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  Sociedad  Las misioneras, esas manos que levantan a Guinea Ecuatorial
Sociedad

Las misioneras, esas manos que levantan a Guinea Ecuatorial

26 de abril de 2026
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Mongomo. Región continental de Guinea Ecuatorial. Basílica catedral de la Inmaculada Concepción, patrona del país. En el altar, León XIV. A la derecha, ellas. Como siempre. Fieles. Una presencia discreta, pero efectiva. Sin alzar la voz. No lo necesitan. Aunque son quienes tienen en sus manos parte del presente y el futuro de la Iglesia. Y de Guinea Ecuatorial. Mujeres entregadas al anuncio del Evangelio. Con rostros que hablan de diversidad. De comunidades donde fácilmente pueden vivir consagradas de varios continentes. Sin fronteras. Coprotagonistas de la historia del catolicismo en un país que comenzó a ser evangelizado hace 170 años. Precisamente este es uno de los motivos que trae a Robert Prevost a estas tierras. En los archivos se recoge el papel que jugó un monje cisterciense exclaustrado, un grupo de sacerdotes de Toledo y los claretianos. No aparece ningún nombre femenino. Pero ellas estuvieron y están. Ahí, orilladas en el lateral.. En plena homilía, León XIV mira al pasado para rendir homenaje a las y los misioneros que «han acogido las expectativas, las preguntas y las heridas de su pueblo, iluminándolas con la Palabra del Señor y convirtiéndose en signo del amor de Dios».. Carmen San Martín se sabe cómplice de esas palabras del Papa. Porque en los 24 años que lleva en Guinea Ecuatorial se ha hecho una más entre los ecuatoguineanos, abrazando sus dificultades. Como una vecina más. «Son ellos los que me han hecho sentir en casa, porque te dan lo que tienen, empezando por los huevos de su gallinas, te abren su corazón de par en par». Su entrega durante este tiempo le ha permitido a esta religiosa de la Sagrada Familia de Urgell recoger no pocos frutos: «Ayer me encontré con un antiguo alumno que hoy es maestro y me daba las gracias porque todo lo que es y lo que ha aprendido es gracias a la Sagrada Familia de Urgell. Veo que el pueblo guineano va tomando las riendas de su destino».. «Los niños son más receptivos que en Europa, porque están libres de pantallas, pero nos toca hacer un gran esfuerzo con ellos al tener a cuarenta alumnos por clase», dice Judith, hermana polaca que comparte con Carmen banco en la basílica y comunidad desde hace un año. «Verdaderamente puedo decir que la educación es un motor de transformación de la sociedad, así se forjan las grandes personas que van a sacar adelante el país y a la Iglesia», afirma Beatriz Elena Posada, también de la Sagrada Familia de Urgell.. A pesar de que nueve de cada diez ecuatoguineanos se dice católico, a las congregaciones femeninas les cuesta encontrar jóvenes que digan «sí» a consagrarse. ¿Por qué? «No me podría aventurar a hacer un análisis detallado de los motivos, pero sí veo que puede influir la presión de la familia y de la