Tras dedicarle toda una trilogía a principios de los 90 (‘El nacimiento de un Golem’, ‘El espíritu del exilio’ y ‘El jardín petrificado’, donde trabajó con Hanna Shygulla, Bernardo Bertolucci, Marisa Paredes, Annie Lennox y Samuel Fuller, entre otros), Amos Gitaï ha vuelto a la figura del Gólem con una pieza que estrenó el año pasado en La Colline de París y que trae ahora a los Teatros del Canal de Madrid (5, 6 y 7 de marzo).. Aquel trío de cintas fueron cuadernos basados en textos «que me permitieron observar las sociedades europea y rusa y comprender algo sobre el racismo» en dichas comunidades, comenta: «Transponer un texto arcaico que no tiene conexión con la actitud racista de una parte de la sociedad francesa me permitió construir una especie de parábola». Ahora, prosigue, «el espectáculo que se presentará en Madrid es una nueva forma de plantear la pregunta. Es una metáfora de las oleadas de racismo, antisemitismo y la necesidad de un salvador, el gólem. También es una metáfora de nuestra relación con la ciencia, este gólem que podría ayudar a la humanidad, al mundo, a progresar, un mundo que a veces se queda atrás… ¿Quizás el gólem pueda incluso traer la paz? Paz. Es una palabra poco utilizada en Oriente Medio».. Una historia que el escritor Isaac Bashevis Singer ya dedicó, en 1968, «a los perseguidos», firmaba quien se fijó en todos esos «oprimidos de todo el mundo»: jóvenes, ancianos, judíos y gentiles «con la loca esperanza de que el tiempo de las acusaciones injustas y los decretos inicuos algún día llegue a su fin». Y en referencia a ello, Gitaï toma la palabra: «La ambigüedad del Gólem radica en que puede ayudar a la comunidad tanto como destruirla. En la obra, me inspiro en Singer, quien presentó al Gólem como un salvador, un medio para combatir el antisemitismo y el racismo. Por eso abordamos, entre otras cosas, las acusaciones de libelo de sangre».. ¿Qué significa hoy la palabra «Gólem»?. «¿Cuál es su significado contemporáneo?», se pregunta (y responde) el cineasta: «Somos lo que somos. Con diferentes identidades, diferentes historias, diferentes orígenes. Y quizás esa sea nuestra victoria sobre los gólems, sobre la inteligencia artificial, sobre el poder tecnológico. Y para que la humanidad perdure, debemos aceptar esta multitud de existencias, una junto a la otra. Sin matarnos unos a otros. Simplemente construyendo puentes y, a veces, también fronteras para trabajar juntos. Porque para nosotros, como para Darwish, Pushkin o Szymborska, la literatura, el teatro o el arte son un espacio de resistencia».. Explica Gitaï que el papel esencial del trabajo artístico, ya desde los albores de los tiempos, «ha sido ser una especie de sanador, aunque con métodos muy peculiares. En sociedades en crisis, el papel de los artistas, que antes no se conocían con ese nombre, era encontrar maneras de comprender, comportarse y unirse. Esto es cierto en las sociedades paganas y monoteístas, aunque los procedimientos variaron enormemente. Hoy en día, usaríamos el término ‘acción cívica’. En cualquier caso, el arte no es una joya vacía y bonita. Debe interactuar con la realidad, no de forma didáctica ni doctrinal, sino abierta; debe invitar a las ideas, suscitar la reflexión y animar a la gente a pensar», defiende quien urge a «hablar de la memoria»: «Es un poderoso agente de cambio, a pesar de no tener un impacto directo y de que cineastas, escritores o pintores no pueden sustituir a los políticos. En la década de 1930, el ‘Guernica’ era más que una hermosa pintura. Fue un gesto cívico de un artista, Picasso, que, conmocionado por el bombardeo de la Luftwaffe a un pueblo vasco, decidió crear un cuadro sobre ello. Hoy admiramos la belleza de la obra, pero no debemos olvidar que Picasso se negó a permitir que se exhibiera en España durante la época de Franco. Esto demuestra que los artistas tienen la capacidad de imponer sanciones porque dejan huella».. No sabemos qué opinaría hoy el Nobel de Literatura (1978), Singer, al ver el panorama de este 2026, pero sí que Gitaï, que ya pisó este mismo escenario hace un año con ‘House’, le homenajea con una función que se detiene de nuevo en la figura legendaria de los textos cabalísticos, en una criatura de arcilla creada para proteger a la comunidad judía en respuesta a la persecución sufrida. Un ser hecho a partir del polvo de la montaña, de tierra virgen.. Una solución para todo tipo de problemas. De este modo relata la obra del israelí una leyenda que encuentra