La coincidencia de la festividad de san Juan de Sahagún, que se celebra el 12 de junio, y la visita del primer Papa agustino a España invita a redescubrir la figura de este santo destacado de la tradición agustiniana que tiene tanto que decir al mundo de hoy. Y ofrece una ocasión única para recordar la profunda huella que la espiritualidad agustiniana ha dejado en la historia española.. A nivel global, en un tiempo marcado por las guerras, las tensiones internacionales, la polarización y las divisiones sociales, el valor como predicador de la paz de san Juan de Sahagún y su compromiso con la reconciliación y el diálogo sigue vigente en nuestros días.. El primer santo agustino español, muestra, además, cómo la tradición agustiniana no ha sido solo intelectual, sino profundamente pastoral y social.. Nacido en la localidad de Sahagún (León) hacia 1430, Juan González de Castrillo — que pasaría a la historia como San Juan de Sahagún — desarrolló gran parte de su labor pastoral en Salamanca, ciudad castellana en la que destacó por su intensa predicación, su cercanía a los pobres y su capacidad para mediar en conflictos que enfrentaban a familias y facciones rivales. Su fama de hombre de concordia fue tal que se le recuerda como el “ángel de paz” y el amigo de los pobres y de aquellos que vivían oprimidos y olvidados por todos.. Después de completar su formación, podría haber disfrutado de la posición y los beneficios eclesiásticos vinculados a su familia, pero optó por un camino distinto. Convencido de que las satisfacciones mundanas son pasajeras, buscó una vida centrada en la oración, la contemplación y la vivencia del Evangelio. Después de ser ordenado sacerdote, se trasladó a Salamanca, donde ingresó en la Orden de San Agustín, con 33 años. Desde entonces llevó una vida austera y profundamente comprometida con los ideales agustinos. Fue un pastor humilde y cercano a los más necesitados, destacó por una predicación que movía a la conversión y promovía el perdón, la reconciliación y la fraternidad.. En Salamanca vivió años muy duros. Las calles de la ciudad estaban bañadas de sangre por una guerra interna entre familias y grupos de poder. El religioso agustino se posicionó siempre, con una gran solidaridad y compasión, junto a los que sufrían, junto a los enfermos y los que vivían en su piel injusticias sociales.. Lejos de escapar de la dificultad, Juan de Sahagún optó por hacerse aún más presente dentro de la comunidad y con un empeño particular por la paz se dedicó a reconciliar a las facciones que estaban en plena lucha, a través de la palabra y la paciencia.. Firme en la denuncia de las injusticias, pero comprensivo con las fragilidades humanas, se ganó el respeto y el afecto de quienes le rodeaban. Su predicación, centrada en la misericordia, el perdón y la verdad, dejó una profunda huella en Salamanca. Cuando murió, el 11 de junio de 1479, la ciudad perdió a una de sus figuras más queridas. Fue beatificado en 1601 y canonizado en 1690 por el papa Alejandro VIII.. Su figura trasciende el contexto histórico en que vivió. Para el P. Isaac González Marcos, OSA, doctor en Historia de la Iglesia y profesor de la Facultad de Teología del Norte de España, con sede en Burgos, san Juan de Sahagún encarna de manera ejemplar algunos de los rasgos más característicos de la espiritualidad de san Agustín. Entre ellos, destaca la importancia de la vida interior, el estudio de la Sagrada Escritura, la oración, la caridad y la humildad. Y también una dimensión especialmente actual: su compromiso con la reconciliación y la paz social. “Como la ciudad de Salamanca estaba dividida en bandos (Maldonado, Acebedo, Nieto, Anaya, Arias, Enriquez, Monroy y los Manzanos), también hoy encontramos demasiados muros y grupos enfrentados en todos los órdenes: en la familia, el deporte, la política, las naciones… Parece que estuviéramos interpretando la gran melodía de la confusión”, señala en conversación con este diario. Y resalta que la capacidad del santo para acercar posturas enfrentadas no nacía de estrategias humanas, sino