tribu con relación a la maternidad y los hijos. Es un valor tan arraigado en la sociedad que resulta complicado explicar nuestra consagración», comenta Mari Angels Berenguer, hija de la Caridad que lleva quince años en el país.. Las Hijas de la Caridad tienen dos comunidades en la zona. A Mikomeseng llegaron en los 80 para estar al frente de una leprosería que hoy es un centro sanitario en el que además atienden a ancianos abandonados, niños con discapacidad, junto a las labores pastorales y de catequesis. En Mokon cuentan con un colegio, donde trabaja Berenguer: «Gracias a los ecuatoguineanos he aprendido que menos es más, que para ser feliz no se necesitan tantas cosas, su vida sencilla me interpela. Además, valoro su vivencia profunda de la fe, que quizá se está perdiendo en otros países europeos».. «Los guineanos me han enseñado su capacidad de aguante ante el sufrimiento. No manifiestan el dolor, no se quejan, saben sacar la alegría», comparte Manuela Benavides, otra hija de la Caridad que lleva diez años en el país. «Tenemos obras apostólicas, pero lo fundamental es que siempre tenemos las puertas abiertas ante cualquier necesidad que pueda surgir en los poblados», comparte esta asturiana. Tres años después de llegar al país, Anabel Saiz, otra hija de la Caridad, asegura que «estar en el centro de salud implica también una labor educadora y de sensibilización sobre hábitos saludables y prevención para hacer frente a enfermedades tropicales como la malaria y la pilaria, además de los parásitos y las enfermedades de transmisión sexual».. Quienes representan el relevo misionero son Blenderline, Sidonie, Catherain y Blandine. En ellas África y la Iglesia universal encuentran esa savia nueva para continuar adelante con el carisma de congregaciones de origen español, como el Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora. Fundadas por el escolapio san Faustino Míguez en la localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda, aterrizaron en Guinea Ecuatorial en 1984 y están asentadas en Akurenam, en la frontera con Gabón, donde llevan una escuela. Las cuatro religiosas han recorrido dos horas y media en coche para participar en la misa papal de León XIV.. «Estamos disponibles para servir allí donde se nos necesite para buscar y encaminar a los niños y jóvenes a Jesús, para esta misión no hay fronteras», explica Blenderline, sobre esa vocación sin fronteras que llevan en el ADN misionero. «Me siento muy orgullosa de poder compartir lo que soy como camerunesa en un pueblo hermano como el guineano», apunta Sidonie. Esta universalidad es la que el Sucesor de Pedro convierte en empujón: «León XIV está dirigiendo mensajes muy potentes en cada país de África. Me gusta mucho cómo en estos días ha remarcado lo importante que es, no solo transmitir en conocimientos, sino aprender a pensar y a discernir para asumir la responsabilidad por un futuro mejor», añade Catherain. «El futuro no somos nosotras, son los niños a los que servimos», cierra Blandine.

