Veintiún años contando lo que sucedía. A diferencia de otros, el inicio de su carrera tiene una fecha y un lugar precisos: el domingo 30 de agosto del año 1970. Ese día, un joven aún en periodo escolar descendió a una mina de La Unión para contar cómo vivían y quiénes eran los enjutos y duros hombres que trabajaban allí. Aquel reportaje supuso el comienzo de una carrera periodística y, también, el origen del que, posteriormente, sería un notable y reconocido escritor.. [[LINK:TAG|||tag|||63361aa11e757a32c790c640|||Arturo Pérez-Reverte]] había reunido en volúmenes anteriores una selección de sus artículos publicados en Prensa, pero siempre se había resistido a recuperar las crónicas y fotografías de su época como corresponsal de guerra. «Enviado especial. Una biografía de guerra» (Alfaguara) reúne por fin esas piezas dispersas y olvidadas, que abarcan desde la década de los setenta hasta los inicios de los noventa. Un «territorio comanche» que supone un adecuado planisferio para sus lectores y, también, para orientarse mejor en su obra literaria. «La mayor parte de estas crónicas no se publicarían hoy en día. Estas fotos se pixelarían para no herir sensibilidades. Son inadmisibles para el tiempo que corre. Son incómodas, molestan. Los mismos jefes impedirían que se publicaran».. «La guerra de verdad hoy molesta, incomoda, es políticamente incorrecta». Arturo Pérez-Reverte. El novelista, sin corbata, pero con camisa azul clara y americana verde, reconoció que no quería hacer este libro. «Pero no hace mucho mi editora me dijo que un lector de mis novelas encontraría en estas crónicas la mirada con la que escribo mis novelas, de dónde viene todo: el fracaso, la violación, la muerte… Todo esto que aparece en mis libros, pero lo aprendí allí, en las guerras. Me lo traje conmigo. Las fotografías las mandaba a Madrid a través de un piloto, en un avión o como podía, porque no había manera de transmitirlas. Cuando cerró el diario «Pueblo», me llevé a casa mis imágenes, hasta que un día decidí revelarlas».. Pérez-Reverte reveló detalles y anécdotas de su periodo como corresponsal de guerra, como el día que creía que lo iban a matar en Mozambique junto a su equipo. «Fue una noche larga», señaló sonriendo. Pero también aludió a Sarajevo, a emboscadas, a los «hermanos de guerra y sangre» que lo han acompañado durante todas esas experiencias. «Lo que hacíamos ahora no nos dejarían hacerlo. Ya empezó en los noventa esa censura voluntaria de los medios para no herir la sensibilidad de los espectadores. En aquel momento se hacía un trabajo difícil. La idea, la nuestra, era intentar conmover, remover las conciencias, que los espectadores lloraran al ver un charco de sangre en el suelo o un niño o una madre muerta. La guerra de verdad hoy molesta, incomoda, es políticamente incorrecta. Pero yo, entonces, lo que quería era cortar la digestión de los lectores o los espectadores con las crónicas que hacía».. El escritor reconoció que «nosotros éramos testigos directos de la verdad; aunque se manipulara, éramos un contacto fiable con esa verdad. Ahora el reportero está en el hotel. Hay imágenes, pero las graban los soldados o las víctimas con drones y móviles. La verdad se ha alejado tanto de nosotros que es imposible matizarla. Los reporteros de esa época éramos una tenue garantía, la última garantía en realidad, de que lo que se contaba era la verdad, lo que ocurría. Ahora hay tanta interposición tecnológica y también tantos intereses de otros que ya no hay ninguna guerra fiable. Esto es lo que ha cambiado».. Pérez-Reverte matizó que «este periodismo se escribió cuando aún se podía contar la guerra. Las imágenes -como se puede ver en la exposición que acoge el Ateneo de Madrid- están tomadas muy cerca. Nadie puede mentirte cuando estás tan cerca de ellos. Ahora ni siquiera la imagen es fiable, porque puede estar manipulada y el público tampoco quiere que le cuenten la verdad. Prefiere mantenerse cálidamente lejos de la verdad. La guerra ha dejado de ser real y eso es una atrocidad».. «El mundo de los reporteros se ha terminado. El espectador no quiere que le estropeen la comida».. Arturo Pérez-Reverte. Para el autor, la culpa de