de una profunda vida espiritual: “Juan de Sahagún hoy sería testigo de que el perdón es la vía de solucionar los problemas. Sus palabras estaban bañadas de gracia, unción y sabor a Evangelio. Fue un experto en mover los corazones al arrepentimiento y al dolor de los pecados, al menosprecio del mundo y al amor de Dios. Por eso mereció ser conocido como el ángel de paz”. “También hoy el mundo necesita un ángel de paz”, subraya el experto. Y apunta: “Quizás León XIV, ya merezca desde este primer año de su pontificado también ese título, pues la ha implorado en más de 1.600 ocasiones. Piensa como San Juan de Sahagún que es mejor la convivencia pacífica que las disputas, la violencia y la venganza, que solo alimentan inútilmente sufrimiento, dolor, sangre y muerte, y muchas veces de los más inocentes”.. El hecho de que el nuevo Pontífice sea “un hijo de San Agustín”, como él mismo se presentó al mundo hace un año, puede favorecer un renovado interés por la herencia agustiniana en España, una tradición que ha dejado una profunda huella en la vida de la Iglesia. Desde la implantación de los primeros conventos en el siglo XIII hasta la expansión misionera en América y Filipinas, pasando por la contribución intelectual de figuras como Fray Luis de León, la Orden ha desempeñado un papel destacado en los ámbitos de la evangelización, la educación y la cultura.. En esa larga historia, San Juan de Sahagún ocupa un lugar singular. No solo por ser uno de los grandes santos agustinos españoles junto a Santo Tomás de Villanueva y San Alonso de Orozco, sino porque representa un modelo de santidad profundamente arraigado en la vida cotidiana y en los problemas concretos de su tiempo, como explica el teólogo agustino Gonzalo Tejerina Arias, catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca.. En un mundo marcado por guerras, polarización y enfrentamientos, la figura de San Juan de Sahagún adquiere una renovada actualidad. “Fue un espléndido artífice de reconciliación y concordia”, señala Tejerina al recordar su labor en una Salamanca lacerada por los conflictos internos. Su ejemplo demuestra que “la escucha, el respeto, el perdón, son el único camino para la superación del conflicto, el camino verdadero para el bienestar de las gentes”, en palabras del estudioso. Por eso, concluye el teólogo, el santo agustino sigue siendo hoy “un poderoso signo y una llamada apremiante a la reconciliación y la concordia en las que florece el hombre y la sociedad humana”.. Como recuerdan los expertos, la paz que promovió el santo no era simplemente ausencia de conflicto, sino fruto de una transformación interior. Esta convicción conecta directamente con una de las enseñanzas fundamentales de san Agustín: la importancia del corazón humano. La paz social comienza por la paz interior; la reconciliación entre los pueblos exige antes una reconciliación del hombre consigo mismo, con los demás y con Dios. “Como otras cosas, la paz y la justicia nacen en el corazón del hombre”, recuerda Tejerina. Y destaca la idea de comunión en la espiritualidad agustiniana. “En la más íntima naturaleza del ser humano está justamente este dinamismo de comunión, con los demás, con la naturaleza, con Dios, hasta que debamos decir que en la comunión (encuentro, comunicación, respeto, solidaridad, afecto….) está lo que salva y la quiebra de la comunión es el más doloroso fracaso de los hombres”.. La figura de San Juan de Sahagún puede leerse hoy como una invitación a recuperar una cultura del encuentro frente a la lógica de la confrontación. Cinco siglos después de su muerte, el santo leonés sigue recordando una verdad sencilla y compleja a la vez: que la paz comienza en el corazón, se construye en las relaciones humanas y florece al calor de la escucha, el perdón y la reconciliación. En una sociedad necesitada de puentes, la voz del “ángel de paz” continúa siendo sorprendentemente actual.. * Lorena Pacho es redactora de la edición en español de L’Osservatore Romano
San Juan de Sahagún, el “ángel de paz” de la tradición agustiniana que vuelve a hablar al mundo de hoy
