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  Cultura  «Servum Pecus»: ¿por qué hablamos latín con acento americano?
Cultura

«Servum Pecus»: ¿por qué hablamos latín con acento americano?

18 de mayo de 2026
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«Servum pecus». Un rebaño servil… En un pasaje del libro I de sus «Epístolas», Horacio se refiere a los imitadores incapaces de generar pensamiento y creatividad propios, que se limitan a seguir los dictados y tendencias ajenos. «O imitatores, servum pecus»: ellos copian sin pudor la poesía, como la expresión o el pensamiento en nuestro caso, creyendo que, con ello, logran algo bueno. Pero en realidad nos tornamos servil grey que depende de lo que otro nos dicen que hagamos, pensemos o digamos. Es importante pensar por nosotros mismos. Pero preferimos hacer lo que se nos dicta desde fuera. Parece un problema endémico de la cultura española la falta de pensamiento autónomo. Y, si no, miren la intensa discusión que se ha llevado a cabo en «La querella española», una serie de artículos en «Jotdown» bajo la égida de Basilio Baltasar, en torno a la cuestión sobre el pensamiento español. ¿Por qué la falta de peso o influencia del pensamiento hispano, con honrosas excepciones, en la modernidad? O incluso: ¿ha habido una filosofía española? ¿Existe hoy? Puede que Horacio y sus «imitatores» respondan a nuestras dudas: ¿nos hemos tornado una mala copia de una copia, imitadores de imitadores, en vez de beber de las fuentes de la cultura? En cierto modo hemos renunciado a los modelos más reconocidos y con más prestigio –entre ellos, los clásicos– para mirar hacia una copia desvaída de la copia, el imperio de hoy, cosa que ya sostuve en mi artículo de aquella serie.. Todo lleva a no pensar por nosotros mismos. Puede que sea un ejemplo banal, pero me llama la atención cómo, con falsa pretensión de cultura, importamos conceptos y palabras del inglés y la cultura norteamericana, que no son originales sino copias. ¿Por qué no seguimos el modelo en vez de la copia anglosajona simplificada? Choca especialmente el latín anglicista que oímos hoy por doquier. ¿Por qué hablamos latín con acento americano? Somos hablantes nativos de un neolatín, pues no otra cosa es el español, y aun así se oyen aquí cosas horrendas, entre pedantes y risibles, como[[LINK:TAG|||tag|||6336167487d98e3342b26e16||| Disney]] «Plas», en vez de «Plus», que es latín: un latinísimo «plus» que tenemos en castellano desde antiguo, como cultismo incorporado sin problema, pasa a pronunciarse horriblemente «a la americana» para creernos más modernos o cultos. Puro seguidismo provinciano del nuevo imperio, que es [[LINK:TAG|||tag|||6322f7841e757a32c790b56f|||EEUU,]] y de su lengua que marca la moda.. Se ve en todas partes partes, como sabemos, en falsos anglicismos o conceptos innovadores en la ciencia, en la política o el periodismo. Nos han metido varios «goles» lingüístico-culturales en diversos ámbitos y vocablos : véanse los «marcos» y «retos» conceptuales, en realidad colonizaciones ideológicas o «franquicias léxicas» que nos vienen de EEUU y que ha estudiado muy bien Juan Luis Cond. Hay cosas sangrantes, como «máster» y «grado» en las universidades. Es ridículo que hayamos puesto de nombre a los títulos universitarios «grados», cuando siempre han sido «licenciaturas» (desde antes del «Licenciado Vidriera»). «Grado» era hasta hace poco Celsius o Fahrenheit, o los grados de las fuerzas armadas. Pero el título educativo pasaba de bachiller a licenciado, hasta llegar a su más alto nivel, doctor: pues claro que «grado» no es sino una traducción del «degree» inglés. Y sin tapujos asumimos ese Máster que es el latín «magister» anglizado: menos mal que nuestros hermanos americanos, siempre salvando el español, prefieren el castizo «maestría» para hablar de ese título. Pero, aquí, el papanatismo de siempre.. Hay mil ejemplos de ese hablar anglizado que nos coloniza: el latín de películas llamadas «Gladiator», «Predator» o «Terminator» lo pronunciamos tontamente con el prestigioso final en «-eitor» (por cierto que Nike pronunciado «naik» indignaría a un griego antiguo). Todo producto o suscripción que se jacta de su alto nivel o de dar un «plus» –un «plas» dirían los pedantes– es ahora «premium», pronunciado «primium», y no como debería. Otro tanto ocurre con un directivo, investigador o invitado «sinior», que no se pronuncia naturalmente a la latina («senior»). Hemos acabado en híbridos tremendos, como, a la hora de referirnos a ex-alumnos de una universidad, el latinismo anglizado «alumni», pronunciado, claro, «alamnai».. Nos quitan el latín de las escuelas mientras nos colonizan con una sarta de malas imitaciones. Así no hay quien piense. «No puedo soportar, hispanos, nuestra cultura anglizada», parafraseando a Juvenal y su «non possum ferre, Quirites, Graecam Urbem». Acabemos con otro poeta romano que criticaba la tontería de su época: en la Sátira III Juvenal decía no soportar a los que iban por ahí dándoselas de griegos, los romanos que despreciaban sus propias raíces para abrazar frenéticamente las modas, el lenguaje y las costumbres extranjeras, simplemente porque las consideraban más sofisticadas o modernas. Entonces lo griego era el equivalente a lo «extranjero chic» yanqui. El desprecio de lo propio y la imitación de lo ajeno es común a muchas épocas. Tomamos nota de nuevo de lo que enseñan los clásicos. Pensemos y hablemos un poco más libre y autónomamente, empezando por no ser rebaño de siervos lingüísticos.

