La Luna juega estos días al atardecer con una estrella cuando el Sol se acuesta por Occidente sobre la lona dura y azul de estos cielos que anuncian el verano. Largas tardes que se alzan por el reloj, repechando las horas y las manillas, casi buscando la medianoche en violetas y ocres hasta alcanzar el negro. Desde las azoteas, danzan los astros asegurando que ya llegan los días del buen tiempo, graciosa incongruencia del Sur donde a la ausencia de lluvias se le tocan las palmas aunque Mercurio lance azufre sobre nuestros cuerpos. Media España anda buscando hueco y sombra para ver un eclipse único en esos territorios que forman una banda cruzada sobre el pecho de España. Es cierto que somos los hijos depravados de civilizaciones solares, que nuestro ritmo vital lo marca el astro rey en el almanaque, pero siempre me ha interesado más la Luna y sus fases: por su ambigüedad, por su influjo en las mareas, por este esnobismo cutre y mío. Será porque nos deja mirarla sin dañarnos, tan sólo sintiendo melancolía por otras lunas favorables de nuestras vidas, por otras noches mejores del alma en la oscura soledad. Miren si les apetece este baile con Venus sabiendo ya que el tiempo que nos queda acortará los días mientras celebramos ebrios la alegría veraniega. El planeta surcará el firmamento y el contador de luz retrocederá minuto a minuto hasta llevarnos a la negrura de los meses postreros del calendario. Aprovechen, apuren el jugo a julio y agosto que se acercan con los frutos aún por madurar; jugando, ofreciendo prebendas y azares afortunados. Aprendan que, después de estas largas esperas hasta la noche, cuando los minutos dejen de estirarse de una punta a otra del reloj, abandonaremos la inmortalidad de los héroes para abrazar la corta agonía de los hombres. Abrid la puerta al engañoso estío.
«El planeta surcará el firmamento y el contador de luz retrocederá minuto a minuto hasta llevarnos a la negrura de los meses postreros del calendario»
La Luna juega estos días al atardecer con una estrella cuando el Sol se acuesta por Occidente sobre la lona dura y azul de estos cielos que anuncian el verano. Largas tardes que se alzan por el reloj, repechando las horas y las manillas, casi buscando la medianoche en violetas y ocres hasta alcanzar el negro. Desde las azoteas, danzan los astros asegurando que ya llegan los días del buen tiempo, graciosa incongruencia del Sur donde a la ausencia de lluvias se le tocan las palmas aunque Mercurio lance azufre sobre nuestros cuerpos. Media España anda buscando hueco y sombra para ver un eclipse único en esos territorios que forman una banda cruzada sobre el pecho de España. Es cierto que somos los hijos depravados de civilizaciones solares, que nuestro ritmo vital lo marca el astro rey en el almanaque, pero siempre me ha interesado más la Luna y sus fases: por su ambigüedad, por su influjo en las mareas, por este esnobismo cutre y mío. Será porque nos deja mirarla sin dañarnos, tan sólo sintiendo melancolía por otras lunas favorables de nuestras vidas, por otras noches mejores del alma en la oscura soledad. Miren si les apetece este baile con Venus sabiendo ya que el tiempo que nos queda acortará los días mientras celebramos ebrios la alegría veraniega. El planeta surcará el firmamento y el contador de luz retrocederá minuto a minuto hasta llevarnos a la negrura de los meses postreros del calendario. Aprovechen, apuren el jugo a julio y agosto que se acercan con los frutos aún por madurar; jugando, ofreciendo prebendas y azares afortunados. Aprendan que, después de estas largas esperas hasta la noche, cuando los minutos dejen de estirarse de una punta a otra del reloj, abandonaremos la inmortalidad de los héroes para abrazar la corta agonía de los hombres. Abrid la puerta al engañoso estío.
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