La coincidencia de la festividad de san Juan de Sahagún, que se celebra el 12 de junio, y la visita del primer Papa agustino a España invita a redescubrir la figura de este santo destacado de la tradición agustiniana que tiene tanto que decir al mundo de hoy. Y ofrece una ocasión única para recordar la profunda huella que la espiritualidad agustiniana ha dejado en la historia española.. A nivel global, en un tiempo marcado por las guerras, las tensiones internacionales, la polarización y las divisiones sociales, el valor como predicador de la paz de san Juan de Sahagún y su compromiso con la reconciliación y el diálogo sigue vigente en nuestros días.. El primer santo agustino español, muestra, además, cómo la tradición agustiniana no ha sido solo intelectual, sino profundamente pastoral y social.. Nacido en la localidad de Sahagún (León) hacia 1430, Juan González de Castrillo — que pasaría a la historia como San Juan de Sahagún — desarrolló gran parte de su labor pastoral en Salamanca, ciudad castellana en la que destacó por su intensa predicación, su cercanía a los pobres y su capacidad para mediar en conflictos que enfrentaban a familias y facciones rivales. Su fama de hombre de concordia fue tal que se le recuerda como el “ángel de paz” y el amigo de los pobres y de aquellos que vivían oprimidos y olvidados por todos.. Después de completar su formación, podría haber disfrutado de la posición y los beneficios eclesiásticos vinculados a su familia, pero optó por un camino distinto. Convencido de que las satisfacciones mundanas son pasajeras, buscó una vida centrada en la oración, la contemplación y la vivencia del Evangelio. Después de ser ordenado sacerdote, se trasladó a Salamanca, donde ingresó en la Orden de San Agustín, con 33 años. Desde entonces llevó una vida austera y profundamente comprometida con los ideales agustinos. Fue un pastor humilde y cercano a los más necesitados, destacó por una predicación que movía a la conversión y promovía el perdón, la reconciliación y la fraternidad.. En Salamanca vivió años muy duros. Las calles de la ciudad estaban bañadas de sangre por una guerra interna entre familias y grupos de poder. El religioso agustino se posicionó siempre, con una gran solidaridad y compasión, junto a los que sufrían, junto a los enfermos y los que vivían en su piel injusticias sociales.. Lejos de escapar de la dificultad, Juan de Sahagún optó por hacerse aún más presente dentro de la comunidad y con un empeño particular por la paz se dedicó a reconciliar a las facciones que estaban en plena lucha, a través de la palabra y la paciencia.. Firme en la denuncia de las injusticias, pero comprensivo con las fragilidades humanas, se ganó el respeto y el afecto de quienes le rodeaban. Su predicación, centrada en la misericordia, el perdón y la verdad, dejó una profunda huella en Salamanca. Cuando murió, el 11 de junio de 1479, la ciudad perdió a una de sus figuras más queridas. Fue beatificado en 1601 y canonizado en 1690 por el papa Alejandro VIII.. Su figura trasciende el contexto histórico en que vivió. Para el P. Isaac González Marcos, OSA, doctor en Historia de la Iglesia y profesor de la Facultad de Teología del Norte de España, con sede en Burgos, san Juan de Sahagún encarna de manera ejemplar algunos de los rasgos más característicos de la espiritualidad de san Agustín. Entre ellos, destaca la importancia de la vida interior, el estudio de la Sagrada Escritura, la oración, la caridad y la humildad. Y también una dimensión especialmente actual: su compromiso con la reconciliación y la paz social. “Como la ciudad de Salamanca estaba dividida en bandos (Maldonado, Acebedo, Nieto, Anaya, Arias, Enriquez, Monroy y los Manzanos), también hoy encontramos demasiados muros y grupos enfrentados en todos los órdenes: en la familia, el deporte, la política, las naciones… Parece que estuviéramos interpretando la gran melodía de la confusión”, señala en conversación con este diario. Y resalta que la capacidad del santo para acercar posturas enfrentadas no nacía