La guerra en Irán supera ya su cuarta semana de incesantes ataques, marcada por el ultimátum, posteriormente ampliado, de Donald Trump para reabrir el estrecho de Ormuz y con el foco puesto en las infraestructuras energéticas iraníes y de otros países del golfo. La situación es seguida con preocupación por mercados y gobiernos de todo el mundo, mientras el precio del petróleo continúa oscilando en un conflicto que, lejos de resolverse, añade incluso más incertidumbre al tablero global.. Dentro del país, la población iraní observa expectante la evolución de la ofensiva que aspira a poner fin a los 47 años de poder del régimen de los ayatolás. Uno de los objetivos declarados de Washington y Tel Aviv, que continúan eliminando a altos cargos de la cúpula de poder. «Estamos debilitando a este régimen con la esperanza de darle al pueblo iraní la oportunidad de derrocarlo (…) no sucederá de inmediato ni será fácil. Pero si perseveramos, les daremos la oportunidad de tomar las riendas de su destino», insistía el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.. Alivio y miedo. En este escenario, LA RAZÓN ha tenido la oportunidad de conversar con Sara Amiri y Arsalan, nacidos en la República Persa y actualmente afincados en España. Aún recuerdan cómo reaccionaron cuando el 28 de febrero EE UU e Israel comenzaron a bombardear Irán. «Mi primer pensamiento fue que tal vez el régimen de la República Islámica podría caer. Fue la primera vez en mucho tiempo que sentí algo parecido a alivio o incluso esperanza», reconoce Arsalan, quien abandonó el país con cerca de 20 años.. En el caso de Sara Amiri este sentimiento de esperanza vino acompañado de miedo. «Lo primero que me vino a la cabeza fue que va a haber otra vez cortes de internet, y encima con un bombardeo así en una guerra, no saber nada de tu familia, de tus amigos es muy duro, te quita el sueño». El corte de las comunicaciones se ha convertido en una de las estrategias de control más habituales del aparato de poder. Al poco de comenzar los ataques, el Gobierno iraní volvió a limitar su acceso. Según denuncia la organización Netblocks -encargada de vigilar el tráfico y la censura de la red- el bloqueo de internet dura ya más de 30 días y 696 horas, convirtiéndolo en «una de las medidas más severas registradas en cualquier país». Pese a que la conectividad internacional no se encuentra disponible para el público general, las autoridades mantienen «una lista blanca selectiva» con excepciones.. Arsalan y Amiri cuentan a este rotativo que hay momentos puntuales en los que sus familiares y amigos logran salvar esta oscuridad digital. Se trata de llamadas de apenas un minuto en las que les confirman que se encuentran bien y no se han visto afectados por los bombardeos. «Para poder saber cómo están mi padre, familiares o amigos, tengo que recurrir a tres o cuatro intermediarios. A veces alguien puede hablar con alguien dentro del país, y así la información va pasando de una persona a otra hasta llegar a mí», afirma Arsalan. Están acostumbrados a esta situación, pues se repite cada vez que hay protestas o tensiones sociales. «De esa forma intentan controlar la información, gestionar la situación y también construir una narrativa que favorezca su propia propaganda y sus intereses», agrega.. Protestas antigubernamentales. Poco antes de la intervención israelí-estadounidense, Irán fue testigo de multitudinarias manifestaciones, provocadas por la crítica situación económica que venía atravesando el país. Estallaron a finales de diciembre con la huelga de los comerciantes del Gran Bazar de Teherán, y con el paso de las semanas se extendieron por las principales ciudades, aunando el descontento contra un régimen sancionado que venía ejerciendo un control férreo sobre la sociedad. Protestas de las que se hizo eco Donald Trump, quien ya en enero advertía al Gobierno iraní que si dispara contra «manifestantes pacíficos y los mata violentamente (…) EE UU acudirá en su ayuda (…). Estamos listos, armados y preparados para intervenir», anticipaba el republicano.. Las amenazas, no obstante, no evitaron que las autoridades iraníes volvieran a recurrir a la represión, sumada al apagón informativo, con el fin de dificultar la organización del pueblo y ocultar la magnitud de los crímenes. Irán ha reconocido la muerte de más de 3.000 personas a raíz de las movilizaciones, mientras