que ahora ocurra esto no proviene solo de la política de los medios de comunicación. «El pueblo es tan culpable como lo son ellos. La atención de un espectador es solo de ocho segundos y después pasa a lo siguiente, lo que sea. Una guerra es cara de cubrir. Te mandan a algún sitio y estás mucho tiempo manteniendo un flujo de información desde allí. Hoy no se mandan enviados especiales ni se gasta tanto dinero en una corresponsalía para que luego la gente no haga caso de lo que se cuenta. Hay desinterés. Las guerras se ponen y se pasan de moda. Esta superficialidad, esta negativa a enterarse de la realidad, ese querer vivir envueltos en un capullo de algodón, nos anestesia. Hay un mundo que se ha terminado y viene otro nuevo. Pero el mundo de los reporteros, aquellos que se mandaban para sacudir las conciencias de los demás, se ha terminado. Ahora el espectador no quiere que le estropeen la comida».. El escritor, que se acordó de reporteros muertos como Manuel Gil y Julio Fuentes, reconoció que las lecturas que había hecho, desde Jenofonte hasta Homero y los clásicos más recientes, lo protegieron del dolor y le hicieron racionalizar lo que veía, aceptar que todas las guerras son siempre la misma guerra y que las guerras suceden desde el origen de los tiempos. «En ese tiempo acudía a la guerra con la memoria que había leído en libros de otros; hoy escribo mis libros con la memoria de lo que he visto en la guerra», comenta con un gesto de resignación. Cuando se le pregunta si siente miedo de los prejuicios que se alientan hoy en día en todo el mundo, asegura que «a mí no me da miedo. Creo que el mundo merece lo que tiene y tiene lo que quiere. Los que nos tienen controlados, con los móviles y con todo esto, saben que somos una presa fácil, que se lo ponemos fácil para hacer su negocio. No queremos mirar, no queremos contar la guerra. El que lo hace está mal visto, es un aguafiestas y nadie quiere que le agüen la fiesta. Los reporteros somos molestos».
El escritor, que afirma que hoy «la guerra ha dejado de ser real y eso es una atrocidad», publica sus crónicas periodísticas en «Enviado especial» y reúne las fotografías que tomó durante ese periodo como corresponsal en una exposición en el Ateneo de Madrid
Veintiún años contando lo que sucedía. A diferencia de otros, el inicio de su carrera tiene una fecha y un lugar precisos: el domingo 30 de agosto del año 1970. Ese día, un joven aún en periodo escolar descendió a una mina de La Unión para contar cómo vivían y quiénes eran los enjutos y duros hombres que trabajaban allí. Aquel reportaje supuso el comienzo de una carrera periodística y, también, el origen del que, posteriormente, sería un notable y reconocido escritor.. Arturo Pérez-Reverte había reunido en volúmenes anteriores una selección de sus artículos publicados en Prensa, pero siempre se había resistido a recuperar las crónicas y fotografías de su época como corresponsal de guerra. «Enviado especial. Una biografía de guerra» (Alfaguara) reúne por fin esas piezas dispersas y olvidadas, que abarcan desde la década de los setenta hasta los inicios de los noventa. Un «territorio comanche» que supone un adecuado planisferio para sus lectores y, también, para orientarse mejor en su obra literaria. «La mayor parte de estas crónicas no se publicarían hoy en día. Estas fotos se pixelarían para no herir sensibilidades. Son inadmisibles para el tiempo que corre. Son incómodas, molestan. Los mismos jefes impedirían que se publicaran».. «La guerra de verdad hoy molesta, incomoda, es políticamente incorrecta». El novelista, sin corbata, pero con camisa azul clara y americana verde, reconoció que no quería hacer este libro. «Pero no hace mucho mi editora me dijo que un lector de mis novelas encontraría en estas crónicas la mirada con la que escribo mis novelas, de dónde viene todo: el fracaso, la violación, la muerte… Todo esto que aparece en mis libros, pero lo aprendí allí, en las guerras. Me lo traje conmigo. Las fotografías las mandaba a Madrid a través de un piloto, en un avión o como podía, porque no había manera de transmitirlas. Cuando cerró el diario «Pueblo», me llevé a casa mis imágenes, hasta que un día