de estrategias humanas, sino de una profunda vida espiritual: “Juan de Sahagún hoy sería testigo de que el perdón es la vía de solucionar los problemas. Sus palabras estaban bañadas de gracia, unción y sabor a Evangelio. Fue un experto en mover los corazones al arrepentimiento y al dolor de los pecados, al menosprecio del mundo y al amor de Dios. Por eso mereció ser conocido como el ángel de paz”. “También hoy el mundo necesita un ángel de paz”, subraya el experto. Y apunta: “Quizás León XIV, ya merezca desde este primer año de su pontificado también ese título, pues la ha implorado en más de 1.600 ocasiones. Piensa como San Juan de Sahagún que es mejor la convivencia pacífica que las disputas, la violencia y la venganza, que solo alimentan inútilmente sufrimiento, dolor, sangre y muerte, y muchas veces de los más inocentes”.. El hecho de que el nuevo Pontífice sea “un hijo de San Agustín”, como él mismo se presentó al mundo hace un año, puede favorecer un renovado interés por la herencia agustiniana en España, una tradición que ha dejado una profunda huella en la vida de la Iglesia. Desde la implantación de los primeros conventos en el siglo XIII hasta la expansión misionera en América y Filipinas, pasando por la contribución intelectual de figuras como Fray Luis de León, la Orden ha desempeñado un papel destacado en los ámbitos de la evangelización, la educación y la cultura.. En esa larga historia, San Juan de Sahagún ocupa un lugar singular. No solo por ser uno de los grandes santos agustinos españoles junto a Santo Tomás de Villanueva y San Alonso de Orozco, sino porque representa un modelo de santidad profundamente arraigado en la vida cotidiana y en los problemas concretos de su tiempo, como explica el teólogo agustino Gonzalo Tejerina Arias, catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca.. En un mundo marcado por guerras, polarización y enfrentamientos, la figura de San Juan de Sahagún adquiere una renovada actualidad. “Fue un espléndido artífice de reconciliación y concordia”, señala Tejerina al recordar su labor en una Salamanca lacerada por los conflictos internos. Su ejemplo demuestra que “la escucha, el respeto, el perdón, son el único camino para la superación del conflicto, el camino verdadero para el bienestar de las gentes”, en palabras del estudioso. Por eso, concluye el teólogo, el santo agustino sigue siendo hoy “un poderoso signo y una llamada apremiante a la reconciliación y la concordia en las que florece el hombre y la sociedad humana”.. Como recuerdan los expertos, la paz que promovió el santo no era simplemente ausencia de conflicto, sino fruto de una transformación interior. Esta convicción conecta directamente con una de las enseñanzas fundamentales de san Agustín: la importancia del corazón humano. La paz social comienza por la paz interior; la reconciliación entre los pueblos exige antes una reconciliación del hombre consigo mismo, con los demás y con Dios. “Como otras cosas, la paz y la justicia nacen en el corazón del hombre”, recuerda Tejerina. Y destaca la idea de comunión en la espiritualidad agustiniana. “En la más íntima naturaleza del ser humano está justamente este dinamismo de comunión, con los demás, con la naturaleza, con Dios, hasta que debamos decir que en la comunión (encuentro, comunicación, respeto, solidaridad, afecto….) está lo que salva y la quiebra de la comunión es el más doloroso fracaso de los hombres”.. La figura de San Juan de Sahagún puede leerse hoy como una invitación a recuperar una cultura del encuentro frente a la lógica de la confrontación. Cinco siglos después de su muerte, el santo leonés sigue recordando una verdad sencilla y compleja a la vez: que la paz comienza en el corazón, se construye en las relaciones humanas y florece al calor de la escucha, el perdón y la reconciliación. En una sociedad necesitada de puentes, la voz del “ángel de paz” continúa siendo sorprendentemente actual.. * Lorena Pacho es redactora de la edición en español de L’Osservatore Romano
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