Donald Trump aterriza esta noche en Pekín para reunirse con Xi Jinping en un viaje que, cuando empezó a organizarse, se imaginaba de una forma muy distinta, con grandes anuncios sobre comercio, inteligencia artificial, minerales críticos y la posibilidad de entendimiento entre ambas partes. Sin embargo, la geopolítica mundial de los últimos meses amenaza con alterar por completo el tono de la visita. La guerra contra Irán y el respaldo de Pekín, a Teherán, en plena tensión del bloqueo casi total del estrecho de Ormuz, han hecho de esta visita un encuentro urgente e incómodo entre dos potencias que desconfían la una de la otra, pero se necesitan si ambas quieren avanzar.. Los líderes de las dos mayores potencias mundiales se reúnen además con una guerra comercial de fondo cargada de aranceles y amenazas que Trump intentará mitigar apoyándose en un elenco de empresarios de alto nivel que viajarán con él. Entre los nombres más destacados se encuentran Elon Musk, su antiguo aliado político y después rival; el director ejecutivo de Apple, Tim Cook, el CEO de BlackRock, Larry Fink y David Solomon, al frente de Goldman Sachs.. Un líder fuerte. Trump lleva años elogiando el trabajo de Xi Jinping, refiriéndose a él como un líder fuerte, digno de su admiración, y se ha mostrado muy optimista con el encuentro. «Espero con gran entusiasmo mi viaje a China, un país asombroso, con un líder, el presidente Xi, respetado por todos», publicaba ayer en sus redes sociales. Pero el mandatario sabe que las relaciones no atraviesan su mejor momento, y en un ejercicio poco habitual de contención diplomática, por lo menos hasta que se reúnan, Trump ha aparcado públicamente su malestar con el líder chino por apoyar a Irán en el conflicto en Medio Oriente.. El republicano y su Administración son conscientes de que las cosas han cambiado desde su último viaje a Pekín. Esta vez no habrá tanta pomposidad como en 2017. «Incluso antes de toda esta conflagración con Irán, no iba a hacerse una visita como la última vez de Estado- Plus (que es como el republicano calificó su anterior viaje al país asiático), simplemente porque las cosas están tensas», ha asegurado en una entrevista con Associated Press Jonathan Czin, exanalista de alto nivel en la CIA y asesor de Biden durante su presidencia.. No hay que olvidar que China es el mayor comprador de petróleo iraní, y aunque ha estado mediando junto con Pakistán para acercar posiciones entre las partes, nunca le ha dado la espalda a Teherán, algo que EE UU no le incomoda profundamente. China, fiel a su estilo, se mueve con cautela, sin involucrarse en una guerra que no considera propia y, al mismo tiempo, sin romper con un aliado estratégico como Irán solo para facilitarle a Trump una salida diplomática. Antes de abordar el AirForce One, el republicano ha insistido en que no precisará de la ayuda del gigante asiático. «Ganaremos de una forma u otra», concluye.. Imágenes satelitales sensibles. La ambigüedad es cada vez más difícil de sostener. El pasado viernes, el Departamento de Estado anunció que había sancionado a cuatro entidades, incluidas tres empresas con sede en China, por proporcionar imágenes satelitales sensibles que habrían facilitado ataques militares iraníes contra fuerzas de Estados Unidos en Oriente Medio. Poco antes, el Departamento del Tesoro había ido contra refinerías del país acusadas de comprar petróleo a Teherán, así como contra los transportistas encargados de mover ese petróleo.. Ayer Washington fue más lejos y anunció sanciones contra tres personas y nueve compañías acusadas de facilitar envíos de petróleo iraní a China mediante redes de empresas pantalla. El Tesoro sostiene que esas operaciones ayudan a financiar a la Guardia Revolucionaria iraní. Pekín ha calificado estas sanciones de «presión unilateral ilegal», y para proteger sus intereses ha invocado una ley a la cual no recurría desde hace cinco años y que prohíbe a cualquier entidad china reconocer o cumplir las sanciones. A esto se suma la guerra comercial, con unos aranceles que siguen en el centro de la disputa.. Trump, que ha construido buena parte de su identidad política sobre la idea de que la diplomacia se gestiona igual que un negocio, llega a Pekín muy arropado. Con él viajan una docena de altos ejecutivos estadounidenses que han sido invitados a acompañarle para abrir puertas en el país asiático y reforzar el peso económico de la visita.. Su presencia no es menor, Tesla, la empresa de Musk, tiene grandes intereses en China; Cook lleva años tratando de reducir la dependencia que tiene Apple de la manufactura asiática; Boeing necesita a China como mercado. El líder norteamericano llega a Pekín con muchas cartas: acuerdos comerciales, una posible desescalada arancelaria y un marco para el desarrollo de la inteligencia artificial, jugadas destinadas a rebajar la tensión para acercarse al verdadero objetivo, que Pekín presione a Irán para que acepte el acuerdo que propone EE UU.
