Hay una experiencia elemental que atraviesa la historia espiritual de la humanidad: el estupor. Antes incluso de formular una doctrina o una confesión de fe, el ser humano se ha detenido ante la belleza. Ante el cielo, la música, la armonía de una proporción, la luz que atraviesa una vidriera o la potencia simbólica de una arquitectura capaz de elevar la mirada. Durante siglos, precisamente ahí, en la belleza, la fe encontró uno de sus lenguajes más universales.. Bastaría una prueba muy sencilla para constatarlo. Si un visitante entrara hoy en cualquier pinacoteca europea, o incluso americana, sin conocer nada de la Biblia, difícilmente comprendería una gran parte de las obras expuestas. La historia del arte occidental está atravesada por el relato bíblico, por los símbolos cristianos, por la tensión hacia lo trascendente. La relación entre fe y arte no fue un episodio marginal, constituyó uno de los grandes ejes culturales de Europa.. Los propios artistas eran plenamente conscientes de ello. En los estatutos de los pintores sieneses del siglo XIV se afirmaba que su misión consistía en mostrar a quienes no sabían leer “las maravillas obradas por el Señor”. El arte era, por tanto, belleza, pero también catequesis, pensamiento, visión del mundo. Y al mismo tiempo era cultura en el sentido más alto del término. Resulta imposible imaginar la historia de Europa sin Miguel Ángel, Rafael, Caravaggio o tantos otros que dieron forma visible a la búsqueda humana de lo infinito.. Sin embargo, a partir de la modernidad, y especialmente entre los siglos XIX y XX, se produjo una fractura. La secularización, precedida en parte por ciertas corrientes ilustradas, acabó separando progresivamente el arte y la fe. El arte emprendió caminos autónomos, muchas veces de extraordinaria creatividad, pero también cada vez más personales, experimentales y difíciles de compartir simbólicamente. Basta pensar en la sucesión vertiginosa de movimientos: impresionismo, expresionismo, dadaísmo, abstracción, pop art. Cada artista elaboraba su propio lenguaje.. La Iglesia, por su parte, reaccionó a menudo encerrándose en la repetición de modelos heredados. En lugar de dialogar con los lenguajes contemporáneos, muchas veces reprodujo estilos del pasado, neogóticos, neobarrocos, sin verdadera capacidad de recreación. El resultado fue, en ciertos casos, una arquitectura religiosa sin fuerza simbólica, incapaz de hablar al hombre contemporáneo. Recuerdo la observación irónica y amarga de David Maria Turoldo, que decía que algunas iglesias modernas parecían “garajes donde Dios está aparcado frente a fieles aparcados”.. Y, sin embargo, precisamente desde la arquitectura comenzó también una lenta reconciliación. Algunos grandes arquitectos contemporáneos comprendieron que el espacio sagrado no puede reducirse a pura funcionalidad. Mario Botta, por ejemplo, ha sabido crear iglesias en las que la geometría vuelve a convertirse en experiencia espiritual. También Santiago Calatrava me habló en diversas ocasiones de su deseo profundo de construir una iglesia: no un simple edificio, sino un lugar donde la estructura se transformara en símbolo.. En este horizonte aparece la figura extraordinaria de Antoni Gaudí. La Sagrada Familia representa quizá uno de los últimos grandes intentos europeos de unir belleza, trascendencia y espacio público. Y precisamente por eso sigue siendo una provocación cultural y espiritual para nuestro tiempo.. Gaudí comprendió algo esencial: que la tradición no consiste en repetir formas, sino en recrear un lenguaje. Él asumió la gran intuición del gótico, la verticalidad como tensión hacia lo infinito, pero la reescribió completamente. No imitó el pasado. Inventó una nueva gramática arquitectónica. Basta comparar cualquier catedral gótica clásica con la Sagrada Familia, ambas elevan la mirada hacia lo alto, pero lo hacen con lenguajes radicalmente distintos.. Ese es uno de los grandes desafíos actuales para el arte sacro, no copiar modelos antiguos, sino encontrar nuevas formas capaces de expresar el misterio. Porque el verdadero problema de muchas arquitecturas contemporáneas no es la modernidad, sino la ausencia de simbolismo, de profundidad, de capacidad evocadora.. En Gaudí, además, cada elemento posee un significado espiritual. La arquitectura se convierte en una gran narración teológica. Las fachadas, las torres, la luz, las proporciones, incluso la acústica, participan de un mismo discurso. Recuerdo una experiencia particularmente significativa en el interior de la basílica, durante un encuentro del “Atrio de los Gentiles” entre creyentes y no creyentes. Cuatro coros situados en distintos