que organizaciones como Human Rights News Agency elevan la cifra a 7.000 fallecidos, puntualizando que podría ser mucho mayor. Datos que Amiri califica como «una salvajada».. Apoyo a Washington. Las acciones no han hecho más que aumentar el descontento entre la población, según explican los iraníes residentes en España, lo que ha resultado clave para que la intervención de Washington en el país haya sido bien recibida en amplios sectores. «En los mensajes que recibo noto algo diferente esta vez: hay mucha energía y esperanza. Es la primera vez que veo a muchas personas dentro de Irán sentirse realmente optimistas sobre la posibilidad de un cambio. Tengo la sensación de que muchos iraníes que vivimos fuera del país estamos incluso más preocupados, mientras que algunas personas dentro de Irán parecen sentir más esperanza en este momento», reconoce Arsalán, quien subraya que años de protestas reprimidas han llevado a muchos iraníes a asumir que un cambio de sistema vendrá de la mano de una gran presión, «ya sea interna o externa».. Sara Amiri coincide en el diagnóstico. Siente que desde fuera no se ha hecho lo suficiente: «Los organismos internacionales no hicieron nada (…) mucho hablar de derecho internacional, pero nadie habla de que también hay que respetar al pueblo. No se respetó su derecho de manifestarse» sostiene. «La mejor forma era que se metiese EE UU como lo ha hecho (…) la gente de dentro de Irán está contenta, (…) nadie quiere que bombardeen su país, pero lo veían como la única forma de poder a lo mejor salir de este régimen que no les dejaba ni respirar», concluye la activista.. La alternativa al régimen. Si bien insisten en que el nivel de apoyo real a la cúpula dirigente dentro de la población es bajo, articular una oposición o alternativa fuerte al poder establecido sigue siendo una asignatura pendiente. Apenas había margen de disidencia. No obstante, Sara Amiri no duda en señalar a Reza Pahlavi, hijo mayor y heredero del último sha, Mohammad Reza Pahlavi, derrocado por la Revolución Islámica de 1979.. Pahlavi, actualmente exiliado en Estados Unidos, alentó las protestas antigubernamentales de principios de año en Irán, ofreciéndose además a liderar «la transición hacia la democracia». «Aparte de él no hay otra alternativa», defiende Amiri. «Ha prometido llevar esa revolución hasta el final, hasta las votaciones. Mucha gente dice que él quiere ser rey de Persia, (…) pero él ha dicho que jamás ha pensado en eso. No tiene ningún miedo de llegar a la mesa de votación (…) El tipo de régimen que vaya a haber en el país lo elige la gente dentro del país».. Sin embargo, la alternativa al poder de los ayatolás no parece que vaya a depender únicamente del pueblo iraní. A principios de marzo, Donald Trump ya dejó claro que Washington aspira a influir en la elección del próximo líder. «Queremos participar en el proceso de elección de la persona que liderará Irán hacia el futuro, para no tener que repetir esto cada cinco años. Queremos a alguien que sea excelente para el pueblo y para el país», zanjó el presidente estadounidense. Asimismo, el inquilino de la Casa Blanca ha puesto en duda que el príncipe heredero en el exilio cuente con el apoyo necesario, agregando que «sería más apropiado» que el liderazgo recayera en una persona que ya se encuentre dentro de la nación.. «Irán está entrando en un momento decisivo». «La situación es muy incierta, muchas personas sienten que Irán está entrando en un momento decisivo de su historia», reconoce Arsalán. En el terreno continúan los bombardeos, que ahora recaen principalmente en Israel después de que Trump confirmara conversaciones con Teherán, si bien el conflicto aún parece dirigirse a una guerra de desgaste. Desde Washington y Tel Aviv evitan apuntar a fechas concretas para su fin, sin embargo, Sara y Arsalan ya sueñan con poder volver de visita cuando las cosas cambien.. Su vida está ahora en España, pero a Sara le gustaría que su marido, que nunca ha estado en la tierra de lo que fue el imperio persa, conociera sus orígenes. «Han pasado ya 30 años y mi marido, que es español, no ha visto Irán, es muy bonito. En su momento fue uno de los países con más turismo de toda la zona. (Volver) también sería una forma de recuperar un poco los recuerdos de la infancia, aunque bueno, ya veremos qué recuerdos quedan en pie después de esta guerra».
