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  Cultura  Una Rosalía celestial hace levitar Madrid
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Una Rosalía celestial hace levitar Madrid

31 de marzo de 2026
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Cuando Rosalía salió al escenario del Movistar Arena ante casi 15.000 personas, prácticamente todas creían que sabían lo que iba a pasar. En estos tiempos dominados por las redes sociales, conocíamos el repertorio con exactitud, las coreografías más espectaculares ya habían sido filmadas y los cambios de vestuario diseccionados en fotografías hasta la saciedad. La milimétrica y esperadísima gira de la artista catalana había sido destripada de forma inclemente por miles de fans que, esperemos, no se limitasen a capturar un pálido reflejo de su poderío con la cámara del teléfono. Así, la mayoría podíamos pensar que, conociendo los puntos, unirlos para desvelar la figura de los acontecimientos era pan comido, quizá un mero atajo hacia el espectáculo. Bueno, quien pensase así, estaba completamente equivocado. Porque, paradójicamente, si algo quedó demostrado (de nuevo) anoche, en la primera parada de la artista catalana en Madrid y la primera de sus ocho noches en España, es que Rosalía no es solo una intérprete descomunal, es una médium capaz de someter con su energía y un torrente de emoción a quienes estaban allí para contemplar un viaje pop espiritual. En plena Semana Santa, la capital procesiona al Movistar Arena, donde incluso se meció un inmenso botafumeiro con luces estroboscópicas: techno consagrado.. En los minutos previos a su aparición, una audiencia llamativa y masivamente vestida de blanco celestial, como parte de un culto secreto, disfrutaba de Vivaldi y diversas sinfonías en hilo musical. Incluso podían verse entre el público coronas de santo y santa luminosas. La performance necesitaba ser completada por sus fieles para tener sentido completo. Desde el comienzo de su carrera, Rosalía entiende la música como un impulso conceptual, un acto performativo que se expresa, capa sobre capa, con toda su ambición. Late de fondo una preocupación, un tema. Sobre ella, se construye una forma, un sonido que busca desde diferentes tonos y vibraciones respuestas a la pregunta primera. Por último, las cosas deben vivirse en directo con una puesta en escena que potencia el mensaje. Así, en «Lux», el último y archiconocido trabajo de la catalana, a la pregunta de si hay un Dios que nos contempla se proponen 15 aproximaciones, nunca respuestas, en sus diversas formas: del bel canto al techno, del bolero al flamenco. Cada género tiene su temple y su tono y la catalana los ejecuta todos como nadie puede en este planeta. Porque ese es el tercer escalón hacia el cielo, el Evangelio según Rosalía: la misa del directo, el trance y el éxtasis. De sus únicas cualidades interpretativas dice mucho una última polémica viral: ¿hace playback Rosalía? ¿Es posible acaso cantar como los ángeles y moverse a la vez como poseída por algún espíritu? La respuesta es que sí, aunque sea difícil creerlo. Y esto nos coloca en la antesala de otra cuestión: el baile, ese acto denostado para quienes piensan la música en lugar de sentirla. No son pocos los que ven en esas coreografías perfectas una debilidad. Ella las entiende como la prueba final, como las bailaoras, de que la muerte, la vida, el amor y Dios pueden expresarse con los codos, las manos y, especialmente, la cadera. No intenten pensarlo ni sentirlo en la pantalla de un teléfono. Rosalía buscó el ascenso en una «rave» y en un perreo lo llevó a la tierra, a la carne pecadora.. Porque, al margen de toda esta teoría, resulta difícil de explicar el poderío, la fuerza telúrica y salvaje de su presencia. El suyo es un magnetismo alienígena, una potencia que rasga el aire. El de anoche fue un espectáculo desmesurado, perfecto. Como presenciar veinte capítulos finales de temporada de una superproducción de HBO. Como un AK 47 en el silencio de la Antártida. Rosalía se ciñó al guion establecido porque lo suyo no es un concierto, es un manifiesto. Emergió de una caja de madera, como una caja