puntos cardinales comenzaron a cantar simultáneamente en un espacio inmenso. Aquello parecía casi imposible desde el punto de vista técnico. Y, sin embargo, la armonía espacial concebida por Gaudí hizo posible una experiencia de una intensidad extraordinaria. Comprendí entonces que la belleza puede crear comunión incluso antes de generar consenso intelectual.. Ese es quizá el aspecto más decisivo. La belleza auténtica abre una pregunta. Incluso quien no cree percibe, ante determinadas obras, una vibración interior, una inquietud, una emoción difícil de reducir a mera estética. La Sagrada Familia atrae cada día a miles de no creyentes. Muchos de ellos no salen convertidos, naturalmente. Pero sí salen tocados por la percepción de un misterio.. Y aquí aparece otra intuición fundamental de Gaudí, el templo no debía aislarse del mundo. No quiso construir la Sagrada Familia sobre una colina distante, separada de la ciudad. Quiso incrustarla en el tejido urbano de Barcelona, convertirla en parte del horizonte cotidiano. La fe dialoga así con la vida civil, con la comunidad, con la historia concreta de los hombres.. Hoy, en una Europa secularizada, quizá ya no basten los discursos abstractos para reabrir la pregunta religiosa. Pero la belleza continúa teniendo una fuerza singular. No como ornamento superficial ni como refugio estético, sino como experiencia capaz de despertar el sentido del límite y del infinito. La belleza auténtica no anestesia, hiere, interroga, desinstala.. Por eso, el arte sacro no puede transformarse en museo ni en decoración piadosa. Debe volver a ser un espacio de revelación simbólica. La luz, el silencio, la proporción, la materia, el vacío, la música, el espacio litúrgico: todo ello puede convertirse nuevamente en lenguaje espiritual.. Quizá el gran desafío contemporáneo consista precisamente en esto, reconciliar de nuevo belleza y trascendencia sin nostalgia arqueológica y sin banalidad funcional. No repetir el pasado, pero tampoco renunciar al misterio.. Porque cuando la belleza es verdadera, incluso quien no logra nombrar a Dios percibe, al menos, que existe algo más grande que nosotros.. * Gianfranco Ravasi es presidente emérito del Consejo Pontificio de la Cultura
Ese es uno de los grandes desafíos actuales para el arte sacro, no copiar modelos antiguos, sino encontrar nuevas formas capaces de expresar el misterio
Hay una experiencia elemental que atraviesa la historia espiritual de la humanidad: el estupor. Antes incluso de formular una doctrina o una confesión de fe, el ser humano se ha detenido ante la belleza. Ante el cielo, la música, la armonía de una proporción, la luz que atraviesa una vidriera o la potencia simbólica de una arquitectura capaz de elevar la mirada. Durante siglos, precisamente ahí, en la belleza, la fe encontró uno de sus lenguajes más universales.. Bastaría una prueba muy sencilla para constatarlo. Si un visitante entrara hoy en cualquier pinacoteca europea, o incluso americana, sin conocer nada de la Biblia, difícilmente comprendería una gran parte de las obras expuestas. La historia del arte occidental está atravesada por el relato bíblico, por los símbolos cristianos, por la tensión hacia lo trascendente. La relación entre fe y arte no fue un episodio marginal, constituyó uno de los grandes ejes culturales de Europa.. Los propios artistas eran plenamente conscientes de ello. En los estatutos de los pintores sieneses del siglo XIV se afirmaba que su misión consistía en mostrar a quienes no sabían leer “las maravillas obradas por el Señor”. El arte era, por tanto, belleza, pero también catequesis, pensamiento, visión del mundo. Y al mismo tiempo era cultura en el sentido más alto del término. Resulta imposible imaginar la historia de Europa sin Miguel Ángel, Rafael, Caravaggio o tantos otros que dieron forma visible a la búsqueda humana de lo infinito.. Sin embargo, a partir de la modernidad, y especialmente entre los siglos XIX y XX, se produjo una fractura. La secularización, precedida en parte por ciertas corrientes ilustradas, acabó separando progresivamente el arte y la fe. El arte emprendió caminos autónomos, muchas veces de extraordinaria creatividad, pero también cada vez más personales, experimentales y difíciles de compartir simbólicamente. Basta pensar en la sucesión vertiginosa de movimientos: impresionismo, expresionismo, dadaísmo, abstracción, pop art. Cada artista elaboraba su propio lenguaje.. La Iglesia, por su parte, reaccionó a menudo encerrándose en la repetición de modelos heredados. En lugar de dialogar con los lenguajes contemporáneos, muchas veces reprodujo estilos del pasado, neogóticos, neobarrocos, sin