La guerra en Irán supera ya su cuarta semana de incesantes ataques, marcada por el ultimátum, posteriormente ampliado, de Donald Trump para reabrir el estrecho de Ormuz y con el foco puesto en las infraestructuras energéticas iraníes y de otros países del golfo. La situación es seguida con preocupación por mercados y gobiernos de todo el mundo, mientras el precio del petróleo continúa oscilando en un conflicto que, lejos de resolverse, añade incluso más incertidumbre al tablero global.. Dentro del país, la población iraní observa expectante la evolución de la ofensiva que aspira a poner fin a los 47 años de poder del régimen de los ayatolás. Uno de los objetivos declarados de Washington y Tel Aviv, que continúan eliminando a altos cargos de la cúpula de poder. «Estamos debilitando a este régimen con la esperanza de darle al pueblo iraní la oportunidad de derrocarlo (…) no sucederá de inmediato ni será fácil. Pero si perseveramos, les daremos la oportunidad de tomar las riendas de su destino», insistía el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.. Alivio y miedo. En este escenario, LA RAZÓN ha tenido la oportunidad de conversar con Sara Amiri y Arsalan, nacidos en la República Persa y actualmente afincados en España. Aún recuerdan cómo reaccionaron cuando el 28 de febrero EE UU e Israel comenzaron a bombardear Irán. «Mi primer pensamiento fue que tal vez el régimen de la República Islámica podría caer. Fue la primera vez en mucho tiempo que sentí algo parecido a alivio o incluso esperanza», reconoce Arsalan, quien abandonó el país con cerca de 20 años.. En el caso de Sara Amiri este sentimiento de esperanza vino acompañado de miedo. «Lo primero que me vino a la cabeza fue que va a haber otra vez cortes de internet, y encima con un bombardeo así en una guerra, no saber nada de tu familia, de tus amigos es muy duro, te quita el sueño». El corte de las comunicaciones se ha convertido en una de las estrategias de control más habituales del aparato de poder. Al poco de comenzar los ataques, el Gobierno iraní volvió a limitar su acceso. Según denuncia la organización Netblocks -encargada de vigilar el tráfico y la censura de la red- el bloqueo de internet dura ya más de 30 días y 696 horas, convirtiéndolo en «una de las medidas más severas registradas en cualquier país». Pese a que la conectividad internacional no se encuentra disponible para el público general, las autoridades mantienen «una lista blanca selectiva» con excepciones.. Arsalan y Amiri cuentan a este rotativo que hay momentos puntuales en los que sus familiares y amigos logran salvar esta oscuridad digital. Se trata de llamadas de apenas un minuto en las que les confirman que se encuentran bien y no se han visto afectados por los bombardeos. «Para poder saber cómo están mi padre, familiares o amigos, tengo que recurrir a tres o cuatro intermediarios. A veces alguien puede hablar con alguien dentro del país, y así la información va pasando de una persona a otra hasta llegar a mí», afirma Arsalan. Están acostumbrados a esta situación, pues se repite cada vez que hay protestas o tensiones sociales. «De esa forma intentan controlar la información, gestionar la situación y también construir una narrativa que favorezca su propia propaganda y sus intereses», agrega.. Protestas antigubernamentales. Poco antes de la intervención israelí-estadounidense, Irán fue testigo de multitudinarias manifestaciones, provocadas por la crítica situación económica que venía atravesando el país. Estallaron a finales de diciembre con la huelga de los comerciantes del Gran Bazar de Teherán, y con el paso de las semanas se extendieron por las principales ciudades, aunando el descontento contra un régimen sancionado que venía ejerciendo un control férreo sobre la sociedad. Protestas de las que se hizo eco Donald Trump, quien ya en enero advertía al Gobierno iraní que si dispara contra «manifestantes pacíficos y los mata violentamente (…) EE UU acudirá en su ayuda (…). Estamos listos, armados y preparados para intervenir», anticipaba el republicano.. Las amenazas, no obstante, no evitaron que las autoridades iraníes volvieran a recurrir a la represión, sumada al apagón informativo, con el fin de dificultar la organización del pueblo y ocultar la magnitud de los crímenes. Irán ha reconocido la muerte de más de 3.000 personas a raíz de las movilizaciones, mientras que organizaciones como Human Rights News Agency elevan la cifra a 7.000 fallecidos, puntualizando que podría ser