de música de esas que funcionan a cuerda, delante de un telón gigante como un lienzo. Llevaba un tutú blanco que recordaba a una bailarina impresionista, una figura de Degas, en toda su ligereza existencial. Y avanzó «en pointe» sobre el pianísimo para «Sexo, violencia y llantas»: «Quién pudiera vivir entre los dos / primero amar el mundo y luego amar a Dios», recitó como el primer peldaño de una escalera hacia el cielo en medio de una ovación atronadora. Después dio paso a una de las joyas del trabajo, «Reliquia», en la que hace un recorrido vital y mundano por los escenarios de su vida, algunos de cegadora belleza, otros de insoportable tedio, de una vida que avanza a 200 kilómetros por hora recién iniciada la treintena. Ambas piezas, de una sobriedad clásica, juegan con lo museístico, con lo canónico, pero se desatan en el presente, después de borrar las fronteras con el pop. Ella es quien toma las decisiones artísticas, ella es su propia productora, su deus ex machina. Explora los caminos de la santidad pero no obedece al dictado de nadie, irónicamente. En «Divinize», por ejemplo, experimenta una pasión casi erótica, cual Santa Teresa moderna.. “Estoy muy feliz de estar aquí. La semana pasada he estado un poco delicadillla de salud, pero estoy mejor. Me encanta haber vuelto. Hace más de una década que vengo y es una ciudad que quiero mucho. Vine a cantar a Casa Patas y sentí el duende como en ningún otro lugar», dijo entre lágrimas. “Las vueltas que da la vida”, balbuceó, y empezó a sonarse los mocos con esa naturalidad desarmante. “¿Tengo el pelo bien puesto, sí o no?”, dijo cambiando de tercio con una manoletina. Y arrancó “Mio Cristo piange diamanti” con los ojos brillantes de lágrimas como dos luceros. Fue una interpretación sobrenatural, como ya quisieran las sopranos en toda su perfección lírica y gélida. Por cierto, ¿han visto llorar a muchos intérpretes en el Teatro Real? Rosalía es puro temperamento, un caballo herido atravesando una llanura.. Un concierto de museo. “Berghain” (remix) reveló la cara salvaje de Rosalía como si no hiciera tres minutos que la hubiéramos visto sangrar por el costado como una mártir. Terminó y ella respiraba como si acabase de cometer un homicidio. “¡Madrid! ¿Cómo vamos? ¿Quién tiene energía para seguir bailando? Pues vámonos”. Llegaba “Saoko” y ella se transformó en el mismo demonio, la tentación en carne femenina. Descarada, de negro, blandiendo el dedo corazón ante la cámara. A través de la puesta en escena, el trabajo adquiere una vertiente que no aparece en el disco: el arte y la pintura como referentes de la búsqueda, como resortes para desencadenar el espíritu, como puertas de acceso a lo sublime. Además de su transformación en bailarina impresionista, su cuerpo de baile imita un segundo de «El Aquelarre» de Goya, guiños a Picasso y la mitología, y en todo momento la escenografía juega con lienzos y marcos de cuadros, donde su rostro queda resaltado como una obra de arte efímera, como una Gioconda con micrófono.. Por cierto que, por si las espectaculares coreografías –creadas por el colectivo francés (La) Horde– podían despistar al espectador, Rosalía quiere que el mensaje llegue. A pesar del acento visual de la gira, no se descuidan las letras, las palabras importan. Por eso, y porque escribió un disco en 13 idiomas, la gira incluye, como se hace en la ópera o en el teatro, unos rótulos con los textos que canta, para que se graben en las retinas de los espectadores cerrando el círculo de su obra visionaria. A Rosalía siempre le han puesto peros. Canta flamenco pero no es gitana, tiene temazos pero ¿los hace ella o un productor (varón)?; ¿hace reguetón? enorme «pero» en sí mismo. El último de esos argumentitos era: canta muy bien, pero no hay músicos en directo. Después de haber desmontado, uno por uno, todas las adversativas a lo largo de su vida, anoche se presentó con orquesta (Heritage) y directora incluida. Y bases pregrabadas, evidentemente, algo sigue escandalizando a quienes se quedaron a vivir hace ya unas cuantas décadas. Pero ya no hay quien la conteste.. A lo largo de los cuatro actos del show, Rosalía explora las