La plaza de Pedro Zerolo, uno de los epicentros del neurálgico barrio madrileño de Chueca, está acostumbrada a vivir su cotidianeidad con sintonía de fondo. Puede ser el repique de las ruedas de maletas por su empedrada acera, el jolgorio de sus transeúntes debido a la personalidad fiestera de sus esquinas, o, anualmente, los altavoces con música durante la celebración del Orgullo LGBTI.. A pesar de vivir todas estas personalidades, le falta la del silencio. Por ello, Casa del Libro montó durante la mañana de ayer un evento que permitió al espacio que experimentara una calma temporal. Con la colocación de 100 sillas, cualquiera podía sentarse en una. ¿La condición? Custodiar un libro en las manos y leerlo. Así, desde las 11 hasta las 15 de la tarde, el centro de la capital se convirtió en un club de lectura al aire libre desprendido de prisas y ajetreo.. «Nos han dicho que la pausa es una derrota, pues vivimos en el mundo de la inmediatez», ha comentado Javier Arrevola, director de Casa del Libro. Junto a él, un quinteto de escritores han participado en el acto: Sonsoles Ónega, Manel Loureiro, Inma Rubiales, Pedro Simón y Odile Fernández. Ellos decidieron dar uso a los asientos dispuestos para dejar a la lengua un rato de descanso y permitir a la vista y cerebro procesar las palabras del relato que optaran por devorar.. «Hemos aceptado ser rehenes de una máquina a la que le entregamos todo nuestro tiempo de ocio». Manel Loureiro. Como buen acto revolucionario que se precie, vino acompañado de un manifiesto. Fue conducido por Patricia Fernández, conocida divulgadora cultural digital, que confesó que «todo lo que vemos en redes está hecho para captar nuestra atención y capitalizar nuestro tiempo». Para no concederle la victoria al algoritmo, y tras un minuto de absoluto silencio (¿quizá en memoria de todos los minutos perdidos por el consumo de pantallas?), los autores emitieron la arenga. «Cuando leemos, decidimos que nuestro tiempo no está en venta», pronunció Loureiro, conocido por su saga distópica «Apocalipsis Z». «Hemos aceptado ser rehenes de una máquina a la que le entregamos todo nuestro tiempo de ocio», nos contaba posteriormente el gallego que, aunque ahora nos localizáramos en un entorno cosmopolita, afirma que la problemática afecta hasta al pueblo más remoto: «La penetración de lo digital no entiende de límites, puedes estar en el lugar más paradisíaco del mundo sin enterarte por estar con el móvil».. Rebelión en la plaza. «¿Hay algo más revolucionario que abrir un libro?», comenzaba sus palabras Ónega, que acaba de lanzar su última novela, 69d77e52a953720007712b9b|||https://img-cms.larazon.es/clipping/images/2026/04/09/C7DAD06C-85E8-47B3-8E36-CA1952E76FCB/30.jpg. Los huecos disponibles fueron llenándose gracias a personas motivadas por una pasión unánime. Sissi, psicóloga y ferviente consumidora de tomos, era una de ellas, que, cual «historia interminable», abrió la ventana de su casa y vio el despliegue. «Siempre recomiendo a mis pacientes que lean, pues, aunque no lo parezca, el “scroll” nos afecta», alega. Beatriz, argentina de viaje por España, se hospedaba en los alrededores y decidió hacer un turismo menos convencional. Ella tiene pendientes dos libros que aún no ha empezado, achacando este retraso a la adicción a las pantallas. Sin embargo, ella opta por «un mundo feliz» y no piensa que vaya a morir la lectura: «También dijeron que con la televisión desaparecería la radio y ahí sigue», dice sonriente.. Y, ciertamente, a pesar de que las aplicaciones nos provocan muchas veces dolor ocular, los españoles leen bastante: más de un 70% lo hizo en 2025, según la Federación de Gremios de Editores de España. Para que estos datos sigan a la alza, nace esta «manifestación». Porque podremos estar en mitad del bullicio más atronador, o con nuestro móvil sin dejar de sonar al lado, que una buena trama nos permite vivir un «amor en los tiempos del cólera».