mucho mayor. Datos que Amiri califica como «una salvajada».. Apoyo a Washington. Las acciones no han hecho más que aumentar el descontento entre la población, según explican los iraníes residentes en España, lo que ha resultado clave para que la intervención de Washington en el país haya sido bien recibida en amplios sectores. «En los mensajes que recibo noto algo diferente esta vez: hay mucha energía y esperanza. Es la primera vez que veo a muchas personas dentro de Irán sentirse realmente optimistas sobre la posibilidad de un cambio. Tengo la sensación de que muchos iraníes que vivimos fuera del país estamos incluso más preocupados, mientras que algunas personas dentro de Irán parecen sentir más esperanza en este momento», reconoce Arsalán, quien subraya que años de protestas reprimidas han llevado a muchos iraníes a asumir que un cambio de sistema vendrá de la mano de una gran presión, «ya sea interna o externa».. Sara Amiri coincide en el diagnóstico. Siente que desde fuera no se ha hecho lo suficiente: «Los organismos internacionales no hicieron nada (…) mucho hablar de derecho internacional, pero nadie habla de que también hay que respetar al pueblo. No se respetó su derecho de manifestarse» sostiene. «La mejor forma era que se metiese EE UU como lo ha hecho (…) la gente de dentro de Irán está contenta, (…) nadie quiere que bombardeen su país, pero lo veían como la única forma de poder a lo mejor salir de este régimen que no les dejaba ni respirar», concluye la activista.. La alternativa al régimen. Si bien insisten en que el nivel de apoyo real a la cúpula dirigente dentro de la población es bajo, articular una oposición o alternativa fuerte al poder establecido sigue siendo una asignatura pendiente. Apenas había margen de disidencia. No obstante, Sara Amiri no duda en señalar a Reza Pahlavi, hijo mayor y heredero del último sha, Mohammad Reza Pahlavi, derrocado por la Revolución Islámica de 1979.. Pahlavi, actualmente exiliado en Estados Unidos, alentó las protestas antigubernamentales de principios de año en Irán, ofreciéndose además a liderar «la transición hacia la democracia». «Aparte de él no hay otra alternativa», defiende Amiri. «Ha prometido llevar esa revolución hasta el final, hasta las votaciones. Mucha gente dice que él quiere ser rey de Persia, (…) pero él ha dicho que jamás ha pensado en eso. No tiene ningún miedo de llegar a la mesa de votación (…) El tipo de régimen que vaya a haber en el país lo elige la gente dentro del país».. Sin embargo, la alternativa al poder de los ayatolás no parece que vaya a depender únicamente del pueblo iraní. A principios de marzo, Donald Trump ya dejó claro que Washington aspira a influir en la elección del próximo líder. «Queremos participar en el proceso de elección de la persona que liderará Irán hacia el futuro, para no tener que repetir esto cada cinco años. Queremos a alguien que sea excelente para el pueblo y para el país», zanjó el presidente estadounidense. Asimismo, el inquilino de la Casa Blanca ha puesto en duda que el príncipe heredero en el exilio cuente con el apoyo necesario, agregando que «sería más apropiado» que el liderazgo recayera en una persona que ya se encuentre dentro de la nación.. «Irán está entrando en un momento decisivo». «La situación es muy incierta, muchas personas sienten que Irán está entrando en un momento decisivo de su historia», reconoce Arsalán. En el terreno continúan los bombardeos, que ahora recaen principalmente en Israel después de que Trump confirmara conversaciones con Teherán, si bien el conflicto aún parece dirigirse a una guerra de desgaste. Desde Washington y Tel Aviv evitan apuntar a fechas concretas para su fin, sin embargo, Sara y Arsalan ya sueñan con poder volver de visita cuando las cosas cambien.. Su vida está ahora en España, pero a Sara le gustaría que su marido, que nunca ha estado en la tierra de lo que fue el imperio persa, conociera sus orígenes. «Han pasado ya 30 años y mi marido, que es español, no ha visto Irán, es muy bonito. En su momento fue uno de los países con más turismo de toda la zona. (Volver) también sería una forma de recuperar un poco los recuerdos de la infancia, aunque bueno, ya veremos qué recuerdos quedan en pie después de esta guerra».
LA RAZÓN ha conversado con Sara Amiri y Arsalan, ambos nacidos en la República Persa, sobre la situación en el país tras la guerra declarada por Estados Unidos e Israel contra el régimen
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