El miércoles 15 de abril se cumplieron tres años desde el inicio de la tercera guerra civil sudanesa. Lo que comenzó en 2023 como una lucha de poder entre el general Abdel Fattah al-Burhan, jefe de las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF), y el general Mohamed Hamdan Dagalo, líder del grupo paramilitar conocido como las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), ha terminado por convertirse en la mayor crisis humanitaria del planeta. Peor que Gaza. Peor que Ucrania. Una crisis que, sorprendentemente, pese a su escala devastadora, apenas ocupa titulares internacionales.. Las cifras son difíciles de asimilar. Cerca de 34 millones de personas, en torno al 65% de la población, necesitan asistencia humanitaria urgente. Unos 14 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares: nueve millones malviven dentro del país y 4.4 millones han cruzado las fronteras de Chad, Egipto y Sudán del Sur. Hoy se considera la mayor crisis de desplazados del mundo.. Ni siquiera se sabe cuánta gente ha muerto. La ONU registra más de 40.000 fallecidos, pero esa cifra solo recoge muertes verificadas directamente en un escenario cuatro veces más grande que España, y donde el acceso a las zonas de conflicto es harto complicado. Un estudio independiente de la London School of Hygiene & Tropical Medicine estimó 61.000 muertes solo en el estado de Jartum durante los primeros catorce meses de guerra. El exenviado estadounidense a Sudán, Tom Perriello, llegó a elevar la estimación de fallecidos hasta los 400.000, incluyendo muertos por hambre y enfermedad. La imposibilidad misma de conocer la cifra real de muertos es, en sí, un indicador de la magnitud del desastre sudanés.. En este punto, cabe señalar que el hambre se ha convertido en arma de guerra habitual. Más de 4.2 millones de niños sufren desnutrición aguda, con 825.000 casos graves registrados y que pueden resultar mortales sin el tratamiento adecuado. La situación de hambruna ha sido declarada en El Fasher y Kadugli, y millones de familias sobreviven con una comida al día, o menos. El sistema sanitario ha colapsado a nivel nacional: el 37% de las instalaciones de salud del país no funcionan, y sube el porcentaje en las zonas de combate, donde el 80% de los hospitales han sido destruidos o deshabilitados. El cólera se ha extendido por los 18 estados, con más de 123.000 casos y 3.500 muertes registradas.. La caída de El Fasher en octubre de 2025 marcó el punto más oscuro del conflicto. Tras un asedio de 18 meses (durante el cual las RSF levantaron un muro de tierra para impedir la entrada de alimentos), los paramilitares tomaron la capital de Darfur Norte, y lo que siguió podría compararse con las primeras horas del genocidio ruandés. 90.000 personas siguen desaparecidas desde aquella fecha fatídica. La ONU documentó más de 6.000 muertos en tres días, con ejecuciones sumarias dirigidas principalmente contra las comunidades zaghawa y fur (etnias negras donde los paramilitares son de mayoría árabe). En abril del mismo año, las RSF habían asaltado el campo de desplazados de Zamzam, próximo a El Fasher, matando sin motivo alguno a más de 1.000 civiles y expulsando a 400.000 personas de la zona.. Todo es horror y desesperanza en Sudán. Además, este ya no es un conflicto interno. Se ha transformado en una guerra de proxys donde actúan múltiples actores regionales. Emiratos Árabes Unidos es el principal patrocinador de las RSF, suministrando armas a través de Chad y Libia mientras financia sus operaciones gracias al comercio de oro sudanés. Etiopía alberga bases de entrenamiento de las RSF en su territorio, según se confirmó en febrero de 2026. En el bando opuesto, Egipto respalda al ejército para proteger su posición en la disputa por el Nilo frente a Etiopía, y ha intensificado su intervención tras la caída de El Fasher. Arabia Saudita financia armamento para las SAF y presiona a EAU para que corten su apoyo a los paramilitares. Curiosamente, ningún actor occidental destaca entre los principales implicados en el desastre.. Como ya es habitual en África, el plan de 3.000 millones de dólares de la ONU destinado a ayuda humanitaria en Sudán está lejos de completarse. UNICEF solo ha recibido el 16% de los fondos necesarios. Chad cerró indefinidamente su frontera oriental con Sudán en febrero. Los esfuerzos diplomáticos han fracasado uno tras otro, mientras que el Cuarteto para Sudán, creado para buscar la paz, está integrado por Estados Unidos, Egipto, Emiratos y Arabia Saudita. Es decir, que tres de los cuatro “buscadores” de la paz en Sudán son los primeros financiadores de la guerra.. El desastre es colosal desde todas sus perspectivas.