sus primeros pasos en el siglo III: «Un hombre va a la orilla del río. Tiene todo tipo de problemas en su vida, en su comunidad, debe enfrentarse a sus enemigos, hay miseria, problemas económicos… Así que, para afrontar esta situación, (…) quiere practicar una especie de magia… una especie de composición, una combinación matemática, para crear un ser artificial capaz de luchar contra la naturaleza, los enemigos, el odio, la miseria y todo lo demás».. Es la base de la civilización: desde la Edad de Hierro, los hombres han buscado herramientas para dominar la naturaleza, cultivar los campos, extender su brazo y luchar contra sus enemigos, construirse una casa y refugiarse… Y así, el mito habla «de la angustia y de la necesidad de crear un ser artificial para protegerse, y de la relación entre el ser humano y el ser artificial que ha creado», difunde el texto.. Una especie de robot, o de Frankenstein, para ayudar al hombre en todo tipo de tareas, como cualquier máquina. Pero claro, al ser una historia judía, cada viernes por la noche se le retira de la boca la palabra que hace que el Gólem funcione, «emet» («verdad»), para que descanse durante el Shabat -«como una tarjeta electrónica para una computadora de la época», defiende Gitaï-; hasta que un día el «monstruo» se vuelve incontrolable y empieza a destruirlo todo, a incendiar la comunidad, a descontrolarse… «Esta es nuestra relación con la tecnología, los desastres ecológicos y todas estas sofisticadas máquinas que los seres humanos hemos creado y que podrían acabar destruyendo a la humanidad; nos asfixiarán si no podemos controlarlas, si no podemos extraer el código secreto, la palabra sagrada en el momento oportuno».. Entre el mito y la realidad contemporánea. Así, con esta creación teatral, inspirada en un cuento infantil de Singer y aderezada con textos de Joseph Roth y Lamed Shapiro, más las propias biografías de los intérpretes (un reparto cosmopolita de actores y músicos de diversas lenguas, orígenes y tradiciones), el director superpone el mito a cuestiones contemporáneas sobre la relación entre creación y destrucción y entre progreso y desastre para levantar una parábola «sobre el destino de las minorías», apunta el programa de mano de un espectáculo en el que, sobre el escenario, se despliega un mosaico sensorial de historias y testimonios y en el que escucharán hasta nueve idiomas: yidis, ladino, alemán, francés, español, hebreo, árabe, inglés y ruso.. Asegura Gitaï que, tanto en el cine como en el teatro, incorpora textos literarios sin necesidad de versionarlos: «No se trata de una adaptación. Me interesa la cuestión de la interpretación. Se trata de la interpretación, de nuevos significados, de la confrontación con los antiguos, de las maneras de reforzar la memoria, de exponer contradicciones; todas estas son formas de interpretación». Para el israelí, los textos arcaicos «logran codificar y descifrar reflexiones humanas que siguen vigentes hoy en día». Y es así como él mismo se «conmueve» por la «gran sabiduría y observación de la naturaleza humana que data de una época en la que no contábamos con todos estos aparatos tecnológicos, todas estas máquinas que nos rodean y a las que atribuimos la capacidad de codificar y analizar los sentimientos humanos». Reflexiones sobre la humanidad que hoy siguen vigentes «en cuestiones de ética, deseo, naturaleza humana, forma narrativa, etc», enumera al tiempo que toma el cine y el teatro como los canales reinterpretar lo que dijeron nuestros antepasados.. Desde la diáspora judía. Pero, ¿qué dice el mito del Gólem si lo despojamos de la historia y la fábula? «Es una leyenda creada por comunidades judías en diáspora, discriminadas durante siglos», responde de un pueblo cuya identidad se ha caracterizado siempre por su diáspora. «Esto puede explicar la sensación de transitoriedad en sus asentamientos: parecen ser soluciones temporales. Esta idea de ‘arquitectura temporal’ también se ve reforzada por una condición social definida por restricciones legales, discriminación e incluso pogromos, una dislocación constante de las comunidades judías dentro de sociedades no judías durante siglos».. Y de vuelta a la mitología, el Gólem es una parábola que yacía latente en la cabeza de Gitaï. «¿Por qué? No lo sé», advierte. «Llevaba tiempo», afirma un hombre que intenta «comprender» de diferentes maneras el porqué de ese interés: «Quizá me resulte familiar», aunque no sepa «exactamente qué».. Cada obra para el