Llego al Ateneo de Madrid. Hay cola en la puerta. Entro. Dentro, se presenta un nuevo canal que está de gira en busca de hacer partícipe al público de su lanzamiento el 5 de noviembre. Ya han conseguido un hito difícil: tienen fans antes de emitir. Aunque, sobre todo, parecen fans de uno de sus fichajes. «¡Guapa!», gritan. Como si fuera Aitana o un paso de Semana Santa. La superestrella es Sarah Santaolalla, que ha logrado capitalizar el lado izquierdo de la polarización con su verborrea perfecta para destacar en las tertulias de los tiempos de TikTok.. El nuevo canal, al que ha dado licencia este Gobierno, se llama La Séptima. Es una idea de un veterano de la tele, José Miguel Contreras, que ha estado detrás de tantos programas bien pensados, bien entrenados y bien desarrollados: El Club de la Comedia o El Intermedio son dos estandartes de su trayectoria.. Pero La Séptima nace con una peculiaridad: no viene con el presupuesto de una televisión generalista y va a tirar del género más barato de la televisión: la tertulia desde un único plató, el mismo donde se realizó Cuentos Chinos con Jorge Javier Vázquez.. En la presentación, que no era una presentación como tal, más bien un mitin para amigos, devotos y aspirantes a encontrar trabajo en el canal, estuvieron el propio Contreras y los que serán principales rostros de la cadena: Javier Ruiz, Luján Argüelles, Sarah Santaolalla, Héctor de Miguel ‘Quequé’, Noor Ben Yessef y Alba Carrillo, que dio la única primicia de la tarde. Y, paradójicamente, no era sobre La Séptima: «Mañana es mi último día en El Sótano», soltó impulsivamente como respuesta a la pregunta inteligente de una persona del público que quería conocer las diferencias de su programa en Ten y su programa en La Séptima. La contundente contestación no dio lugar a dudas. Para asombro de todos. Aunque el desahogo directo y sin eufemismos de Carrillo no sea ya una sorpresa para nadie.. Y, de repente, observando cómo contaban, cómo se excitaban y cómo bromeaban hubo un déjà vu en mi cabeza. Todo me recordó a la incontinente presentación de La familia de la tele. Hasta en la forma con la que Sarah Santaolalla ponía caras mientras hablaba su compañera de cadena Luján Argüelles. Como hace Belén Esteban cuando alguien defiende a Jesulín de Ubrique.. El lanzamiento del frustrado Sálvame que se intentó realizar en TVE dejó muchas enseñanzas, además de que los desfiles exentos de humildad no interesan. Ya desde la presentación en el Teatro Eslava, se intuía que se estaba confiando todo el éxito del programa en el mero reclamo de los personajes protagonistas. Creyeron que con su presencia bastaba. Y no se concretaba mucho más. En este estado de ánimo libre de síndrome del impostor, ayudó que poseían el contagioso aplauso de cuatro fans en redes que te invita a sentirte más importante de lo que eres. Sin embargo, escaseó un arco narrativo claro de programa, una propuesta firme de contenidos diferenciados y, como consecuencia, les faltó la fidelidad de la audiencia transversal que consolida el negocio audiovisual. Ni siquiera ayudó forzar el meme.. Al final, la tele es toda la compañía que no cabe en la jocosidad de un reel de Instagram o TikTok. Ahí va a estar el hándicap real de La Séptima, un canal que llega a la TDT cuando tal vez su hábitat de frenético directo esté ya más en el lenguaje al que han derivado las redes sociales. Contreras lo sabe. Contreras incluso se adelanta a la crítica. Lo hizo en el Ateneo. Veremos si da la vuelta a las hipótesis agoreras que, de momento, servirán como marketing para reivindicarse como contracorrientes. Los comienzos rara vez son sencillos, pero un nuevo medio de comunicación siempre es una magnífica noticia por los puestos de trabajo que genera y porque amplía las posibilidades de elección del público. Si aporta historias que animen a la alternativa, claro. Y si hay inversión económica, también. Porque la televisión clásica de calidad es muy cara de producir a pesar de todos los adelantos tecnológicos que han abaratado costes. Lo que no ha cambiado es que la tele, como la propia vida, crece con la creatividad que aprende de lo diferente y se confina cuando solo quiere oírse a sí misma. Oírse, que no escucharse. Quizá ahí nacen tantos males del impetuoso hoy. De hecho, demasiados que reivindican la pluralidad en la teoría luego solo quieren su propia pluralidad en la práctica. Entonces, no hay pluralidad: hay egos en contienda. La pluralidad nunca debería confundirse con lucha épica, pues es el enriquecedor punto de encuentro, descubrimiento y empatía desde donde se ensancharon los derechos humanos.
La Séptima protagonizó un acto en el Ateneo de Madrid.
