«Yo no moriré de amor», de ninguno, porque hay veces que la vida nos golpea con algo tan fuerte que nos cambia para el resto de nuestros días. Sí, el amor, el sufrimiento y la culpa pueden convivir cuando llegan situaciones que no sabemos manejar porque, simplemente, no estamos programados para sobrellevarlas. Eso es lo que le ocurre a Claudia, una adolescente a la que el mundo se le vuelve patas arriba cuando el Alzheimer de su madre comienza a complicarse y se da cuenta de que su vida no podrá ser como la del resto de chicos de su edad.. «Yo no moriré de amor» es una historia personal con la que debuta la directora Marta Matute, una suerte de drama contenido que se desarrolla desde la verdad del que ha asumido el peso de los cuidados de una persona dependiente a corta edad. Por su narrativa ágil que huye de la exageración, la interpretación de los actores y la capacidad de mostrar cómo se estanca el tiempo en los personajes hasta empatizar con el espectador, este filme que se presentó ayer se perfila a poco de acabar el certamen como favorito para ganar la Biznaga de Oro.. «No había contado mucho lo que supuso la enfermedad de mi madre», explica en una entrevista con este periódico Matute, que recuerda que de los 18 a los 27 años «mi vida se estancó», aunque insiste en que «la carga mental la llevaban mis hermanas mayores», una situación extensible a otras familias que ha querido «visibilizar». De esa experiencia, en el entorno de una familia que no se comunica, nace «la necesidad de hacer una película que funcione como un abrazo a todas esas personas que están pasando por lo mismo, algo que me hubiera gustado ver a mí en ese momento».. Un abrazo que consigue llegar al público por cómo está construida la narrativa. «Tenía que contar la película sin maquillarla de algo que no he sido capaz de conquistar durante nueve años», confiesa Matute, que destaca «lo importante que era mostrar los momentos en los que me sentía sola y el sentimiento de culpa y frustración de querer que acabara ya».. Esa mezcla de emociones las encarna una de las artistas revelación de esta edición del festival, Júlia Mascort, que ha sabido empatizar con lo que vivió la directora a través de la «imperfección y la humanidad», añade Matute. Preguntada por si los adultos olvidan cómo se sienten los adolescentes, aclara que «la vergüenza aparece porque no quieres que la enfermedad salga de casa, así como el silencio evita la compasión». Todo ello es «una respuesta natural que con el tiempo aprendes que no está mal», matiza.. La película refleja a unos personajes quebrados por el tiempo bajo la sombra de esta enfermedad. «Era importante que no hubiera un cambio físico en ellos» durante los seis años en los que transcurre el filme y mostrar «esa sensación de que el tiempo se estancaba en esa casa». Así, el paso de los años «avanza a través de la mirada» de la protagonista, «que va cambiando conforme crece y empatiza con la familia».. Un elenco excepcional. A Júlia Mascort le acompaña un elenco de actores entre los que se encuentran Tomás del Estal, que hace de padre, un coronel jubilado al que aparentemente nada le importa y que, aunque nunca deja de estar, no asume toda su responsabilidad; Laura Weissmahr, Goya a la mejor actriz revelación en 2025, que hace de hermana mayor; y Sonia Almarcha, que interpreta a la madre con Alzheimer, otra de las joyas del filme. Para interpretar su papel, Almarcha ha conocido y estudiado durante más de cuatro meses «a personas con diferentes tipos de demencias frontotemporal –degenerativas- en estadios leves, moderados y avanzadas», así como a sus familiares e incluso el padre de Matute, que actualmente también está pasando por la enfermedad. Por ello, cuenta la actriz, «nada de lo que se muestra en la película es inventado», algo que, sin duda, se transmite todo el tiempo.. Matute construye así una historia que, en otro registro, podría ser un documental por su cuidado a la hora de representar la realidad. Una cinta cercana con la que es imposible no emocionarse, que muestra cómo una la familia, a pesar de la adversidad, se puede unir en su propia vulnerabilidad y que sirve como «referente» para todos los que sienten «la frustración, la culpa y la soledad» que deja tras de sí el drama de la dependencia.