director es «una obsesión» y dentro de él mismo intenta darle sentido a una sucesión de variables (sonidos, música, textos, imágenes…) que, explica, se organizan a modo de ecuación. Así, compara el proyecto con «un experimento químico»: «Si comparamos un espectáculo, una pintura, un texto, una pieza musical, una película, con una ecuación matemática compuesta por diferentes variables que se intercambian, modulan, enfatizan, atenúan, se colocan en presencia de elementos desconocidos, preguntas sorprendentes, cuestiones temáticas, en esta gran ecuación general, las variables danzan entre sí, se permutan y crean nuevos significados. Algunos elementos son constantes: estos elementos fijos, a veces repetitivos, se cuestionan al ubicarlos en un nuevo contexto. Algunos resurgen constantemente, dejan rastros una y otra vez, y su misma repetición les da un cierto color, una cierta connotación, pero situados de forma diferente».. LA TRISTEZA DE GITAÏ EN EL MUNDO ACTUAL. Para Gitaï, «vivimos un momento muy triste». Usa dos palabras para definir este 2026: «Brutalidad y sufrimiento». «Pero la historia no está predeterminada», indica. «A veces, los conflictos también abren caminos hacia las soluciones. Los europeos, que tanto han hecho por la civilización, tuvieron que destruir su propio continente y matar a millones para comprender que el desacuerdo no tiene por qué significar matarse unos a otros. Ha habido momentos mejores y peores. Estamos en el apogeo de la violencia, la destrucción y el odio. En este contexto, todo lo que el arte puede hacer es una labor cívica: recordarnos que el diálogo es posible y necesario, incluso cuando está completamente ausente de la vida real -continúa-. Una vez entrevisté al alcalde de Nablus, víctima de un ataque israelí de extrema derecha. Perdió las piernas. Le pregunté si era optimista o pesimista. Dijo: ‘Amos, ser pesimistas es un lujo que no podemos permitirnos’. Esa también es mi respuesta. Israelíes y palestinos deben encontrar la manera de convivir sin violencia», cierra el director.. Dónde: Teatros del Canal (Sala Roja), Madrid. Cuándo: hoy, mañana y pasado. Cuánto: desde 9 euros.
El director israelí regresa a Madrid, un año después de mostrar ‘House’ en los Teatros del Canal, para presentar su versión de ‘Gólem’ en este mismo escenario
Tras dedicarle toda una trilogía a principios de los 90 (‘El nacimiento de un Golem’, ‘El espíritu del exilio’ y ‘El jardín petrificado’, donde trabajó con Hanna Shygulla, Bernardo Bertolucci, Marisa Paredes, Annie Lennox y Samuel Fuller, entre otros), Amos Gitaï ha vuelto a la figura del Gólem con una pieza que estrenó el año pasado en La Colline de París y que trae ahora a los Teatros del Canal de Madrid (5, 6 y 7 de marzo).. Aquel trío de cintas fueron cuadernos basados en textos «que me permitieron observar las sociedades europea y rusa y comprender algo sobre el racismo» en dichas comunidades, comenta: «Transponer un texto arcaico que no tiene conexión con la actitud racista de una parte de la sociedad francesa me permitió construir una especie de parábola». Ahora, prosigue, «el espectáculo que se presentará en Madrid es una nueva forma de plantear la pregunta. Es una metáfora de las oleadas de racismo, antisemitismo y la necesidad de un salvador, el gólem. También es una metáfora de nuestra relación con la ciencia, este gólem que podría ayudar a la humanidad, al mundo, a progresar, un mundo que a veces se queda atrás… ¿Quizás el gólem pueda incluso traer la paz? Paz. Es una palabra poco utilizada en Oriente Medio».. Unahistoriaque el escritor Isaac Bashevis Singer ya dedicó, en 1968, «a los perseguidos», firmaba quien se fijó en todos esos «oprimidos de todo el mundo»: jóvenes, ancianos, judíos y gentiles «con la loca esperanza de que el tiempo de las acusaciones injustas y los decretos inicuos algún día llegue a su fin». Y en referencia a ello, Gitaï toma la palabra: «La ambigüedad del Gólem radica en que puede ayudar a la comunidad tanto como destruirla. En la obra, me inspiro en Singer, quien presentó al Gólem como un salvador, un medio para combatir el antisemitismo y el racismo. Por eso abordamos, entre otras cosas, las acusaciones de libelo de sangre».. ¿Qué significa hoy la palabra «Gólem»?. «¿Cuál es su significado contemporáneo?», se pregunta (y responde) el cineasta: «Somos lo que somos. Con diferentes identidades, diferentes historias, diferentes orígenes. Y quizás esa sea nuestra victoria sobre los gólems, sobre la inteligencia