Cuando nos da por enhebrar el hilo de la memoria, que en llegando a cierta edad es una afición a la que es difícil sustraerse, recordamos a menudo las primeras veces, aquellas que señalaron una frontera o marcaron un hito, por pequeño que fuera, en el transcurso de nuestra vida: el primer día de escuela, el primer cigarro, el primer beso, el primer viaje en tren, la primera discoteca, el primer trabajo (y el primer sueldo), la primera noche fuera de casa, el primer amor… Y para los de mi generación de final de posguerra, la primera vez que salimos al extranjero; y si además campesina, la primera vez que vimos la televisión; y si encima también mesetaria, la primera vez que vimos el mar.. Las primeras veces (y que cada cual añada las que eche en falta), que son la fuente de esas corrientes líricas y nostálgicas de las que se nutre luego por largo tiempo el sentimiento adulto, tan necesitado de mirarse en el espejo retrovisor, ayudaron a completar nuestra formación en los años de aprendizaje, los de la infancia y primera juventud.. Y por contraste con ellas, que en su día se vivieron como una celebración, por representar una conquista, una aspiración cumplida, o simplemente una novedad, la sucesión de despedidas (de últimas veces, podría decirse) que puntean después nuestra existencia.. Porque nos pasamos la vida diciendo adiós y despidiéndonos, conscientemente algunas veces, cuando la separación se presume definitiva, y de forma inconsciente, que es lo que sucede casi siempre, cuando es rutinaria y temporal.. Nos despedimos del día que acaba, porque ninguno se repite, no hay dos días iguales (pero no lo hacemos como los pájaros, cantando y celebrando el seguir vivos); del libro que hemos terminado de leer; de la casa en la que hemos pasado las vacaciones; del paisaje al que se han acostumbrado nuestros ojos; del camino que nos ha llevado a algún paraje… “Cada uno de tus días es una despedida”, dice un verso de Miguel d’Ors.. Y en todas las despedidas hay algo de recuento o recordatorio de lo que hemos dejado atrás. Es lo que hacemos, por ejemplo, al despedir el año, cuando se repasan los acontecimientos que en él han ocurrido. Es ese un recordatorio en el que nos fiamos de lo que nos han contado, porque no intervenimos nosotros, no fuimos protagonistas; y si hay olvidos, tergiversaciones o engaños en el recuento no es culpa nuestra. Si la despedida, en cambio, es más personal, porque atañe únicamente a alguna parcela o rincón de nuestra vida, al recontar o recordar incluimos siempre, es inevitable, lo que pudo ser y no fue, lo que pudimos hacer y no hicimos, lo que relegamos o desdeñamos o descartamos. Y nos sobrevendrá entonces un sentimiento de pesar, y el temor de habernos equivocado, el escrúpulo de haber escogido mal.. Que ustedes se despidan bien del año viejo.
«Cada uno de tus días es una despedida», dice un verso de Miguel d’Ors
Cuando nos da por enhebrar el hilo de la memoria, que en llegando a cierta edad es una afición a la que es difícil sustraerse, recordamos a menudo las primeras veces, aquellas que señalaron una frontera o marcaron un hito, por pequeño que fuera, en el transcurso de nuestra vida: el primer día de escuela, el primer cigarro, el primer beso, el primer viaje en tren, la primera discoteca, el primer trabajo (y el primer sueldo), la primera noche fuera de casa, el primer amor… Y para los de mi generación de final de posguerra, la primera vez que salimos al extranjero; y si además campesina, la primera vez que vimos la televisión; y si encima también mesetaria, la primera vez que vimos el mar.. Las primeras veces (y que cada cual añada las que eche en falta), que son la fuente de esas corrientes líricas y nostálgicas de las que se nutre luego por largo tiempo el sentimiento adulto, tan necesitado de mirarse en el espejo retrovisor, ayudaron a completar nuestra formación en los años de aprendizaje, los de la infancia y primera juventud.. Y por contraste con ellas, que en su día se vivieron como una celebración, por representar una conquista, una aspiración cumplida, o simplemente una novedad, la sucesión de despedidas (de últimas veces, podría decirse) que puntean después nuestra existencia.. Porque nos pasamos la vida diciendo adiós y despidiéndonos, conscientemente algunas veces, cuando la separación se presume definitiva, y de forma inconsciente, que es lo que sucede casi siempre, cuando es rutinaria y temporal.. Nos despedimos del día que acaba, porque ninguno se repite, no hay dos días iguales (pero no lo hacemos como los pájaros, cantando y celebrando el seguir vivos); del libro que hemos terminado de leer; de la casa en la que hemos pasado las vacaciones; del paisaje al que se han acostumbrado nuestros ojos; del camino que nos ha llevado a algún paraje… “Cada uno de tus días es una despedida”, dice un verso de Miguel d’Ors.. Y en todas las despedidas hay algo de recuento o recordatorio de lo que hemos dejado atrás. Es lo que hacemos, por ejemplo, al despedir el año, cuando se repasan los acontecimientos que en él han ocurrido. Es ese un recordatorio en el que nos fiamos de lo que nos han contado, porque no intervenimos nosotros, no fuimos protagonistas; y si hay olvidos, tergiversaciones o engaños en el recuento no es culpa nuestra. Si la despedida, en cambio, es más personal, porque atañe únicamente a alguna parcela o rincón de nuestra vida, al recontar o recordar incluimos siempre, es inevitable, lo que pudo ser y no fue, lo que pudimos hacer y no hicimos, lo que relegamos o desdeñamos o descartamos. Y nos sobrevendrá entonces un sentimiento de pesar, y el temor de habernos equivocado, el escrúpulo de haber escogido mal.. Que ustedes se despidan bien del año viejo.
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