Marta Matute presenta su ópera prima en el Festival de Málaga y se postula como una de las favoritas para ganar la Biznaga de Oro
«Yo no moriré de amor», de ninguno, porque hay veces que la vida nos golpea con algo tan fuerte que nos cambia para el resto de nuestros días. Sí, el amor, el sufrimiento y la culpa pueden convivir cuando llegan situaciones que no sabemos manejar porque, simplemente, no estamos programados para sobrellevarlas. Eso es lo que le ocurre a Claudia, una adolescente a la que el mundo se le vuelve patas arriba cuando el Alzheimer de su madre comienza a complicarse y se da cuenta de que su vida no podrá ser como la del resto de chicos de su edad.. «Yo no moriré de amor» es una historia personal con la que debuta la directora Marta Matute, una suerte de drama contenido que se desarrolla desde la verdad del que ha asumido el peso de los cuidados de una persona dependiente a corta edad. Por su narrativa ágil que huye de la exageración, la interpretación de los actores y la capacidad de mostrar cómo se estanca el tiempo en los personajes hasta empatizar con el espectador, este filme que se presentó ayer se perfila a poco de acabar el certamen como favorito para ganar la Biznaga de Oro.. «No había contado mucho lo que supuso la enfermedad de mi madre», explica en una entrevista con este periódico Matute, que recuerda que de los 18 a los 27 años «mi vida se estancó», aunque insiste en que «la carga mental la llevaban mis hermanas mayores», una situación extensible a otras familias que ha querido «visibilizar». De esa experiencia, en el entorno de una familia que no se comunica, nace «la necesidad de hacer una película que funcione como un abrazo a todas esas personas que están pasando por lo mismo, algo que me hubiera gustado ver a mí en ese momento».. Un abrazo que consigue llegar al público por cómo está construida la narrativa. «Tenía que contar la película sin maquillarla de algo que no he sido capaz de conquistar durante nueve años», confiesa Matute, que destaca «lo importante que era mostrar los momentos en los que me sentía sola y el sentimiento de culpa y frustración de querer que acabara ya».. Esa mezcla de emociones las encarna una de las artistas revelación de esta edición del festival, Júlia Mascort, que ha sabido empatizar con lo que vivió la directora a través de la «imperfección y la humanidad», añade Matute. Preguntada por si los adultos olvidan cómo se sienten los adolescentes, aclara que «la vergüenza aparece porque no quieres que la enfermedad salga de casa, así como el silencio evita la compasión». Todo ello es «una respuesta natural que con el tiempo aprendes que no está mal», matiza.. La película refleja a unos personajes quebrados por el tiempo bajo la sombra de esta enfermedad. «Era importante que no hubiera un cambio físico en ellos» durante los seis años en los que transcurre el filme y mostrar «esa sensación de que el tiempo se estancaba en esa casa». Así, el paso de los años «avanza a través de la mirada» de la protagonista, «que va cambiando conforme crece y empatiza con la familia».. Un elenco excepcional. A Júlia Mascort le acompaña un elenco de actores entre los que se encuentran Tomás del Estal, que hace de padre, un coronel jubilado al que aparentemente nada le importa y que, aunque nunca deja de estar, no asume toda su responsabilidad; Laura Weissmahr, Goya a la mejor actriz revelación en 2025, que hace de hermana mayor; y Sonia Almarcha, que interpreta a la madre con Alzheimer, otra de las joyas del filme. Para interpretar su papel, Almarcha ha conocido y estudiado durante más de cuatro meses «a personas con diferentes tipos de demencias frontotemporal –degenerativas- en estadios leves, moderados y avanzadas», así como a sus familiares e incluso el padre de Matute, que actualmente también está pasando por la enfermedad. Por ello, cuenta la actriz, «nada de lo que se muestra en la película es inventado», algo que, sin duda, se transmite todo el tiempo.. Matute construye así una historia que, en otro registro, podría ser un documental por su cuidado a la hora de representar la realidad. Una cinta cercana con la que es imposible no emocionarse, que muestra cómo una la familia, a pesar de la adversidad, se puede unir en su propia vulnerabilidad y que sirve como «referente» para todos los que sienten «la frustración, la culpa y la soledad» que deja tras de sí el drama de la dependencia.
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