artificial, sobre el poder tecnológico. Y para que la humanidad perdure, debemos aceptar esta multitud de existencias, una junto a la otra. Sin matarnos unos a otros. Simplemente construyendo puentes y, a veces, también fronteras para trabajar juntos. Porque para nosotros, como para Darwish, Pushkin o Szymborska, la literatura, el teatro o el arte son un espacio de resistencia».. Explica Gitaï que el papel esencial del trabajo artístico, ya desde los albores de los tiempos, «ha sido ser una especie de sanador, aunque con métodos muy peculiares. En sociedades en crisis, el papel de los artistas, que antes no se conocían con ese nombre, era encontrar maneras de comprender, comportarse y unirse. Esto es cierto en las sociedades paganas y monoteístas, aunque los procedimientos variaron enormemente. Hoy en día, usaríamos el término ‘acción cívica’. En cualquier caso, el arte no es una joya vacía y bonita. Debe interactuar con la realidad, no de forma didáctica ni doctrinal, sino abierta; debe invitar a las ideas, suscitar la reflexión y animar a la gente a pensar», defiende quien urge a «hablar de la memoria»: «Es un poderoso agente de cambio, a pesar de no tener un impacto directo y de que cineastas, escritores o pintores no pueden sustituir a los políticos. En la década de 1930, el ‘Guernica’ era más que una hermosa pintura. Fue un gesto cívico de un artista, Picasso, que, conmocionado por el bombardeo de la Luftwaffe a un pueblo vasco, decidió crear un cuadro sobre ello. Hoy admiramos la belleza de la obra, pero no debemos olvidar que Picasso se negó a permitir que se exhibiera en España durante la época de Franco. Esto demuestra que los artistas tienen la capacidad de imponer sanciones porque dejan huella».. No sabemos qué opinaría hoy el Nobel de Literatura (1978), Singer, al ver el panorama de este 2026, pero sí que Gitaï, que ya pisó este mismo escenario hace un año con ‘House’, le homenajea con una función que se detiene de nuevo en la figura legendaria de los textos cabalísticos, en una criatura de arcilla creada para proteger a la comunidad judía en respuesta a la persecución sufrida. Un ser hecho a partir del polvo de la montaña, de tierra virgen.. Una solución para todo tipo de problemas. De este modo relata la obra del israelí una leyendaque encuentra sus primeros pasos en el siglo III: «Un hombre va a la orilla del río. Tiene todo tipo de problemas en su vida, en su comunidad, debe enfrentarse a sus enemigos, hay miseria, problemas económicos… Así que, para afrontar esta situación, (…) quiere practicar una especie de magia… una especie de composición, una combinación matemática, para crear un ser artificial capaz de luchar contra la naturaleza, los enemigos, el odio, la miseria y todo lo demás».. Es la base de la civilización: desde la Edad de Hierro, los hombres han buscado herramientas para dominar la naturaleza, cultivar los campos, extender su brazo y luchar contra sus enemigos, construirse una casa y refugiarse… Y así, el mito habla «de la angustia y de la necesidad de crear un ser artificial para protegerse, y de la relación entre el ser humano y el ser artificial que ha creado», difunde el texto.. Una especie de robot, o de Frankenstein, para ayudar al hombre en todo tipo de tareas, como cualquier máquina. Pero claro, al ser una historia judía, cada viernes por la noche se le retira de la boca la palabra que hace que el Gólem funcione, «emet» («verdad»),para que descanse durante el Shabat-«como una tarjeta electrónica para una computadora de la época», defiende Gitaï-; hasta queun día el «monstruo» se vuelve incontrolable y empieza a destruirlo todo, a incendiar la comunidad, a descontrolarse… «Esta es nuestra relación con la tecnología, los desastres ecológicos y todas estas sofisticadas máquinas que los seres humanos hemos creado y que podrían acabar destruyendo a la humanidad; nos asfixiarán si no podemos controlarlas, si no podemos extraer el código secreto, la palabra sagrada en el momento oportuno».. Entre el mito y la realidad contemporánea. Así, con esta creación teatral, inspirada en un cuento infantil de Singer yaderezada con textos de Joseph Roth y Lamed Shapiro, más las propias biografías de los intérpretes (un reparto cosmopolita de actores y músicos de diversas lenguas, orígenes y tradiciones), el directorsuperpone el mito a cuestiones contemporáneas sobre la relación entre creación y destrucción y entre progreso y desastre para levantar una parábola «sobre el destino de