vertientes operísticas y teatrales pero también integra el baile de «Motomami» en el segundo acto, inaugurado por «Berghain». Lo que ha desaparecido del repertorio es su primer amor, el flamenco (excepción hecha de «El redentor», de su primer trabajo, Los Ángeles). Volverá al flamenco porque nunca se ha ido, late, por ejemplo, en el fondo de «De madrugá», pero la sonoridad de los temas bailables de su tercer trabajo (como «Saoko», «La fama» y «La Combi Versace», presentes en esta gira), encajan mejor en la visión de este álbum. De alguna manera, «Sexo, violencia y llantas» remite al universo de «El mal querer» y «La Perla» podría haber sido un tema más de «Motomami». Pero el flamenco sigue ahí: cuando cantó “La rumba del perdón” con la orquesta de 20 instrumentistas, sonó como si Las Grecas se hubieran enchufado a la muralla de amplis Marshall de ACDC.. Montó un confesionario en directo. También se interesó por una fan de la primera fila, después de que ella anunciara que “no tiene vicios”. Eugenia, así se llamaba, le contestó a voces: «¿Sabes por qué no tienes vicios? Porque el vicio eres tú”. Y todo el mundo se partió de la risa.Hubo, incluso, tiempo para las versiones: la de «Can’t Take My Eyes Of You», de Frankie Valli y hasta un amago de «Sweet Dreams (Are Made of This)» en la euforia techno. Porque, como anunciábamos, hizo su aparición estelar el botafumeiro techno en “CUUUuuuute”. En no pocos momentos, el concierto parecía una sucesión de ideas obtenidas tras pronunciar la frase: “¿a que no hay ovarios a…?”. “Bizcochito” y “Despechá” convirtieron el Movistar Arena en un bachatódromo. Ardían los pies y las caderas, las sonrisas eran inmensas… Rosalía dijo: «Madrid, veo que os gusta el mambo. Que viva el mambo dominicano y el flamenco y todas las músicas. No quiero irme sin antes daros las gracias. Me estoy gozando esta noche y no me voy a olvidar de esta”. Quedaba “Novia robot” y “Focu ‘ranni” antes de un epílogo de “Magnolias”, el funeral de la artista. Rosalía se encontraba un par de palmos sobre el suelo. Puede que también nosotros.

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La artista catalana enloquece al Movistar Arena en su primera parada de la gira de presentación de «Lux» en plena Semana Santa: la Pasión según Rosalía

  

Cuando Rosalía salió al escenario del Movistar Arena ante casi 15.000 personas, prácticamente todas creían que sabían lo que iba a pasar. En estos tiempos dominados por las redes sociales, conocíamos el repertorio con exactitud, las coreografías más espectaculares ya habían sido filmadas y los cambios de vestuario diseccionados en fotografías hasta la saciedad. La milimétrica y esperadísima gira de la artista catalana había sido destripada de forma inclemente por miles de fans que, esperemos, no se limitasen a capturar un pálido reflejo de su poderío con la cámara del teléfono. Así, la mayoría podíamos pensar que, conociendo los puntos, unirlos para desvelar la figura de los acontecimientos era pan comido, quizá un mero atajo hacia el espectáculo. Bueno, quien pensase así, estaba completamente equivocado. Porque, paradójicamente, si algo quedó demostrado (de nuevo) anoche, en la primera parada de la artista catalana en Madrid y la primera de sus ocho noches en España, es que Rosalía no es solo una intérprete descomunal, es una médium capaz de someter con su energía y un torrente de emoción a quienes estaban allí para contemplar un viaje pop espiritual. En plena Semana Santa, la capital procesiona al Movistar Arena, donde incluso se meció un inmenso botafumeiro con luces estroboscópicas: techno consagrado.. En los minutos previos a su aparición, una audiencia llamativa y masivamente vestida de blanco celestial, como parte de un culto secreto, disfrutaba de Vivaldi y diversas sinfonías en hilo musical. Incluso podían verse entre el público coronas de santo y santa luminosas. La performance necesitaba ser completada por sus fieles para tener sentido completo. Desde el comienzo de su carrera, Rosalía entiende la música como un impulso conceptual, un acto performativo que se expresa, capa sobre capa, con toda su ambición. Late de fondo una