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«Servum pecus». Un rebaño servil… En un pasaje del libro I de sus «Epístolas», Horacio se refiere a los imitadores incapaces de generar pensamiento y creatividad propios, que se limitan a seguir los dictados y tendencias ajenos. «O imitatores, servum pecus»: ellos copian sin pudor la poesía, como la expresión o el pensamiento en nuestro caso, creyendo que, con ello, logran algo bueno. Pero en realidad nos tornamos servil grey que depende de lo que otro nos dicen que hagamos, pensemos o digamos. Es importante pensar por nosotros mismos. Pero preferimos hacer lo que se nos dicta desde fuera. Parece un problema endémico de la cultura española la falta de pensamiento autónomo. Y, si no, miren la intensa discusión que se ha llevado a cabo en «La querella española», una serie de artículos en «Jotdown» bajo la égida de Basilio Baltasar, en torno a la cuestión sobre el pensamiento español. ¿Por qué la falta de peso o influencia del pensamiento hispano, con honrosas excepciones, en la modernidad? O incluso: ¿ha habido una filosofía española? ¿Existe hoy? Puede que Horacio y sus «imitatores» respondan a nuestras dudas: ¿nos hemos tornado una mala copia de una copia, imitadores de imitadores, en vez de beber de las fuentes de la cultura? En cierto modo hemos renunciado a los modelos más reconocidos y con más prestigio –entre ellos, los clásicos– para mirar hacia una copia desvaída de la copia, el imperio de hoy, cosa que ya sostuve en mi artículo de aquella serie.. Todo lleva a no pensar por nosotros mismos. Puede que sea un ejemplo banal, pero me llama la atención cómo, con falsa pretensión de cultura, importamos conceptos y palabras del inglés y la cultura norteamericana, que no son originales sino copias. ¿Por qué no seguimos el modelo en vez de la copia anglosajona simplificada? Choca especialmente el latín anglicista que oímos hoy por doquier. ¿Por qué hablamos latín con acento americano? Somos hablantes nativos de un neolatín, pues no otra cosa es el español, y aun así se oyen aquí cosas horrendas, entre pedantes y risibles, como Disney «Plas», en vez de «Plus», que es latín: un latinísimo «plus» que tenemos en castellano desde antiguo, como cultismo incorporado sin problema, pasa a pronunciarse horriblemente «a la americana» para creernos más modernos o cultos. Puro seguidismo provinciano del nuevo imperio, que es EEUU, y de su lengua que marca la moda.. Se ve en todas partes partes, como sabemos, en falsos anglicismos o conceptos innovadores en la ciencia, en la política o el periodismo. Nos han metido varios «goles» lingüístico-culturales en diversos ámbitos y vocablos : véanse los «marcos» y «retos» conceptuales, en realidad colonizaciones ideológicas o «franquicias léxicas» que nos vienen de EEUU y que ha estudiado muy bien Juan Luis Cond. Hay cosas sangrantes, como «máster» y «grado» en las universidades. Es ridículo que hayamos puesto de nombre a los títulos universitarios «grados», cuando siempre han sido «licenciaturas» (desde antes del «Licenciado Vidriera»). «Grado» era hasta hace poco Celsius o Fahrenheit, o los grados de las fuerzas armadas. Pero el título educativo pasaba de bachiller a licenciado, hasta llegar a su más alto nivel, doctor: pues claro que «grado» no es sino una traducción del «degree» inglés. Y sin tapujos asumimos ese Máster que es el latín «magister» anglizado: menos mal que nuestros hermanos americanos, siempre salvando el español, prefieren el castizo «maestría» para hablar de ese título. Pero, aquí, el papanatismo de siempre.. Hay mil ejemplos de ese hablar anglizado que nos coloniza: el latín de películas llamadas «Gladiator», «Predator» o «Terminator» lo pronunciamos tontamente con el prestigioso final en «-eitor» (por cierto que Nike pronunciado «naik» indignaría a un griego antiguo). Todo producto o suscripción que se jacta de su alto nivel o de dar un «plus» –un «plas» dirían los pedantes– es ahora «premium», pronunciado «primium», y no como debería. Otro tanto ocurre con un directivo, investigador o invitado «sinior», que no se pronuncia naturalmente a la latina («senior»). Hemos acabado en híbridos tremendos, como, a la hora de referirnos a ex-alumnos de una universidad, el latinismo anglizado «alumni», pronunciado, claro, «alamnai».. Nos quitan el latín de las escuelas mientras nos colonizan con una sarta de malas imitaciones. Así no hay quien piense. «No puedo soportar, hispanos, nuestra cultura anglizada», parafraseando a Juvenal y su «non possum ferre, Quirites, Graecam Urbem». Acabemos con otro poeta romano que criticaba la tontería de su época: en la Sátira III Juvenal decía no soportar a los que iban por ahí dándoselas de griegos, los romanos que despreciaban sus propias raíces para abrazar frenéticamente las modas, el lenguaje y las costumbres extranjeras, simplemente porque las consideraban más sofisticadas o modernas. Entonces lo griego era el equivalente a lo «extranjero chic» yanqui. El desprecio de lo propio y la imitación de lo ajeno es común a muchas épocas. Tomamos nota de nuevo de lo que enseñan los clásicos. Pensemos y hablemos un poco más libre y autónomamente, empezando por no ser rebaño de siervos lingüísticos.

 

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