Cuando por fin pude comprar un piso, mi generación tenía muchas más posibilidades que los jóvenes de ahora, pensé mucho en el entorno. Como por mi trabajo teatral, y sin carné de conducir, no podía vivir en algún pueblecito cercano, opté por un piso que no diera a la calle y tuviera alguna zona verde cercana. Renuncié al paisaje a cambio del silencio y compré una vivienda que da a un patio de manzana. Pues bien, ni con esas se consigue la calma. En invierno con doble cristal solo se oyen rumores, pero cuando llega el buen tiempo y puedes abrir ventanas, una chicharra incansable llena mi casa de tensión. Las voces de los vecinos no me molestan, es algo humano, pero esos martillos eléctricos taladran el espíritu. Dicho esto, reconozco que lo mío no es nada en comparación con la mayoría de otros pobres ciudadanos sin posibilidad de elegir y acosados por un medio ambiente totalmente nefasto para la salud. Fíjense que dicen los expertos que el barrio donde vives, si tiene mal ambiente, te aboca a un cansancio persistente e, incluso, a enfermedades muy duras para la vida. Los pobres, como siempre, lo tienen peor, al entorno contaminado se unen infraviviendas toxicas, qué duro. Pero lo que más me asombra es la falta de conciencia que la mayoría tiene de estos males. Muy pocos, según las encuestas, se quejan del ruido ensordecedor de las ciudades con sus máquinas a tope y sus habitantes sordos y gritones. Es más, nos hemos acostumbrado tanto a los ruidos artificiales que hay más quejas de los sonidos de la naturaleza. Acabo de leer que en un pueblecito francés un nuevo habitante llegado de la ciudad denuncio a un gallo, Kiki, por sus cantos mañaneros. Afortunadamente el gallo podrá seguir cantando por ley. A los urbanitas que se jubilan en pueblos les molesta más el canto de las ranas que el motor del cortacésped. Qué locura, ¿no? Parece que nuestro sistema sensorial se hubiese pervertido. Pero es que los motores lo impulsan todo, menos el alma.
Nos hemos acostumbrado tanto a los ruidos artificiales que hay más quejas de los sonidos de la naturaleza
Cuando por fin pude comprar un piso, mi generación tenía muchas más posibilidades que los jóvenes de ahora, pensé mucho en el entorno. Como por mi trabajo teatral, y sin carné de conducir, no podía vivir en algún pueblecito cercano, opté por un piso que no diera a la calle y tuviera alguna zona verde cercana. Renuncié al paisaje a cambio del silencio y compré una vivienda que da a un patio de manzana. Pues bien, ni con esas se consigue la calma. En invierno con doble cristal solo se oyen rumores, pero cuando llega el buen tiempo y puedes abrir ventanas, una chicharra incansable llena mi casa de tensión. Las voces de los vecinos no me molestan, es algo humano, pero esos martillos eléctricos taladran el espíritu. Dicho esto, reconozco que lo mío no es nada en comparación con la mayoría de otros pobres ciudadanos sin posibilidad de elegir y acosados por un medio ambiente totalmente nefasto para la salud. Fíjense que dicen los expertos que el barrio donde vives, si tiene mal ambiente, te aboca a un cansancio persistente e, incluso, a enfermedades muy duras para la vida. Los pobres, como siempre, lo tienen peor, al entorno contaminado se unen infraviviendas toxicas, qué duro. Pero lo que más me asombra es la falta de conciencia que la mayoría tiene de estos males. Muy pocos, según las encuestas, se quejan del ruido ensordecedor de las ciudades con sus máquinas a tope y sus habitantes sordos y gritones. Es más, nos hemos acostumbrado tanto a los ruidos artificiales que hay más quejas de los sonidos de la naturaleza. Acabo de leer que en un pueblecito francés un nuevo habitante llegado de la ciudad denuncio a un gallo, Kiki, por sus cantos mañaneros. Afortunadamente el gallo podrá seguir cantando por ley. A los urbanitas que se jubilan en pueblos les molesta más el canto de las ranas que el motor del cortacésped. Qué locura, ¿no? Parece que nuestro sistema sensorial se hubiese pervertido. Pero es que los motores lo impulsan todo, menos el alma.
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