las minorías», apunta el programa de mano de un espectáculo en el que, sobre el escenario, se despliega un mosaico sensorial de historias y testimonios y en el que escucharán hasta nueve idiomas: yidis, ladino, alemán, francés, español, hebreo, árabe, inglés y ruso.. Asegura Gitaï que, tanto en el cine como en el teatro, incorpora textos literarios sin necesidad de versionarlos: «No se trata de una adaptación. Me interesa la cuestión de la interpretación. Se trata de la interpretación, de nuevos significados, de la confrontación con los antiguos, de las maneras de reforzar la memoria, de exponer contradicciones; todas estas son formas de interpretación». Para el israelí, los textos arcaicos «logran codificar y descifrar reflexiones humanas que siguen vigentes hoy en día». Y es así como él mismo se «conmueve»porla «gran sabiduría y observación de la naturaleza humana que data de una época en la que no contábamos con todos estos aparatos tecnológicos, todas estas máquinas que nos rodean y a las que atribuimos la capacidad de codificar y analizar los sentimientos humanos». Reflexiones sobre la humanidad que hoy siguen vigentes «en cuestiones de ética, deseo, naturaleza humana, forma narrativa, etc», enumera al tiempo que toma el cine y el teatro como los canalesreinterpretar lo que dijeron nuestros antepasados.. Desde la diáspora judía. Pero,¿qué dice el mito del Gólem si lo despojamos de la historia y la fábula? «Es una leyenda creada por comunidades judías en diáspora, discriminadas durante siglos», responde de un pueblo cuya identidad se ha caracterizado siempre por su diáspora. «Esto puede explicar la sensación de transitoriedad en sus asentamientos: parecen ser soluciones temporales. Esta idea de ‘arquitectura temporal’ también se ve reforzada por una condición social definida por restricciones legales, discriminación e incluso pogromos, una dislocación constante de las comunidades judías dentro de sociedades no judías durante siglos».. Y de vuelta a la mitología, el Gólem es una parábola que yacía latente en la cabeza de Gitaï. «¿Por qué? No lo sé», advierte. «Llevaba tiempo», afirma un hombre que intenta «comprender» de diferentes maneras el porqué de ese interés: «Quizáme resulte familiar», aunque no sepa «exactamente qué».. Cada obra para el director es «una obsesión» y dentro de él mismo intenta darle sentido a una sucesión de variables(sonidos, música, textos, imágenes…) que, explica, se organizan a modo de ecuación. Así, compara el proyecto con «un experimento químico»: «Si comparamos un espectáculo, una pintura, un texto, una pieza musical, una película, con una ecuación matemática compuesta por diferentes variables que se intercambian, modulan, enfatizan, atenúan, se colocan en presencia de elementos desconocidos, preguntas sorprendentes, cuestiones temáticas,en esta gran ecuación general, las variables danzan entre sí, se permutan y crean nuevos significados. Algunos elementos son constantes: estos elementos fijos, a veces repetitivos, se cuestionan al ubicarlos en un nuevo contexto. Algunos resurgen constantemente, dejan rastros una y otra vez, y su misma repetición les da un cierto color, una cierta connotación, pero situados de forma diferente».. LA TRISTEZA DE GITAÏ EN EL MUNDO ACTUAL. Para Gitaï, «vivimos un momento muy triste». Usa dos palabras para definir este 2026: «Brutalidad y sufrimiento». «Pero la historia no está predeterminada», indica. «A veces, los conflictos también abren caminos hacia las soluciones. Los europeos, que tanto han hecho por la civilización, tuvieron que destruir su propio continente y matar a millones para comprender que el desacuerdo no tiene por qué significar matarse unos a otros. Ha habido momentos mejores y peores. Estamos en el apogeo de la violencia, la destrucción y el odio. En este contexto, todo lo que el arte puede hacer es una labor cívica: recordarnos que el diálogo es posible y necesario, incluso cuando está completamente ausente de la vida real -continúa-. Una vez entrevisté al alcalde de Nablus, víctima de un ataque israelí de extrema derecha. Perdió las piernas. Le pregunté si era optimista o pesimista. Dijo: ‘Amos, ser pesimistas es un lujo que no podemos permitirnos’. Esa también es mi respuesta. Israelíes y palestinos deben encontrar la manera de convivir sin violencia», cierra el director.. Dónde: Teatros del Canal (Sala Roja), Madrid. Cuándo: hoy, mañana y pasado. Cuánto: desde 9 euros.
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