verdadera capacidad de recreación. El resultado fue, en ciertos casos, una arquitectura religiosa sin fuerza simbólica, incapaz de hablar al hombre contemporáneo. Recuerdo la observación irónica y amarga de David Maria Turoldo, que decía que algunas iglesias modernas parecían “garajes donde Dios está aparcado frente a fieles aparcados”.. Y, sin embargo, precisamente desde la arquitectura comenzó también una lenta reconciliación. Algunos grandes arquitectos contemporáneos comprendieron que el espacio sagrado no puede reducirse a pura funcionalidad. Mario Botta, por ejemplo, ha sabido crear iglesias en las que la geometría vuelve a convertirse en experiencia espiritual. También Santiago Calatrava me habló en diversas ocasiones de su deseo profundo de construir una iglesia: no un simple edificio, sino un lugar donde la estructura se transformara en símbolo.. En este horizonte aparece la figura extraordinaria de Antoni Gaudí. La Sagrada Familia representa quizá uno de los últimos grandes intentos europeos de unir belleza, trascendencia y espacio público. Y precisamente por eso sigue siendo una provocación cultural y espiritual para nuestro tiempo.. Gaudí comprendió algo esencial: que la tradición no consiste en repetir formas, sino en recrear un lenguaje. Él asumió la gran intuición del gótico, la verticalidad como tensión hacia lo infinito, pero la reescribió completamente. No imitó el pasado. Inventó una nueva gramática arquitectónica. Basta comparar cualquier catedral gótica clásica con la Sagrada Familia, ambas elevan la mirada hacia lo alto, pero lo hacen con lenguajes radicalmente distintos.. Ese es uno de los grandes desafíos actuales para el arte sacro, no copiar modelos antiguos, sino encontrar nuevas formas capaces de expresar el misterio. Porque el verdadero problema de muchas arquitecturas contemporáneas no es la modernidad, sino la ausencia de simbolismo, de profundidad, de capacidad evocadora.. En Gaudí, además, cada elemento posee un significado espiritual. La arquitectura se convierte en una gran narración teológica. Las fachadas, las torres, la luz, las proporciones, incluso la acústica, participan de un mismo discurso. Recuerdo una experiencia particularmente significativa en el interior de la basílica, durante un encuentro del “Atrio de los Gentiles” entre creyentes y no creyentes. Cuatro coros situados en distintos puntos cardinales comenzaron a cantar simultáneamente en un espacio inmenso. Aquello parecía casi imposible desde el punto de vista técnico. Y, sin embargo, la armonía espacial concebida por Gaudí hizo posible una experiencia de una intensidad extraordinaria. Comprendí entonces que la belleza puede crear comunión incluso antes de generar consenso intelectual.. Ese es quizá el aspecto más decisivo. La belleza auténtica abre una pregunta. Incluso quien no cree percibe, ante determinadas obras, una vibración interior, una inquietud, una emoción difícil de reducir a mera estética. La Sagrada Familia atrae cada día a miles de no creyentes. Muchos de ellos no salen convertidos, naturalmente. Pero sí salen tocados por la percepción de un misterio.. Y aquí aparece otra intuición fundamental de Gaudí, el templo no debía aislarse del mundo. No quiso construir la Sagrada Familia sobre una colina distante, separada de la ciudad. Quiso incrustarla en el tejido urbano de Barcelona, convertirla en parte del horizonte cotidiano. La fe dialoga así con la vida civil, con la comunidad, con la historia concreta de los hombres.. Hoy, en una Europa secularizada, quizá ya no basten los discursos abstractos para reabrir la pregunta religiosa. Pero la belleza continúa teniendo una fuerza singular. No como ornamento superficial ni como refugio estético, sino como experiencia capaz de despertar el sentido del límite y del infinito. La belleza auténtica no anestesia, hiere, interroga, desinstala.. Por eso, el arte sacro no puede transformarse en museo ni en decoración piadosa. Debe volver a ser un espacio de revelación simbólica. La luz, el silencio, la proporción, la materia, el vacío, la música, el espacio litúrgico: todo ello puede convertirse nuevamente en lenguaje espiritual.. Quizá el gran desafío contemporáneo consista precisamente en esto, reconciliar de nuevo belleza y trascendencia sin nostalgia arqueológica y sin banalidad funcional. No repetir el pasado, pero tampoco renunciar al misterio.. Porque cuando la belleza es verdadera, incluso quien no logra nombrar a Dios percibe, al menos, que existe algo más grande que nosotros.. * Gianfranco Ravasi es presidente emérito del Consejo Pontificio de la Cultura
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