preocupación, un tema. Sobre ella, se construye una forma, un sonido que busca desde diferentes tonos y vibraciones respuestas a la pregunta primera. Por último, las cosas deben vivirse en directo con una puesta en escena que potencia el mensaje. Así, en «Lux», el último y archiconocido trabajo de la catalana, a la pregunta de si hay un Dios que nos contempla se proponen 15 aproximaciones, nunca respuestas, en sus diversas formas: del bel canto al techno, del bolero al flamenco. Cada género tiene su temple y su tono y la catalana los ejecuta todos como nadie puede en este planeta. Porque ese es el tercer escalón hacia el cielo, el Evangelio según Rosalía: la misa del directo, el trance y el éxtasis. De sus únicas cualidades interpretativas dice mucho una última polémica viral: ¿hace playback Rosalía? ¿Es posible acaso cantar como los ángeles y moverse a la vez como poseída por algún espíritu? La respuesta es que sí, aunque sea difícil creerlo. Y esto nos coloca en la antesala de otra cuestión: el baile, ese acto denostado para quienes piensan la música en lugar de sentirla. No son pocos los que ven en esas coreografías perfectas una debilidad. Ella las entiende como la prueba final, como las bailaoras, de que la muerte, la vida, el amor y Dios pueden expresarse con los codos, las manos y, especialmente, la cadera. No intenten pensarlo ni sentirlo en la pantalla de un teléfono. Rosalía buscó el ascenso en una «rave» y en un perreo lo llevó a la tierra, a la carne pecadora.. Porque, al margen de toda esta teoría, resulta difícil de explicar el poderío, la fuerza telúrica y salvaje de su presencia. El suyo es un magnetismo alienígena, una potencia que rasga el aire. El de anoche fue un espectáculo desmesurado, perfecto. Como presenciar veinte capítulos finales de temporada de una superproducción de HBO. Como un AK 47 en el silencio de la Antártida. Rosalía se ciñó al guion establecido porque lo suyo no es un concierto, es un manifiesto. Emergió de una caja de madera, como una caja de música de esas que funcionan a cuerda, delante de un telón gigante como un lienzo. Llevaba un tutú blanco que recordaba a una bailarina impresionista, una figura de Degas, en toda su ligereza existencial. Y avanzó «en pointe» sobre el pianísimo para «Sexo, violencia y llantas»: «Quién pudiera vivir entre los dos / primero amar el mundo y luego amar a Dios», recitó como el primer peldaño de una escalera hacia el cielo en medio de una ovación atronadora. Después dio paso a una de las joyas del trabajo, «Reliquia», en la que hace un recorrido vital y mundano por los escenarios de su vida, algunos de cegadora belleza, otros de insoportable tedio, de una vida que avanza a 200 kilómetros por hora recién iniciada la treintena. Ambas piezas, de una sobriedad clásica, juegan con lo museístico, con lo canónico, pero se desatan en el presente, después de borrar las fronteras con el pop. Ella es quien toma las decisiones artísticas, ella es su propia productora, su deus ex machina. Explora los caminos de la santidad pero no obedece al dictado de nadie, irónicamente. En «Divinize», por ejemplo, experimenta una pasión casi erótica, cual Santa Teresa moderna.. “Estoy muy feliz de estar aquí. La semana pasada he estado un poco delicadillla de salud, pero estoy mejor. Me encanta haber vuelto. Hace más de una década que vengo y es una ciudad que quiero mucho. Vine a cantar a Casa Patas y sentí el duende como en ningún otro lugar», dijo entre lágrimas. “Las vueltas que da la vida”, balbuceó, y empezó a sonarse los mocos con esa naturalidad desarmante. “¿Tengo el pelo bien puesto, sí o no?”, dijo cambiando de tercio con una manoletina. Y arrancó “Mio Cristo piange diamanti” con los ojos brillantes de lágrimas como dos luceros. Fue una interpretación sobrenatural, como ya quisieran las sopranos en toda su perfección lírica y gélida. Por cierto, ¿han visto llorar a muchos intérpretes en el Teatro Real? Rosalía es puro temperamento, un caballo herido atravesando una llanura.. “Berghain” (remix) reveló la cara salvaje de Rosalía como si no hiciera tres minutos que la hubiéramos visto sangrar por el costado como una mártir. Terminó