampantojos de curandero. Es la mano pausada pero implacable de dios la que transforma el mundo pulsando las cuerdas del universo, como si la divinidad supiera de física cuántica. Son sus dedos los que dirigen el tiempo y los sentimientos con precisión.. El público se las sabía todas pero guardó silencio a excepción de un murmullo con «Tears in Heaven», interpretada con un 1,5x, a medio camino entre el soul y el ska, como si el recuerdo de su origen doliese todavía o si sintiera algo de pudor ante su éxito comercial. Sin confeti, sin llamitas ni esas zarandajas. No dijo el bueno de Clapton buenas noches, apenas «hello Spain» una hora después de empezar a tocar. En un pabellón, podría pensarse, desmesurado para el blues, pero con un sonido perfecto. El silencio fue sepulcral, de misa. Y será cosa, digamos, generacional, pero los móviles estaban en los bolsillos. Quedaban otros dos blues como «Cross Road Blues» y «Little Queen of Spades».. Sin embargo, el estado de forma de Clapton, aquejado de una enfermedad neurológica, no es el de antaño. La gira se había movido en torno a los 16 temas, luego reducidos a 14… y, anoche, un infortunio irritó al genio británico y lo dejó en 13. Después de «Cocaine» estaba previsto el bis, «Before You Accuse Me», y seguramente alguna otra gema más (ha promediado las dos horas durante la gira) pero alguien de las primeras filas lanzó lo que parecía un elepé (o un cartel similar), que, tras girar en el aire, impactó en el pecho del británico. Su humor cambió en ese momento, así son los dioses, y perdimos su favor. No quiso rematar la faena. Fue una hora y veinte mágica, aunque quizá cruel. Le seguiremos alabando.
El británico conmueve tras dos décadas de ausencia en la capital con un concierto emocionante y escaso
Con la categoría de legendarios no quedan tantos. Que sean inmensos instrumentistas, unos cuantos menos. Pero que hayan dibujado en el aire y el pentagrama sonidos que se silbarán y se tararearán por décadas… de esos quedan muy pocos. A sus 81 años, Eric Clapton es todas esas cosas y unas cuantas más. Alguien escribió en la pared que él que era Dios y está por refutarse. Después de más de 20 años de ausencia, el británico volvió a subirse a un escenario en Madrid para impartir un catecismo de blues y una mágica (y breve) hora y veinte minutos de sentimiento añejo, de más de un siglo de sabiduría.. Normal que en los minutos previos las conversaciones en torno al Movistar Arena, lleno con 15.000 asistentes, se centrasen en las listas, ya sabemos: que si Jimi Hendrix, que si Jimi Page, para concluir inevitablemente en que el único y el verdadero es él. Así era, al menos, ayer. Que alguien en su sano juicio, si tiene valor, apostate ante «Badge», con la que anoche se presentó en la capital. ¡Hereje!, será declarado. Quien no conoce a Dios, a cualquier santo le reza, dice la sabiduría popular.. «Key To The Highway» marcaba el tono y el tempo. La pausa, el sentimiento. Después vendrían «I’m Your Hoochie Coochie Man», estándar del blues de su repertorio clásico y «I Shot The Sheriff», el tema de The Wailers que revisitó con éxito en «461 Ocean Boulevard», antes del clásico de Robert Johnson «Kind Hearted Woman Blues», cuando se quedó solo con la acústica. Después nos quitamos el sombrero con «Nobody Knows You When You’Re Down And Out», una absoluta pieza de museo. Las manos y la salud de Clapton no son lo que eran, dicen, y es un hecho, aparentemente. Pero Clapton nunca fue Paco de Lucía. Su pericia como guitarrista no era la digitación de Paganini, sino la de dibujar en el aire hermosas melodías. Como la de «Layla», que anoche sonó entre imperial y desamparada. Nada importaba ante esa hermosura.. Que la carrera de Eric Clapton ha sido desigual ya lo sabemos todos. Que sus abismos no tuvieron nada que envidiar a las más abyectas estrellas del «hair metal» no es necesario que nos lo recuerden. Clapton pecó de vicio y de ego, pero había señalado antes con el índice y los otros cuatro dedos de una mano lenta (menos mal que no era rápida) el sendero del corazón. Lentos suceden los verdaderos milagros, que no les engañen. La intervención divina nunca es súbita: esos son trampantojos de curandero. Es la mano pausada pero implacable de dios la que transforma el mundo pulsando las cuerdas del universo, como si la divinidad supiera de física cuántica. Son sus dedos los que dirigen el tiempo y los sentimientos con precisión.. El público se las sabía todas pero guardó silencio a excepción de un murmullo con «Tears in Heaven», interpretada con un 1,5x, a medio camino entre el soul y el ska, como si el recuerdo de su origen doliese todavía o si sintiera algo de pudor ante su éxito comercial. Sin confeti, sin llamitas ni esas zarandajas. No dijo el bueno de Clapton buenas noches, apenas «hello Spain» una hora después de empezar a tocar. En un pabellón, podría pensarse, desmesurado para el blues, pero con un sonido perfecto. El silencio fue sepulcral, de misa. Y será cosa, digamos, generacional, pero los móviles estaban en los bolsillos. Quedaban otros dos blues como «Cross Road Blues» y «Little Queen of Spades».. Sin embargo, el estado de forma de Clapton, aquejado de una enfermedad neurológica, no es el de antaño. La gira se había movido en torno a los 16 temas, luego reducidos a 14… y, anoche, un infortunio irritó al genio británico y lo dejó en 13. Después de «Cocaine» estaba previsto el bis, «Before You Accuse Me», y seguramente alguna otra gema más (ha promediado las dos horas durante la gira) pero alguien de las primeras filas lanzó lo que parecía un elepé (o un cartel similar), que, tras girar en el aire, impactó en el pecho del británico. Su humor cambió en ese momento, así son los dioses, y perdimos su favor. No quiso rematar la faena. Fue una hora y veinte mágica, aunque quizá cruel. Le seguiremos alabando.
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