Donald Trump aterriza esta noche en Pekín para reunirse con Xi Jinping en un viaje que, cuando empezó a organizarse, se imaginaba de una forma muy distinta, con grandes anuncios sobre comercio, inteligencia artificial, minerales críticos y la posibilidad de entendimiento entre ambas partes. Sin embargo, la geopolítica mundial de los últimos meses amenaza con alterar por completo el tono de la visita. La guerra contra Irán y el respaldo de Pekín, a Teherán, en plena tensión del bloqueo casi total del estrecho de Ormuz, han hecho de esta visita un encuentro urgente e incómodo entre dos potencias que desconfían la una de la otra, pero se necesitan si ambas quieren avanzar.. Los líderes de las dos mayores potencias mundiales se reúnen además con una guerra comercial de fondo cargada de aranceles y amenazas que Trump intentará mitigar apoyándose en un elenco de empresarios de alto nivel que viajarán con él. Entre los nombres más destacados se encuentran Elon Musk, su antiguo aliado político y después rival; el director ejecutivo de Apple, Tim Cook, el CEO de BlackRock, Larry Fink y David Solomon, al frente de Goldman Sachs.. Un líder fuerte. Trump lleva años elogiando el trabajo de Xi Jinping, refiriéndose a él como un líder fuerte, digno de su admiración, y se ha mostrado muy optimista con el encuentro. «Espero con gran entusiasmo mi viaje a China, un país asombroso, con un líder, el presidente Xi, respetado por todos», publicaba ayer en sus redes sociales. Pero el mandatario sabe que las relaciones no atraviesan su mejor momento, y en un ejercicio poco habitual de contención diplomática, por lo menos hasta que se reúnan, Trump ha aparcado públicamente su malestar con el líder chino por apoyar a Irán en el conflicto en Medio Oriente.. El republicano y su Administración son conscientes de que las cosas han cambiado desde su último viaje a Pekín. Esta vez no habrá tanta pomposidad como en 2017. «Incluso antes de toda esta conflagración con Irán, no iba a hacerse una visita como la última vez de Estado- Plus (que es como el republicano calificó su anterior viaje al país asiático), simplemente porque las cosas están tensas», ha asegurado en una entrevista con Associated Press Jonathan Czin, exanalista de alto nivel en la CIA y asesor de Biden durante su presidencia.. No hay que olvidar que China es el mayor comprador de petróleo iraní, y aunque ha estado mediando junto con Pakistán para acercar posiciones entre las partes, nunca le ha dado la espalda a Teherán, algo que EE UU no le incomoda profundamente. China, fiel a su estilo, se mueve con cautela, sin involucrarse en una guerra que no considera propia y, al mismo tiempo, sin romper con un aliado estratégico como Irán solo para facilitarle a Trump una salida diplomática. Antes de abordar el AirForce One, el republicano ha insistido en que no precisará de la ayuda del gigante asiático. «Ganaremos de una forma u otra», concluye.. Imágenes satelitales sensibles. La ambigüedad es cada vez más difícil de sostener. El pasado viernes, el Departamento de Estado anunció que había sancionado a cuatro entidades, incluidas tres empresas con sede en China, por proporcionar imágenes satelitales sensibles que habrían facilitado ataques militares iraníes contra fuerzas de Estados Unidos en Oriente Medio. Poco antes, el Departamento del Tesoro había ido contra refinerías del país acusadas de comprar petróleo a Teherán, así como contra los transportistas encargados de mover ese petróleo.. Ayer Washington fue más lejos y anunció sanciones contra tres personas y nueve compañías acusadas de facilitar envíos de petróleo iraní a China mediante redes de empresas pantalla. El Tesoro sostiene que esas operaciones ayudan a financiar a la Guardia Revolucionaria iraní. Pekín ha calificado estas sanciones de «presión unilateral ilegal», y para proteger sus intereses ha invocado una ley a la cual no recurría desde hace cinco años y que prohíbe a cualquier entidad china reconocer o cumplir las sanciones. A esto se suma la guerra comercial, con unos aranceles que siguen en el centro de la disputa.. Trump, que ha construido buena parte de su identidad política sobre la idea de que la diplomacia se gestiona igual que un negocio, llega a Pekín muy arropado. Con él viajan una docena de altos ejecutivos estadounidenses que han sido invitados a acompañarle para abrir puertas en el país asiático y reforzar el peso económico de la visita.. Su presencia no es menor, Tesla, la empresa de Musk, tiene grandes intereses en China; Cook lleva años tratando de reducir la dependencia que tiene Apple de la manufactura asiática; Boeing necesita a China como mercado. El líder norteamericano llega a Pekín con muchas cartas: acuerdos comerciales, una posible desescalada arancelaria y un marco para el desarrollo de la inteligencia artificial, jugadas destinadas a rebajar la tensión para acercarse al verdadero objetivo, que Pekín presione a Irán para que acepte el acuerdo que propone EE UU.
Junto a él viaja una delegación conformada por un elenco de empresarios, entre los que figuran Elon Musk, el director ejecutivo de Apple, Tim Cook, o el CEO de BlackRock, Larry Fink
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