y ella respiraba como si acabase de cometer un homicidio. “¡Madrid! ¿Cómo vamos? ¿Quién tiene energía para seguir bailando? Pues vámonos”. Llegaba “Saoko” y ella se transformó en el mismo demonio, la tentación en carne femenina. Descarada, de negro, blandiendo el dedo corazón ante la cámara. Por cierto que, por si las espectaculares coreografías –creadas por el colectivo francés (La) Horde– podían despistar al espectador, Rosalía quiere que el mensaje llegue. De hecho, a través de la puesta en escena, el trabajo adquiere una vertiente que no aparece en el disco: el arte y la pintura como referentes de la búsqueda, como resortes para desencadenar el espíritu, como puertas de acceso a lo sublime. Además de su transformación en bailarina impresionista, su cuerpo de baile imita un segundo de «El Aquelarre» de Goya, guiños a Picasso y la mitología, y en todo momento la escenografía juega con lienzos y marcos de cuadros, donde su rostro queda resaltado como una obra de arte efímera, como una Gioconda con micrófono. Y la palabra de Rosalía: a pesar del acento visual de la gira, no se descuidan las letras, las palabras importan. Por eso, y porque escribió un disco en 13 idiomas, la gira incluye, como se hace en la ópera o en el teatro, unos rótulos con los textos que canta, para que se graben en las retinas de los espectadores cerrando el círculo de su obra visionaria. A Rosalía siempre le han puesto peros. Canta flamenco pero no es gitana, tiene temazos pero ¿los hace ella o un productor (varón)?; ¿hace reguetón? enorme «pero» en sí mismo. El último de esos argumentitos era: canta muy bien, pero no hay músicos en directo. Después de haber desmontado, uno por uno, todas las adversativas a lo largo de su vida, anoche se presentó con orquesta (Heritage) y director incluido. Y bases pregrabadas, evidentemente, algo sigue escandalizando a quienes se quedaron a vivir hace ya unas cuantas décadas. Pero ya no hay quien la conteste.. A lo largo de los cuatro actos del show, Rosalía explora las vertientes operísticas y teatrales pero también integra el baile de «Motomami» en el segundo acto, inaugurado por «Berghain». Lo que ha desaparecido del repertorio es su primer amor, el flamenco (excepción hecha de «El redentor», de su primer trabajo, Los Ángeles). Volverá al flamenco porque nunca se ha ido, late, por ejemplo, en el fondo de «De madrugá», pero la sonoridad de los temas bailables de su tercer trabajo (como «Saoko», «La fama» y «La Combi Versace», presentes en esta gira), encajan mejor en la visión de este álbum. De alguna manera, «Sexo, violencia y llantas» remite al universo de «El mal querer» y «La Perla» podría haber sido un tema más de «Motomami». Pero el flamenco sigue latiendo: cuando cantó “La rumba del perdón” con la orquesta de 20 instrumentistas, sonó como si Las Grecas se hubieran enchufado a la muralla de amplis Marshall de ACDC. Montó un confesionario en directo. También se interesó por una fan de la primera fila, después de que ella anunciara que “no tiene vicios”. Eugenia, así se llamaba, le contestó a voces: «¿Sabes por qué no tienes vicios? Porque el vicio eres tú”. Y todo el mundo se partió de la risa.. Hubo, incluso, tiempo para las versiones: la de «Can’t Take My Eyes Of You», de Frankie Valli y hasta un amago de «Sweet Dreams (Are Made of This)» en la euforia techno. Porque, como anunciábamos, hizo su aparición estelar el botafumeiro techno en “CUUUuuuute”. En no pocos momentos, el concierto parecía una sucesión de ideas obtenidas tras pronunciar la frase: “¿a que no hay ovarios a…?”. “Bizcochito” y “Despechá” convirtieron el Movistar Arena en un bachatódromo. Ardían los pies y las caderas, las sonrisas eran inmensas… Rosalía dijo: «Madrid, veo que os gusta el mambo. Que viva el mambo dominicano y el flamenco y todas las músicas. No quiero irme sin antes daros las gracias. Me estoy gozando esta noche y no me voy a olvidar de esta”. Quedaba “Novia robot” y “Focu ‘ranni” antes de un epílogo de “Magnolias”, el funeral de la artista. Rosalía se encontraba un par de palmos sobre el suelo. Puede que también nosotros.

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