Lola Herrera llega al Balneario de Alange. Por un momento, parece que empieza Muerte en Venezia de Luchino Visconti. Solo falta que suene la Quinta sinfonía de Mahler. Un reloj preside el hall del hotel. Lo vemos. Lo sentimos. Unas escaleras suben hacia las habitaciones. Las vemos. Las sentimos. Un patio muestra tantas puertas para tantos huéspedes. Lola Herrera camina hacia su habitación. La vemos. La sentimos. Con suspense. Con sensibilidad. Mientras, unas mujeres descienden a tomar el agua de la transparente piscina. Las vemos. Las sentimos. Juntas, caminan en diagonal perfecta. Son como Lola, encontrándose con la paz de no hacer nada después de una vida en la que debían hacer todo. Todo el rato. Sin tregua. Sin descanso.. Lola Herrera todavía no ha hablado. Y el programa de La Sexta ya nos ha trasladado a un mundo que nunca caducará en una televisión actual en la que poco trasciende el tiempo: la belleza de la historia narrada desde la serenidad. Que vemos. Que sentimos. Esto no es Muerte en Venezia, es la vida en expansión. La vida contagiosa, comprimida en dos horas de prime time que relajan, pues cuidan el color de la imagen, miman los contextos que enriquece el encuentro, protegen la escucha más que el impacto hueco.. Y empieza la conversación. Y todos callamos. Cada frase de Herrera es un titular inspirador por cuerdo, por curtido, por honesto. La propia cara de Évole nos representa esta vez como pocas: el disfrute de la admiración brotando en riguroso directo al conocer todo lo que no te esperabas de Lola Herrera. Una mujer con la inteligencia de no solo haber vivido una vida, sino también de haber interpretado y degustado tantas vidas. Hasta poder comprender mejor la suya. Y se nota en cómo se explica. Desde su primera frase en el programa – “Saber relajarse está muy bien, yo he tardado mucho en aprender a relajarme”- hasta una de las últimas: «Yo quiero ir al teatro viva, pero muerta que no me lleven-.. En una televisión en la que se habla mucho y se dice más bien poco, cada reflexión de Lola Herrera es un recuerdo valioso por útil. Como las grandes, no solo cuenta la anécdota: la viste de los matices, de esos detalles repletos de tirabuzones que construyen la realidad y que los necios nunca captan.. Así cuenta la fantasía de las cartas que le enviaba en aquellos años jóvenes un seductor Chicho Ibáñez Serrador y que, después, destruyó su marido en un ataque de celos. Así rememora los comienzos en los radioteatro de Radio Madrid, subrayando el impulso del padre de José María Aznar que tenía por entonces un buen cargo allí. Así expone la opresión de las mujeres, la inexistencia del divorcio y la huelga en la que se movilizaron las actrices para pelear por un día libre. Así, también, verbaliza que siempre ha votado socialista. Lo hace con una naturalidad que, paradójicamente, nos sorprende en una sociedad tan crispada. Ella, en cambio, lo explica desde la empatía que merma las susceptibilidades de las que se alimenta tanta tele de hoy.. Aunque el momento álgido es el repaso a Función de Noche de Josefina Molina. Évole introduce esta película documental, rodada en 1981, como el primer reality de nuestra historia. Lo es. En un cuarto con cámaras escondidas, se propició el encuentro de Lola con su ex marido, Daniel Dicenta, y se dejó que la conversación fluyera. El choque emocional de ambos supuso una catarsis para ellos y, a la vez, para la propia sociedad: educada en el tabú y no en la comunicación. No obstante, el país se quedó marcado con el instante en el que Lola Herrera verbalizó que fingió los orgasmos en su matrimonio. De nuevo, como en el 81, al rememorar esta obra, Herrera va más allá y se percata del servicio público que dio la visibilización de su dolor: “Valió la pena. Fue un grito que podía valer a alguien”, explica. “Lo único que he sentido mucho es que no le sirviera a Daniel para crecer”, añade.. “Vaya vida, Lola”, respira Évole. “Distraída”, responde ella. Televisión orgásmica sin estridencias, que hay que ver de principio a fin para entender. De hecho, dentro de cincuenta años, si estos programas se pueden encontrar en algún sitio, también este Lo de Lola Herrera se visionará de principio a fin. Porque es la belleza de las vidas reflexionadas sin necesidad de fanfarrias ni alborozos. Solo con la profundidad de la curiosidad hecha ideal que nunca deja de motivar los días que vendrán desde las emociones de los días que vinieron. La curiosidad que permite la vida distraída y, a la vez, despierta de Lola Herrera. Lo hemos visto. Lo hemos sentido.
Un programa que representa la televisión de servicio público.