Casa del Libro organiza una «manifestación silenciosa» para defender la lectura frente al «scroll»
La plaza de Pedro Zerolo, uno de los epicentros del neurálgico barrio madrileño de Chueca, está acostumbrada a vivir su cotidianeidad con sintonía de fondo. Puede ser el repique de las ruedas de maletas por su empedrada acera, el jolgorio de sus transeúntes debido a la personalidad fiestera de sus esquinas, o, anualmente, los altavoces con música durante la celebración del Orgullo LGBTI.. A pesar de vivir todas estas personalidades, le falta la del silencio. Por ello, Casa del Libro montó durante la mañana de ayer un evento que permitió al espacio que experimentara una calma temporal. Con la colocación de 100 sillas, cualquiera podía sentarse en una. ¿La condición? Custodiar un libro en las manos y leerlo. Así, desde las 11 hasta las 15 de la tarde, el centro de la capital se convirtió en un club de lectura al aire libre desprendido de prisas y ajetreo.. «Nos han dicho que la pausa es una derrota, pues vivimos en el mundo de la inmediatez», ha comentado Javier Arrevola, director de Casa del Libro. Junto a él, un quinteto de escritores han participado en el acto: Sonsoles Ónega, Manel Loureiro, Inma Rubiales, Pedro Simón y Odile Fernández. Ellos decidieron dar uso a los asientos dispuestos para dejar a la lengua un rato de descanso y permitir a la vista y cerebro procesar las palabras del relato que optaran por devorar.. «Hemos aceptado ser rehenes de una máquina a la que le entregamos todo nuestro tiempo de ocio». Como buen acto revolucionario que se precie, vino acompañado de un manifiesto. Fue conducido por Patricia Fernández, conocida divulgadora cultural digital, que confesó que «todo lo que vemos en redes está hecho para captar nuestra atención y capitalizar nuestro tiempo». Para no concederle la victoria al algoritmo, y tras un minuto de absoluto silencio (¿quizá en memoria de todos los minutos perdidos por el consumo de pantallas?), los autores emitieron la arenga. «Cuando leemos, decidimos que nuestro tiempo no está en venta», pronunció Loureiro, conocido por su saga distópica «Apocalipsis Z». «Hemos aceptado ser rehenes de una máquina a la que le entregamos todo nuestro tiempo de ocio», nos contaba posteriormente el gallego que, aunque ahora nos localizáramos en un entorno cosmopolita, afirma que la problemática afecta hasta al pueblo más remoto: «La penetración de lo digital no entiende de límites, puedes estar en el lugar más paradisíaco del mundo sin enterarte por estar con el móvil».. «¿Hay algo más revolucionario que abrir un libro?», comenzaba sus palabras Ónega, que acaba de lanzar su última novela, «Llevará tu nombre». «No hay forma más a mano de rebelarnos contra los poderosos que leyendo. Hay que leer desde los prospectos electorales hasta los carteles de la calle», continuaba la periodista. Y, para aquellos que alegan no tener tiempo para hacerlo, ella garantiza que «siempre lo hay». Entre los artistas, la única que no firma relatos narrativos es Odile Fernández, médica superviviente del cáncer con obras sobre salud y correcta alimentación. «Es verdad que mis escritos no están tan orientados a una desconexión mental, pero sí a algo que necesitamos, como es la información contrastada. Estamos sobresaturados de estímulos, por lo que quiero que mis lectores tengan conocimientos», relata.. Los huecos disponibles fueron llenándose gracias a personas motivadas por una pasión unánime. Sissi, psicóloga y ferviente consumidora de tomos, era una de ellas, que, cual «historia interminable», abrió la ventana de su casa y vio el despliegue. «Siempre recomiendo a mis pacientes que lean, pues, aunque no lo parezca, el “scroll” nos afecta», alega. Beatriz, argentina de viaje por España, se hospedaba en los alrededores y decidió hacer un turismo menos convencional. Ella tiene pendientes dos libros que aún no ha empezado, achacando este retraso a la adicción a las pantallas. Sin embargo, ella opta por «un mundo feliz» y no piensa que vaya a morir la lectura: «También dijeron que con la televisión desaparecería la radio y ahí sigue», dice sonriente.. Y, ciertamente, a pesar de que las aplicaciones nos provocan muchas veces dolor ocular, los españoles leen bastante: más de un 70% lo hizo en 2025, según la Federación de Gremios de Editores de España. Para que estos datos sigan a la alza, nace esta «manifestación». Porque podremos estar en mitad del bullicio más atronador, o con nuestro móvil sin dejar de sonar al lado, que una buena trama nos permite vivir un «amor en los tiempos del cólera».
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