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Las consagradas realizan una labor evangelizadora impagable en campos como la educación y la sanidad

  

Mongomo. Región continental de Guinea Ecuatorial. Basílica catedral de la Inmaculada Concepción, patrona del país. En el altar, León XIV. A la derecha, ellas. Como siempre. Fieles. Una presencia discreta, pero efectiva. Sin alzar la voz. No lo necesitan. Aunque son quienes tienen en sus manos parte del presente y el futuro de la Iglesia. Y de Guinea Ecuatorial. Mujeres entregadas al anuncio del Evangelio. Con rostros que hablan de diversidad. De comunidades donde fácilmente pueden vivir consagradas de varios continentes. Sin fronteras. Coprotagonistas de la historia del catolicismo en un país que comenzó a ser evangelizado hace 170 años. Precisamente este es uno de los motivos que trae a Robert Prevost a estas tierras. En los archivos se recoge el papel que jugó un monje cisterciense exclaustrado, un grupo de sacerdotes de Toledo y los claretianos. No aparece ningún nombre femenino. Pero ellas estuvieron y están. Ahí, orilladas en el lateral.. En plena homilía, León XIV mira al pasado para rendir homenaje a las y los misioneros que «han acogido las expectativas, las preguntas y las heridas de su pueblo, iluminándolas con la Palabra del Señor y convirtiéndose en signo del amor de Dios».. Carmen San Martín se sabe cómplice de esas palabras del Papa. Porque en los 24 años que lleva en Guinea Ecuatorial se ha hecho una más entre los ecuatoguineanos, abrazando sus dificultades. Como una vecina más. «Son ellos los que me han hecho sentir en casa, porque te dan lo que tienen, empezando por los huevos de su gallinas, te abren su corazón de par en par». Su entrega durante este tiempo le ha permitido a esta religiosa de la Sagrada Familia de Urgell recoger no pocos frutos: «Ayer me encontré con un antiguo alumno que hoy es maestro y me daba las gracias porque todo lo que es y lo que ha aprendido es gracias a la Sagrada Familia de Urgell. Veo que el pueblo guineano va tomando las riendas de su destino».. «Los niños son más receptivos que en Europa, porque están libres de pantallas, pero nos toca hacer un gran esfuerzo con ellos al tener a cuarenta alumnos por clase», dice Judith, hermana polaca que comparte con Carmen banco en la basílica y comunidad desde hace un año. «Verdaderamente puedo decir que la educación es un motor de transformación de la sociedad, así se forjan las grandes personas que van a sacar adelante el país y a la Iglesia», afirma Beatriz Elena Posada, también de la Sagrada Familia de Urgell.. A pesar de que nueve de cada diez ecuatoguineanos se dice católico, a las congregaciones femeninas les cuesta encontrar jóvenes que digan «sí» a consagrarse. ¿Por qué? «No me podría aventurar a hacer un análisis detallado de los motivos, pero sí veo que puede influir la presión de la familia y de la tribu con relación a la maternidad y los hijos. Es un valor tan arraigado en la sociedad que resulta complicado explicar nuestra consagración», comenta Mari Angels Berenguer, hija de la Caridad que lleva quince años en el país.. Las Hijas de la Caridad tienen dos comunidades en la zona. A Mikomeseng llegaron en los 80 para estar al frente de una leprosería que hoy es un centro sanitario en el que además atienden a ancianos abandonados, niños con discapacidad, junto a las labores pastorales y de catequesis. En Mokon cuentan con un colegio, donde trabaja Berenguer: «Gracias a los ecuatoguineanos he aprendido que menos es más, que para ser feliz no se necesitan tantas cosas, su vida sencilla me interpela. Además, valoro su vivencia profunda de la fe, que quizá se está perdiendo en otros países europeos».. «Los guineanos me han enseñado su capacidad de aguante ante el sufrimiento. No manifiestan el dolor, no se quejan, saben sacar la alegría», comparte Manuela Benavides, otra hija de la Caridad que lleva diez años en el país. «Tenemos obras apostólicas, pero lo fundamental es que siempre tenemos las puertas abiertas ante cualquier necesidad que pueda surgir en los poblados», comparte esta asturiana. Tres años después de llegar al país, Anabel Saiz, otra hija de la Caridad, asegura que «estar en el centro de salud implica también una labor educadora y de sensibilización sobre hábitos saludables y prevención para hacer frente a enfermedades tropicales como la malaria y la pilaria, además de los parásitos y las enfermedades de transmisión sexual».. Quienes representan el relevo misionero son Blenderline, Sidonie, Catherain y Blandine. En ellas África y la Iglesia universal encuentran esa savia nueva para continuar adelante con el carisma de congregaciones de origen español, como el Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora. Fundadas por el escolapio san Faustino Míguez en la localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda, aterrizaron en Guinea Ecuatorial en 1984 y están asentadas en Akurenam, en la frontera con Gabón, donde llevan una escuela. Las cuatro religiosas han recorrido dos horas y media en coche para participar en la misa papal de León XIV.. «Estamos disponibles para servir allí donde se nos necesite para buscar y encaminar a los niños y jóvenes a Jesús, para esta misión no hay fronteras», explica Blenderline, sobre esa vocación sin fronteras que llevan en el ADN misionero. «Me siento muy orgullosa de poder compartir lo que soy como camerunesa en un pueblo hermano como el guineano», apunta Sidonie. Esta universalidad es la que el Sucesor de Pedro convierte en empujón: «León XIV está dirigiendo mensajes muy potentes en cada país de África. Me gusta mucho cómo en estos días ha remarcado lo importante que es, no solo transmitir en conocimientos, sino aprender a pensar y a discernir para asumir la responsabilidad por un futuro mejor», añade Catherain. «El futuro no somos nosotras, son los niños a los que servimos», cierra Blandine.

 

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