El miércoles 15 de abril se cumplieron tres años desde el inicio de la tercera guerra civil sudanesa. Lo que comenzó en 2023 como una lucha de poder entre el general Abdel Fattah al-Burhan, jefe de las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF), y el general Mohamed Hamdan Dagalo, líder del grupo paramilitar conocido como las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), ha terminado por convertirse en la mayor crisis humanitaria del planeta. Peor que Gaza. Peor que Ucrania. Una crisis que, sorprendentemente, pese a su escala devastadora, apenas ocupa titulares internacionales.. Las cifras son difíciles de asimilar. Cerca de 34 millones de personas, en torno al 65% de la población, necesitan asistencia humanitaria urgente. Unos 14 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares: nueve millones malviven dentro del país y 4.4 millones han cruzado las fronteras de Chad, Egipto y Sudán del Sur. Hoy se considera la mayor crisis de desplazados del mundo.. Ni siquiera se sabe cuánta gente ha muerto. La ONU registra más de 40.000 fallecidos, pero esa cifra solo recoge muertes verificadas directamente en un escenario cuatro veces más grande que España, y donde el acceso a las zonas de conflicto es harto complicado. Un estudio independiente de la London School of Hygiene & Tropical Medicine estimó 61.000 muertes solo en el estado de Jartum durante los primeros catorce meses de guerra. El exenviado estadounidense a Sudán, Tom Perriello, llegó a elevar la estimación de fallecidos hasta los 400.000, incluyendo muertos por hambre y enfermedad. La imposibilidad misma de conocer la cifra real de muertos es, en sí, un indicador de la magnitud del desastre sudanés.. En este punto, cabe señalar que el hambre se ha convertido en arma de guerra habitual. Más de 4.2 millones de niños sufren desnutrición aguda, con 825.000 casos graves registrados y que pueden resultar mortales sin el tratamiento adecuado. La situación de hambruna ha sido declarada en El Fasher y Kadugli, y millones de familias sobreviven con una comida al día, o menos. El sistema sanitario ha colapsado a nivel nacional: el 37% de las instalaciones de salud del país no funcionan, y sube el porcentaje en las zonas de combate, donde el 80% de los hospitales han sido destruidos o deshabilitados. El cólera se ha extendido por los 18 estados, con más de 123.000 casos y 3.500 muertes registradas.. La caída de El Fasher en octubre de 2025 marcó el punto más oscuro del conflicto. Tras un asedio de 18 meses (durante el cual las RSF levantaron un muro de tierra para impedir la entrada de alimentos), los paramilitares tomaron la capital de Darfur Norte, y lo que siguió podría compararse con las primeras horas del genocidio ruandés. 90.000 personas siguen desaparecidas desde aquella fecha fatídica. La ONU documentó más de 6.000 muertos en tres días, con ejecuciones sumarias dirigidas principalmente contra las comunidades zaghawa y fur (etnias negras donde los paramilitares son de mayoría árabe). En abril del mismo año, las RSF habían asaltado el campo de desplazados de Zamzam, próximo a El Fasher, matando sin motivo alguno a más de 1.000 civiles y expulsando a 400.000 personas de la zona.. Todo es horror y desesperanza en Sudán. Además, este ya no es un conflicto interno. Se ha transformado en una guerra de proxys donde actúan múltiples actores regionales. Emiratos Árabes Unidos es el principal patrocinador de las RSF, suministrando armas a través de Chad y Libia mientras financia sus operaciones gracias al comercio de oro sudanés. Etiopía alberga bases de entrenamiento de las RSF en su territorio, según se confirmó en febrero de 2026. En el bando opuesto, Egipto respalda al ejército para proteger su posición en la disputa por el Nilo frente a Etiopía, y ha intensificado su intervención tras la caída de El Fasher. Arabia Saudita financia armamento para las SAF y presiona a EAU para que corten su apoyo a los paramilitares. Curiosamente, ningún actor occidental destaca entre los principales implicados en el desastre.. Como ya es habitual en África, el plan de 3.000 millones de dólares de la ONU destinado a ayuda humanitaria en Sudán está lejos de completarse. UNICEF solo ha recibido el 16% de los fondos necesarios. Chad cerró indefinidamente su frontera oriental con Sudán en febrero. Los esfuerzos diplomáticos han fracasado uno tras otro, mientras que el Cuarteto para Sudán, creado para buscar la paz, está integrado por Estados Unidos, Egipto, Emiratos y Arabia Saudita. Es decir, que tres de los cuatro “buscadores” de la paz en Sudán son los primeros financiadores de la guerra.. El desastre es colosal desde todas sus perspectivas.
La ONU alerta de que 34 millones de personas necesitan ayuda humanitaria por una olvidada guerra sin cifras de muertos
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