20MINUTOS.ES – Televisión
Lola Herrera llega al Balneario de Alange. Por un momento, parece que empieza Muerte en Venezia de Luchino Visconti. Solo falta que suene la Quinta sinfonía de Mahler. Un reloj preside el hall del hotel. Lo vemos. Lo sentimos. Unas escaleras suben hacia las habitaciones. Las vemos. Las sentimos. Un patio muestra tantas puertas para tantos huéspedes. Lola Herrera camina hacia su habitación. La vemos. La sentimos. Con suspense. Con sensibilidad. Mientras, unas mujeres descienden a tomar el agua de la transparente piscina. Las vemos. Las sentimos. Juntas, caminan en diagonal perfecta. Son como Lola, encontrándose con la paz de no hacer nada después de una vida en la que debían hacer todo. Todo el rato. Sin tregua. Sin descanso.. Lola Herrera todavía no ha hablado. Y el programa de La Sexta ya nos ha trasladado a un mundo que nunca caducará en una televisión actual en la que poco trasciende el tiempo: la belleza de la historia narrada desde la serenidad. Que vemos. Que sentimos. Esto no es Muerte en Venezia, es la vida en expansión. La vida contagiosa, comprimida en dos horas de prime time que relajan, pues cuidan el color de la imagen, miman los contextos que enriquece el encuentro, protegen la escucha más que el impacto hueco.. Y empieza la conversación. Y todos callamos. Cada frase de Herrera es un titular inspirador por cuerdo, por curtido, por honesto. La propia cara de Évole nos representa esta vez como pocas: el disfrute de la admiración brotando en riguroso directo al conocer todo lo que no te esperabas de Lola Herrera. Una mujercon la inteligencia de no solo haber vivido una vida, sino también de haber interpretado y degustado tantas vidas. Hasta poder comprender mejor la suya. Y se nota en cómo se explica. Desde su primera frase en el programa – “Saber relajarse está muy bien, yo he tardado mucho en aprender a relajarme”- hasta una de las últimas: «Yo quiero ir al teatro viva, pero muerta que no me lleven-.. En una televisión en la que se habla mucho y se dice más bien poco, cada reflexión de Lola Herrera es un recuerdo valioso por útil. Como las grandes, no solo cuenta la anécdota: la viste de los matices, de esos detalles repletos de tirabuzones que construyen la realidad y que nos necios nunca captan.. Así cuenta la fantasía de las cartas que le enviaba un seductor Chicho Ibáñez Serrador y que destruyó su marido en un ataque de celos, rememora los comienzos en los radioteatro de Radio Madrid, subrayando el impulso del padre de José María Aznar que tenía por entonces un buen cargo allí, expone la opresión de las mujeres, la inexistencia del divorcio y la huelga en la que se movilizaron las actrices para pelear por un día libre. También verbaliza que siempre ha votado socialista. Lo hace con una naturalidad que, paradójicamente, nos sorprende en una sociedad tan crispada. Ella, en cambio, lo explica desde la empatía que convence. Que impide prender las susceptibilidades de las que se alimenta tanta tele de hoy.. Jordi Évole y Lola Herrera en el Balneario de Alange.Atresmedia. Aunque el momento álgido es el repaso a Función de Noche de Josefina Molina. Évole introduce esta película documental, rodada en 1981, como el primer reality de nuestra historia. Lo es. En un cuarto con cámaras escondidas, se propició el encuentro de Lola con su ex marido, Daniel Dicenta, y se dejó que la conversación fluyera. El choque emocional de ambos supuso una catarsis para ellos y, a la vez, para la propia sociedad: educada en el tabú y no en la comunicación. No obstante, el país se quedó marcado con el instante en el que Lola Herrera verbalizó que fingió los orgasmos en su matrimonio. De nuevo, como en el 81, al rememorar esta obra, Herrera va más allá y se percata del servicio público que dio la visibilización de su dolor: “Valió la pena. Fue un grito que podía valer a alguien”, explica. “Lo único que he sentido mucho es que no le sirviera a Daniel para crecer”, añade.. “Vaya vida, Lola”, respira Évole. “Distraída”, responde ella. Televisión orgásmica sin estridencias, que hay que ver de principio a fin para entender. De hecho, dentro de cincuenta años, si estos programas se pueden encontrar en algún sitio, también este Lo de Lola Herrera se visionará de principio a fin. Porque es la belleza de las vidas reflexionadas sin necesidad de fanfarrias ni alborozos. Solo con la profundidad de la curiosidad hecha ideal que nunca deja de motivar los días que vendrán desde las emociones de los días que vinieron. La curiosidad que permite la vida distraída y, a la vez, despierta de Lola Herrera. Lo hemos visto. Lo hemos sentido.