20MINUTOS.ES – Televisión
Llego al Ateneo de Madrid. Hay cola en la puerta. Entro. Dentro, se presenta un nuevo canal que está de gira en busca de hacer partícipe al público de su lanzamiento el 5 de noviembre. Ya han conseguido un hito difícil: tienen fans antes de emitir. Aunque, sobre todo, parecen fans de uno de sus fichajes. «¡Guapa!», gritan. Como si fuera Aitana o un paso de Semana Santa. La superestrella es Sarah Santaolalla, que ha logrado capitalizar el lado izquierdo de la polarización con su verborrea perfecta para destacar en las tertulias de los tiempos de TikTok.. El nuevo canal, al que ha dado licencia este Gobierno, se llama La Séptima. Es una idea de un veterano de la tele, José Miguel Contreras, que ha estado detrás de tantos programas bien pensados, bien entrenados y bien desarrollados: El Club de la Comedia o El Intermedio son dos estandartes de su trayectoria.. Pero La Séptima nace con una peculiaridad: no viene con el presupuesto de una televisión generalista y va a tirar del género más barato de la televisión: la tertulia desde un único plató, el mismo donde se realizó Cuentos Chinos con Jorge Javier Vázquez.. En la presentación, que no era una presentación como tal, más bien un mitin para amigos, devotos y aspirantes a encontrar trabajo en el canal, estuvieron el propio Contreras y los que serán principales rostros de la cadena: Javier Ruiz, Luján Argüelles, Sarah Santaolalla, Héctor de Miguel ‘Quequé’, Noor Ben Yessef y Alba Carrillo, que dio la única primicia de la tarde. Y, paradójicamente, no era sobre La Séptima: «Mañana es mi último día en El Sótano», soltó impulsivamente como respuesta a la pregunta inteligente de una persona del público que quería conocer las diferencias de su programa en Ten y su programa en La Séptima. La contundente contestación no dio lugar a dudas. Para asombro de todos. Aunque el desahogo directo y sin eufemismos de Carrillo no sea ya una sorpresa para nadie.. Y, de repente, observando cómo contaban, cómo se excitaban y cómo bromeaban hubo un déjà vu en mi cabeza. Todo me recordó a la incontinente presentación de La familia de la tele. Hasta en la forma con la que Sarah Santaolalla ponía caras mientras hablaba su compañera de cadena Luján Argüelles. Como hace Belén Esteban cuando alguien defiende a Jesulín de Ubrique.. El lanzamiento del frustrado Sálvame que se intentó realizar en TVE dejó muchas enseñanzas, además de que los desfiles exentos de humildad no interesan. Ya desde la presentación en el Teatro Eslava, se intuía que se estaba confiando todo el éxito del programa en el mero reclamo de los personajes protagonistas. Creyeron que con su presencia bastaba. Y no se concretaba mucho más. En este estado de ánimo libre de síndrome del impostor, ayudó que poseían el contagioso aplauso de cuatro fans en redes que te invita a sentirte más importante de lo que eres. Sin embargo, escaseó un arco narrativo claro de programa, una propuesta firme de contenidos diferenciados y, como consecuencia, les faltó la fidelidad de la audiencia transversal que consolida el negocio audiovisual. Ni siquiera ayudó forzar el meme.. Al final, la tele es toda la compañía que no cabe en la jocosidad de un reel de Instagram o TikTok. Ahí va a estar el hándicap real de La Séptima, un canal que llega a la TDT cuando tal vez su hábitat de frenético directo esté ya más en el lenguaje al que han derivado las redes sociales. Contreras lo sabe. Contreras incluso se adelanta a la crítica. Lo hizo en el Ateneo. Veremos si da la vuelta a las hipótesis agoreras que, de momento, servirán como marketing para reivindicarse como contracorrientes. Los comienzos rara vez son sencillos, pero un nuevo medio de comunicación siempre es una magnífica noticia por los puestos de trabajo que genera y porque amplía las posibilidades de elección del público. Si aporta historias que animen a la alternativa, claro. Y si hay inversión económica, también. Porque la televisión clásica de calidad es muy cara de producir a pesar de todos los adelantos tecnológicos que han abaratado costes. Lo que no ha cambiado es que la tele, como la propia vida, crece con la creatividad que aprende de lo diferente y se confina cuando solo quiere oírse a sí misma. Oírse, que no escucharse. Quizá ahí nacen tantos males del impetuoso hoy. De hecho, demasiados que reivindican la pluralidad en la teoría luego solo quieren su propia pluralidad en la práctica. Entonces, no hay pluralidad: hay egos en contienda. La pluralidad nunca debería confundirse con lucha épica, pues es el enriquecedor punto de encuentro, descubrimiento y empatía desde donde se ensancharon los derechos humanos.