decidí revelarlas».. Pérez-Reverte reveló detalles y anécdotas de su periodo como corresponsal de guerra, como el día que creía que lo iban a matar en Mozambique junto a su equipo. «Fue una noche larga», señaló sonriendo. Pero también aludió a Sarajevo, a emboscadas, a los «hermanos de guerra y sangre» que lo han acompañado durante todas esas experiencias. «Lo que hacíamos ahora no nos dejarían hacerlo. Ya empezó en los noventa esa censura voluntaria de los medios para no herir la sensibilidad de los espectadores. En aquel momento se hacía un trabajo difícil. La idea, la nuestra, era intentar conmover, remover las conciencias, que los espectadores lloraran al ver un charco de sangre en el suelo o un niño o una madre muerta. La guerra de verdad hoy molesta, incomoda, es políticamente incorrecta. Pero yo, entonces, lo que quería era cortar la digestión de los lectores o los espectadores con las crónicas que hacía».. El escritor reconoció que «nosotros éramos testigos directos de la verdad; aunque se manipulara, éramos un contacto fiable con esa verdad. Ahora el reportero está en el hotel. Hay imágenes, pero las graban los soldados o las víctimas con drones y móviles. La verdad se ha alejado tanto de nosotros que es imposible matizarla. Los reporteros de esa época éramos una tenue garantía, la última garantía en realidad, de que lo que se contaba era la verdad, lo que ocurría. Ahora hay tanta interposición tecnológica y también tantos intereses de otros que ya no hay ninguna guerra fiable. Esto es lo que ha cambiado».. Pérez-Reverte matizó que «este periodismo se escribió cuando aún se podía contar la guerra. Las imágenes -como se puede ver en la exposición que acoge el Ateneo de Madrid- están tomadas muy cerca. Nadie puede mentirte cuando estás tan cerca de ellos. Ahora ni siquiera la imagen es fiable, porque puede estar manipulada y el público tampoco quiere que le cuenten la verdad. Prefiere mantenerse cálidamente lejos de la verdad. La guerra ha dejado de ser real y eso es una atrocidad».. «El mundo de los reporteros se ha terminado. El espectador no quiere que le estropeen la comida».. Para el autor, la culpa de que ahora ocurra esto no proviene solo de la política de los medios de comunicación. «El pueblo es tan culpable como lo son ellos. La atención de un espectador es solo de ocho segundos y después pasa a lo siguiente, lo que sea. Una guerra es cara de cubrir. Te mandan a algún sitio y estás mucho tiempo manteniendo un flujo de información desde allí. Hoy no se mandan enviados especiales ni se gasta tanto dinero en una corresponsalía para que luego la gente no haga caso de lo que se cuenta. Hay desinterés. Las guerras se ponen y se pasan de moda. Esta superficialidad, esta negativa a enterarse de la realidad, ese querer vivir envueltos en un capullo de algodón, nos anestesia. Hay un mundo que se ha terminado y viene otro nuevo. Pero el mundo de los reporteros, aquellos que se mandaban para sacudir las conciencias de los demás, se ha terminado. Ahora el espectador no quiere que le estropeen la comida».. El escritor, que se acordó de reporteros muertos como Manuel Gil y Julio Fuentes, reconoció que las lecturas que había hecho, desde Jenofonte hasta Homero y los clásicos más recientes, lo protegieron del dolor y le hicieron racionalizar lo que veía, aceptar que todas las guerras son siempre la misma guerra y que las guerras suceden desde el origen de los tiempos. «En ese tiempo acudía a la guerra con la memoria que había leído en libros de otros; hoy escribo mis libros con la memoria de lo que he visto en la guerra», comenta con un gesto de resignación. Cuando se le pregunta si siente miedo de los prejuicios que se alientan hoy en día en todo el mundo, asegura que «a mí no me da miedo. Creo que el mundo merece lo que tiene y tiene lo que quiere. Los que nos tienen controlados, con los móviles y con todo esto, saben que somos una presa fácil, que se lo ponemos fácil para hacer su negocio. No queremos mirar, no queremos contar la guerra. El que lo hace está mal visto, es un aguafiestas y nadie quiere que le agüen la fiesta. Los reporteros somos molestos».
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